El deseo del amante.

Publicado en el viejo blog (19/09/2014)

Después de tanto tiempo sin escribir en mi blog, hoy pido perdón
y lo hago con este escrito-relato-fragmento que antaño me inspiró
una bonita canción. Espero que os guste.

 

Se lo dedico a toda aquella persona
que ame sin ser correspondida.

Quiero besarte los ojos sin que me duela el alma, amarte y gozar del placer más dulce junto a ti sin que luego me sepa amargo. Deseo buscarte en la noche sin sentirme un forajido, darte la mano en la mañana sin que se nos señale con el dedo. Anhelo beber el elixir de tus labios bajo la mirada de unos fuegos artificiales, reflejarme en tus ojos negros sin ver un monstruo, pero todo es imposible porque cuanto más lo ambiciono, más descubro que solo se trata del producto de un sueño efímero, efímero como un golpe de viento que pasa por mi vera en un segundo y al siguiente por el tuyo. Maldigo este amor sincero y no correspondido, este calor que arde en mis entrañas cuando te veo a su lado. Maldigo esta pasión que a su vez me hiela el corazón cuando no estás al mío. Suspiro de noche cuando te veo. Suspiro sin reproche, sin decirte “te quiero”.
Muero a causa de este amor sellado entre las cuatro paredes que nos guardan el secreto. Secreto que deja de serlo cuando estamos a solas, sin nadie alrededor. Ahí es cuando te tengo entre mis brazos aunque no me ames como a él.
Hiere. Me hiere el alma ser solo tu pasatiempo. Sin embargo, me llamas y caigo en el abismo del caos, de tus labios y besos. Caigo sin pensarlo, sin mirar cómo escupes en mis heridas y cómo escuecen cuando te vas, cuando silencio, cuando me trago el sentimiento, los celos que me inundan al verte con tu marido.
Me desvelo pensando en ti, pero solo soy un esclavo de tus deseos. Un condenado a muerte por amarte. Maldigo el enamorarme de ti, de tu mirar… Y maldigo el corazón que me has arrebatado porque… aunque no lo sepas, yo a ti sí te amo.

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Aviso legal: Tanto este relato como gran parte del contenido del blog se encuentra protegido por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

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El ladrón de almas. VENGANZA (tercer capítulo).

Capítulo III

Ahora lloro recordándolo. No logro ni secarme las lágrimas de las muchas que salen por mis ojos. No puedo, ni tan siquiera, continuar escribiendo. Mi madre se despabila y posa su atención sobre mí, asombrada, intrigada y triste. Son las nueve y media de la mañana. Se incorpora y me pregunta cuánto rato hace que estoy despierta. Le contesto que no he dormido, que he pasado la noche velándolo y escribiendo lo que realmente ocurrió para desahogarme.
Mira el primer folio por encima, sin profundizar en el texto. Niega con la cabeza. A ella también le duele creer que mi novio era malo. Lo quería mucho. Sin embargo, se lo ha creído. Me quema las entrañas saber que se ha tragado lo que cuatro personas que no estuvieron allí le contaron. Me mortifica que lo crea capaz de haber realizado tal delirio. Ella tendría que saber lo mucho que me amaba. Jamás me hubiese puesto una mano encima para dañarme.
De pronto, miro mis dedos y no veo el anillo. Pregunto por él. Mi madre, sin saber qué clase de anillo es, lo saca de un estuche y me lo entrega. Me lo pongo. Trato de disimular mi dolor mirando a otro lado, dejando pasar el tiempo.

A las doce –ya vestida– el psiquiatra Santiago del Bosque aparece por la puerta con el alta en la mano. Alega que él me hubiese dejado más tiempo ingresada, pero que el “reputado médico alemán” me la concedió para que volviese a casa con mi difunto novio. Expone que… como es el que manda con respecto a mí desde nuestra llegada, por órdenes superiores, él no pinta nada y me envían a Córdoba. Lo dice con esas mismas palabras y un gran enfado. Eso sí, reitera que si me pasa algo, no será culpa suya. De todos modos, para quedarse tranquilo, me ofrece una tarjeta con su email y número de teléfono. Siente que ha de atenderme. Como puedo, se lo agradezco antes de que se marche.
No sé quién diantres es ese médico alemán que parece no caerle bien, pero debo agradecerle el hecho de que me deje salir de este lugar e ir a Córdoba con mi Javi. Necesito permanecer a su lado en todo momento y si me encierran aquí, me perderé su funeral…
Justo al pensarlo, me tiemblan las piernas. Trago saliva y aprieto los puños. Incluso me hago la dura. Si flaqueo, no me permitirán marcharme.
Mi padre se apoya en la puerta con los brazos cruzados. Pese a que estuvo por los alrededores muchas veces, en la solitaria lejanía, no me había fijado mucho en él hasta ese momento. Desde la muerte de mi hermano mayor… no es el mismo. Casi no habla con nadie. Solo da órdenes en su trabajo y conversa con mi madre. Eso sí, en su mirada veo reflejado el miedo que siente de perder otro hijo. El único que le queda. O, mejor dicho, la única.
Entra en la habitación y agarra la mochila. Al mirarla, me acuerdo de Javi y mis ojos se vuelven a humedecer. Aprieto los folios en mi pecho. Sin querer, se me escapa un quejido. Raudo, suelta la bolsa y me abraza. Se aferra a mí como nunca antes lo había hecho.
–Disculpen, aquí traigo la silla –entra una enfermera.
Mi padre me sienta y, cogiendo el macuto y la mano de mi madre, camina detrás de la señora que me transporta sobre estas ruedas. Al salir del hospital, contemplo un taxi esperándonos. Me montan y llevan en él hasta la estación de trenes. Allí, compran dos billetes en primera clase y uno en turista –se han dejado todas las tarjetas atrás y solo llevan dinero para eso. Además, somos una familia a la que no le gustan los excesivos lujos–. Agradezco el hecho y el detalle, pero ir lo más cómoda posible, sinceramente, no me lo va a devolver… No me va a hacer sentir mejor.
En el viaje –mientras mi madre habla con mi abuela por teléfono, explicándole que estoy bien–, despego los folios de mi pecho y vuelvo a sacar el bolígrafo para continuar escribiendo.

