El ladrón de almas. VENGANZA (CAPÍTULO 7)

Capítulo VII

En pleno verano cordobés, me encuentro en el gimnasio con un amigo. En estos últimos meses de tanta asiduidad, me ha salido hasta un entrenador gratuito. Es un maestro. Mi maestro. Cariñosamente le llamo sensei. Me ha puesto una dieta para fortalecerme y me entrena hasta dejarme exhausta. Justo lo que necesito. El chaval me cae tan bien, que se ha hecho muy amigo mío.
–Érica, vas a acabar con mi paciencia.
–A ver, Rafa, si no puedo, no puedo –hablo mientras me quita una pesa enorme.
–Tienes mucha agilidad y hasta sabes luchar, pero de fuerza andas escasa…
–No es eso. Si tú eres un bichaco que levanta de pecho más de cien kilos, a mí no me cuentes pamplinas. Además, paso de los batidos proteínicos y esas chuminadas que toman los musculitos estos… –gruño.
–Bueno, tú sabrás. Yo me voy ya, que he quedado con mi novia y si vuelvo a llegar tarde, me mata. Por tu culpa siempre me retraso…
–Mi culpa no es que vayas pisando huevos al caminar… –le sonrío.
Me da dos palmaditas en la espalda y se marcha. Hoy me voy a quedar aquí hasta que me echen. Esta mañana he hecho de guía a unos japoneses durante seis horas seguidas y estoy cansada de hablar. Necesito entrenar, desfogarme. Debo dejar la investigación por internet y ponerme ya en serio. Hay que buscar pistas. «¿Debería ir a Navarra para conseguirlas?».
El profesor de spinning hoy nos ha dado mucha caña. Tiene el mejor culo de toda la clase. Hasta más bonito que el de las mujeres. Increíble.
Me meto en la ducha la última. No sé cuánto ni tiempo pasa. Bajo el agua se me hace eterno. Escucho la puerta cerrarse de golpe y me doy cuenta de que me he quedado sola. Mientras me aclaro el jabón, escucho pasos. Me alerto. No porque se escuchen, sino porque se oyen como si no quisieran sonar, como si quisieran sorprenderme. Salgo, armada con el bote de champú en una mano y el de gel en la otra. Ando por las nuevas y enormes taquillas que han puesto y veo que hay una abierta. Agarro una toalla, me envuelvo y me acerco. Miro hacia el interior y creo ver una nota dentro. Justo cuando me asomo, siento un empujón por la espalda. Una vez dentro de la taquilla, la cierran. Me giro y pido auxilio. Estoy atrapada. Intento ver qué ocurre fuera. Hay demasiado alboroto. Parece una gran pelea entre huracanes. Intento ver algo a través de las inclinadas rendijas que hay a la altura de mis rodillas, pero solo distingo el suelo.
Una vez más, aparece en escena el humo negro que me rodeó aquel día. Arremeto contra la puerta con todas mis fuerzas para salir. Nada. No se abre.
Escucho un quejido de hombre que me resulta muy familiar e intento mirar de nuevo por las rendijas. Pego la oreja. Se escucha un susurro inquietante, como si un hombre amenazase a otro. Lo único que he descifrado ha sido: “ni se te ocurra, o no verás la luz de un nuevo día”.
Al cabo de unos segundos, aprecio que alguien se dirige hacia mí. Lo máximo que le veo son las rodillas. Viste con zapatos negros, brillantes, y pantalón de pinza. Sus andares me suenan de algo. Creo haberlos visto con anterioridad.
–Nunca te quedes sola –me ordena con una voz apagada y sin alzarla lo más mínimo.
–¿Quién eres? ¿Qué quieres?
–Voy a abrirte, pero debes dejar que me vaya. ¿De acuerdo? –su frialdad traspasa la taquilla.
No contesto, simplemente dejo que abra. Cuando ya no hay candado, empujo la puerta con todas mis fuerzas. Incluso siento que le he dado un buen golpe. Lo he debido tirar. Al salir –cayendo al suelo semidesnuda–, llevo mis ojos hacia donde debería estar ese hombre, pero no hay nada que no sea ese humo visiblemente granulado que parece difuminarse con el aire e irse por las rendijas de una de las pequeñas y casi opacas ventanas que dan a la calle.
Están aquí y vienen a por mí. Lo sé.
