Feria del Libro de Córdoba 2017

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Hoy de 19 a 20h. estaré en la Feria del Libro de Córdoba, firmando ejemplares de ENTRE LA BÁSCULA Y LA PARED o cualquier otro de mis libros como EL LADRÓN DE ALMAS o mis cuentos de LAS AVENTURAS DE WUEMBY para los más peques.

OS ESPERO.

 

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo X)

Capítulo X

Se me agotan los días de vacaciones. Solo me quedan dos, sin contar este, y no he encontrado nada. El lunes debo ir con unos turistas italianos a la Mezquita, llevarlos a Medina Al-Zahra y, finalmente, acompañarlos hasta el aeropuerto de Málaga. Tengo que planificar también la ruta interior y calcular las horas. Ando a contrarreloj.

En este tiempo, pese a que apenas he conseguido dormir como debiera por el tiempo que he empleado al deporte y a buscar información, tampoco he dado con el paradero de “C. Emperator”. Me he pasado mucho rato en casa del abuelo, buscando en su escritorio, entre algunos de sus libros, etc. En ellos he encontrado veinte de historias vampíricas y diez de hombres lobo. Algunos más también sobre mutación humana y unos pocos de ciencia ficción. Incluso hallé un manual en ruso de algo que no supe comprender, aunque entendiese bien el idioma. Todo estaba escrito en código y con fórmulas. Parecía –por lo poco que logré entender– que iba dirigido a un tal “Francotirador”.

Ahora mismo, permanezco otra vez aquí, encerrada en el hogar de la abuela. Ella no sabe que me encuentro en su casa. Para ser más exactos, en estos momentos ni ella misma se encuentra. He aprendido pronto sus horarios de sueño, de compra, de jardinería y de baño, por lo que entro y salgo por las ventanas a mi antojo y gracias a que tengo la llave de la cancela. Se la cogí un día para hacerle una copia.

No sé qué, ni en dónde, diantres buscar más. He pensado hasta en hacerme a la idea de que me enfrentaré a sanguinarios vampiros sin escrúpulos. «¿Deberé profanar la iglesia para adquirir agua bendita? ¿Tendré que ponerme un crucifijo? ¿Llevar ajos atados al cuello? ¿Portar una linterna de rayos UVA?». Me parece una locura. «¿Serán más al estilo de las películas de Blade? ¿O como la saga Crepúsculo?». Se me acaba de venir una imagen de Robert Pattinson en la película Recuérdame, pero haciendo de vampiro en la ventana mientras contempla el avión en plan: “soy invencible”…

Miro la estantería buscando respuestas. Respuestas que un puñado de lomos de libro no me van a dar. El abuelo siempre ha sido tan perfeccionista con los libros extraños de los que ya he hablado, que no me había percatado de la segunda fila de la estantería de mi izquierda. Son todos actuales escritores de la ciudad: Ramón Rodríguez y Ricardo Reques entre otros. Los miro por encima y un fallo se estampa en mi cara. Pienso que ha debido de ser la abuela, limpiándolos. Conociendo a mi meticuloso y metódico abuelito, me sorprendo al ver en ese lugar tan cordobés –entre los autores de la zona– al rojo y llameante libro de “El lector de cadáveres”, de Antonio Garrido. Me levanto, cavilando, intentando comprender qué ha podido ocurrir. Se sitúa entre las novelas del escritor Javier Villena y Manuel Cruz. No pega nada. Sobre todo porque parece haberlos puesto por edades y este escritor, además de no ser cordobés, es algo más mayor que los otros dos. Eso y que las estas novelas las ha debido poner ahí la abuela ya que son posteriores a su muerte.

Intento sacarlo de ahí para hacerle un favor a mi santo y difunto abuelo, pero está atrancado. Tiro con todas mis fuerzas hasta que se mueve levemente. Pese a ello y al crujido emitido por la estantería, no ha salido. Solo se ha desplazado como si fuese una palanca. Doy un paso atrás para ver cómo la estantería central, de las tres que tengo delante de mí, se encuentra un poco hundida. La empujo hasta chocar con la pared. A continuación, me doy cuenta de que se puede deslizar hacia la izquierda. Una vez ahí, aprecio que hay una escalera muy similar a las de las literas. Subo hacia arriba, hacia la oscuridad infinita. Es un espacio reducido en el que solo puedo permanecer sentada y encorvada. Si me estiro, toco el tejado con mi cabeza. Por suerte, acaba en punta y en el centro puedo estirar un poco más la espalda. Palpo a ciegas por el polvoriento interior del tejado hasta dar con una especie de ventana que solamente se abre desde dentro. Imagino que por fuera no se ve lo más mínimo. Debe simular una teja. Seguro.

La pequeña rendija que he abierto me sirve para respirar un poco mejor y contemplar con dificultad lo que hay a mi alrededor. Solo vislumbro un viejo baúl. No se trata de un arcón muy grande, pero sí es lo suficientemente ancho como para no poder sacarlo de aquí. Imagino que el abuelo lo construiría en este lugar para impedir que se lo pudiesen llevar. Intento abrirlo, pero no puedo. Trato de arrastrarlo en vano. Pesa demasiado. Además, el candado no cede ni con la horquilla del pelo, ni a tirones. Debo buscar la llave, no me queda más alternativa que esa.

Bajo y lo vuelvo a colocar todo tal y como estaba antes de buscar y rebuscar. En la misma estantería móvil observo un cofrecito. Lo vuelco encima de la mesa. Miles de tornillos y tuercas hacen un ligero tintineo al caer. También hay un cincel, un destornillador, un pequeño martillo… Nada. Ahí no hay ni llave, ni nada que se le parezca. «¿Qué hacer para encontrarla?».

De repente, se escucha la cancela del jardín. Miro con cuidado por la ventana. La abuela ya ha llegado. Ha entrado al jardín delantero y no me he dado cuenta de la hora. Ahora está metiendo la compra en casa. Recojo todo y bajo silenciosamente. No puedo llegar hasta la primera planta… No en este momento.

Pienso y miro hacia la habitación que suele ser mía en mis visitas. Veo una rama por la ventana. Si salto a través de ella, seré capaz de agarrarla. Me subo con cuidado al filo y, sin pensármelo, me lanzo. A pesar de alcanzarla y de quedar colgando de ella un buen rato, acabo resbalándome y cayendo al suelo. Me he dado un buen golpe. Para mi fortuna, al estar con los pies hacia abajo y ser una primera planta, no ha sido tan duro. Me escondo detrás del árbol y la abuela se asoma. Cuando escucho que se marcha, salgo. Camino hacia la cancela.

–¿Érica? –me llama.