Por la noche nos amamos con pasión, deseando un hijo, un futuro juntos. Yo acabé dormida en su regazo, escuchándolo hablar de las estrellas y constelaciones. También de sus viajes a la montaña.
Un poco antes de que comenzara a amanecer, me desperté. La vejiga me iba a estallar. Al abrir los ojos, me di cuenta de que me encontraba en el campo. Había pasado la noche tan a gusto, que se me olvidó momentáneamente dónde me encontraba.
Con cuidado de no despertarlo, destapé mi cuerpo del nórdico que nos cubría y me vestí (no iba a ir en ropa interior). Él tenía puesto el pantalón. Agarré la linterna (no se veía bien) y caminé a través de unos cuantos árboles. Una vez que creí ver unos arbustos apropiados, me agaché para hacer un pis. Al subirme el pantalón, el anillo se me enganchó al cinturón. Atontada, me quedé absorta mirándolo después de haberlo desenganchado. Sinceramente, Javi no tenía muy buen gusto. Seguro que en la joyería no había uno más simple que este (que no llevaba nada y era liso), pero me encantaba. No necesitaba más. Hasta lo más llano y humilde, a veces, puede ser hermoso si el amor florece a su lado.
Di unos pocos pasos más con la luz de la linterna sobre mi dedo hasta salir del que había sido mi lugar de intimidad. Al alzar mi vista, me pareció ver la silueta de un hombre. Impresionada, apunté hacia él para iluminarlo. Para mi ya habitual sorpresa, de nuevo, al dirigir hacia allí la linterna, no había nada, ni nadie.
Di dos o tres vueltas por la zona, alejándome sin querer de nuestro campamento. Escuchaba sonidos y me desviaba de ellos. Llegué a pensar que algo quería conducirme lejos de Javi.
Cuando estaba distraída mirando una pisada en el barro (ya que comenzaba a verse mejor sin la ayuda de la luz artificial), escuché un ruido en la lejanía y a Javi gritar. Sin pensármelo, pasé de los sonidos que me alejaban de él y salí corriendo hacia su posición para ayudarlo. Quise exclamar su nombre. Traté de llamarlo, pero una repentina mano me tapó la boca con ahínco, pegándome así a un torso de hombre bastante alto. Forcejeé con este gigante de fuerza descomunal que me arrastraba en dirección contraria como si fuese una plumilla. Finalmente, acabé mordiéndole.
Quise verle la cara para enfrentarme a él, pero… cuando logré girarme, no había nadie. Al voltearme para salir corriendo hacia Javi, creí chocar contra un enjambre de abejas, ya que, pese a que no me picaban, ni hacía ruido, la espesura de lo que aún quedaba de la noche no me permitía distinguir qué era. Solamente sabía que algo me atacaba, haciéndome cerrar la boca e impidiéndome el paso.
A pesar de la perseverancia de mantenerme en el sitio con los labios sellados, logré (gracias a un estúpido tropezón) huir y llegar hasta Javi. Una vez allí contemplé la escena desde el suelo. Había tres hombres. Uno de ellos (de color) agarraba a mi prometido del cuello, por detrás, mientras otro parecía interrogarlo y golpearlo.
–¡Javi! –lo llamé asustada.
–¡Huye! –bramó él.
–Her?? –habló el tercero en inglés. Parecía anglosajón. Muy rubio, muy grande y con los ojos demasiado juntos. Su mandíbula era robusta y su sonrisa… típica de una persona totalmente desquiciada.
Este tipo me agarró de un brazo y me levantó como si yo pesase cincuenta y tres gramos en vez de kilos.
–¿Eres la nieta de Pierre Pulido? –me preguntó en español el hombre con acento francés que parecía interrogar a Javi. Este tipo tenía el pelo negro y corto. Su cutis parecía bañado en leche. Para mi asombro, era muy guapo, a diferencia de los otros dos.
–Pedro fue mi abuelo, sí. ¿Quiénes son ustedes y qué quieren? –traté de librarme de mi captor.
Se miraron entre ellos y comenzaron a reírse. Javi se zafó de sus opresores en un descuido y corrió hacia mí. El mío simplemente me soltó. Nos abrazamos y caminamos (de espaldas) hacia el pequeño barranco.
–¿Qué os parece si nos divertimos un rato? –el de acento francés parecía pasárselo bien.
–Good… –respondió el anglosajón.
Javi me colocó detrás de él. Los dos tipos se acercaban a nosotros jocosamente. El francés simplemente permanecía quieto, contemplando el show.
