Relato: El vestido del diablo.

Publicado en el viejo blog (14/04/2014)

A Xavier Cruzado, director
de cine, 
guionista y escritor.

En una cafetería de Londres –de la zona de Victoria Embankmet, frente al famoso y prestigioso Big Ben–, se encontraba sentado el señor Parker esperando a su esposa mientras se tomaba un café. Había quedado con ella en el puente Westminster Bridge a las doce y todavía le quedaba media hora.

Él era un reputado doctor del St. Thoma’s Hospital y su señora –con quien llevaba once años casado– veterinaria. Aguardaba tranquilamente a que ella saliese del trabajo para ir juntos a comprar unos billetes de viaje a New York. Su mujer se empeñaba en ver Wall Street y la estatua de la libertad.

Cuando más relajado se encontraba, desde el cristal, vio fuera de la cafetería a una rubia despampanante. Alta, delgada, de generoso pecho y curvas. Sus ojos se centraron en ella sin poder remediarlo. La gente se transformó en un bucle giratorio que dejó de existir. Simplemente se dedicó a contemplar a esa dama, a su rojo vestido –ajustado y con mucho escote– y a sus labios de color carmín. Una vez cerca de la cafetería, lo miró deslizando sus gafas seductoramente. Sus azules ojos le arrebataron la cordura e incitaron al pecado. Únicamente lo miraba a él.

Su mente comenzó a desvariar y a imaginar escenas indebidas con esa mujer de voluminosa delantera y de caderas abismales. Su cintura de avispa lo comenzó a excitar. La joven –ya que Parker le debía sacar unos diez años– se pegó al cristal y le sacó la lengua de manera provocativa.

Olvidó a su esposa. Todo se centró en torno a la mujer fatal que tenía delante.

el vestido del diablo, de María del PinoLas imágenes que recreó en su cerebro, ya que ella no dejaba de incitarlo con ciertos gestos un tanto obscenos, eran pura pasión desenfrenada. Lujuria. Sexo. Alcohol… Una playa paradisíaca con ellos dos a solas. Una cama, una ducha o un armario. Daba igual. Lo que fuese. Un baño, la vía pública en la noche, un parque a oscuras o con luz… Esos espejismos recorrieron su cabeza con más ímpetu. Incluso empezó a divagar y a centrarse en una orgía. Poco a poco, su imaginación había avanzado demasiado. Alcanzó fronteras inmensurables que jamás creyó que osaría propasar.

Metido en un trance, misterioso y envolvente, se distrajo observando lo que su subconsciente le mostraba. Cuando quiso acordar, la rubia estaba dentro de la cafetería, frente a él. Lo tenía obnubilado, encendido…

–¿Me acompañas al baño? –susurró la atrayente joven.

En ese momento, el señor Parker deseó ir tras ella y desnudarla. Se imaginó mordiéndole los pechos, palmeándole el trasero… Sin embargo, la figura de su señora se le cruzó momentáneamente por la cabeza. Gracias a ello, reaccionó y volvió en sí.

–Disculpe, señorita. Siento si me ha malentendido, pero estoy felizmente casado –tras decirlo, comenzó a ignorarla y a pensar en la mujer que debe y ama.

Como si todo hubiese sido causado por el arte de un embrujo transitorio, pasó de ella. Incluso las imágenes se le esfumaron de la cabeza. Dio un sorbo a su café mientras la joven abandonaba el bar. Pasados un par de minutos, siguió esperando a que llegase la hora.

Se detuvo a pensar en cómo fue capaz de fantasear tantísima aberración. ¡Por Dios! Si no llega a ser por su buen juicio en el último momento, se habría ido con esa chica y habría destrozado su matrimonio. No comprendía cómo había llegado a todo eso, pero se sentía culpable. Estuvo martirizándose hasta ver que quedaban diez minutos. Salió y comenzó a andar.

Una vez fuera, pensó que posiblemente el diablo le hubiese puesto a prueba. Satisfecho de haberla ganado, avanzó por la calle.

Mientras caminaba ensimismado, un coche colisionó con otro en el puente e inició un accidente en cadena que generó gritos y angustia por parte de los viandantes. Muchos de ellos pedían auxilio y a un médico.

Él, de forma servicial, llegó raudo al coche de la colisión. Allí, un hombre herido, el causante de la catástrofe, alegaba haber visto a una rubia con un vestido rojo. Se repetía a sí mismo que lo hechizó con su mirada.

–Una señora –susurró el conductor– ¡Quería que atropellara a una señora! –exclamó alarmado.

Tanto el señor Parker como otro joven, fueron a ver si lo que decía era verdad. Se sorprendieron. Debajo del alto todoterreno, divisaron los pies de una mujer. Con cuidado, la sacaron para comprobar su estado. Se trataba de la esposa del señor Parker. Él intentó reanimarla mientras llegaban las ambulancias. Enloquecía al ver que no conseguía salvarla. La gente se agolpaba a su alrededor muy conmovidos por la escena.

Llorando, con las manos llenas de sangre, alzo su vista al frente. Allí, apoyada en el puente, la mujer fatal observaba la situación con una sonrisa pícara en los labios mientras cruzaba sus piernas.

–¡Tú! –se tiró hacia ella.

La agarró y forcejearon ante la vista del enorme público. Los policías que llegaban junto a los servicios médicos, intentaron separarlos. No obstante, el señor Parker logró zafarse de todos. Pensaba que esa mujer era perjudicial para la salud pública, un demonio, una bruja… El ángel de las tinieblas. Con eso en su mente, se tiró puente abajo con ella entre los brazos. Su única idea era la de matar al diablo disfrazado que había causado todo este mal.

Al día siguiente, en los titulares del periódico, y en la televisión, apareció la noticia que impactó a medio Londres. Los testigos y el causante del accidente contaron que una joven rubia lo distrajo, provocando así la colisión múltiple que acabó con bastantes heridos y una víctima mortal. Kristen Parker, la mujer del reputado y querido médico Jhon Parker, perdió la vida en el impacto. Su esposo trató de atenderla en vano. Cuando llegó, desgraciadamente ya había fallecido. Acto seguido, explicaron que se volvió loco y solo señalaba a una jovencita muy exuberante. Exponen que, trastornado, se suicidó arrastrando a esta con él. Según los testimonios, el doctor la creyó culpable debido a las palabras que le dijo el autor de la catástrofe.

A las pocas horas, la policía encontró su cadáver cerca de la zona. Sin embargo, la mujer había desaparecido. No se halló rastro de su existencia, ni se supo nunca quién fue. Simplemente la vieron caer con el señor Parker mientras bramaba enloquecido que era el vestido del diablo.

María del Pino.

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Libro: Relatos Profanos
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Autor: mariadelpinoblog

Escritora, ilustradora, ex-locutora de radio, guionista y actualmente directora en el mundo audiovisual con una película en montaje y varios cortometrajes a punto de salir del horno.

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