El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo VIII)

Capítulo VIII

Me despierto después de una larga noche. Por suerte, en estos dos días no he vuelto a encontrarme más con el inspector. No sé qué hubiese ocurrido si me lo hubiera cruzado. A lo mejor le hubiese cantado las cuarenta o simplemente le hubiese dejado bien claro que me molesta su presencia.
Dejo de pensar en él. No merece la pena darle vueltas a lo ocurrido.
Como tengo una semana de vacaciones, podré investigar a gusto. Lo primero será mirar el video que me dio y que no he querido ver hasta que se me pasase el enfado. Luego, tratar de buscar alguna pista en casa de los abuelos que me conduzca hacia el paradero de los asesinos. Si el francés preguntaba por él, sería por algo. Quizás los investigara en sus últimos años de servicio. O incluso en los que prestó ya jubilado. Por último, he de prepararme para enfrentarme a ellos. La próxima vez que tenga delante al que no para de perseguirme, no lo dejaré escapar. Y menos ahora que he visto tan claro su rostro, conozco su estatura y movimientos.
Enciendo el portátil, pongo el DVD y hago doble clic en el único archivo que contiene. Me resulta extraño ver que solamente hay uno. La cámara de Javi no lo monta todo, sino que lo deja en varias grabaciones.
Nada más darle al play, sale él, riéndose en el tren. Se burla de mí, dormida, mientras se dedica a grabarme. Expone, entre susurros, que serán unas vacaciones inolvidables. La siguiente toma es mía, bajando hacia el arroyo. Contengo mis emociones al escucharlo hablar. Aprieto los labios para hacerme la fuerte. Cierro incluso los ojos momentáneamente. De repente, se corta y empieza a verse borroso. Distorsionado diría yo. La imagen se para de golpe y se ve cómo Javi me empuja por el barranco, cuchillo en mano. Acto seguido, todo se vuelve negro. La siguiente toma es de un policía preguntando qué hace ahí una cámara mientras unos cuantos bomberos me sacan del barranco junto a otro hombre que no logro ver. Seguramente el doctor alemán.
Cierro el ordenador de golpe. Me cabreo severamente. Está completamente adulterado. Yo ya me encontraba arriba cuando me desmayé. «¿Quién me ha vuelto a bajar?». No sé si, como dice Lucía, han sido ellos, o quién. Lo que me queda claro es que faltan varias tomas. Tengo que descubrir por qué había una cámara grabando, si era la de Javi u otra y quién se ha tomado la molestia de cortar lo esencial.
No puedo esperar más. Ya ha pasado demasiado tiempo. Agarro el bolso, meto los papeles que escribí con lo ocurrido y abandono mi casa. Debo visitar la de los abuelos. Al ir andando hacia mi Peugeot gris, aprecio que está apoyado en el capó el inspector Ruiz.
Nada más verlo, le sacudo una bofetada. Le voy a dar otra, pero me controlo. Me digo a mí misma que no soy una persona violenta aunque él me desquicie y me haga querer usarlo de saco de boxeo.
–Lo siento… –se disculpa con tristeza, como si en el fondo de su corazón comprendiese mi pérdida y mi impotencia.
Paso de decirle nada. Simplemente me subo al coche. No deseo liarme a insultos con alguien que muestra arrepentimiento y dolor en el rostro. Eso me ha dejado en parte desconcertada. He de reconocerlo.
Justo en el momento en el que me queda poco para llegar, pillo un atasco en plena cuesta de la avenida del Calasancio. A dos casas de llegar a la de mis abuelos, veo que me sigue en su coche. No es nada disimulado. ¡Hasta me ha saludado con la mano cuando lo he mirado por el retrovisor! Suspiro. Me gustaría seguir enfadada, pero su sonrisa es demasiado alegre como para guardarle rencor alguno. Eso sí, lo abofetearía otra vez para terminar de quedarme a gusto.
La cancela de los abuelos está abierta, así que entro. Bajo del coche y me contenta ver que no se ha colado detrás de mí. Lo hubiese echado a patadas si encartase. Con él veo que no existe una Érica pacífica.
–Mi niña… –oigo a la abuela.
–Hola –le doy dos besos y un abrazo.
–¡Cuánto tiempo hace que no vienes por aquí! –me responde con fuerza.
–Pues sí.
Me pone de comer el plato favorito de mi infancia, patatas con huevos fritos y un buen cuenco de salmorejo. A pesar de mi estricta dieta puesta por Rafa, me lo como todo y hasta me chupo los dedos. No hay nada como untar las patatas en el salmorejo de la abuela Paloma y mojar sopas.
