Relato: Mi vestido de diamantes.

 

De diamantes me hice un vestido para brillar en la noche bajo la luna. De diamantes me lo hice para que todas las miradas se centraran en mí bajo el apuesto y elegante sol. Lo ceñí a mi cuerpo. Incluso me hice unos zapatos a juego. Me galardoné con las riquezas de mi nuevo vestido para así poder hacer amigos. Salí, dispuesta, a la calle para lucirlo con estilo.
Bajé las escaleras, contoneando mis bellos diamantes. Bajé zarandeando las manos, para que sonasen y como campanas repicasen. El sol rozó mi cuerpo y los destellos dieron en los ojos de las personas, las cuales, se cegaron al mirarme y prefirieron olvidarme.
Indignada, decidí que eran unos “sin gusto” y probé suerte con otros. Por desgracia, me pasó lo mismo. Ni tan siquiera me miraron. No obstante, de una limusina de piel de cocodrilo se bajó una mujer vestida de zafiros. Me miró y supe que comprendía el glamour. Enseguida me sonrió. En su acomodado vehículo me llevó a un bello lugar. Disfruté al ver que, allí, todos eran como yo. Joyas preciosas, brillantes, adinerados… En definitiva… gente con clase y estilo. De altas esferas.
Me codeé con ellos durante meses, dejando atrás la muchedumbre y lo mundano. No me importaba nada que no fuese mi vestido de diamantes y mis accesorios brillantes.
Un día, en plena noche, volvía a casa de la fiesta y me asaltaron unos muertos de hambre. Se hacían llamar los justicieros del pueblo. Me lo quitaron todo. Mis pulseras, mis tacones y mi vestido, dejándome desnuda y desvalida en mitad de la calle.
Asustada, no sabía adónde ir, ni a quién acudir. Por eso, caminé, ocultándome entre los cubos de basura. Todo a mi alrededor se encontraba sucio. Tanto, que mi piel diamantina pasó a tener por encima una negruzca capa de mugre. Al llegar a mi casa amiga, llamé a la puerta de la cancela. Tras mi insistencia, se aproximó ELLA.
-¡Largate, mugrienta! -exclamó con asco en el rostro al verme.
-Zafiro, soy yo, Diamantina… -logré musitar mientras la gente se agolpaba a su alrededor con cara de asco.
-¿Qué te ha pasado? -preguntó horrorizada tras reconocerme- ¡Rápido, llamad al mayordomo para que abra la puerta!
-La plebe me ha robado mi vestido de diamantes… -una lágrima saltó de mis ojos al mismo tiempo que el murmullo aumentó en críticas para los pobres.
-Bueno, eso tiene arreglo. No te preocupes, ahora pasarás aquí dentro, te quitarás esa porquería y mañana te harás otro nuevo y mejor… -dijo el señor corbata de oro.
-No… No tengo más diamantes… -confieso.
-¿Cómo? -la anfitriona detuvo al mayordomo.
-No tengo más diamantes -repetí.
-¿No? Pues lárgate de aquí, ¡que apestas a pobreza! -exclamó don corbata de oro.
De pronto, miles de burlas se dirigieron hacia mi humillada persona. Ya no era la hermosa y glamurosa “Diamantina”, sino “La pobretona”, “La miserable”… “La peste”.
Abatida y solitaria, caminé por las oscuras calles en mitad de la noche. Las lágrimas recorrían mis mejillas sin cesar mientras veía mi vida pasar. Sola. Siempre muy sola por no saber a nadie hablar. Añoré mi vestido de diamantes y maldije el no tenerlo. Lo maldije hasta caerme al suelo. Yo solamente buscaba amigos. Siempre había estado sola con mis diamantes. Y luego, sola sin ellos…
Caí al suelo y me afligí. Me retorcí ante el dolor de la desdicha hasta que unas manos sostuvieron mis hombros. Quise gritar. Pensé que me iban a matar después de hacerme cualquier mal. En cambio, las manos me ofrecieron una cálida manta de poliester y un abrazo consolador.
-No te preocupes, mujer. Yo te cuidaré… -la voz de un joven me sorprendió.
-No tengo nada con lo que pagar tu ayuda -me giré a mirarlo.
Aun sin el brillo del oro o de los diamantes en su rostro, la sonrisa del muchacho resplandecía con aquello que llaman alegría, regalándome así el calor del fuego y la ternura de lo verdadero.
-¿Pero qué me estás contando, mujer? La ayuda es gratuita, para eso estamos en la tierra, para ayudarnos entre todos… -su voz sonaba franca-. Además, ¿qué voy a querer yo de ti? -preguntó señalándome. No tengo nada. Ni siquiera ropa.
Me cuidó y alimentó en la llaneza, me devolvió la vida e incluso me ofreció a sus amigos. Al cabo de unos meses, donó a mi insípida alma un poco de su amor. Y después, con el paso del tiempo, engendramos juntos el fruto de nuestra pasión. Nunca más quise más riquezas que esas. Nunca esperé lujos, ni fiestas. Un piso humilde, un amor enorme y unos hijos maravillosos, era lo mejor que me pudo ocurrir.
Un día, paseando por la calle, encontré de casualidad mi vestido. Pese a la fama que supe que otra vez podría darme, pasé por su lado sin mirarlo y con una sonrisa entre los labios aún calientes por los besos de mi amor. Entonces, satisfecha pensé en mi interior: “¿Para qué quiero yo riquezas superficiales, teniendo los verdaderos tesoros que tengo?”. Y seguí caminando, dichosa y feliz, sin nunca jamás volver a mirar atrás.

 

***
El verdadero tesoro lo hacemos
con las personas que nos miran
por dentro, no con las personas
que solamente ven lo superficial.

***

María del Pino.

 

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Autor: mariadelpinoblog

Escritora, ilustradora, ex-locutora de radio, guionista y actualmente directora en el mundo audiovisual con una película en montaje y varios cortometrajes a punto de salir del horno.

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