–Si quieren robarnos, llévenselo todo, pero dejen a mi novia en paz… –dijo Javi arrojándoles un reloj de oro que guardaba en el bolsillo de su pantalón.
El que había permanecido en silencio todo el tiempo, cogió el reloj del suelo y lo partió ante nuestras narices con sus propias manos, dejándonos bien claro con su gesto que no pretendían saquearnos, sino hacernos algo mucho peor. Eso y que su fuerza era increíble.
–Mon Die… Las presas nunca se dan cuenta de su destino hasta que exhalan su último hálito de vida… C’est la vie, cherry –el francés, sin esperármelo, o verlo siquiera, se situó detrás de mí, agarrándome y separándome de mi novio bastantes metros.
Los otros se lo llevaron a él al lado contrario y empezaron a pegarle empujones. Supliqué que lo dejaran. Eran dos contra uno. Además, su fuerza parecía sobrehumana. Las sacudidas que arremetían en su contra lo lanzaban a bastante distancia.
–Ha llegado la hora de cobrármelo todo contigo, cherry… Te voy a vaciar por dentro mientras gozo de ti –dijo acercándose peligrosamente.
–¡Suéltala! –vociferó Javi.
–What?! How could he do it?? –exclamó el inglés.
Tanto el francés como yo giramos la cabeza lentamente para ver qué había ocurrido. No supe cómo, pero mi novio había logrado clavarle un cuchillo en el corazón al tipo moreno que no hablaba y ahora se encontraba amenazando al otro.
–¡Suelta a mi chica! –ordenó mirándonos, aterrado.
Así hizo y salí corriendo hacia él. Ambos nos acercamos más al barranco, apuntándoles con el cuchillito. Javi, por suerte, solamente tenía un poco de sangre en la boca y cojeaba ligeramente.
–¿Te has dejado? –se le acercó con tranquilidad el francés al herido, el cual, para estar en graves condiciones, permanecía de pie, como si nada.
–No es nada… No tenía el corazón ahí, así que ahora me recuperaré… –este al fin habló en un perfecto español.
Cuando nos miró, sus ojos eran completamente oscuros. Apreté el hombro de Javi, asustada. No eran humanos. De repente, vinieron a atacarnos los tres a la vez, pero una sombra negra los rodeó. Parecía aquel enjambre que previamente me había atacado a mí. Se hizo más grande y opaco. Tanto, que los cubrió por completo a todos. Una vez que esta intromisión desapareció, el rubio anglosajón ya no estaba entre los agresores. Se había esfumado con el humillo negro.
–¡Mierda, Antoine! ¡Él ya está aquí! –bramó el otro al francés.
–Acabemos con esto antes de que sea tarde –le ordenó.
Justo en ese instante, avanzaron hacia nosotros, decididos a matarnos. Javi, para salvarme, me tiró por el barranco a la vez que gritaba que huyera. Durante la caída, descifré que sus ojos se despedían de mí. Prácticamente susurraron: “adiós, Eri”. Rodé pendiente abajo, sin control alguno, hasta que, con un brazo, logré frenarme. Escuché a mi prometido gritar como si le arrancaran el alma o la piel. Quizás de aflicción, tal vez de miedo. No lo sabía. Agarrándome a un árbol derrumbado, me levanté. Pedí auxilio a la vez que, dolorida por los golpes en la cabeza y en el cuerpo, luchaba contra la pendiente. No pensaba irme y dejarlo solo.
Justo al subir, casi desfallecida contemplé al individuo de color encima de Javi. Desde mi posición, parecía estar en su rostro o cuello.
Para mi sorpresa, había otra persona más. Un hombre alto, de pelo largo y negro. Vestía demasiado elegante. Clásico, diría yo. Llevaba una gabardina oscura muy ceñida.
Le pedí ayuda. Tanto él, como los otros dos, pusieron sus ojos sobre mí. Aunque en principio creí que estábamos a salvo porque estaría con más personas que nos pudiesen ayudar, al cabo de unos segundos, deshice esa descabellada idea. Cuando los ojos del joven extraño se clavaron en los míos, algo me advirtió de que él también era como esos y el ausente rubio que no veía por ningún lado.
Mi sollozo hizo que el tipo de color se separase de Javi, dejándolo inerte, en el suelo. Me desgarré el alma gritando a la vez que se alejaba de mi prometido, sin camisa y sin herida en el pecho. No eran humanos. No podían serlo. Yo vi cómo le clavó el cuchillo en el corazón.

