Cuando ya no tenga nada por lo que vivir, de María del Pino.

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Engaño, de María del Pino.

“En tu mirada, mujer, he descubierto la dureza de mi engaño. He adivinado el futuro. Un futuro desierto y ermitaño. Un futuro vacío sin tu presencia, sin tus más dulces caricias… Me he visto sin tus labios. mary-martinez-modelo-maria-del-pino-fotografia-y-fraseLabios que ardían cuando me besaban, que mi cielo mágicamente con toques de luz ilustraban para, ahora, saber que todo está roto, herido, solo…
En tu mirada, mujer, he podido ver más allá de las estrellas, pues, estrellado por las fuerzas que en una fugaz aventura me flaquearon, sumido trágicamente por la oscuridad me hallo .
No quise ser débil. Lo juro. Sin embargo, lo fui. La vanidad, ¡mi hombría! y mi infiel falta de desatino me hicieron directo caer en las armas de seducción de otra de mujer.
En tu mirada, mujer, mi soledad por siempre he logrado ver” (“Engaño”, de María del Pino)
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Fotografía: María del Pino.
Modelo: Mary Martínez.

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ReCelebrities: María del Pino (Escritora y productora)

Aquí os dejo este post de MOLLETES Y HAMBRE Y MI CERVEZA cuyo artículo muestra una de mis recetas: MOUSSE DE CHOCONUEZ. Espero de corazón que os guste.

molletes y hambre y micerveza

ReCelebrities María del Pino

Siempre es un honor poder contar con alguien de la personalidad y con el trabajo de María del Pino y más aun si es de nuestra tierra, porque es sinónimo de orgullo de una cordobesa que crece con un trabajo exquisito y encomiable. Os destacamos su última novela “Entre la báscula y la pared”.

Para nosotros es una tremenda suerte poder contar hoy con María y una receta que es una auténtica tentación. La receta es una “Mousse de choconuez” al estilo de María del Pino.

Os expongo los ingredientes y la forma de elaborarla, según nos ha indicado ella misma.

Ingredientes:

Base:

  • 1/2 paquete aprox. de galletas sin gluten y sin lactosa.
  • Mantequilla.

Mousse:

  • 1 tableta de chocolate.
  • 2 ó 3 cucharadas de cacao.
  • 200 g de azúcar blanca.
  • 10 g de azúcar de vainilla (puede ser azúcar normal).
  • Leche (hasta cubrir bien el chocolate).
  • Un puñado de nueces.

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Frases: amor y palabras (002)

 

“Si cuando rozas tu piel con mía creo ver de cerca estrellas, ¿qué galaxia crees tú que veré si me besas?” (Amor y palabras. M. del Pino).

“Y yo quisiera… derretirme en tu mirada, fundirme en tus besos y quedarme en tu corazón ” (Amor y palabras, M. del Pino).

Mara del Pino Frases

“Pedir a altas horas de la madrugada, bajo la lumbre que ilumina tu puerta, un poco de cobijo y calor para este corazón malherido por la ausencia de tus besos no puede ser peor que dejarlo abandonado en un rincón, viendo el tiempo pasar y quedando a la espera de que por ti muera” (Amor y palabras. M del Pino).

“Llegaste a mi vida solo para iluminarla” (Mi primer beso, de M del Pino).

“Y tú naciste de la pasión más hermosa que originó un beso inocente” (Amor y Palabras. M. del Pino).

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Receta: Pizza con base de calabacin.

Pongamos que estamos a dieta y queremos comer pizza porque se nos antojó. Pongamos que ese día tenemos el pan bajo mínimos o directamente no tenemos pan. Pues aquí está la solución perfecta. Puedes hincharte a comer esta “pizza” y decir que has comido sano. La probé el otro día y me gustó, así que comparto la receta y las posibles variantes de la misma. Eso sí…que nadie piense que va a comer una base de pan porque más bien, si no se tuesta mucho la masa o no eliminas líquidos, sale como una tortillita que se puede coger e incluso enrollar.