Tras la comilona y el postre de fresas con helado de nata, me brinda un cuarto para dormir la siesta mientras ella ve la serie “Amar en tiempos revueltos”. Va por el tercer capítulo y no sé cuántas veces la habrá visto ya. Tiene costumbre de poner la primera temporada cada vez que termina. ¡Bendito el día en el que se la regalamos para su cumpleaños!
Me tumbo en la cama para relajarme. Al cabo de un rato, bajo las escaleras para beber agua y veo que la abuela duerme plácidamente. No le ha dado tiempo ni a ver el cuarto capítulo entero.
Tras saciar mi sed, subo al despacho del abuelo. Un despacho “privado” en la torrecita más alta de la casa. Siempre que me llevaba ahí, me decía que era su cuartel secreto. A mí me encantaba acompañarlo y escuchar sus historias.
Al abrir la puerta, me sorprendo. Todo estaba tal y como lo dejó, pero limpio. La abuela cuida y recuida todo, volviéndolo después a colocar en su sitio. Es como un santuario. Hasta ha puesto una placa en la que dice: sancta sanctorum de Pedro Pulido. Y al lado de esta, una foto de ellos dos juntos, jóvenes. Una a la que el abuelo le guardaba un cariño especial aunque sea una copia de la auténtica. Siempre me repetía que ahí estaba la llave de su vida, de sus secretos más bien guardados.
Me siento en su silla giratoria y, después de releer lo que yo escribí, comienzo a abrir cajones. Tan solo encuentro multas, algún que otro arresto, porcentajes de alcoholemia y facturas de la casa ya pagadas. Nada relevante para mí. Husmeando un poco más por su mesa, aprecio que hay una falsa ranura debajo de unos libros de Antonio Gala. Intento abrirla sin romper la madera, pero al usar un destornillador, la agrieto un poco. Lo bueno es que no se nota mucho. Espero que la abuela, cuando quite los libros para limpiar, no se percate de ello.
Meto la mano dentro, con mucho cuidado, y palpo, entre una buena capa de polvo, un pequeño y fino manuscrito. Al sacarlo junto a otro objeto puntiagudo envuelto en un viejo trapo, veo que tiene la pasta antiquísima, las hojas recicladas del “año la pera” y la encuadernación rústica, cosida por alguien. Todo un objeto artesanal. El otro chisme es una especie de estaca de madera hecha a mano. Me quedo absorta mirándola. Es preciosa. El barniz hace que brille mucho. Por los colores, diría que está fabricada en Portugal. Al menos, me recuerda a su bandera.
Sacudo el libro y en la portada veo un nombre: “C. Emperator”. Abro la primera página y veo una dedicatoria:
[Para mi mejor amigo, Pedro. Un cazador innato]
Lo suelto de golpe. La dedicatoria me ha asustado. Tengo el corazón acelerado. Sin esperármelo, suena la puerta, apartándome de todo lo que pueda pasar por mi cabeza en momentos como este. Meto en mi bolsillo trasero la estaca y el libro bajo mi brazo. En su lugar, dejo los papeles que escribí a modo de diario de ese fatídico día junto al anillo de pedida de Javi. Medito momentáneamente, sin saber si hago bien en dejarlo ahí. A los segundos, reacciono. A mí me limita, me retiene. Hace que me sienta débil al portarlo. Suspiro. Ya volveré por él cuando todo haya terminado.
Rápida y veloz, coloco las cosas tal y como estaban. Cierro la puerta y bajo las escaleras hasta la segunda planta sin hacer ruido. Siguen llamando. Antes de meterme en la habitación, intento asomarme con cuidado. La abuela, bostezando, se dirige a ver de quién se trata. Me encierro y destapo la cama al mismo tiempo que lanzo los zapatos por ahí. Me tapo con una mano y con la otra me coloco el libro bajo la camiseta.
Escucho a mi abuela hablar con alguien. Por cortesía lo invita a pasar. Luego, comenta que me va a avisar.
–¿Érica? –se escucha detrás de la puerta.
–Adelante.
–Ha venido a verte un amigo muy guapo… –sonríe arqueando las cejas.
–Dile que ahora bajo.
La abuela abandona la habitación. Pienso guardar lo encontrado, pero tengo el ligero presentimiento de que no debo separarme de estos dos hallazgos. Me meto la estaca en el calcetín y el libro en el bolso. Me lo cuelgo y bajo las escaleras revolviéndome un poco el pelo. Al haberlo cortado como lo tenía antiguamente, no es muy difícil moldearlo, ya sea para bien, o para mal.
Justo al pisar el último escalón, frunzo el ceño. El visitante se levanta y camina hacia mí con una sonrisa inocente. Me acerco a Ruiz hecha una furia.
