El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo VIII)

Capítulo VIII

Me despierto después de una larga noche. Por suerte, en estos dos días no he vuelto a encontrarme más con el inspector. No sé qué hubiese ocurrido si me lo hubiera cruzado. A lo mejor le hubiese cantado las cuarenta o simplemente le hubiese dejado bien claro que me molesta su presencia.
Dejo de pensar en él. No merece la pena darle vueltas a lo ocurrido.
Como tengo una semana de vacaciones, podré investigar a gusto. Lo primero será mirar el video que me dio y que no he querido ver hasta que se me pasase el enfado. Luego, tratar de buscar alguna pista en casa de los abuelos que me conduzca hacia el paradero de los asesinos. Si el francés preguntaba por él, sería por algo. Quizás los investigara en sus últimos años de servicio. O incluso en los que prestó ya jubilado. Por último, he de prepararme para enfrentarme a ellos. La próxima vez que tenga delante al que no para de perseguirme, no lo dejaré escapar. Y menos ahora que he visto tan claro su rostro, conozco su estatura y movimientos.
Enciendo el portátil, pongo el DVD y hago doble clic en el único archivo que contiene. Me resulta extraño ver que solamente hay uno. La cámara de Javi no lo monta todo, sino que lo deja en varias grabaciones.
Nada más darle al play, sale él, riéndose en el tren. Se burla de mí, dormida, mientras se dedica a grabarme. Expone, entre susurros, que serán unas vacaciones inolvidables. La siguiente toma es mía, bajando hacia el arroyo. Contengo mis emociones al escucharlo hablar. Aprieto los labios para hacerme la fuerte. Cierro incluso los ojos momentáneamente. De repente, se corta y empieza a verse borroso. Distorsionado diría yo. La imagen se para de golpe y se ve cómo Javi me empuja por el barranco, cuchillo en mano. Acto seguido, todo se vuelve negro. La siguiente toma es de un policía preguntando qué hace ahí una cámara mientras unos cuantos bomberos me sacan del barranco junto a otro hombre que no logro ver. Seguramente el doctor alemán.
Cierro el ordenador de golpe. Me cabreo severamente. Está completamente adulterado. Yo ya me encontraba arriba cuando me desmayé. «¿Quién me ha vuelto a bajar?». No sé si, como dice Lucía, han sido ellos, o quién. Lo que me queda claro es que faltan varias tomas. Tengo que descubrir por qué había una cámara grabando, si era la de Javi u otra y quién se ha tomado la molestia de cortar lo esencial.
No puedo esperar más. Ya ha pasado demasiado tiempo. Agarro el bolso, meto los papeles que escribí con lo ocurrido y abandono mi casa. Debo visitar la de los abuelos. Al ir andando hacia mi Peugeot gris, aprecio que está apoyado en el capó el inspector Ruiz.
Nada más verlo, le sacudo una bofetada. Le voy a dar otra, pero me controlo. Me digo a mí misma que no soy una persona violenta aunque él me desquicie y me haga querer usarlo de saco de boxeo.
–Lo siento… –se disculpa con tristeza, como si en el fondo de su corazón comprendiese mi pérdida y mi impotencia.
Paso de decirle nada. Simplemente me subo al coche. No deseo liarme a insultos con alguien que muestra arrepentimiento y dolor en el rostro. Eso me ha dejado en parte desconcertada. He de reconocerlo.
Justo en el momento en el que me queda poco para llegar, pillo un atasco en plena cuesta de la avenida del Calasancio. A dos casas de llegar a la de mis abuelos, veo que me sigue en su coche. No es nada disimulado. ¡Hasta me ha saludado con la mano cuando lo he mirado por el retrovisor! Suspiro. Me gustaría seguir enfadada, pero su sonrisa es demasiado alegre como para guardarle rencor alguno. Eso sí, lo abofetearía otra vez para terminar de quedarme a gusto.
La cancela de los abuelos está abierta, así que entro. Bajo del coche y me contenta ver que no se ha colado detrás de mí. Lo hubiese echado a patadas si encartase. Con él veo que no existe una Érica pacífica.
–Mi niña… –oigo a la abuela.
–Hola –le doy dos besos y un abrazo.
–¡Cuánto tiempo hace que no vienes por aquí! –me responde con fuerza.
–Pues sí.
Me pone de comer el plato favorito de mi infancia, patatas con huevos fritos y un buen cuenco de salmorejo. A pesar de mi estricta dieta puesta por Rafa, me lo como todo y hasta me chupo los dedos. No hay nada como untar las patatas en el salmorejo de la abuela Paloma y mojar sopas.
Tras la comilona y el postre de fresas con helado de nata, me brinda un cuarto para dormir la siesta mientras ella ve la serie “Amar en tiempos revueltos”. Va por el tercer capítulo y no sé cuántas veces la habrá visto ya. Tiene costumbre de poner la primera temporada cada vez que termina. ¡Bendito el día en el que se la regalamos para su cumpleaños!
Me tumbo en la cama para relajarme. Al cabo de un rato, bajo las escaleras para beber agua y veo que la abuela duerme plácidamente. No le ha dado tiempo ni a ver el cuarto capítulo entero.
Tras saciar mi sed, subo al despacho del abuelo. Un despacho “privado” en la torrecita más alta de la casa. Siempre que me llevaba ahí, me decía que era su cuartel secreto. A mí me encantaba acompañarlo y escuchar sus historias.