Por eso, escribo esto. Javi no murió. Lo asesinaron esos malditos seres de las tinieblas.

Después de eso, solamente recuerdo que las fuerzas me fallaron por completo. Caí al mundo del subconsciente sin poder remediarlo. En un momento de lucidez que recobré, abrí los ojos justo para ver cómo el último en llegar, el hombre de otra época, caminaba desde la posición de Javi hacia la mía. Me miraba con sus negros y vacíos ojos llenos de frialdad. Tuve miedo por mi novio. Tuve miedo por mi vida…

Tras ese calvario y muchas pesadillas, desperté en un hospital de Navarra. Sola, sin mi Javi, sin mi vida…

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

Demasiado ríos por cruzar, de Alfonso Cost.

Publicado en el viejo blog (22/10/2012)

Como dos gotas de agua surcando entre demasiados ríos, al son de los tangos, entre el frío, los sentimientos y varios poetas conquistadores, me he sumergido en un libro asombroso.

Alfonso CostLa maravilla de la que hablo pertenece a Alfonso Cost, un escritor graduado en Artes, nacido en Córdoba (1963). Poeta, cuentista y novelista. También pertenece a la Asociación Cultural de Mucho Cuento desde 2009. Es un apasionado de las letras y un genio de musicalidad y armonía literaria bajo mi punto de vista.

Su obra consta de once fabulosos cuentos. Entre los cuales, me han sabido conquistar: por su gracia (“Guerras médicas”), por sus tangos coloreados de amor y sangre (“El brillo de Margot”) y por sonsacarme una sonrisa inesperada en un final precioso y delicioso (“El secreto del agua”).

Sus letras están repletas de dulzura y movimiento rítmico (o así se me antoja expresarlo a mí). No te enganchas al libro, este te absorbe y engulle. Leerlo es como verlo, olerlo, escucharlo… Apasionante en cada relato y, aunque, como en todo buen libro de esta categoría, haya unos que te gusten y emocionen más que otros, aseguro que ninguno de DSC_3464ellos deja indiferente al lector. A parte de lo dicho, tiene sensualidad en unos, arrebatos pasionales en otros (“Como dos gotas de Rocío”), inocencia y sueños (“Centros comerciales”), batallas ancestrales (“Frío”), padres por encima de todo (“Onironautas”), rituales escabrosos con finales realistas (“Cecilias”) y estrellas (“Astroquímica”). Todo eso, unido a lo anterior, forma parte de la gran obra, fácil y divertida de leer, del escritor Alfonso Cost.

Y para que sepáis de lo que hablo cuando digo que en sus narraciones hay belleza, con permiso del autor, dejaré reflejadas unas líneas de su esplendor. Todo un ejemplo que a mí me ha conquistado por su magistral forma de decir que se ha mordido una copa de vino en un momento amargo de la vida:

[...Mordí, como antaño, una vez más, mi copa de dolor con toda la fuerza de la amargura, hasta que la sangre brotó en un fino hilo rojo al borde de mi herida boca; escupí el vidrio al suelo, sequé mi labio roto con el pañuelo que quizás me regaló alguna amante olvidada...]

Os recomiendo poseer en vuestra colección personal estos bellos relatos cargados de magia.

María del Pino.

 

Relato: Mi vestido de diamantes.

 

