Relato: Esclava de mi cuerpo.

Publicado en el viejo blog (28/05/2014)

Admito que me he presentado a pocos concursos literarios. Los puedo incluso contar con una mano. La cosa es que de un concurso me mandaron un mensaje. Pedían que me presentase con un relato sobre la mujer, que tuviese crítica social y demás historias y roles que nos rodean a las que nacimos con el cromosoma X en el par 23… Entonces, me decidí.
Ganar en el concurso… claro está que no lo hice, pero siento que con este relato, con esta historia (aunque sea para mí misma), he ganado mucho y solo por eso comparto la vida de Mila con todos los que deseen leerla. Alguna vez, todo ser humano se ha llegado a sentir como la protagonista.

Malditos prejuicios y perjuicios que nos rodean…
¿Algún día dejarán de existir para hacernos libres…?

ESCLAVA DE MI CUERPO

A todas las “Mila” que esta sociedad esconde y
a toda mujer que se sienta oprimida por ser mujer.

Deshidratada emocionalmente, como si me hubiesen vaciado y ya no hubiese en mi interior más lágrimas que derramar, me miro en el espejo que se halla frente a mí con el alma partida, destrozada por completo al echar la vista atrás. Estoy hecha tantos añicos que ni siquiera sé cómo recomponerme ahora mismo para afrontar este paso final.
Busco en el cristal lo que siempre he deseado hallar al observar mi reflejo en él: yo. Lo malo es que no me veo por ningún lado. Jamás lo he hecho. Ni siquiera a oscuras, o con los ojos cerrados. Tal vez… únicamente en sueños.
Recuerdo cuando los primeros años de mi vida me arropaban en mi hogar. En ese entonces, el mundo parecía sonreírme cálidamente. Sin embargo, todo cambió antes de entrar al colegio. Ahí, cuando mis gustos ya afloraban en el ambiente y hablaba, el fiero manto de mi padre subyugada. Él cortaba a destajo mi comportamiento con la familia y amistades. Mis modales no eran como quería que fuesen… No dejaba de repetirme una y otra vez, día tras día: “Hay que actuar así…”, “no hagas eso”, “no juegues nunca con aquello”. Mis alocadas tonterías, según él, no eran dignas de alguien como yo… Muy a mi pesar, he de confesar que mi propio padre amarraba mis alas y mis ansias de volar y sentirme libre. Jamás en su presencia, o en la de alguien, pude demostrar la persona que en realidad soy porque los estereotipos marcaban mi vida. La sociedad y el famoso: ¡Pero por Dios! ¡¿qué dirán si…
A pesar de que la temprana muerte de mi padre pudo liberarme de su opresión y guantazos, en clase y en el recreo seguía siendo esclava de mi cuerpo. De ese cuerpo esmirriado y pequeño. De ese corto pelo negro que se rizaba y enredaba con los lápices de los compañeros más intolerantes a mi persona…
En los recreos, no podía jugar con los niños porque se metían conmigo y me llamaban “nenaza” o “llorona”… Cuando no algo peor. Con las niñas tampoco porque no era como ellas por más que quisiera parecerme. Fue muy duro. Realmente amargo.
–Aun siendo unas inocentes criaturas podemos llegar a ser tan crueles por culpa de lo que nos enseñan en casa o vemos… ¿Por qué existe esta sociedad tan…? –susurro dejando un hilo de voz entrecortada al recordar sus burlas y antes de que se me escape una mala palabra.
En el instituto ya incluso pensé en volverme senequista y cortarme las venas empujada por los tiranos que había en mi entorno. Si no eso, beberme algo tóxico para acabar con mi sufrimiento. Cualquier cosa creí que sería mejor que aguantar lo que aguanté. Los acosos eran demasiado graves. Ya llegaban a hasta a la puerta de mi casa…
En clase, y fuera de ella, se reían de mí a carcajadas porque mi físico desgarbado no me acompañaba y… También lo hacían porque a veces se me olvidaba quitarme el esmalte de uñas que la tarde anterior me había puesto con tanto mimo y esmero. Me gustaba dibujarme formas con corazones u ositos. Eso… no era lo propio para alguien como yo. Además, mi voz era horrible. Cuando me golpeaban y gritaba, me llamaban perro-flauta. La excusa es que mi grito era muy agudo y les hacía gracia tirarme del pelo o pegarme pellizcos –repito: cuando no algo peor–.
Sufría mucho y nadie me entendía. Solo un chico de la clase de al lado –“el defensor del pueblo” le decían– acudía a socorrerme cuando ya hasta las niñas me pintaban los labios malamente para burlarse de mí. Cogían sus maquillajes y no paraban hasta que, según ellas, ya era una mujer más o menos pasable. Siempre amé en silencio a mi rescatador aunque por aquel entonces no supiese ni mi nombre. Él ya tenía novia. Una muy guapa. Todo lo contrario a lo que era yo. Mi gratitud fue lo único que recibió en forma de breves palabras.