–Abuelaaaa, holaaaaaa… –sonrío para disimular.

–¿Qué haces tú por aquí? –viene a besarme.

Al final, termino entrando y ayudándola preparar la comida. Aunque me invita, comento que ya he quedado. Pregunta con quién voy a ir y acaba formulándome un interrogatorio sobre el joven del otro día. Quiere saber si lo voy a ver. Desmiento su idea. Es más, le pido que si viene, sea a lo que sea, que me lo diga y que a él no le dé ni la hora. Ella afirma. Cuando estoy a punto de irme, me doy cuenta de que la puerta de fuera –es decir, la cancela–, está cerrada. La abro con mi llave secreta y la dejo abierta. La llamo al porterillo y le digo que salga a cerrarla. La verdad es que me da apuro hacerle esto, pero si la ve de ese modo y se acuerda… ¿cómo se explicaría que yo hubiese entrado si se supone que llave de la cancela solamente hay una? Era mejor hacerla creer que se despistó al entrar y se le pasó echar la llave.

Voy, calle abajo, hasta la avenida. Una vez allí, continúo andando. De camino, me entretengo en comprar algunos plátanos en una frutería. El día anterior no me llevé uno al gimnasio y Rafa me regañó un poco por ello.

Al llegar a casa, llamo a Jose Carlos. Me urge verlo mañana mismo. Quedo con él en su piso y me despido.

Se me vuelve a hacer de noche en el gimnasio. Fuera, a través de la ventana, veo a Ruiz, esperándome sin el coche. Siempre me sigue. Ya sea en vehículo o andando. De lejos, o de cerca. Para ir a mi casa o salir de ella. Le falta meterse en mi hogar y acompañarme hasta el retrete de la manita. Ahora que caigo, no lo he visto en todo el día. No me he dado cuenta de ello hasta lo tengo casi enfrente. Quizás esté aprendiendo a camuflarse…

Como no tengo ganas de que me siga, me escabullo entre un grupo de gente. Me mezclo con ellos y salgo delante de sus narices sin que se dé cuenta. Una vez que, en la lejanía, se percata de mi estrategia, salgo corriendo. Me persigue. Incluso me llama. Paso de él y giro por las calles, por una y por otra, hasta que me pierde de vista.

–Para ir enchaquetado, este inspector corre demasiado… –me digo jadeante. Ha conseguido cansarme.

Continúo con mi travesía hasta ver el Carrefour en la distancia. A lo tonto, me he alejado un poco más de mi casa. Caminando cerca del instituto El Tablero, veo una panda de golfos frente a mí. Todos llevan relucientes sellos de oro y algunos pendientes. Por detrás, a muchos de ellos les cuelga una especie de greñas que, para mi opinión personal, les desfavorece. Van con un bolso de mujer en la mano, registrándolo. Tienen pinta de haberlo robado y de estar repartiéndose el botín.

Trago el nudo que se me ha formado en la garganta, con la vista al frente, como si no los hubiese visto. En cambio, por sus risitas socarronas, entiendo que se han percatado de mi presencia. Se abren hasta ocupar toda la acera. Justo cuando los tengo casi encima, rezo para que no intenten asaltarme. Pienso que si no llevan ninguna navaja y me intentan hacer algo, podré vencer, pero no deseo pegarle a un menor de edad.

–¡Iiiooo! ¡Qué muñequita más linda, pareee! Tas más güenaaaa quer pan de Viena… –dice uno.

–Estáaaa… pa untarla en pan –se ríe otro.

–Yo le haría lo que a la leche el Cola-cao… –se burla un tercero–. Le echaría un polvazo, killo…

Consigo pasar a través de estos sin altercados. Como mucho, solo les he tenido que levantar el dedo corazón por las aberraciones que comenzaron a soltar por sus sucias bocas. Suspiro de alivio al verme lejos de ellos. La verdad es que no me apetecía, ni apetece, tener bronca con niñatos. ¿Qué se creen, por Dios? ¿No se dan cuenta de que así no conseguirán hacerse respetar? Si yo tuviese su edad… no me fijaría en ellos. Maleducados… Delincuentes…

Al llegar a casa, me sorprendo y alarmo. Pese a que todo está en orden y limpio, sé que alguien ha estado aquí, registrando entre mis cosas.

María del Pino El ladrón de almas VENGANZA

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo IX)

(BORRADOR DEL LIBRO YA PUBLICADO. Puedes adquirirlo en AMAZON)

Capítulo IX

Ya es de noche y no puedo dejar de pensar en todo lo sucedido. Muchas imágenes pasan por mi mente. Las que más me atormentan ahora mismo tienen que ver con el abuelo, con Javi, con el inspector Ruiz –al que nunca creo poder llamar por su nombre– y con el misterioso asesino chupasangre.

Abro el portátil y escribo en Google: “¿existen los vampiros?”. No me atrevo ni a pulsar la tecla Enter. Es una idea descabellada. Saco la estaca y la examino minuciosamente. Presenta una forma muy estética. Incluso parece que la han hecho adaptada a la forma de la mano. Borro las estúpidas palabras que escribí en el buscador y me dedico a ojear la bandera de Portugal. Me resulta extraño, pero me recuerda a ella. No tiene nada más que los colores, pero, al verla, es lo primero que se me viene a la mente. Tendré que ir a hablar con mi amigo José Carlos –un hacker experto–, para que me ayude a averiguar su procedencia.

Vuelvo a abrir el manuscrito y a leer la dedicatoria. Cazador… Esa palabra y la estaca me traen a la cabeza de nuevo el tema de los vampiros. Ahora me arrepiento de no haberme fijado en el cuello de Javi cuando yacía muerto frente a mí. Abro la siguiente página y veo que está en blanco. Paso hoja por hoja. Todas de igual modo. «¿Qué clase de amigo es aquél que regala un libro dedicado y en blanco?». No creo que se lo haya regalado para que él escribiese.

Voy a mi viejo video de VHS y meto la cinta en la que salen mi hermano y Javi. Intento contener mis emociones al contemplar sus rostros. Lo detengo justo cuando entra el individuo que abraza a mi abuelo. No se le ve la cara, ni el cuerpo, pero sus andares me suenan de algo. Además, ya no me parece que sea un hombre de la edad de mi abuelo, sino un joven. Le vuelvo a dar al play. Viendo el vídeo, me dedico a pensar que ahora ese hombre –si es el hijo de su amigo y no su amigo– tal vez deba tener cuarenta o cincuenta años. «¿Debería buscarlo?». Tiene pinta de ser el hijo de C. Emperator por su agilidad en los andares.

