El ladrón de Almas. VENGANZA (segundo capítulo).

Capítulo II

2-Septiembre-2012

Me llamo Érica Pulido y soy guía turística. Vivo en Córdoba y aquí voy a escribir aquí, con mi puño y letra, lo que me ha ocurrido en estos últimos días. Me lo quieren borrar a toda costa, cambiármelo por otra versión. Pero no. Se equivocan. No dejaré que manchen el recuerdo de la verdad sobre Javier Vargas de la Rosa, mi novio. (Ay… qué mal me encuentro, sino llega a ser por este incidente, seríamos ahora algo más que eso. Me lo han quitado…).

Todo comenzó cuando Javi me propuso ir a Navarra para pasar unos días, de senderismo, por la que fue tierra de su difunto padre. Él me quería llevar a celebrar mi veinticuatro cumpleaños por adelantado. Sin embargo, yo sabía que tras estos cinco años largos de noviazgo, me iba a pedir matrimonio. Lo tenía claro porque una amiga mía lo pilló con las manos en la masa (comprándome el anillo) y pasaba mucho más tiempo junto a mí con cara de bobo enamorado. Pese a que él le rogó a Lucía que se callase, ella (la delatadora), no lo hizo. Vamos, tardó diez minutos en llamarme al móvil para contarme la noticia. Así pues, cuando él me propuso irnos de senderismo unos días con la excusa de que ese era mi regalo, acepté muy ilusionada.
Preparando las cosas del viaje, enseguida me di cuenta de que algo escondía entre sus cosas. Usualmente, yo le ayudo ayudaba siempre con la maleta (o la mochila en este caso). La hacía en mi casa. Era como la suya. Llevaba viviendo conmigo este último medio año.
Fuimos de mochileros en el AVE hasta Navarra. Una vez allí, nos embarcamos a la aventura. Un autocar, una larga caminata y al final del día llegamos a la ruta. Hicimos hasta un poco de alpinismo. Si yo, años atrás, fui deportista, él era un crack en la materia. Un hombre fuerte y robusto.
Sin darnos cuenta, cayó la noche y sacamos la tienda. Mientras comíamos, lo notaba meloso. Deduje que sacaría pronto el anillo, pero me equivoqué. Simple y llanamente quería juerga nocturna. A la mañana siguiente desperté hecha un desastre. Salí de la tienda y lo vi a él justo enfrente, radiante y feliz. Lo adoraba. Me ofreció un café y, gustosa, bebí. Si pudiera, beberíay comería de sus manos. Vivía por él. Y él se desvivía por mí… Sobre todo este último medio año. El cambio había sido brutal.
Seguimos con nuestro caminar. Un poco más avanzada la media tarde, llegamos a un arroyo y… desde ahí, comenzaré a redactar, palabra por palabra, todo lo que recuerdo. Porque hay cosas y momentos que jamás podrán ser olvidados…
–¿Para qué quieres que baje al riachuelo otra vez? –pregunté. Acabábamos de pasarlo.
–No te quejes, tú simplemente ve mientras monto nuestro nidito de amor para cuando vuelvas, cari… –sonrió con picardía mientras sacaba de su enorme mochila una bolsa extraña y la tienda.
–De acuerdo, pero si me raptan… ¿qué harás sin mí? –lo señalé con el dedo.
–Tú llámame y estaré ahí. Además, no se encuentra tan lejos…
–Lo que tú digas, mi sargento… –cogí un pequeño cubo y caminé cuesta abajo.
Fui con mucho cuidado bordeando el pequeño barranco y la gran pendiente. Eso sí, a pesar de ello, no logré evitar una o dos estúpidas caídas. Incluso me arañé un brazo. Con precaución, me puse un pañuelo y continué andando. Al llegar al riachuelo, me quité las zapatillas de deporte y los calcetines. No iba a irme del lugar sin antes haber metido los pies en esa deliciosa agüita.
Acomodándome en una piedra, con los pies dentro, comencé a llenar el cubo. Estaba tranquila, a gusto. La musiquilla natural de mi entorno me relajaba y transportaba a un mundo de paz maravilloso. Ahí no había contaminación. Nos encontrábamos fuera de toda la polución de la urbe. Mis sentidos permanecían en armonía con la naturaleza hasta que escuché una pisada detrás de mí. Me giré sobresaltada. No vi nada. Supuse que debió de ser un animal a lo lejos, así que continué con lo mío.