Para añadir más infelicidad al carro, incluso los profesores me recriminaban ciertas cosas como mis uñas pintadas, pero… ¡¡se me olvidaba quitármelas!! ¿De verdad se pensaban que me gustaba ser el hazmerreír y el centro de todos los insultos?
No tenía amigas, ni amigos. Era el bicho raro. La peste… Ni los tontos/pardillos/pringados/raritos de la clase –porque por desgracia de esto hay en cada aula– me trataban bien.
–Yo solo quería ser una más… –se me escapa una lágrima.
Conforme la edad pasaba por mi cuerpo, adelgacé más. Lo único para lo que valía era para estudiar. Gracias a ello supe que quería ser abogada para acabar con las injusticias y ayudar a las personas como yo. Incluso empecé a arreglarme. Me propuse ser más bonita, dejar de ocultarme tras un traje de chaqueta y pantalón cuatro tallas más grande.
Mi madre siempre me ha apoyado y sufrido conmigo. Para gustar a la gente pasé por múltiples operaciones después de terminar la carrera. Todo mientras me preparaba para las oposiciones. Tenía que empezar de cero y así hice. Pensé que todo lo conseguiría la transformación física. Lo primero que hice fue someterme a una de nariz. Luego, a otra de barbilla… Incluso hace tres años me quité dos costillas para marcar más mi cintura y que así esta curva dijese lo femenina que soy…
He pasado tanto y por tantísimos tratamientos, que todavía me duele cada combate, cada herida de guerra contra todo aquel que me ha prohibido algo o rechazado por mi aspecto físico. Admito que con la cirugía de pecho lo pasé realmente mal. Tuvo complicaciones. Muchas, diría yo. Por fortuna, ahora puedo decir que todo ha merecido la pena porque ya nadie podrá llamarme “tabla de planchar” mientras me señala con desprecio. No me hace, ni me hará, falta nunca más ponerme cuello alto, o camisetas horribles que tapen el escote, para que nadie note los calcetines que formaban el busto que debió haber y nunca hubo.
Con los últimos ahorros de mi madre me puse un hermoso y femenino trasero que, al verlo, lloro cada día. No es ni muy respingón, ni muy grande, pero al fin es como tenía que haber sido desde el día que nací.
Mi novio ha pasado mucho, pero me apoya hasta el final. Nunca creí que alguien me amase. Y menos él…
Solo me queda una operación más. Solo una para poder recordar aquella infancia como la persona que no era.
Mi mejor amiga va a ser mamá. Eso me alegra y emociona. Incluso me hace plantearme varias cosas en la vida. Yo nunca podré serlo. No podré sentir el cálido abrazo de traer al mundo a un ser maravilloso que se ha gestado en mi vientre. Con ello, tampoco podré darle hijos al hombre al que amo. Aun así permanece conmigo, a mi lado. Me quiere a pesar del qué dirán, o de lo que ya anden diciendo por ahí. Su amor ha tapado el ser que soy todavía. Ha sido una de esas pocas personas que ha logrado ver más allá de lo físico.
Nunca en mi vida imaginé que a día de hoy podría decir que somos novios. Él era, quien de niños, me protegía de los abusones del instituto porque era un buen chico al que las apariencias nunca le llamaron la atención. Y ya no solo me sigue protegiendo, sino que José es quien sana mis heridas cuando un mal comentario me afecta o hace daño.
Nuestra historia fue curiosa. Nos reencontramos por casualidad hace cinco años en el trabajo. Él es el hijo de mi jefe. Un día, yo entraba en su despacho para entregarle unos papeles y el café que me había pedido. Entonces –tal y como pasa en las películas–, José decidió salir a la vez que yo accedía y… el choque fue inevitable. Le acabé derramando medio café encima. Lo reconocí de inmediato. Me puse nerviosa. No sabía qué hacía allí. En principio, creí que era un cliente. Su padre nos presentó y, aunque me escondí de él, fue tan insistente que acabamos quedando. Entre paseo y paseo, surgió el primer beso. Desde aquello llevamos juntos dos maravillosos años y en dos meses compartiremos techo.
Al principio, admito que no me reconoció. Y pese a no saber que yo era aquel despojo humano al que protegía en el instituto, al cabo de los meses me confesó que a las tres o cuatro semanas de dar largos paseos por la orilla del río reconoció mis ojos, mis finas manos con las uñas pintadas y algunos gestos de agradecimiento. Dice que eso… por muchas operaciones a las que me haya sometido… jamás podrá cambiar. Expuso y expone que hay cosas como la mirada, o el miedo interior que desprende el alma a través de los ojos, que no podrán ser eliminadas por la mano humana.
Aterrada me acerco al cristal para observar lo que hay dentro de mí. Una lágrima recorre mi mejilla. Queda poco menos de media hora para que todo se acabe y yo sigo aquí encerrada en el cuarto de baño de este hospital.