Mientras divago, el vídeo transcurre. La siguiente imagen es mía. Mi abuelo me regala una pelota de Goku y se va al patio delantero, dejando la puerta del salón abierta. La cámara enfoca el exterior. Se ve un poco borroso, pero distingo el antiguo coche de mi padre. Pasan dos minutos más y yo sigo bota que te bota, bota que te bota. No me canso de hacer la misma tontería. Justo cuando voy a avanzar, a lo lejos se ve un hombre. Se sitúa detrás del viejo Opel. Me acerco a la pantalla, pero no logro apreciar nada. Está muy lejos y se ve difuso. El abuelo se acerca a él. Lo reconozco únicamente por el jersey. «¡Maldita cámara vieja!». Le da un abrazo. El desconocido le extiende una especie de sobre enorme y acaba yéndose sin más.

Pensando y pensando, llego a la conclusión de que ese hombre debe de saber muchas de las cosas que el abuelo ocultaba. Mi nueva misión será la de ir a buscar al tal C. Emperator. O en su defecto, a su hijo, el posible hombre de los vídeos.

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo VIII)

Capítulo VIII

Me despierto después de una larga noche. Por suerte, en estos dos días no he vuelto a encontrarme más con el inspector. No sé qué hubiese ocurrido si me lo hubiera cruzado. A lo mejor le hubiese cantado las cuarenta o simplemente le hubiese dejado bien claro que me molesta su presencia.
Dejo de pensar en él. No merece la pena darle vueltas a lo ocurrido.
Como tengo una semana de vacaciones, podré investigar a gusto. Lo primero será mirar el video que me dio y que no he querido ver hasta que se me pasase el enfado. Luego, tratar de buscar alguna pista en casa de los abuelos que me conduzca hacia el paradero de los asesinos. Si el francés preguntaba por él, sería por algo. Quizás los investigara en sus últimos años de servicio. O incluso en los que prestó ya jubilado. Por último, he de prepararme para enfrentarme a ellos. La próxima vez que tenga delante al que no para de perseguirme, no lo dejaré escapar. Y menos ahora que he visto tan claro su rostro, conozco su estatura y movimientos.
Enciendo el portátil, pongo el DVD y hago doble clic en el único archivo que contiene. Me resulta extraño ver que solamente hay uno. La cámara de Javi no lo monta todo, sino que lo deja en varias grabaciones.
Nada más darle al play, sale él, riéndose en el tren. Se burla de mí, dormida, mientras se dedica a grabarme. Expone, entre susurros, que serán unas vacaciones inolvidables. La siguiente toma es mía, bajando hacia el arroyo. Contengo mis emociones al escucharlo hablar. Aprieto los labios para hacerme la fuerte. Cierro incluso los ojos momentáneamente. De repente, se corta y empieza a verse borroso. Distorsionado diría yo. La imagen se para de golpe y se ve cómo Javi me empuja por el barranco, cuchillo en mano. Acto seguido, todo se vuelve negro. La siguiente toma es de un policía preguntando qué hace ahí una cámara mientras unos cuantos bomberos me sacan del barranco junto a otro hombre que no logro ver. Seguramente el doctor alemán.
Cierro el ordenador de golpe. Me cabreo severamente. Está completamente adulterado. Yo ya me encontraba arriba cuando me desmayé. «¿Quién me ha vuelto a bajar?». No sé si, como dice Lucía, han sido ellos, o quién. Lo que me queda claro es que faltan varias tomas. Tengo que descubrir por qué había una cámara grabando, si era la de Javi u otra y quién se ha tomado la molestia de cortar lo esencial.
No puedo esperar más. Ya ha pasado demasiado tiempo. Agarro el bolso, meto los papeles que escribí con lo ocurrido y abandono mi casa. Debo visitar la de los abuelos. Al ir andando hacia mi Peugeot gris, aprecio que está apoyado en el capó el inspector Ruiz.
Nada más verlo, le sacudo una bofetada. Le voy a dar otra, pero me controlo. Me digo a mí misma que no soy una persona violenta aunque él me desquicie y me haga querer usarlo de saco de boxeo.
–Lo siento… –se disculpa con tristeza, como si en el fondo de su corazón comprendiese mi pérdida y mi impotencia.
Paso de decirle nada. Simplemente me subo al coche. No deseo liarme a insultos con alguien que muestra arrepentimiento y dolor en el rostro. Eso me ha dejado en parte desconcertada. He de reconocerlo.
Justo en el momento en el que me queda poco para llegar, pillo un atasco en plena cuesta de la avenida del Calasancio. A dos casas de llegar a la de mis abuelos, veo que me sigue en su coche. No es nada disimulado. ¡Hasta me ha saludado con la mano cuando lo he mirado por el retrovisor! Suspiro. Me gustaría seguir enfadada, pero su sonrisa es demasiado alegre como para guardarle rencor alguno. Eso sí, lo abofetearía otra vez para terminar de quedarme a gusto.
La cancela de los abuelos está abierta, así que entro. Bajo del coche y me contenta ver que no se ha colado detrás de mí. Lo hubiese echado a patadas si encartase. Con él veo que no existe una Érica pacífica.
–Mi niña… –oigo a la abuela.
–Hola –le doy dos besos y un abrazo.
–¡Cuánto tiempo hace que no vienes por aquí! –me responde con fuerza.
–Pues sí.
Me pone de comer el plato favorito de mi infancia, patatas con huevos fritos y un buen cuenco de salmorejo. A pesar de mi estricta dieta puesta por Rafa, me lo como todo y hasta me chupo los dedos. No hay nada como untar las patatas en el salmorejo de la abuela Paloma y mojar sopas.
Tras la comilona y el postre de fresas con helado de nata, me brinda un cuarto para dormir la siesta mientras ella ve la serie “Amar en tiempos revueltos”. Va por el tercer capítulo y no sé cuántas veces la habrá visto ya. Tiene costumbre de poner la primera temporada cada vez que termina. ¡Bendito el día en el que se la regalamos para su cumpleaños!
Me tumbo en la cama para relajarme. Al cabo de un rato, bajo las escaleras para beber agua y veo que la abuela duerme plácidamente. No le ha dado tiempo ni a ver el cuarto capítulo entero.
Tras saciar mi sed, subo al despacho del abuelo. Un despacho “privado” en la torrecita más alta de la casa. Siempre que me llevaba ahí, me decía que era su cuartel secreto. A mí me encantaba acompañarlo y escuchar sus historias.
Al abrir la puerta, me sorprendo. Todo estaba tal y como lo dejó, pero limpio. La abuela cuida y recuida todo, volviéndolo después a colocar en su sitio. Es como un santuario. Hasta ha puesto una placa en la que dice: sancta sanctorum de Pedro Pulido. Y al lado de esta, una foto de ellos dos juntos, jóvenes. Una a la que el abuelo le guardaba un cariño especial aunque sea una copia de la auténtica. Siempre me repetía que ahí estaba la llave de su vida, de sus secretos más bien guardados.