El agua era transparente como el cristal. Increíble. Mientras la contemplaba ensimismada me pareció ver un reflejo en ella. ¡Detrás había un hombre! Me volteé, poniéndome de pie, lo más rápido que pude, pero… una vez más… solo estaba la nada. Ni un mínimo indicio de vida a mi alrededor.
Suspiré mirando el cubo, desconcertada ante mis alucinaciones. Lo volqué sin querer. Me senté de nuevo. Creyéndome deshidratada, bebí un poco. Cerré los ojos e intenté concentrarme. Mi abuelo, cuando yo era una niña, me enseñó a defenderme. Decía que su nieta tenía que estar preparada para cualquier tipo de percance. La vida (solía decir siempre) es dura. Tuvo tanta insistencia, que me apuntó a kárate, a judo, a boxeo, a full contact… A pesar de mi estatura (1.65) y de mi actual delgadez (casi extrema, he de admitirlo), siempre había estado en buenas condiciones físicas hasta hace cinco años. Casi los mismos que llevo ejerciendo de guía turística y saliendo con Javi.
Permanecía concentrada cuando presentí nuevamente a alguien en mi espalda. Abrí un poco los ojos y observé de nuevo su reflejo en el agua. Exacto, había un hombre detrás de mí. No estaba soñando.
Tarareé una cancioncilla para despistarlo, para que viese que no notaba su presencia. Incluso me moví hacia los lados con leves balanceos al son de lo que quiera que cantase. Recé para que la llave de kárate que se me ocurrió hacerle me saliese bien. Aunque dudaba si tendría éxito, no lo pensé más y, girando mis manos, lo agarré. Lo coloqué sobre mi espalda para propulsarlo sobre mí y tirarlo al agua. Para mi asombro, conforme iba rodando, su peso se fue esfumando hasta que dejé de tenerlo entre mis manos. Fue como tocar a un fantasma. A mi alrededor solamente quedaba una especie de humillo negro, granulado. Este se disipaba e iba con el viento. Volaba bien lejos.
Lo prometo. Me espanté. No supe explicar lo que acababa de ocurrir. Lo único claro es que no había nadie. Ni un alma a mi alrededor. Creí estar loca, pero en mi mano había sostenido algo y en mi espalda apoyé a un hombre muy alto. Estaba completamente segura de ello.
Agarré el cubo una vez más y lo llené, pero en esta ocasión sí miraba por doquier, en todas direcciones. Ya creía ver fantasmas. Tenía miedo.
Caminando hacia mis zapatillas, escuché el crujir de unos pasos. Me las puse lo más rápido que pude y saqué un tirachinas de mi bolsillo trasero. Apunté hacia los matojos de los que provenía el ruido y hablé en voz alta.
–¿Quién anda ahí? –me hice la valiente.
Como no obtuve respuesta, fijé con la piedra el destino en el que acabaría. Justo donde deduje que estarían las piernas, la lancé.
–¡Ah! –se quejó una voz. La reconocí.
–¿Qué diantres te crees que estás haciendo, Javi? –me enfadé mucho.
–Bajaba preocupado por tu tardanza y, al verte sola… pensé en gastarte una bromita. ¡Vaya, hija! ¡Qué mal las tomas! –me recriminó caminando ya visible hacia mí. Se rascaba la pierna.
–Perdona, pero es que vi un tío antes y me asustó –confesé.
–Cari, no debes tener miedo. Yo te protejo –me abrazó–. Y si no puedo, veo que siempre te quedará el tirachinas… ¡Desconocía tu puntería, amor! –se reía mostrándome su muslo–. Además, hay guardas forestales y campistas, no hay peligro.