De diamantes me hice un vestido para brillar en la noche bajo la luna. De diamantes me lo hice para que todas las miradas se centraran en mí bajo el apuesto y elegante sol. Lo ceñí a mi cuerpo. Incluso me hice unos zapatos a juego. Me galardoné con las riquezas de mi nuevo vestido para así poder hacer amigos. Salí, dispuesta, a la calle para lucirlo con estilo.
Bajé las escaleras, contoneando mis bellos diamantes. Bajé zarandeando las manos, para que sonasen y como campanas repicasen. El sol rozó mi cuerpo y los destellos dieron en los ojos de las personas, las cuales, se cegaron al mirarme y prefirieron olvidarme.
Indignada, decidí que eran unos “sin gusto” y probé suerte con otros. Por desgracia, me pasó lo mismo. Ni tan siquiera me miraron. No obstante, de una limusina de piel de cocodrilo se bajó una mujer vestida de zafiros. Me miró y supe que comprendía el glamour. Enseguida me sonrió. En su acomodado vehículo me llevó a un bello lugar. Disfruté al ver que, allí, todos eran como yo. Joyas preciosas, brillantes, adinerados… En definitiva… gente con clase y estilo. De altas esferas.
Me codeé con ellos durante meses, dejando atrás la muchedumbre y lo mundano. No me importaba nada que no fuese mi vestido de diamantes y mis accesorios brillantes.
Un día, en plena noche, volvía a casa de la fiesta y me asaltaron unos muertos de hambre. Se hacían llamar los justicieros del pueblo. Me lo quitaron todo. Mis pulseras, mis tacones y mi vestido, dejándome desnuda y desvalida en mitad de la calle.
Asustada, no sabía adónde ir, ni a quién acudir. Por eso, caminé, ocultándome entre los cubos de basura. Todo a mi alrededor se encontraba sucio. Tanto, que mi piel diamantina pasó a tener por encima una negruzca capa de mugre. Al llegar a mi casa amiga, llamé a la puerta de la cancela. Tras mi insistencia, se aproximó ELLA.
-¡Largate, mugrienta! -exclamó con asco en el rostro al verme.
-Zafiro, soy yo, Diamantina… -logré musitar mientras la gente se agolpaba a su alrededor con cara de asco.
-¿Qué te ha pasado? -preguntó horrorizada tras reconocerme- ¡Rápido, llamad al mayordomo para que abra la puerta!
-La plebe me ha robado mi vestido de diamantes… -una lágrima saltó de mis ojos al mismo tiempo que el murmullo aumentó en críticas para los pobres.
-Bueno, eso tiene arreglo. No te preocupes, ahora pasarás aquí dentro, te quitarás esa porquería y mañana te harás otro nuevo y mejor… -dijo el señor corbata de oro.
-No… No tengo más diamantes… -confieso.
-¿Cómo? -la anfitriona detuvo al mayordomo.
-No tengo más diamantes -repetí.
-¿No? Pues lárgate de aquí, ¡que apestas a pobreza! -exclamó don corbata de oro.
De pronto, miles de burlas se dirigieron hacia mi humillada persona. Ya no era la hermosa y glamurosa “Diamantina”, sino “La pobretona”, “La miserable”… “La peste”.
Abatida y solitaria, caminé por las oscuras calles en mitad de la noche. Las lágrimas recorrían mis mejillas sin cesar mientras veía mi vida pasar. Sola. Siempre muy sola por no saber a nadie hablar. Añoré mi vestido de diamantes y maldije el no tenerlo. Lo maldije hasta caerme al suelo. Yo solamente buscaba amigos. Siempre había estado sola con mis diamantes. Y luego, sola sin ellos…
Caí al suelo y me afligí. Me retorcí ante el dolor de la desdicha hasta que unas manos sostuvieron mis hombros. Quise gritar. Pensé que me iban a matar después de hacerme cualquier mal. En cambio, las manos me ofrecieron una cálida manta de poliester y un abrazo consolador.
-No te preocupes, mujer. Yo te cuidaré… -la voz de un joven me sorprendió.
-No tengo nada con lo que pagar tu ayuda -me giré a mirarlo.
Aun sin el brillo del oro o de los diamantes en su rostro, la sonrisa del muchacho resplandecía con aquello que llaman alegría, regalándome así el calor del fuego y la ternura de lo verdadero.
-¿Pero qué me estás contando, mujer? La ayuda es gratuita, para eso estamos en la tierra, para ayudarnos entre todos… -su voz sonaba franca-. Además, ¿qué voy a querer yo de ti? -preguntó señalándome. No tengo nada. Ni siquiera ropa.
Me cuidó y alimentó en la llaneza, me devolvió la vida e incluso me ofreció a sus amigos. Al cabo de unos meses, donó a mi insípida alma un poco de su amor. Y después, con el paso del tiempo, engendramos juntos el fruto de nuestra pasión. Nunca más quise más riquezas que esas. Nunca esperé lujos, ni fiestas. Un piso humilde, un amor enorme y unos hijos maravillosos, era lo mejor que me pudo ocurrir.
Un día, paseando por la calle, encontré de casualidad mi vestido. Pese a la fama que supe que otra vez podría darme, pasé por su lado sin mirarlo y con una sonrisa entre los labios aún calientes por los besos de mi amor. Entonces, satisfecha pensé en mi interior: “¿Para qué quiero yo riquezas superficiales, teniendo los verdaderos tesoros que tengo?”. Y seguí caminando, dichosa y feliz, sin nunca jamás volver a mirar atrás.

 

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El verdadero tesoro lo hacemos
con las personas que nos miran
por dentro, no con las personas
que solamente ven lo superficial.

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María del Pino.

 

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Relato: El parque del viejo Olmo.

Publicado en el viejo blog (13/12/2012)

A todas y cada una de las áreas verdes de
la ciudad.Hay cosas simples que no deberían
cambiar nunca.

Lloran las hojas del suelo por su partida, tristes y deprimidas. Solloza la brisa en el vacío que sin querer nos ha dejado. Hoy he venido y él, sin avisar, se ha ido. Se ha marchado. O, más bien, se lo han llevado. No está donde debía, causando así mi melancolía. Siempre camino por el parque, alegre al verlo aun en la distancia. Empero, ahora ya no. En su lugar no hay nada. Solo unas hojas caducas que enfatizan sus añoranzas, mostrándolas con desengaño, crujiendo esparcidas sin su amo. Ya no se encuentra ahí el árbol que me escuchaba en los días amargos, o en los soleados. Y, al ver la cavidad que nos ha dejado, comprendo que no volverá. ¡Lo han talado sin avisar! Y rompiendo su alma, destruyeron gran parte de la mía, dejando a su paso por el parque centenares de añicos formando cristales, pues desde pequeña vengo a corretear y, en sus raíces, mi cuerpo recostar.
Hoy (repito) lo han talado y de mi vida lo han arrancado. Toco las betas de sus años viejos, ajados. Recorro su tronco mal cortado. Paso mi mano por su áspera corteza mientras las hojas siguen su rumbo, movidas por el viento que ahora el centenario ya no frena. Se alejan despacio, farfullando a los crueles hombres que pensaron que ahí, un árbol tan grande no armonizaba con la estética de la ciudad. Ciudad sumergida en el mundo del bullicio y descontrol, del tiempo de las prisas…
Nos han despojado de la esencia del parque del viejo Olmo, pues, sin este anfitrión, ya no es nada más que una simple réplica de parque que aguarda a la nada con un puñado de bancos, cuatro arboluchos maltrechos y un montón de personas que ahora buscan y extrañan su cobijo.
Lloro porque se lo han llevado. Lloro porque su historia nos han quitado…

María del Pino.