–¿Qué haces tú aquí? –me encaro entre susurros.
–Fuera, en el coche, hace demasiado calor, así que me metí aquí y decidí esperarte dentro.
–No me vengas con falsas excusas. Tu coche de superlujo tiene aire acondicionado.
–Es verdad, no caí. Gracias por recordármelo.
–¿Para qué entras? –lo empujo un poco. La simpatía que me causó el día que lo conocí, empieza a evaporarse.
–No te enfades con tu amigo, Érica. Él solamente llamaba para poner el coche dentro y esperarte fuera. Yo soy la que lo hice pasar a tomar un café –lo defiende mi abuela con una bandeja entre las manos cargada de pasteles, pastas y tartas, aparte de la leche y demás.
–Amigo… –mascullo entre dientes.
–Muy buenos amigos –me echa un brazo por encima.
Mi abuela sonríe. Quizás, malentendiéndolo y pensando algo más serio.
–Abuela, amigos. Amigos y nada más que amigos –me aparto de él.
Se muestra satisfecho. Ha conseguido que de mis labios salga dicha palabra.
Mientras tomamos el café, se le ve a gusto. Parece que no quiere irse. Se ha bebido dos tazas y ya va por la tercera. Mi abuela le ofrece más tarta de la que ya ha comido. Él responde que sí. Incluso se ofrece la buena mujer a prepararle una fiambrera con un buen trozo para que se lo lleve. Ruiz, ni corto ni perezoso, lo acepta antes de dar el último sorbo.
Mi abuela va a la cocina para servirle más y prepararle la que se va a llevar. Me siento al lado del inspector y lo agarro del brazo.
–Exijo una explicación.
–Y yo que seas más amable conmigo, con tu “solo amigo”. Tenía otra visión de ti… Más dulce, pacífica y social.
–Y yo de ti. Márchate y no vuelvas más –me levanto, obligándolo a hacer lo mismo.
Lo empujo hasta la puerta justo cuando aparece mi abuela.
–¿Te vas? –parece sorprendida.
–Nos marchamos ya. Mi amigo tiene mucha prisa. No se acordó de que tenía cosas que hacer. Yo me dejo el coche aquí. En un rato vengo a recogerlo –agarro la bolsa con la fiambrera, se la entrego a Ruiz, le doy un beso a mi abuela y lo arrastro hasta la puerta–. Siente mucho no poderse comer el que le cortaste, pero tenemos que irnos.
–No pasa nada.
–Lo siento –se disculpa él.
–Por cierto, joven… –lo llama al mismo tiempo que abro la puerta y tiro de su brazo–, ¿te vas a ir sin decirme tu nombre?
El inspector se detiene en seco, haciendo así que me pare. Suspira y, después de posar sus ojos con pena sobre mí, le responde en un tono casi imperceptible:
–Javier, señora Paloma, mi nombre es Javier Ruiz.
Mi abuela se queda patidifusa. No sé qué estará pensando, pero sus ojos impactan sobre mí con miedo y duda. Aflojo la tenacidad ejercida sobre su brazo durante unos segundos. Cuando me recupero, cierro la puerta. Nos montamos en su coche sin decir ni media palabra. Una vez con los cinturones abrochados, me pone su placa en las piernas: “Javier Ruiz”.
–Nunca he querido decirte mi nombre. No sé si entenderás mis razones… En serio. Discúlpame, pero no me ha salido mentirle en algo tan simple y algún día lo tendrías que saber –confiesa arrancando el motor.
–¿Por qué si eres tan cuidadoso en estas cosas, en no hacerme daño, luego metes la pata con preguntas como aquella, o con estos gestos tan intolerables? –señalo la casa de mi abuela con el dedo a la vez que no puedo apartar la vista de su nombre.
–Solamente te diré que a veces no me gusta lo que hago, pero… –suspira–. Es mi trabajo. He de hacerlo. Recuerda que te seguiré allá donde vayas y que he de investigar ciertos asuntos. Eso y más.
Después de sus palabras, le devuelvo la placa y la conversación se acaba. Simplemente me deja en el gimnasio, argumentando que sabe que siempre vengo aquí a estas horas, que me espera un amigo y que tengo ropa de deporte en la taquilla para situaciones imprevistas como esta. Finalmente, me informa de que hoy no me seguirá más. “Me dejará descansar”. Me recuerda que no me olvide mi coche. Antes de bajarme de su vehículo, simplemente me ruega que no ande sola por las calles. “Sola”… Eso ya me lo han dicho antes.

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

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Autor: mariadelpinoblog

Escritora, ilustradora, ex-locutora de radio, guionista y actualmente directora en el mundo audiovisual con una película en montaje y varios cortometrajes a punto de salir del horno.

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