En ese preciso instante –mientras me coloco mejor la toalla– aparece el encargado por la puerta junto a la señora de la limpieza y un vigilante.
–¿Qué ha ocurrido aquí? –pregunta el jefe.
–Yo… No sé. Escuché un ruido, miré la taquilla, alguien me encerró y me han abierto ahora. He pasado mucho miedo –hago un poco de teatro abrazándome al guarda que me ayuda a levantarme.
–¡Y que me hagan esto a mí! –exclama la mujer al ver todo el desastre.
Miro a mi alrededor. Para mi sorpresa, observo varias cosas tiradas. Incluso hay unas cuantas abolladuras en algunas taquillas y la puerta de un baño se ve completamente destrozada. Ha habido una buena pelea y yo sin darme cuenta.
Cuando llego a mi casa –después de haber declarado como testigo a la policía junto a ellos para la denuncia que querían poner en el gimnasio–, agarro un cuchillo bien afilado y me dirijo a mi cuarto. Aquí, me doy cuenta que, con todo lo ocurrido, no me he puesto nada debajo. Simplemente llevo el pantalón y la camisa. Ya en mi habitación, me quito la ropa y me pongo la interior. Me tumbo en la cama con el acero al lado y me paro a pensar. No dejo de intentar recordar cosas que mi abuelo me enseñaba de pequeña para poder atar cabos. No doy con nada. «¿Será cierto que existen los vampiros?». Sin querer, me quedo dormida.
Estoy soñando con el video del cumpleaños de mi hermano. En este momento, hay variantes. Javi, en vez de ser un niño, me sostiene en brazos y me acuna al mismo tiempo que mi hermano nos mira. Llaman a la puerta, abre mi abuelo y aparece el hombre. Se abrazan y se van a la cocina.
De repente, mi sueño sufre una alteración y es interrumpido por Antoine. Aparece aniquilando a mi hermano, al abuelo y a Javi. Solamente quedamos vivos el extraño sin rostro y yo, de bebé, sin poder moverme del suelo. El francés viene hacia mí, sacando colmillos, sediento de sangre. Mi “pequeño yo” mira al extraño pidiéndole ayuda. Soy tan insignificante, pequeña y débil, que solamente puedo llorar y patalear.
Me despierto de un sobresalto. No sé qué ha pasado, pero sí sé a quién tengo delante de mí, sentado a los pies de mi cama, observándome dormir en ropa interior. Pese a la oscuridad, lo miro con la respiración agitada. Es uno de los que mataron a Javi. Ni el de color, ni el anglosajón, ni Antoine. Es el último, el que siempre aparece en mis pesadillas y visiones del día. Lo he pillado y lo sabe. No se mueve.
Con la respiración todavía más agitada, me giro a coger el cuchillo con rapidez. Cuando vuelvo a él, ya no está. Me pongo en pie, alerta, y camino hacia la luz del salón. Poco a poco, voy alumbrando las habitaciones de mi casa. No hay nadie. Incluso ando hacia la puerta de la calle y compruebo que está cerrada. «¿Serán imaginaciones mías?». Al comprobar que no hay forma posible de entrada o salida, imagino que ha debido de ser así. Seguro que al revivir en el gimnasio lo mismo que hace dos años, ahora lo tengo presente como un fantasma. Trago saliva y vuelvo a mi cuarto. Queda una hora para que suene el despertador. Decido que no voy a dormir más. Estaré en calma, pensando en lo soñado, cavilando qué he de hacer, por dónde he de empezar.
–Hontouni arigatou gozaimasu!! –reverencio dándole las gracias, de verdad, al mismo grupo de turistas japoneses de ayer.
Los acabo de dejar en su hotel y ya no los veré más. Varios de ellos me han obsequiado con unos cuantos inciensos de su país. Una muchacha me ha regalado incluso su haori. Es precioso. Todo un detalle típico de la gente de Japón. Si los tratas bien, te responden mejor.
Camino a casa por el puente Romano. Nada más llegar a la Mezquita, me sorprendo al ver un cochazo negro de lujo –cristales negros y posiblemente blindados inclusive– entre los de caballos. De este sale un joven hombre atractivo, trajeado y con gafas de sol negras. Me sonríe con familiaridad.
–Érica Pulido –me llama.