Esta operación me la ha regalado José porque argumenta que también le afecta a él y que ya todo va a ser de ambos.
Tiemblo. Tengo pánico a esta última intervención a la que voy a ser sometida. Esta va a ser la definitiva, la que me haga sentir lo que soy, ¡lo que realmente soy! Esta destruirá al monstruo en el que he vivido encerrada tantos años para al fin poder liberar mi espíritu a través del cuerpo. No es cuestión de estética… Es cuestión de sentirse bien con uno mismo.
–Mila… –me llama mi novio tras la puerta–. ¿Estás bien? El doctor está al llegar y llevas ahí media hora.
–Sí… –contesto tragando saliva, mintiendo–. Ahora salgo. Solo necesito más tiempo para pensar…
–De acuerdo… –duda. Lo sé porque lo conozco–. Si necesitas algo… estoy fuera de la habitación con tu madre. Ya sabes que te apoyamos y que si no estás segura o tienes miedo… Puedo esperar.
–Gracias –me acerco a la puerta–, pero lo haré. Llevo mucho tiempo deseando que llegue este momento y no hay vuelta atrás. De hoy no pasa.
–Te quiero.
–Y yo a ti…
Es lo único que puedo responderle.
Camino hacia el espejo de nuevo, desnudándome para observar por última vez lo que me roba el sueño y la razón. Me duele tanto mirarme y verme tan incompleta a pesar de lo demás que adorna mi cuerpo…
Mi corto pelo negro, rizado, ha desaparecido para convertirse en una larga melena rubia a mechas que cuido y mimo todas las semanas en la peluquería de mi mejor amiga. Allí la conocí y forjamos nuestra amistad. Entre tinte y tinte, a solas con mis lágrimas y las suyas, le confesé mi gran secreto. Ella respondió con un abrazo y un cariño eterno.
Mi pecho ya no es plano como el de un niño, sino voluminoso, perfecto. Y, aunque me gustaría tener un poco más, José me ha prohibido someterme a quirófano más veces después de esto porque dice que soy la mujer perfecta. No desea que más bisturís pasen por mi cuerpo. Esta es la única que nos separa de poder ser una pareja unida. La gente no imagina lo mucho que me gustaría poder caminar con él en biquini por la playa o ir a un balneario. Incluso desnudarme ante él…
Seco las lágrimas que queman mi alma. Mientras lo hago con un poco de papel higiénico, miro mis manos. Sinceramente, son lo único que sí me ha gustado siempre porque son unas manos finas de largos dedos. Gracias a mis uñas siempre pintadas me siento más femenina, más como las demás mujeres. Hoy no están pintadas. Al observármelas, sonrío. Me siento satisfecha porque no tienen nada que envidiarle a otras. Mis labios son finos, pero bonitos. José siempre me lo recalca. Mi cara ya no es lo que era. He borrado aquella enorme nariz de oso que la hacía basta, al igual que hice desaparecer ese mentón puntiagudo y redondo cuyo hoyuelo en medio no era precisamente lindo. Ahora mi nariz es recta y pequeña y mi barbilla normal.
Me tapo la cintura y sigo mirándome. Ahora sí tengo curvas en mi cuerpo y pronto podré decir que soy yo. Soy yo… Miro mis ojos. No son menos que los de ninguna otra. No… ¡Yo no soy menos que ellas, sino igual!
Me tapo de arriba abajo con la ancha bata de hospital. Agarro el pomo con una sonrisa entre los labios. Decidida, me giro para observarme por última vez al espejo y… aunque todavía no he entrado a quirófano… puedo ver con mis ojos lo que siempre fui y nadie pudo ver por culpa de lo que era mi cuerpo. Soy una hermosa mujer, linda, perfecta. Soy tan bella y dulce como otra cualquiera.
–¿Cómo te encuentras, Mila? –me pregunta mi madre al salir.
Se ve muy nerviosa.
–Estoy muy bien, mamá –mi voz sale un poco entrecortada por la ilusión de verlos emocionados frente a mí–. Ahora estoy muy bien…
–Ya está aquí el médico –añade mi novio señalando la puerta.
–Muy buenos días. ¿Estás preparada?
–Estoy lista –sonrío sentándome en la silla de ruedas que trae una enfermera.
Voy a dejarlo todo atrás… Una vez ya lo hice con mi nombre, pero al fin, de una vez por todas, podré dejar de ser Luis Hurtado, una mujer encerrada en un cuerpo de hombre, para dar paso a la verdadera Mila. Y, quiera o no, la sociedad tendrá que aceptarme tal y como soy… Una mujer.

Sonrío. Ya nunca más seré esclava de mi cuerpo.

esclava de mi cuerpo. María del Pino

María del Pino.

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Aviso legal: Tanto este relato como gran parte del contenido de este blog se encuentra protegido por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

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Autor: mariadelpinoblog

Escritora, ilustradora, ex-locutora de radio, guionista y actualmente directora en el mundo audiovisual con una película en montaje y varios cortometrajes a punto de salir del horno.

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