Me siento en su silla giratoria y, después de releer lo que yo escribí, comienzo a abrir cajones. Tan solo encuentro multas, algún que otro arresto, porcentajes de alcoholemia y facturas de la casa ya pagadas. Nada relevante para mí. Husmeando un poco más por su mesa, aprecio que hay una falsa ranura debajo de unos libros de Antonio Gala. Intento abrirla sin romper la madera, pero al usar un destornillador, la agrieto un poco. Lo bueno es que no se nota mucho. Espero que la abuela, cuando quite los libros para limpiar, no se percate de ello.
Meto la mano dentro, con mucho cuidado, y palpo, entre una buena capa de polvo, un pequeño y fino manuscrito. Al sacarlo junto a otro objeto puntiagudo envuelto en un viejo trapo, veo que tiene la pasta antiquísima, las hojas recicladas del “año la pera” y la encuadernación rústica, cosida por alguien. Todo un objeto artesanal. El otro chisme es una especie de estaca de madera hecha a mano. Me quedo absorta mirándola. Es preciosa. El barniz hace que brille mucho. Por los colores, diría que está fabricada en Portugal. Al menos, me recuerda a su bandera.
Sacudo el libro y en la portada veo un nombre: “C. Emperator”. Abro la primera página y veo una dedicatoria:
[Para mi mejor amigo, Pedro. Un cazador innato]
Lo suelto de golpe. La dedicatoria me ha asustado. Tengo el corazón acelerado. Sin esperármelo, suena la puerta, apartándome de todo lo que pueda pasar por mi cabeza en momentos como este. Meto en mi bolsillo trasero la estaca y el libro bajo mi brazo. En su lugar, dejo los papeles que escribí a modo de diario de ese fatídico día junto al anillo de pedida de Javi. Medito momentáneamente, sin saber si hago bien en dejarlo ahí. A los segundos, reacciono. A mí me limita, me retiene. Hace que me sienta débil al portarlo. Suspiro. Ya volveré por él cuando todo haya terminado.
Rápida y veloz, coloco las cosas tal y como estaban. Cierro la puerta y bajo las escaleras hasta la segunda planta sin hacer ruido. Siguen llamando. Antes de meterme en la habitación, intento asomarme con cuidado. La abuela, bostezando, se dirige a ver de quién se trata. Me encierro y destapo la cama al mismo tiempo que lanzo los zapatos por ahí. Me tapo con una mano y con la otra me coloco el libro bajo la camiseta.
Escucho a mi abuela hablar con alguien. Por cortesía lo invita a pasar. Luego, comenta que me va a avisar.
–¿Érica? –se escucha detrás de la puerta.
–Adelante.
–Ha venido a verte un amigo muy guapo… –sonríe arqueando las cejas.
–Dile que ahora bajo.
La abuela abandona la habitación. Pienso guardar lo encontrado, pero tengo el ligero presentimiento de que no debo separarme de estos dos hallazgos. Me meto la estaca en el calcetín y el libro en el bolso. Me lo cuelgo y bajo las escaleras revolviéndome un poco el pelo. Al haberlo cortado como lo tenía antiguamente, no es muy difícil moldearlo, ya sea para bien, o para mal.
Justo al pisar el último escalón, frunzo el ceño. El visitante se levanta y camina hacia mí con una sonrisa inocente. Me acerco a Ruiz hecha una furia.
–¿Qué haces tú aquí? –me encaro entre susurros.
–Fuera, en el coche, hace demasiado calor, así que me metí aquí y decidí esperarte dentro.
–No me vengas con falsas excusas. Tu coche de superlujo tiene aire acondicionado.
–Es verdad, no caí. Gracias por recordármelo.
–¿Para qué entras? –lo empujo un poco. La simpatía que me causó el día que lo conocí, empieza a evaporarse.
–No te enfades con tu amigo, Érica. Él solamente llamaba para poner el coche dentro y esperarte fuera. Yo soy la que lo hice pasar a tomar un café –lo defiende mi abuela con una bandeja entre las manos cargada de pasteles, pastas y tartas, aparte de la leche y demás.
–Amigo… –mascullo entre dientes.
–Muy buenos amigos –me echa un brazo por encima.
Mi abuela sonríe. Quizás, malentendiéndolo y pensando algo más serio.
–Abuela, amigos. Amigos y nada más que amigos –me aparto de él.
Se muestra satisfecho. Ha conseguido que de mis labios salga dicha palabra.
Mientras tomamos el café, se le ve a gusto. Parece que no quiere irse. Se ha bebido dos tazas y ya va por la tercera. Mi abuela le ofrece más tarta de la que ya ha comido. Él responde que sí. Incluso se ofrece la buena mujer a prepararle una fiambrera con un buen trozo para que se lo lleve. Ruiz, ni corto ni perezoso, lo acepta antes de dar el último sorbo.
Mi abuela va a la cocina para servirle más y prepararle la que se va a llevar. Me siento al lado del inspector y lo agarro del brazo.
–Exijo una explicación.
–Y yo que seas más amable conmigo, con tu “solo amigo”. Tenía otra visión de ti… Más dulce, pacífica y social.
–Y yo de ti. Márchate y no vuelvas más –me levanto, obligándolo a hacer lo mismo.
Lo empujo hasta la puerta justo cuando aparece mi abuela.
–¿Te vas? –parece sorprendida.
–Nos marchamos ya. Mi amigo tiene mucha prisa. No se acordó de que tenía cosas que hacer. Yo me dejo el coche aquí. En un rato vengo a recogerlo –agarro la bolsa con la fiambrera, se la entrego a Ruiz, le doy un beso a mi abuela y lo arrastro hasta la puerta–. Siente mucho no poderse comer el que le cortaste, pero tenemos que irnos.
–No pasa nada.
–Lo siento –se disculpa él.
–Por cierto, joven… –lo llama al mismo tiempo que abro la puerta y tiro de su brazo–, ¿te vas a ir sin decirme tu nombre?
El inspector se detiene en seco, haciendo así que me pare. Suspira y, después de posar sus ojos con pena sobre mí, le responde en un tono casi imperceptible:
–Javier, señora Paloma, mi nombre es Javier Ruiz.
Mi abuela se queda patidifusa. No sé qué estará pensando, pero sus ojos impactan sobre mí con miedo y duda. Aflojo la tenacidad ejercida sobre su brazo durante unos segundos. Cuando me recupero, cierro la puerta. Nos montamos en su coche sin decir ni media palabra. Una vez con los cinturones abrochados, me pone su placa en las piernas: “Javier Ruiz”.
–Nunca he querido decirte mi nombre. No sé si entenderás mis razones… En serio. Discúlpame, pero no me ha salido mentirle en algo tan simple y algún día lo tendrías que saber –confiesa arrancando el motor.
–¿Por qué si eres tan cuidadoso en estas cosas, en no hacerme daño, luego metes la pata con preguntas como aquella, o con estos gestos tan intolerables? –señalo la casa de mi abuela con el dedo a la vez que no puedo apartar la vista de su nombre.
–Solamente te diré que a veces no me gusta lo que hago, pero… –suspira–. Es mi trabajo. He de hacerlo. Recuerda que te seguiré allá donde vayas y que he de investigar ciertos asuntos. Eso y más.
Después de sus palabras, le devuelvo la placa y la conversación se acaba. Simplemente me deja en el gimnasio, argumentando que sabe que siempre vengo aquí a estas horas, que me espera un amigo y que tengo ropa de deporte en la taquilla para situaciones imprevistas como esta. Finalmente, me informa de que hoy no me seguirá más. “Me dejará descansar”. Me recuerda que no me olvide mi coche. Antes de bajarme de su vehículo, simplemente me ruega que no ande sola por las calles. “Sola”… Eso ya me lo han dicho antes.