INGREDIENTES MASA

2 Calabacines

2 – 3 huevos

Sal (opcional y al gusto)

2 lonchas de queso light

(para el que pueda permitírselo en su dieta)

PREPARACIÓN:

1- Picamos el calabacín hasta que quede como en la foto. Importante quitarle con servilletas o papel de cocina el exceso de agua. Debe quedar lo más seco posible antes de añadirle los tres huevos (puede ser un huevo y dos claras o un huevo y una clara dependiendo del tamaño del calabacín)

 

2- Una vez mezclado todo, le añadimos el queso cortado a cuadraditos o láminas y volvemos a mezclar.

 

3- Una vez obtenida la masa, la echamos sobre el papel vegetal (de horno) que previamente hemos colocado en una bandeja o mole y extendemos hasta dejarla muy fina.

 

 

4- La metemos en el horno entre 10-15 minutos a 180º (esta la tuve que meter 20 porque no eliminé el suficiente exceso de agua).

5- Sacamos (la de una de las fotos es con calabacín blanco, ya que hice varias), echamos los ingredientes al gusto y volvemos a meter en el horno hasta que estén (esto ya depende de si nos gusta más o menos hecha).


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Frases: amor y palabras (001)

 

“Entonces, me miraste. Y ahí fue cuando los suspiros de mi boca nacieron por besar tu piel” (Amor y palabras. M. del Pino)

“Tos ojos fueron el mar en el que me perdí al conocerte y tus labios… el universo que desearía investigar” (Amor y palabras. M. del Pino)

“Quererte fue lo más sencillo del mundo. Olvidarte… imposible” (de una de mis próximas novelas de Historias de la vida)

“Entre todas mis pasiones, mi favorita fuiste tú” (A la escritura ❤ )

“En aquel momento en el que tus labios en flor me rozaron con fervor, entendí que tú siempre serías para mí” (Amor y palabras. M. del Pino)

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo X)

Capítulo X

Se me agotan los días de vacaciones. Solo me quedan dos, sin contar este, y no he encontrado nada. El lunes debo ir con unos turistas italianos a la Mezquita, llevarlos a Medina Al-Zahra y, finalmente, acompañarlos hasta el aeropuerto de Málaga. Tengo que planificar también la ruta interior y calcular las horas. Ando a contrarreloj.

En este tiempo, pese a que apenas he conseguido dormir como debiera por el tiempo que he empleado al deporte y a buscar información, tampoco he dado con el paradero de “C. Emperator”. Me he pasado mucho rato en casa del abuelo, buscando en su escritorio, entre algunos de sus libros, etc. En ellos he encontrado veinte de historias vampíricas y diez de hombres lobo. Algunos más también sobre mutación humana y unos pocos de ciencia ficción. Incluso hallé un manual en ruso de algo que no supe comprender, aunque entendiese bien el idioma. Todo estaba escrito en código y con fórmulas. Parecía –por lo poco que logré entender– que iba dirigido a un tal “Francotirador”.

Ahora mismo, permanezco otra vez aquí, encerrada en el hogar de la abuela. Ella no sabe que me encuentro en su casa. Para ser más exactos, en estos momentos ni ella misma se encuentra. He aprendido pronto sus horarios de sueño, de compra, de jardinería y de baño, por lo que entro y salgo por las ventanas a mi antojo y gracias a que tengo la llave de la cancela. Se la cogí un día para hacerle una copia.

No sé qué, ni en dónde, diantres buscar más. He pensado hasta en hacerme a la idea de que me enfrentaré a sanguinarios vampiros sin escrúpulos. «¿Deberé profanar la iglesia para adquirir agua bendita? ¿Tendré que ponerme un crucifijo? ¿Llevar ajos atados al cuello? ¿Portar una linterna de rayos UVA?». Me parece una locura. «¿Serán más al estilo de las películas de Blade? ¿O como la saga Crepúsculo?». Se me acaba de venir una imagen de Robert Pattinson en la película Recuérdame, pero haciendo de vampiro en la ventana mientras contempla el avión en plan: “soy invencible”…