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*Tuve una visión, un sueño. En este, caminaba por un parque sin árboles que cubriesen parte del cielo con sus sombras acogedoras. Lo único que veía, era pura edificación, un parque de asfalto, ventanas, bancos y piedras con cuatro palos maltrechos. Nos quitaban parte de su existencia y de ahí, escribí estas palabras que ahora muestro. Esto no es otra cosa que una pequeña dedicatoria a las zonas verdes de nuestras ciudades. Algo que jamás debería ser mancillado y manchado por la urbanización y su contaminación.

 

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El ladrón de Almas. VENGANZA (segundo capítulo).

Capítulo II

2-Septiembre-2012

Me llamo Érica Pulido y soy guía turística. Vivo en Córdoba y aquí voy a escribir aquí, con mi puño y letra, lo que me ha ocurrido en estos últimos días. Me lo quieren borrar a toda costa, cambiármelo por otra versión. Pero no. Se equivocan. No dejaré que manchen el recuerdo de la verdad sobre Javier Vargas de la Rosa, mi novio. (Ay… qué mal me encuentro, sino llega a ser por este incidente, seríamos ahora algo más que eso. Me lo han quitado…).

Todo comenzó cuando Javi me propuso ir a Navarra para pasar unos días, de senderismo, por la que fue tierra de su difunto padre. Él me quería llevar a celebrar mi veinticuatro cumpleaños por adelantado. Sin embargo, yo sabía que tras estos cinco años largos de noviazgo, me iba a pedir matrimonio. Lo tenía claro porque una amiga mía lo pilló con las manos en la masa (comprándome el anillo) y pasaba mucho más tiempo junto a mí con cara de bobo enamorado. Pese a que él le rogó a Lucía que se callase, ella (la delatadora), no lo hizo. Vamos, tardó diez minutos en llamarme al móvil para contarme la noticia. Así pues, cuando él me propuso irnos de senderismo unos días con la excusa de que ese era mi regalo, acepté muy ilusionada.
Preparando las cosas del viaje, enseguida me di cuenta de que algo escondía entre sus cosas. Usualmente, yo le ayudo ayudaba siempre con la maleta (o la mochila en este caso). La hacía en mi casa. Era como la suya. Llevaba viviendo conmigo este último medio año.
Fuimos de mochileros en el AVE hasta Navarra. Una vez allí, nos embarcamos a la aventura. Un autocar, una larga caminata y al final del día llegamos a la ruta. Hicimos hasta un poco de alpinismo. Si yo, años atrás, fui deportista, él era un crack en la materia. Un hombre fuerte y robusto.
Sin darnos cuenta, cayó la noche y sacamos la tienda. Mientras comíamos, lo notaba meloso. Deduje que sacaría pronto el anillo, pero me equivoqué. Simple y llanamente quería juerga nocturna. A la mañana siguiente desperté hecha un desastre. Salí de la tienda y lo vi a él justo enfrente, radiante y feliz. Lo adoraba. Me ofreció un café y, gustosa, bebí. Si pudiera, beberíay comería de sus manos. Vivía por él. Y él se desvivía por mí… Sobre todo este último medio año. El cambio había sido brutal.
Seguimos con nuestro caminar. Un poco más avanzada la media tarde, llegamos a un arroyo y… desde ahí, comenzaré a redactar, palabra por palabra, todo lo que recuerdo. Porque hay cosas y momentos que jamás podrán ser olvidados…
–¿Para qué quieres que baje al riachuelo otra vez? –pregunté. Acabábamos de pasarlo.
–No te quejes, tú simplemente ve mientras monto nuestro nidito de amor para cuando vuelvas, cari… –sonrió con picardía mientras sacaba de su enorme mochila una bolsa extraña y la tienda.
–De acuerdo, pero si me raptan… ¿qué harás sin mí? –lo señalé con el dedo.
–Tú llámame y estaré ahí. Además, no se encuentra tan lejos…
–Lo que tú digas, mi sargento… –cogí un pequeño cubo y caminé cuesta abajo.
Fui con mucho cuidado bordeando el pequeño barranco y la gran pendiente. Eso sí, a pesar de ello, no logré evitar una o dos estúpidas caídas. Incluso me arañé un brazo. Con precaución, me puse un pañuelo y continué andando. Al llegar al riachuelo, me quité las zapatillas de deporte y los calcetines. No iba a irme del lugar sin antes haber metido los pies en esa deliciosa agüita.
Acomodándome en una piedra, con los pies dentro, comencé a llenar el cubo. Estaba tranquila, a gusto. La musiquilla natural de mi entorno me relajaba y transportaba a un mundo de paz maravilloso. Ahí no había contaminación. Nos encontrábamos fuera de toda la polución de la urbe. Mis sentidos permanecían en armonía con la naturaleza hasta que escuché una pisada detrás de mí. Me giré sobresaltada. No vi nada. Supuse que debió de ser un animal a lo lejos, así que continué con lo mío.
El agua era transparente como el cristal. Increíble. Mientras la contemplaba ensimismada me pareció ver un reflejo en ella. ¡Detrás había un hombre! Me volteé, poniéndome de pie, lo más rápido que pude, pero… una vez más… solo estaba la nada. Ni un mínimo indicio de vida a mi alrededor.
Suspiré mirando el cubo, desconcertada ante mis alucinaciones. Lo volqué sin querer. Me senté de nuevo. Creyéndome deshidratada, bebí un poco. Cerré los ojos e intenté concentrarme. Mi abuelo, cuando yo era una niña, me enseñó a defenderme. Decía que su nieta tenía que estar preparada para cualquier tipo de percance. La vida (solía decir siempre) es dura. Tuvo tanta insistencia, que me apuntó a kárate, a judo, a boxeo, a full contact… A pesar de mi estatura (1.65) y de mi actual delgadez (casi extrema, he de admitirlo), siempre había estado en buenas condiciones físicas hasta hace cinco años. Casi los mismos que llevo ejerciendo de guía turística y saliendo con Javi.