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

El ladrón de almas. VENGANZA (CAPÍTULO 7)

Capítulo VII

En pleno verano cordobés, me encuentro en el gimnasio con un amigo. En estos últimos meses de tanta asiduidad, me ha salido hasta un entrenador gratuito. Es un maestro. Mi maestro. Cariñosamente le llamo sensei. Me ha puesto una dieta para fortalecerme y me entrena hasta dejarme exhausta. Justo lo que necesito. El chaval me cae tan bien, que se ha hecho muy amigo mío.
–Érica, vas a acabar con mi paciencia.
–A ver, Rafa, si no puedo, no puedo –hablo mientras me quita una pesa enorme.
–Tienes mucha agilidad y hasta sabes luchar, pero de fuerza andas escasa…
–No es eso. Si tú eres un bichaco que levanta de pecho más de cien kilos, a mí no me cuentes pamplinas. Además, paso de los batidos proteínicos y esas chuminadas que toman los musculitos estos… –gruño.
–Bueno, tú sabrás. Yo me voy ya, que he quedado con mi novia y si vuelvo a llegar tarde, me mata. Por tu culpa siempre me retraso…
–Mi culpa no es que vayas pisando huevos al caminar… –le sonrío.
Me da dos palmaditas en la espalda y se marcha. Hoy me voy a quedar aquí hasta que me echen. Esta mañana he hecho de guía a unos japoneses durante seis horas seguidas y estoy cansada de hablar. Necesito entrenar, desfogarme. Debo dejar la investigación por internet y ponerme ya en serio. Hay que buscar pistas. «¿Debería ir a Navarra para conseguirlas?».
El profesor de spinning hoy nos ha dado mucha caña. Tiene el mejor culo de toda la clase. Hasta más bonito que el de las mujeres. Increíble.
Me meto en la ducha la última. No sé cuánto ni tiempo pasa. Bajo el agua se me hace eterno. Escucho la puerta cerrarse de golpe y me doy cuenta de que me he quedado sola. Mientras me aclaro el jabón, escucho pasos. Me alerto. No porque se escuchen, sino porque se oyen como si no quisieran sonar, como si quisieran sorprenderme. Salgo, armada con el bote de champú en una mano y el de gel en la otra. Ando por las nuevas y enormes taquillas que han puesto y veo que hay una abierta. Agarro una toalla, me envuelvo y me acerco. Miro hacia el interior y creo ver una nota dentro. Justo cuando me asomo, siento un empujón por la espalda. Una vez dentro de la taquilla, la cierran. Me giro y pido auxilio. Estoy atrapada. Intento ver qué ocurre fuera. Hay demasiado alboroto. Parece una gran pelea entre huracanes. Intento ver algo a través de las inclinadas rendijas que hay a la altura de mis rodillas, pero solo distingo el suelo.
Una vez más, aparece en escena el humo negro que me rodeó aquel día. Arremeto contra la puerta con todas mis fuerzas para salir. Nada. No se abre.
Escucho un quejido de hombre que me resulta muy familiar e intento mirar de nuevo por las rendijas. Pego la oreja. Se escucha un susurro inquietante, como si un hombre amenazase a otro. Lo único que he descifrado ha sido: “ni se te ocurra, o no verás la luz de un nuevo día”.
Al cabo de unos segundos, aprecio que alguien se dirige hacia mí. Lo máximo que le veo son las rodillas. Viste con zapatos negros, brillantes, y pantalón de pinza. Sus andares me suenan de algo. Creo haberlos visto con anterioridad.
–Nunca te quedes sola –me ordena con una voz apagada y sin alzarla lo más mínimo.
–¿Quién eres? ¿Qué quieres?
–Voy a abrirte, pero debes dejar que me vaya. ¿De acuerdo? –su frialdad traspasa la taquilla.
No contesto, simplemente dejo que abra. Cuando ya no hay candado, empujo la puerta con todas mis fuerzas. Incluso siento que le he dado un buen golpe. Lo he debido tirar. Al salir –cayendo al suelo semidesnuda–, llevo mis ojos hacia donde debería estar ese hombre, pero no hay nada que no sea ese humo visiblemente granulado que parece difuminarse con el aire e irse por las rendijas de una de las pequeñas y casi opacas ventanas que dan a la calle.
Están aquí y vienen a por mí. Lo sé.
En ese preciso instante –mientras me coloco mejor la toalla– aparece el encargado por la puerta junto a la señora de la limpieza y un vigilante.
–¿Qué ha ocurrido aquí? –pregunta el jefe.
–Yo… No sé. Escuché un ruido, miré la taquilla, alguien me encerró y me han abierto ahora. He pasado mucho miedo –hago un poco de teatro abrazándome al guarda que me ayuda a levantarme.
–¡Y que me hagan esto a mí! –exclama la mujer al ver todo el desastre.
Miro a mi alrededor. Para mi sorpresa, observo varias cosas tiradas. Incluso hay unas cuantas abolladuras en algunas taquillas y la puerta de un baño se ve completamente destrozada. Ha habido una buena pelea y yo sin darme cuenta.
Cuando llego a mi casa –después de haber declarado como testigo a la policía junto a ellos para la denuncia que querían poner en el gimnasio–, agarro un cuchillo bien afilado y me dirijo a mi cuarto. Aquí, me doy cuenta que, con todo lo ocurrido, no me he puesto nada debajo. Simplemente llevo el pantalón y la camisa. Ya en mi habitación, me quito la ropa y me pongo la interior. Me tumbo en la cama con el acero al lado y me paro a pensar. No dejo de intentar recordar cosas que mi abuelo me enseñaba de pequeña para poder atar cabos. No doy con nada. «¿Será cierto que existen los vampiros?». Sin querer, me quedo dormida.