Conforme me voy acercando, lo reconozco. Es el inspector Ruiz. Nos saludamos con dos besos que me ha dado rebosantes de alegría. Me propone ir a tomar una copa. Sé que algo quiere, así que acepto. Siento curiosidad.
Como son las cinco y no he comido, se ofrece a invitarme. Expone que tampoco comió nada. Llegamos al Pizzaiolo del barrio El Brillante en un segundo. Por el camino, apenas hemos cruzado cuatro palabras. Lo poco que se ha hablado ha sido sobre mi trabajo.
Al llegar, asombrosamente descubro que tiene una mesa reservada. Se inclina caballerosamente para dejarme pasar primero y así hago. Cuando no me mira, frunzo el ceño. Esto es sospechoso. Muy sospechoso. Nos sentamos. Apenas hay personas comiendo debido a la hora. Pedimos la bebida. Nos quedamos a solas en la mesa, mirando la carta a la vez que nos traen los refrescos.
Lo observo de reojo. Aparentemente se muestra muy contento. El inspector Ruiz es un joven de pelo entre cobrizo y rubio oscuro, con ojos color caramelo. Más bien claritos. Tiene un poco de barba. Su piel es normal y presenta muy buen porte. Todo un lujo a la visión de la que quiera buscar novio. Sus dientes, blancos y alineados, me sorprenden con una sonrisa vivaracha desde que lo vi hasta ahora.
Saca unas gafas de visión y alega que se las acaban de dar para ver mejor de cerca y que nunca se acuerda de ponérselas. Lo que me parece extraño es que me diga eso y observe más todo lo que hay a mi alrededor que a la carta en sí. Es más, para leer se las baja porque parece ver un pimiento con ellas.
–¿Han elegido ya los señores? –un hombre con mucha simpatía y una afable sonrisa aparece en la escena.
–A mí póngame un solomillo con guarnición de patatas a lo pobre –contesto.
–¿Algo más?
–No, gracias –miro cómo golpea con la punta del bolígrafo en su libreta.
–¿Y el caballero qué va a desear?
–A mí… Mmm… Unos buenos espaguetis a la boloñesa y sorpréndame con algunas cosillas de la casa –responde–. Traigo hambre.
–Le sorprenderé con algo exquisito –guiña un ojo.
–¿Cómo te llamas? –le pregunta el inspector tratándolo con familiaridad.
–Daniel.
–Me quedo en tus manos, Daniel –le extiende la suya y se la estrechan.
Se marcha con garbo y soltura. Se ve muy contento con el cliente que le pone un reto. Mientras Ruiz guarda las gafas, siento en mi pecho una opresión muy grande. Hay algo que me incita a mirar en todas direcciones. Es como si me observaran. Al fondo, en la esquina, solo hay un hombre, sentado, pidiendo algo a la camarera. Intento verle la cara, pero el cuerpo de ella me lo impide. Detrás de mí solo hay una familia terminando de comer y una pareja de enamorados demasiado empalagosos.
–¿Hace siempre tanto calor en Córdoba a estas alturas? –se queja el inspector abanicándose con la carta del postre.
–A mediados de verano, sí. Este bochorno y más que llegará en agosto. Hoy no hace tan mal día… –comento viendo que comienza a aflojarse la corbata.
–Si no te importa, me la quitaré. Aprovecho que no está Guerrero para soltarme un poco la melena… No me gusta vestir así, prefiero algo más informal –se ríe.
–Es estricto, ¿verdad?
–Sí. Ni te lo imaginas. Trabajar a su lado consume demasiado. Soy el compañero que más le está durando. Nadie quiere estar bajo sus órdenes o tener que discrepar con él. Que es mi caso… –confiesa.
–¿Y cuánto llevas a su lado?
–¿Con él y en el trabajo? Pues si estamos a quince de julio… Casi dos. Aunque llevo toda mi vida preparándome para esto, empecé justo el día que te conocí. Fuiste mi primer caso, mi primera toma de contacto como inspector.
Tras ese comentario, se produce un vacío de silencio bastante incómodo.
–Lo siento. Quizás… No debí haberlo comenta…
–No pasa nada –le corto–. ¿A qué has venido?
–Pasaba por aquí y te vi.
–No me vale esa respuesta –le enseño el cartelito de reservado.
–Me has pillado… –sonríe a la vez que agarro la servilleta para ponérmela en las piernas–. Me han enviado para saber cómo sigues.