Miro la estantería buscando respuestas. Respuestas que un puñado de lomos de libro no me van a dar. El abuelo siempre ha sido tan perfeccionista con los libros extraños de los que ya he hablado, que no me había percatado de la segunda fila de la estantería de mi izquierda. Son todos actuales escritores de la ciudad: Ramón Rodríguez y Ricardo Reques entre otros. Los miro por encima y un fallo se estampa en mi cara. Pienso que ha debido de ser la abuela, limpiándolos. Conociendo a mi meticuloso y metódico abuelito, me sorprendo al ver en ese lugar tan cordobés –entre los autores de la zona– al rojo y llameante libro de “El lector de cadáveres”, de Antonio Garrido. Me levanto, cavilando, intentando comprender qué ha podido ocurrir. Se sitúa entre las novelas del escritor Javier Villena y Manuel Cruz. No pega nada. Sobre todo porque parece haberlos puesto por edades y este escritor, además de no ser cordobés, es algo más mayor que los otros dos. Eso y que las estas novelas las ha debido poner ahí la abuela ya que son posteriores a su muerte.

Intento sacarlo de ahí para hacerle un favor a mi santo y difunto abuelo, pero está atrancado. Tiro con todas mis fuerzas hasta que se mueve levemente. Pese a ello y al crujido emitido por la estantería, no ha salido. Solo se ha desplazado como si fuese una palanca. Doy un paso atrás para ver cómo la estantería central, de las tres que tengo delante de mí, se encuentra un poco hundida. La empujo hasta chocar con la pared. A continuación, me doy cuenta de que se puede deslizar hacia la izquierda. Una vez ahí, aprecio que hay una escalera muy similar a las de las literas. Subo hacia arriba, hacia la oscuridad infinita. Es un espacio reducido en el que solo puedo permanecer sentada y encorvada. Si me estiro, toco el tejado con mi cabeza. Por suerte, acaba en punta y en el centro puedo estirar un poco más la espalda. Palpo a ciegas por el polvoriento interior del tejado hasta dar con una especie de ventana que solamente se abre desde dentro. Imagino que por fuera no se ve lo más mínimo. Debe simular una teja. Seguro.

La pequeña rendija que he abierto me sirve para respirar un poco mejor y contemplar con dificultad lo que hay a mi alrededor. Solo vislumbro un viejo baúl. No se trata de un arcón muy grande, pero sí es lo suficientemente ancho como para no poder sacarlo de aquí. Imagino que el abuelo lo construiría en este lugar para impedir que se lo pudiesen llevar. Intento abrirlo, pero no puedo. Trato de arrastrarlo en vano. Pesa demasiado. Además, el candado no cede ni con la horquilla del pelo, ni a tirones. Debo buscar la llave, no me queda más alternativa que esa.

Bajo y lo vuelvo a colocar todo tal y como estaba antes de buscar y rebuscar. En la misma estantería móvil observo un cofrecito. Lo vuelco encima de la mesa. Miles de tornillos y tuercas hacen un ligero tintineo al caer. También hay un cincel, un destornillador, un pequeño martillo… Nada. Ahí no hay ni llave, ni nada que se le parezca. «¿Qué hacer para encontrarla?».

De repente, se escucha la cancela del jardín. Miro con cuidado por la ventana. La abuela ya ha llegado. Ha entrado al jardín delantero y no me he dado cuenta de la hora. Ahora está metiendo la compra en casa. Recojo todo y bajo silenciosamente. No puedo llegar hasta la primera planta… No en este momento.

Pienso y miro hacia la habitación que suele ser mía en mis visitas. Veo una rama por la ventana. Si salto a través de ella, seré capaz de agarrarla. Me subo con cuidado al filo y, sin pensármelo, me lanzo. A pesar de alcanzarla y de quedar colgando de ella un buen rato, acabo resbalándome y cayendo al suelo. Me he dado un buen golpe. Para mi fortuna, al estar con los pies hacia abajo y ser una primera planta, no ha sido tan duro. Me escondo detrás del árbol y la abuela se asoma. Cuando escucho que se marcha, salgo. Camino hacia la cancela.

–¿Érica? –me llama.

–Abuelaaaa, holaaaaaa… –sonrío para disimular.

–¿Qué haces tú por aquí? –viene a besarme.