Estoy soñando con el video del cumpleaños de mi hermano. En este momento, hay variantes. Javi, en vez de ser un niño, me sostiene en brazos y me acuna al mismo tiempo que mi hermano nos mira. Llaman a la puerta, abre mi abuelo y aparece el hombre. Se abrazan y se van a la cocina.
De repente, mi sueño sufre una alteración y es interrumpido por Antoine. Aparece aniquilando a mi hermano, al abuelo y a Javi. Solamente quedamos vivos el extraño sin rostro y yo, de bebé, sin poder moverme del suelo. El francés viene hacia mí, sacando colmillos, sediento de sangre. Mi “pequeño yo” mira al extraño pidiéndole ayuda. Soy tan insignificante, pequeña y débil, que solamente puedo llorar y patalear.
Me despierto de un sobresalto. No sé qué ha pasado, pero sí sé a quién tengo delante de mí, sentado a los pies de mi cama, observándome dormir en ropa interior. Pese a la oscuridad, lo miro con la respiración agitada. Es uno de los que mataron a Javi. Ni el de color, ni el anglosajón, ni Antoine. Es el último, el que siempre aparece en mis pesadillas y visiones del día. Lo he pillado y lo sabe. No se mueve.
Con la respiración todavía más agitada, me giro a coger el cuchillo con rapidez. Cuando vuelvo a él, ya no está. Me pongo en pie, alerta, y camino hacia la luz del salón. Poco a poco, voy alumbrando las habitaciones de mi casa. No hay nadie. Incluso ando hacia la puerta de la calle y compruebo que está cerrada. «¿Serán imaginaciones mías?». Al comprobar que no hay forma posible de entrada o salida, imagino que ha debido de ser así. Seguro que al revivir en el gimnasio lo mismo que hace dos años, ahora lo tengo presente como un fantasma. Trago saliva y vuelvo a mi cuarto. Queda una hora para que suene el despertador. Decido que no voy a dormir más. Estaré en calma, pensando en lo soñado, cavilando qué he de hacer, por dónde he de empezar.
–Hontouni arigatou gozaimasu!! –reverencio dándole las gracias, de verdad, al mismo grupo de turistas japoneses de ayer.
Los acabo de dejar en su hotel y ya no los veré más. Varios de ellos me han obsequiado con unos cuantos inciensos de su país. Una muchacha me ha regalado incluso su haori. Es precioso. Todo un detalle típico de la gente de Japón. Si los tratas bien, te responden mejor.
Camino a casa por el puente Romano. Nada más llegar a la Mezquita, me sorprendo al ver un cochazo negro de lujo –cristales negros y posiblemente blindados inclusive– entre los de caballos. De este sale un joven hombre atractivo, trajeado y con gafas de sol negras. Me sonríe con familiaridad.
–Érica Pulido –me llama.
Conforme me voy acercando, lo reconozco. Es el inspector Ruiz. Nos saludamos con dos besos que me ha dado rebosantes de alegría. Me propone ir a tomar una copa. Sé que algo quiere, así que acepto. Siento curiosidad.
Como son las cinco y no he comido, se ofrece a invitarme. Expone que tampoco comió nada. Llegamos al Pizzaiolo del barrio El Brillante en un segundo. Por el camino, apenas hemos cruzado cuatro palabras. Lo poco que se ha hablado ha sido sobre mi trabajo.
Al llegar, asombrosamente descubro que tiene una mesa reservada. Se inclina caballerosamente para dejarme pasar primero y así hago. Cuando no me mira, frunzo el ceño. Esto es sospechoso. Muy sospechoso. Nos sentamos. Apenas hay personas comiendo debido a la hora. Pedimos la bebida. Nos quedamos a solas en la mesa, mirando la carta a la vez que nos traen los refrescos.
Lo observo de reojo. Aparentemente se muestra muy contento. El inspector Ruiz es un joven de pelo entre cobrizo y rubio oscuro, con ojos color caramelo. Más bien claritos. Tiene un poco de barba. Su piel es normal y presenta muy buen porte. Todo un lujo a la visión de la que quiera buscar novio. Sus dientes, blancos y alineados, me sorprenden con una sonrisa vivaracha desde que lo vi hasta ahora.
Saca unas gafas de visión y alega que se las acaban de dar para ver mejor de cerca y que nunca se acuerda de ponérselas. Lo que me parece extraño es que me diga eso y observe más todo lo que hay a mi alrededor que a la carta en sí. Es más, para leer se las baja porque parece ver un pimiento con ellas.
–¿Han elegido ya los señores? –un hombre con mucha simpatía y una afable sonrisa aparece en la escena.
–A mí póngame un solomillo con guarnición de patatas a lo pobre –contesto.
–¿Algo más?
–No, gracias –miro cómo golpea con la punta del bolígrafo en su libreta.
–¿Y el caballero qué va a desear?
–A mí… Mmm… Unos buenos espaguetis a la boloñesa y sorpréndame con algunas cosillas de la casa –responde–. Traigo hambre.
–Le sorprenderé con algo exquisito –guiña un ojo.
–¿Cómo te llamas? –le pregunta el inspector tratándolo con familiaridad.
–Daniel.
–Me quedo en tus manos, Daniel –le extiende la suya y se la estrechan.