Pese a que me regala su mejor sonrisa, ahora lo noto nervioso, incómodo. Vuelvo a llevar mi vista hacia el fondo del restaurante, justo hacia la misma mesa de antes. Me levanto, impactada, como si hubiera frente a mí un fantasma. Esta vez no pienso ni parpadear para que no se desvanezca. Agarro el cuchillo dentro de la servilleta y avanzo hacia aquella mesa. Le susurro a Ruiz que vuelvo enseguida. El individuo que se encuentra en ella se levanta al cruzar sus ojos con los míos y camina, con parsimonia, hacia los lavabos que hay al otro extremo. Lo sigo. Es el joven de anoche.
Una vez que se mete en el baño de caballeros, abro la puerta y ya no lo veo. Puff… Se ha evaporado, como siempre. Miro por doquier, pero estoy completamente sola. No sé qué ha podido ocurrir. Es… como si persiguiese a un fantasma.
De pronto, entra un hombre y, sin verme, se abre la cremallera del pantalón. Antes de sacar algo más, se gira y me ve. Se sorprende tanto que incluso grita. Disimulo copiándole. Me disculpo aparentemente avergonzada, alegando que me equivoqué de servicio. Salgo rápido.
Al volver a la mesa, también me disculpo con Ruiz por el desplante. Compruebo que nos han traído la comida. Me siento de nuevo y vuelve a cernirse el silencio entre nosotros. Vienen por mí. Lo sé. No logro quitármelo de la cabeza ni un segundo. Quizás debería marcharme para que el inspector no corra peligro. Si mataron a Javi, también podrían con él por muy inspector que sea.
–Perdona por lo que te voy a preguntar, Érica, pero debo hacerlo. ¿Sigues pensando que el señor Vargas es inocente y que os atacaron otros seres que no eran humanos? –capta mi atención.
Me levanto enfadada, poniendo la mano sobre la mesa, soltando así el cuchillo. Tengo ganas de gritarle cuatro cosas por su insinuación omitida. Sin embargo, me contengo y me vuelvo a sentar. Tal vez, haya venido por eso, para saber si estoy loca, si necesito un manicomio.
–No existen seres así. Lo exageraría. Lo que sigo afirmando es que mi novio es inocente… Él no intentó acabar conmigo en ningún momento –susurro con recelo y cierta ira contenida. Tengo la impresión de que debo mentirle.
–Érica, supongo que querrás ver este DVD. Contiene lo que encontramos en la cámara que situó tu novio para grabar tu muerte –lo extiende en la mesa con expresión de culpabilidad.
Dubitativa, lo cojo. Mi corazón se acelera y deseo tirárselo a la cara. Rujo por dentro con todas mis fuerzas. El enfado va en progresivo aumento. Respiro hondo para contenerme, lo meto en el bolso y me levanto.
–Espero que no te moleste que me vaya. Creo que me acabo de indigestar… –miento. Todavía no he probado bocado.
–Te entiendo. Solo te pido que me disculpes. Me ha tocado a mí y he de hacerlo… Mejor yo que Guerrero…
–Adiós –me giro, cabreada.
–Hasta muy pronto, Érica… Volveremos a vernos antes de lo que esperas.
Cojo un taxi para ir a mi casa. Una vez en ella, me arrepiento. No debí marcharme. Aunque se portó bien conmigo en el hospital y no me cae mal, por la ofensa a Javi debí haberle partido los dientes de un puñetazo. Saco su fotografía del cajón y golpeo la cama con la mano cerrada. Le prometí que no dejaría que nadie más volviese a emborronar su nombre y… no he sido capaz de hacerlo. He dejado al inspector formular la pregunta que pone en duda su integridad y salir impune. Pongo una almohada en mi cara y me ahogo en un grito. Eso no volverá a ocurrir.

 

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

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Autor: mariadelpinoblog

Escritora, ilustradora, ex-locutora de radio, guionista y actualmente directora en el mundo audiovisual con una película en montaje y varios cortometrajes a punto de salir del horno.

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