Al final, termino entrando y ayudándola preparar la comida. Aunque me invita, comento que ya he quedado. Pregunta con quién voy a ir y acaba formulándome un interrogatorio sobre el joven del otro día. Quiere saber si lo voy a ver. Desmiento su idea. Es más, le pido que si viene, sea a lo que sea, que me lo diga y que a él no le dé ni la hora. Ella afirma. Cuando estoy a punto de irme, me doy cuenta de que la puerta de fuera –es decir, la cancela–, está cerrada. La abro con mi llave secreta y la dejo abierta. La llamo al porterillo y le digo que salga a cerrarla. La verdad es que me da apuro hacerle esto, pero si la ve de ese modo y se acuerda… ¿cómo se explicaría que yo hubiese entrado si se supone que llave de la cancela solamente hay una? Era mejor hacerla creer que se despistó al entrar y se le pasó echar la llave.

Voy, calle abajo, hasta la avenida. Una vez allí, continúo andando. De camino, me entretengo en comprar algunos plátanos en una frutería. El día anterior no me llevé uno al gimnasio y Rafa me regañó un poco por ello.

Al llegar a casa, llamo a Jose Carlos. Me urge verlo mañana mismo. Quedo con él en su piso y me despido.

Se me vuelve a hacer de noche en el gimnasio. Fuera, a través de la ventana, veo a Ruiz, esperándome sin el coche. Siempre me sigue. Ya sea en vehículo o andando. De lejos, o de cerca. Para ir a mi casa o salir de ella. Le falta meterse en mi hogar y acompañarme hasta el retrete de la manita. Ahora que caigo, no lo he visto en todo el día. No me he dado cuenta de ello hasta lo tengo casi enfrente. Quizás esté aprendiendo a camuflarse…

Como no tengo ganas de que me siga, me escabullo entre un grupo de gente. Me mezclo con ellos y salgo delante de sus narices sin que se dé cuenta. Una vez que, en la lejanía, se percata de mi estrategia, salgo corriendo. Me persigue. Incluso me llama. Paso de él y giro por las calles, por una y por otra, hasta que me pierde de vista.

–Para ir enchaquetado, este inspector corre demasiado… –me digo jadeante. Ha conseguido cansarme.

Continúo con mi travesía hasta ver el Carrefour en la distancia. A lo tonto, me he alejado un poco más de mi casa. Caminando cerca del instituto El Tablero, veo una panda de golfos frente a mí. Todos llevan relucientes sellos de oro y algunos pendientes. Por detrás, a muchos de ellos les cuelga una especie de greñas que, para mi opinión personal, les desfavorece. Van con un bolso de mujer en la mano, registrándolo. Tienen pinta de haberlo robado y de estar repartiéndose el botín.

Trago el nudo que se me ha formado en la garganta, con la vista al frente, como si no los hubiese visto. En cambio, por sus risitas socarronas, entiendo que se han percatado de mi presencia. Se abren hasta ocupar toda la acera. Justo cuando los tengo casi encima, rezo para que no intenten asaltarme. Pienso que si no llevan ninguna navaja y me intentan hacer algo, podré vencer, pero no deseo pegarle a un menor de edad.

–¡Iiiooo! ¡Qué muñequita más linda, pareee! Tas más güenaaaa quer pan de Viena… –dice uno.

–Estáaaa… pa untarla en pan –se ríe otro.

–Yo le haría lo que a la leche el Cola-cao… –se burla un tercero–. Le echaría un polvazo, killo…

Consigo pasar a través de estos sin altercados. Como mucho, solo les he tenido que levantar el dedo corazón por las aberraciones que comenzaron a soltar por sus sucias bocas. Suspiro de alivio al verme lejos de ellos. La verdad es que no me apetecía, ni apetece, tener bronca con niñatos. ¿Qué se creen, por Dios? ¿No se dan cuenta de que así no conseguirán hacerse respetar? Si yo tuviese su edad… no me fijaría en ellos. Maleducados… Delincuentes…

Al llegar a casa, me sorprendo y alarmo. Pese a que todo está en orden y limpio, sé que alguien ha estado aquí, registrando entre mis cosas.

María del Pino El ladrón de almas VENGANZA

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