Se marcha con garbo y soltura. Se ve muy contento con el cliente que le pone un reto. Mientras Ruiz guarda las gafas, siento en mi pecho una opresión muy grande. Hay algo que me incita a mirar en todas direcciones. Es como si me observaran. Al fondo, en la esquina, solo hay un hombre, sentado, pidiendo algo a la camarera. Intento verle la cara, pero el cuerpo de ella me lo impide. Detrás de mí solo hay una familia terminando de comer y una pareja de enamorados demasiado empalagosos.
–¿Hace siempre tanto calor en Córdoba a estas alturas? –se queja el inspector abanicándose con la carta del postre.
–A mediados de verano, sí. Este bochorno y más que llegará en agosto. Hoy no hace tan mal día… –comento viendo que comienza a aflojarse la corbata.
–Si no te importa, me la quitaré. Aprovecho que no está Guerrero para soltarme un poco la melena… No me gusta vestir así, prefiero algo más informal –se ríe.
–Es estricto, ¿verdad?
–Sí. Ni te lo imaginas. Trabajar a su lado consume demasiado. Soy el compañero que más le está durando. Nadie quiere estar bajo sus órdenes o tener que discrepar con él. Que es mi caso… –confiesa.
–¿Y cuánto llevas a su lado?
–¿Con él y en el trabajo? Pues si estamos a quince de julio… Casi dos. Aunque llevo toda mi vida preparándome para esto, empecé justo el día que te conocí. Fuiste mi primer caso, mi primera toma de contacto como inspector.
Tras ese comentario, se produce un vacío de silencio bastante incómodo.
–Lo siento. Quizás… No debí haberlo comenta…
–No pasa nada –le corto–. ¿A qué has venido?
–Pasaba por aquí y te vi.
–No me vale esa respuesta –le enseño el cartelito de reservado.
–Me has pillado… –sonríe a la vez que agarro la servilleta para ponérmela en las piernas–. Me han enviado para saber cómo sigues.
Pese a que me regala su mejor sonrisa, ahora lo noto nervioso, incómodo. Vuelvo a llevar mi vista hacia el fondo del restaurante, justo hacia la misma mesa de antes. Me levanto, impactada, como si hubiera frente a mí un fantasma. Esta vez no pienso ni parpadear para que no se desvanezca. Agarro el cuchillo dentro de la servilleta y avanzo hacia aquella mesa. Le susurro a Ruiz que vuelvo enseguida. El individuo que se encuentra en ella se levanta al cruzar sus ojos con los míos y camina, con parsimonia, hacia los lavabos que hay al otro extremo. Lo sigo. Es el joven de anoche.
Una vez que se mete en el baño de caballeros, abro la puerta y ya no lo veo. Puff… Se ha evaporado, como siempre. Miro por doquier, pero estoy completamente sola. No sé qué ha podido ocurrir. Es… como si persiguiese a un fantasma.
De pronto, entra un hombre y, sin verme, se abre la cremallera del pantalón. Antes de sacar algo más, se gira y me ve. Se sorprende tanto que incluso grita. Disimulo copiándole. Me disculpo aparentemente avergonzada, alegando que me equivoqué de servicio. Salgo rápido.
Al volver a la mesa, también me disculpo con Ruiz por el desplante. Compruebo que nos han traído la comida. Me siento de nuevo y vuelve a cernirse el silencio entre nosotros. Vienen por mí. Lo sé. No logro quitármelo de la cabeza ni un segundo. Quizás debería marcharme para que el inspector no corra peligro. Si mataron a Javi, también podrían con él por muy inspector que sea.
–Perdona por lo que te voy a preguntar, Érica, pero debo hacerlo. ¿Sigues pensando que el señor Vargas es inocente y que os atacaron otros seres que no eran humanos? –capta mi atención.
Me levanto enfadada, poniendo la mano sobre la mesa, soltando así el cuchillo. Tengo ganas de gritarle cuatro cosas por su insinuación omitida. Sin embargo, me contengo y me vuelvo a sentar. Tal vez, haya venido por eso, para saber si estoy loca, si necesito un manicomio.
–No existen seres así. Lo exageraría. Lo que sigo afirmando es que mi novio es inocente… Él no intentó acabar conmigo en ningún momento –susurro con recelo y cierta ira contenida. Tengo la impresión de que debo mentirle.
–Érica, supongo que querrás ver este DVD. Contiene lo que encontramos en la cámara que situó tu novio para grabar tu muerte –lo extiende en la mesa con expresión de culpabilidad.
Dubitativa, lo cojo. Mi corazón se acelera y deseo tirárselo a la cara. Rujo por dentro con todas mis fuerzas. El enfado va en progresivo aumento. Respiro hondo para contenerme, lo meto en el bolso y me levanto.
–Espero que no te moleste que me vaya. Creo que me acabo de indigestar… –miento. Todavía no he probado bocado.
–Te entiendo. Solo te pido que me disculpes. Me ha tocado a mí y he de hacerlo… Mejor yo que Guerrero…
–Adiós –me giro, cabreada.
–Hasta muy pronto, Érica… Volveremos a vernos antes de lo que esperas.
Cojo un taxi para ir a mi casa. Una vez en ella, me arrepiento. No debí marcharme. Aunque se portó bien conmigo en el hospital y no me cae mal, por la ofensa a Javi debí haberle partido los dientes de un puñetazo. Saco su fotografía del cajón y golpeo la cama con la mano cerrada. Le prometí que no dejaría que nadie más volviese a emborronar su nombre y… no he sido capaz de hacerlo. He dejado al inspector formular la pregunta que pone en duda su integridad y salir impune. Pongo una almohada en mi cara y me ahogo en un grito. Eso no volverá a ocurrir.