Al llevar pantalón corto, aprecié que le di de lleno. Eso tuvo que dolerle bastante. Pronto le saldría un buen moretón. Me acerqué para pedirle perdón un poco arrepentida. Él enseguida expuso que se lo cobraría por la noche. Cuando subimos, me sorprendí. La tienda estaba montaba. Un poco frangollera (por no decir mucho), pero lo estaba. Me asombraba el entorno. Anochecía gradualmente, así que todavía podía distinguir que había esparcido flores y pétalos de rosa por toda la zona, al igual que también tenía colocadas varias sábanas blancas y dos o tres cojines pequeños en una especie de mini-paraíso romántico con velas y más pétalos. Parecía una especie de tienda de velos y telas con un frontal abierto. La verdad es que se lo había currado.
–Todavía se ve, pero dentro de media hora, las velas y la fogata serán lo único que nos alumbre la velada, Eri. ¿Estás dispuesta a pasar la noche de tu vida? –besó mi hombro.
–¿Y qué hacemos en esta media hora que nos queda? –hablé embobada, olvidándome de todo lo anterior. Estaba enamorada. Sigo enamorada…
–Comernos rápido esto y hacer el fuego –me mostró dos trozos de pan y un poco de embutido.
–¿Para?
–Para luego comerte a ti –me quitó el cubo de las manos y lo tiró al suelo, derramando así todo su contenido.
Ahí comprendí que lo de hacerme bajar al arroyo fue una excusa barata para quedarse solo y sorprenderme con esto. Tenía claro que se aproximaba la hora de la pedida.
Después de cinco años y pico juntos, después de tantas noches compartidas, me encontraba nerviosa como cuando empezamos a salir, como la primera vez que nos besamos o lo hicimos en el camastro de un viejo hotel gaditano. El corazón se me encogía y en el estómago solo me revoloteaban centenares de mariposas juguetonas. No tenía ni hambre. Comí lo justo. Un poco de salchichón y algo de queso. Él, en cambio, se lo devoró todo y más. Se le veía alegre, feliz… Javi era un chico de estatura normal, de ojos color azul-verdoso y de cabello dorado como el oro. Lo llevaba muy corto por los laterales y revuelto por arriba. Me encantaba mirar su pícara sonrisa y escucharlo decir mil tonterías. Javi es… Digo… Era… mi día. El sol que me iluminaba.
–Bueno, Eri… –captó mi atención–. ¿Sabes? Te he escrito una cosa.
–¿Sí? –intenté parecer inocente.
–Toma, léela –me extendió una carta muy arrugada.
–¿Perdona? Me la lees tú, guapo.
–No me hagas avergonzarme, cari…
–Léemela –sonreí.
Afirmó y suspiró.
–Pues bien. Escucha claro y destapónate los oídos porque no lo volveré a repetir –se puso de rodillas frente a mí, que estaba sentada.
Como no veía bien, acercó una linterna y la colocó en el suelo. Acto seguido, sacó un pañuelo anudado y comenzó a leer:

Mil montañas me atreví a cruzar,
y, entre ventiscas, en un velero me eché a la mar.
Los límites de todos los océanos osé cruzar,
para en tu dulce orilla poder anclar
y pedirte que si conmigo te quieres casar.

Justo antes de terminar, dejó de leer y comenzó a recitar de memoria al mismo tiempo que desenvolvía el anillo. Me emocioné. Mi respuesta, más que una respuesta verbal, fue corporal. Me lancé a sus labios como una gata. O, quizás, como una loba. Nos quitamos la ropa con cierto salvajismo entre el nórdico y los velos que me dio tiempo a juntar.
Cuando acordé, me fui a levantar para coger un preservativo. Sin embargo, tiró de mi brazo hacia él y susurró algo enternecedor. Tal vez, lo más tierno que jamás me había dicho. Recuerdo cómo silabeaba cada palabra, cómo cada vocal y cada consonante salían perfectamente de sus labios para adentrarse en mis oídos. Sus palabras fueron: “hagamos esta noche a nuestro primer hijo”…

 

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

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Autor: mariadelpinoblog

Escritora, ilustradora, ex-locutora de radio, guionista y actualmente directora en el mundo audiovisual con una película en montaje y varios cortometrajes a punto de salir del horno.

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