Permanecía concentrada cuando presentí nuevamente a alguien en mi espalda. Abrí un poco los ojos y observé de nuevo su reflejo en el agua. Exacto, había un hombre detrás de mí. No estaba soñando.
Tarareé una cancioncilla para despistarlo, para que viese que no notaba su presencia. Incluso me moví hacia los lados con leves balanceos al son de lo que quiera que cantase. Recé para que la llave de kárate que se me ocurrió hacerle me saliese bien. Aunque dudaba si tendría éxito, no lo pensé más y, girando mis manos, lo agarré. Lo coloqué sobre mi espalda para propulsarlo sobre mí y tirarlo al agua. Para mi asombro, conforme iba rodando, su peso se fue esfumando hasta que dejé de tenerlo entre mis manos. Fue como tocar a un fantasma. A mi alrededor solamente quedaba una especie de humillo negro, granulado. Este se disipaba e iba con el viento. Volaba bien lejos.
Lo prometo. Me espanté. No supe explicar lo que acababa de ocurrir. Lo único claro es que no había nadie. Ni un alma a mi alrededor. Creí estar loca, pero en mi mano había sostenido algo y en mi espalda apoyé a un hombre muy alto. Estaba completamente segura de ello.
Agarré el cubo una vez más y lo llené, pero en esta ocasión sí miraba por doquier, en todas direcciones. Ya creía ver fantasmas. Tenía miedo.
Caminando hacia mis zapatillas, escuché el crujir de unos pasos. Me las puse lo más rápido que pude y saqué un tirachinas de mi bolsillo trasero. Apunté hacia los matojos de los que provenía el ruido y hablé en voz alta.
–¿Quién anda ahí? –me hice la valiente.
Como no obtuve respuesta, fijé con la piedra el destino en el que acabaría. Justo donde deduje que estarían las piernas, la lancé.
–¡Ah! –se quejó una voz. La reconocí.
–¿Qué diantres te crees que estás haciendo, Javi? –me enfadé mucho.
–Bajaba preocupado por tu tardanza y, al verte sola… pensé en gastarte una bromita. ¡Vaya, hija! ¡Qué mal las tomas! –me recriminó caminando ya visible hacia mí. Se rascaba la pierna.
–Perdona, pero es que vi un tío antes y me asustó –confesé.
–Cari, no debes tener miedo. Yo te protejo –me abrazó–. Y si no puedo, veo que siempre te quedará el tirachinas… ¡Desconocía tu puntería, amor! –se reía mostrándome su muslo–. Además, hay guardas forestales y campistas, no hay peligro.
Al llevar pantalón corto, aprecié que le di de lleno. Eso tuvo que dolerle bastante. Pronto le saldría un buen moretón. Me acerqué para pedirle perdón un poco arrepentida. Él enseguida expuso que se lo cobraría por la noche. Cuando subimos, me sorprendí. La tienda estaba montaba. Un poco frangollera (por no decir mucho), pero lo estaba. Me asombraba el entorno. Anochecía gradualmente, así que todavía podía distinguir que había esparcido flores y pétalos de rosa por toda la zona, al igual que también tenía colocadas varias sábanas blancas y dos o tres cojines pequeños en una especie de mini-paraíso romántico con velas y más pétalos. Parecía una especie de tienda de velos y telas con un frontal abierto. La verdad es que se lo había currado.
–Todavía se ve, pero dentro de media hora, las velas y la fogata serán lo único que nos alumbre la velada, Eri. ¿Estás dispuesta a pasar la noche de tu vida? –besó mi hombro.
–¿Y qué hacemos en esta media hora que nos queda? –hablé embobada, olvidándome de todo lo anterior. Estaba enamorada. Sigo enamorada…
–Comernos rápido esto y hacer el fuego –me mostró dos trozos de pan y un poco de embutido.
–¿Para?
–Para luego comerte a ti –me quitó el cubo de las manos y lo tiró al suelo, derramando así todo su contenido.
Ahí comprendí que lo de hacerme bajar al arroyo fue una excusa barata para quedarse solo y sorprenderme con esto. Tenía claro que se aproximaba la hora de la pedida.
Después de cinco años y pico juntos, después de tantas noches compartidas, me encontraba nerviosa como cuando empezamos a salir, como la primera vez que nos besamos o lo hicimos en el camastro de un viejo hotel gaditano. El corazón se me encogía y en el estómago solo me revoloteaban centenares de mariposas juguetonas. No tenía ni hambre. Comí lo justo. Un poco de salchichón y algo de queso. Él, en cambio, se lo devoró todo y más. Se le veía alegre, feliz… Javi era un chico de estatura normal, de ojos color azul-verdoso y de cabello dorado como el oro. Lo llevaba muy corto por los laterales y revuelto por arriba. Me encantaba mirar su pícara sonrisa y escucharlo decir mil tonterías. Javi es… Digo… Era… mi día. El sol que me iluminaba.
–Bueno, Eri… –captó mi atención–. ¿Sabes? Te he escrito una cosa.
–¿Sí? –intenté parecer inocente.
–Toma, léela –me extendió una carta muy arrugada.
–¿Perdona? Me la lees tú, guapo.
–No me hagas avergonzarme, cari…
–Léemela –sonreí.
Afirmó y suspiró.
–Pues bien. Escucha claro y destapónate los oídos porque no lo volveré a repetir –se puso de rodillas frente a mí, que estaba sentada.
Como no veía bien, acercó una linterna y la colocó en el suelo. Acto seguido, sacó un pañuelo anudado y comenzó a leer:

Mil montañas me atreví a cruzar,
y, entre ventiscas, en un velero me eché a la mar.
Los límites de todos los océanos osé cruzar,
para en tu dulce orilla poder anclar
y pedirte que si conmigo te quieres casar.

Justo antes de terminar, dejó de leer y comenzó a recitar de memoria al mismo tiempo que desenvolvía el anillo. Me emocioné. Mi respuesta, más que una respuesta verbal, fue corporal. Me lancé a sus labios como una gata. O, quizás, como una loba. Nos quitamos la ropa con cierto salvajismo entre el nórdico y los velos que me dio tiempo a juntar.
Cuando acordé, me fui a levantar para coger un preservativo. Sin embargo, tiró de mi brazo hacia él y susurró algo enternecedor. Tal vez, lo más tierno que jamás me había dicho. Recuerdo cómo silabeaba cada palabra, cómo cada vocal y cada consonante salían perfectamente de sus labios para adentrarse en mis oídos. Sus palabras fueron: “hagamos esta noche a nuestro primer hijo”…

 

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“Pepe en los patios de Córdoba”, de José Manuel Ballesteros.

José Manuel Ballesteros Las aventuras de Pepe en los Patios de CórdobaJosé Manuel Ballesteros es un reconocido autor egabrense que no sólo se centra el la Literatura Infantil, sino que ha ganado el premio “Leonor de Córdoba” (1997), con su novela “Paisajes en otoño” (Editorial El Páramo), y ha publicado poesía en Ediciones Depapel. No obstante, de lo que hoy hablaré en mi blog es de: “Las aventuras de Pepe”. Por lo hablado con el autor (una persona con encanto y paz espiritual) y por lo visto en las redes, Pepe consta ya de nueve títulos en el mercado. El noveno (“Pepe en los Patios de Córdoba”) es del que hoy voy a dar mi breve opinión.

La Literatura infantil, desde mi punto de vista, es complicada. El escritor, por norma general, es adulto. Con eso quiero decir que nuestras mentes ya dejaron de ser tan inocentes y, a veces, nos cuesta recordar lo que se sentía por aquel entonces. Por suerte, al leer la obra de José Manuel, he vuelto a mi infancia, a mis recuerdos colegiales, a las emociones típicas de una clase interesante y a los miedos que se escondían en mi interior. No he podido evitar sonreír con la descripción de los personajes. Ha clavado a la perfección lo que uno se podía encontrar en una clase cualquiera: el chico que pasa desapercibido y era un poco raro para algunos por su exceso de imaginación (Pepe), el niño chulillo que se cree el amo de los demás y el mejor (Roque), la chica nueva y que, a su vez, no se parece a las demás (Clara), los recreos (¡MÍTICOS RECREOS DE CHICOS CONTRA CHICAS!), el pudor ante lo viejo (el coche de la tía Lorenza) y la envidia por la moda (la moto de la hermana de Roque y el casco).

Pese a la realidad de la que he hablado y a que muchos niños(y adultos) se sientan identificados, o identifiquen las escenas con algún pasaje de sus vidas, luego todo se mezcla con la fantasía. Y se mezcla de una manera lógica, infantil y atractiva. Estupenda en general. Para mi opinión, bastante acertada.

Creo que lo más importante de este libro es que los niños van a enriquecerse intelectualmente y a aprender cosas muy interesantes mientras leen las aventuras de Pepe y disfrutan con él. José Manuel cuenta cosas curiosas de cultura general que, por desgracia, no todos saben, y menos, los niños. Cosas como: el verdadero nombre de “La chiquita Piconera”, cuándo se celebró el primer concurso de Patios, por qué se han perdido muchos de ellos, etcétera.

En conclusión, “Las aventuras de Pepe en los Patios de Córdoba” es un libro idóneo para que los niños disfruten y aprendan más sobre la ciudad cordobesa. Todo, de la mano de Pepe, Racla, Bot-rót y la adorable bisabuelita.

Enhorabuena, José Manuel.
Un paso que das tú con tus escritos significa un avance para los niños y para Córdoba el día de mañana.

Por María del Pino.