 

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo 6)

Capítulo VI
-Febrero 2015-

Después de tanto tiempo, de tanto entrenamiento, por fin ha llegado la hora. Llevo mucho, mucho, mucho, esperando este momento. Tengo veinticinco años y mi salud está al cien por cien. Me peso en la báscula. 61’200 kilos. Me deslío la toalla. Ahora sí. Estoy en forma.
Ha pasado año y pico desde aquel fatídico día, encontrándonos así en febrero. No hay noche que no haya soñado, o sueñe aún, con esos malditos. Incluso, a veces, me parece ver a uno de ellos cuando despierto o camino por las calles. Es como si me persiguiese. Ese es como una nociva lapa imposible de borrar. Parece tan real, que creo que observa cada movimiento que hago o dejo de hacer.
He venido del gimnasio hace no más de una hora y me encuentro con ganas de ir otra vez. El deporte ahora corre por mis venas. A la vez que me despeja la mente, me hace estar más cerca de Javi, de mi ansiada venganza. Sé que para enfrentarme a esos tipos debo ser fuerte.
Me visto y agarro las maletas. Ya es hora de que vuelva a casa. A mi hogar. Hoy será un día duro, pero eso me hará más resistente. Me reafirmará a mí misma mis propias creencias.
Una vez que mi padre me ha dejado en el portal, se ofrece a acompañarme hasta arriba. Niego mientras saca mis maletas. Le doy un beso y justifico el querer ir sola alegando que he de enfrentarme a ello a mi manera.
Una vez en el portal, el hombre de la bodeguilla que hay debajo de donde vivo viene a saludarme muy contento. Animado, se interesa en saber si me fui de vacaciones o me mudé. Le contesto que no, que he estado recuperándome de un accidente. Sorprendido, expone que se alegra de verme bien, que vengo incluso más guapa. Sobrentiendo que no vio las noticias en su momento, ya que parece que mi caso cayó en el olvido…
Cuando inocentemente y con toda su buena fe pregunta por cómo le va a Javi, mi padre nos mira, precavido.
–Chema… Mi novio, por desgracia, hace año y algo que no se encuentra entre nosotros. Prefiero no hablar de ello, por favor… –trago saliva. Es la primera vez que se lo digo en voz alta a alguien.
–Lo siento… No lo sabía. Ha debido de ser duro –al hombre le cambia el gesto. Entiendo que tenga preguntas, pero no puedo responderlas. No me apetece.
–Demasiado…
Subo las maletas hasta la cuarta planta. Una vez allí, saco las llaves. Trato de abrir la puerta, pero las manos comienzan a convulsionar sin permiso. Una lágrima intenta salir, pero la retengo con estoicismo. Llevo sin derramar una sola gota desde aquella noche que juré no hacerlo y así seguiré hasta que cumpla mi cometido.
Me calmo, respiro hondo y al fin la abro. Nada más hacerlo, un extremo hedor impacta sobre mí. Se me retuercen las entrañas y me ahogo en silencio. Incluso siento ganas de vomitar. Lo peor de todo, no es que emane un fuerte olor a cerrado. No. Ni siquiera podría llamarse en realidad “hedor” porque huele de maravilla. Increíble. Su colonia perdura entre estas cuatro paredes como si se la hubiese echado hace pocas horas atrás, mareándome, devolviéndome recuerdos que he querido clausurar en mi corazón. Corazón ahora armado con una coraza.
Vacilo a la hora de entrar, pero finalmente lo hago. He de hacerlo. Avanzo sin mirar nada hasta la persiana del salón. La subo por completo y abro las ventanas para que entre aire. El polvo de las cortinas me ataca. Toso como una alérgica.
Me giro y tambaleo. La imagen de Javi, frente a mí, se ve traslúcida debido a la capa de polvo que la cubre. Ando hacia la pared de enfrente y, con las manos, comienzo a limpiar su rostro.
–No dejaré que nada, ni nadie, ose ensuciarte nunca más… –trato de sonreírle.
Suspiro. Esta casa necesita una buena limpieza a fondo. Además, para poder seguir con mi plan, debo quitar las fotos de Javi. Solo consiguen debilitarme. También he de encontrar un lugar para el anillo.
Abro mi habitación y cierro los ojos. La sábana aún permanece revuelta después de nuestro último encuentro. A pesar de hacerme la dura exteriormente, por dentro muero recordándolo. Doy un paso y aplasto algo que cruje. Levanto el pie. Hay un pequeño portafotos con el cristal partido. Seguramente sea debido a mi peso. Lo agarro y compruebo que está más limpio que el resto de objetos. Además, falta la foto. Mi foto. Extrañada, me pregunto quién habrá entrado aquí. Quizás haya sido alguno de mis padres…

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo 5)

Capítulo V

Dos meses después, pasando año nuevo y en vísperas del día de los enamorados, la insipidez de mi interior me embarga, haciéndome más fría. Al menos, físicamente estoy mejor. Peso cincuenta y ocho kilos y espero llegar a los sesenta muy pronto. Para ello, debo apuntarme a un gimnasio y recuperar las formas de mi cuerpo. Aquellas que tenía unos años atrás.
Todavía no he pisado la calle, así que estoy un poco nerviosa. Mi padre, Alberto, me llevará en coche al gimnasio. Después, a mi antiguo trabajo para que me den de alta la semana que viene y volver a mis asuntos laborales. He de reconocer, que tengo mucha suerte. No a todas las personas las esperan con tantas ganas como a mí.
Me observo frente al espejo con cara de asco. Casi no me reconozco. Tengo el pelo más largo de lo usual. Iré a cortármelo pronto. Abro un poco más la persiana y vuelvo a contemplarme. Las ojeras se han reducido, volviendo a dejar que destaque el verde de mis ojos, y al fin he rellenado las líneas esqueléticas que denotaban mi extrema delgadez. Mi pelo, negro y liso, hace que parezca más blanca que de costumbre. Pero… ¿qué puedo esperar si no me ha dado el sol en estos meses?
La ropa me está un poco ajustada. Menos mal que me la compraba grande. No me veo gorda, pero debo ponerme en forma y ganar esos dos kilos en músculo. Cuando al fin me encuentre físicamente en condiciones, empezaré la investigación a fondo. Debo llevar a cabo mi venganza. Van a morir todos esos seres.
–Érica, ¿se puede? –mi madre toca la puerta.
–Sí.
Entra alegre. A pesar de mi patente tristeza, me ve más recuperada. Y recuperada estoy porque tengo un objetivo: acabar con los que destruyeron mi vida… No pararé. No me detendré hasta exterminar al último.
–Érica, ¿estás lista? –me zarandea mi madre.
Afirmo.
Bajamos las escaleras despacio, con tranquilidad. Al llegar a la puerta, mi madre sonríe con alegría. La abre y la luz me ciega. El sol impacta sobre mi piel y, por unos segundos, me molesta. Después, poco a poco me va reconfortando. Doy el primer paso fuera de casa, indecisa. Mi padre se halla enfrente, con el coche en marcha. Su rostro muestra un leve amago de felicidad. Yo, en cambio, me trago un nudo. Esto podría haber sido mi boda y no lo que es. Suspiro. No debo ser débil.
Una vez montada en el coche, ponemos rumbo al Brillante, donde está el gimnasio Club Gym Sierra. Me abstraigo con la gente de la calle. Parecen felices. «¿Habrá alguno en mi misma situación?».
Después de apuntarme al gimnasio, vamos a la agencia CORDOBANOSTRA, empresa turística en pleno apogeo de expansión y lugar donde llevo trabajando todo este tiempo atrás. En la mismísima puerta, Francisca Pozo, la jefa, me recibe con un enorme chaquetón, un abrazo y las lágrimas saltadas. Se alegra mucho de verme después del incidente. Tras interesarse por mi salud, me propone empezar con algo más simple. Acepto. Lo que me ponga, bueno será. Aquí me tratan demasiado bien. Según ellos, soy su mejor trabajadora y hay que cuidar lo bueno.
Me despido de ella. Hemos quedado en que me enviará un correo e-mail con el nuevo horario y la nueva labor, ya que quieren abrir una ruta por la ciudad.
Al llegar a mi casa, me tumbo en la cama. No he hecho nada, pero estoy exhausta. Necesito entrenar.

 

 

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