Al abrir la puerta, me sorprendo. Todo estaba tal y como lo dejó, pero limpio. La abuela cuida y recuida todo, volviéndolo después a colocar en su sitio. Es como un santuario. Hasta ha puesto una placa en la que dice: sancta sanctorum de Pedro Pulido. Y al lado de esta, una foto de ellos dos juntos, jóvenes. Una a la que el abuelo le guardaba un cariño especial aunque sea una copia de la auténtica. Siempre me repetía que ahí estaba la llave de su vida, de sus secretos más bien guardados.
Me siento en su silla giratoria y, después de releer lo que yo escribí, comienzo a abrir cajones. Tan solo encuentro multas, algún que otro arresto, porcentajes de alcoholemia y facturas de la casa ya pagadas. Nada relevante para mí. Husmeando un poco más por su mesa, aprecio que hay una falsa ranura debajo de unos libros de Antonio Gala. Intento abrirla sin romper la madera, pero al usar un destornillador, la agrieto un poco. Lo bueno es que no se nota mucho. Espero que la abuela, cuando quite los libros para limpiar, no se percate de ello.
Meto la mano dentro, con mucho cuidado, y palpo, entre una buena capa de polvo, un pequeño y fino manuscrito. Al sacarlo junto a otro objeto puntiagudo envuelto en un viejo trapo, veo que tiene la pasta antiquísima, las hojas recicladas del “año la pera” y la encuadernación rústica, cosida por alguien. Todo un objeto artesanal. El otro chisme es una especie de estaca de madera hecha a mano. Me quedo absorta mirándola. Es preciosa. El barniz hace que brille mucho. Por los colores, diría que está fabricada en Portugal. Al menos, me recuerda a su bandera.
Sacudo el libro y en la portada veo un nombre: “C. Emperator”. Abro la primera página y veo una dedicatoria:
[Para mi mejor amigo, Pedro. Un cazador innato]
Lo suelto de golpe. La dedicatoria me ha asustado. Tengo el corazón acelerado. Sin esperármelo, suena la puerta, apartándome de todo lo que pueda pasar por mi cabeza en momentos como este. Meto en mi bolsillo trasero la estaca y el libro bajo mi brazo. En su lugar, dejo los papeles que escribí a modo de diario de ese fatídico día junto al anillo de pedida de Javi. Medito momentáneamente, sin saber si hago bien en dejarlo ahí. A los segundos, reacciono. A mí me limita, me retiene. Hace que me sienta débil al portarlo. Suspiro. Ya volveré por él cuando todo haya terminado.
Rápida y veloz, coloco las cosas tal y como estaban. Cierro la puerta y bajo las escaleras hasta la segunda planta sin hacer ruido. Siguen llamando. Antes de meterme en la habitación, intento asomarme con cuidado. La abuela, bostezando, se dirige a ver de quién se trata. Me encierro y destapo la cama al mismo tiempo que lanzo los zapatos por ahí. Me tapo con una mano y con la otra me coloco el libro bajo la camiseta.
Escucho a mi abuela hablar con alguien. Por cortesía lo invita a pasar. Luego, comenta que me va a avisar.
–¿Érica? –se escucha detrás de la puerta.
–Adelante.
–Ha venido a verte un amigo muy guapo… –sonríe arqueando las cejas.
–Dile que ahora bajo.
La abuela abandona la habitación. Pienso guardar lo encontrado, pero tengo el ligero presentimiento de que no debo separarme de estos dos hallazgos. Me meto la estaca en el calcetín y el libro en el bolso. Me lo cuelgo y bajo las escaleras revolviéndome un poco el pelo. Al haberlo cortado como lo tenía antiguamente, no es muy difícil moldearlo, ya sea para bien, o para mal.
Justo al pisar el último escalón, frunzo el ceño. El visitante se levanta y camina hacia mí con una sonrisa inocente. Me acerco a Ruiz hecha una furia.
–¿Qué haces tú aquí? –me encaro entre susurros.
–Fuera, en el coche, hace demasiado calor, así que me metí aquí y decidí esperarte dentro.
–No me vengas con falsas excusas. Tu coche de superlujo tiene aire acondicionado.
–Es verdad, no caí. Gracias por recordármelo.
–¿Para qué entras? –lo empujo un poco. La simpatía que me causó el día que lo conocí, empieza a evaporarse.
–No te enfades con tu amigo, Érica. Él solamente llamaba para poner el coche dentro y esperarte fuera. Yo soy la que lo hice pasar a tomar un café –lo defiende mi abuela con una bandeja entre las manos cargada de pasteles, pastas y tartas, aparte de la leche y demás.
–Amigo… –mascullo entre dientes.
–Muy buenos amigos –me echa un brazo por encima.
Mi abuela sonríe. Quizás, malentendiéndolo y pensando algo más serio.
–Abuela, amigos. Amigos y nada más que amigos –me aparto de él.
Se muestra satisfecho. Ha conseguido que de mis labios salga dicha palabra.
Mientras tomamos el café, se le ve a gusto. Parece que no quiere irse. Se ha bebido dos tazas y ya va por la tercera. Mi abuela le ofrece más tarta de la que ya ha comido. Él responde que sí. Incluso se ofrece la buena mujer a prepararle una fiambrera con un buen trozo para que se lo lleve. Ruiz, ni corto ni perezoso, lo acepta antes de dar el último sorbo.
Mi abuela va a la cocina para servirle más y prepararle la que se va a llevar. Me siento al lado del inspector y lo agarro del brazo.
–Exijo una explicación.
–Y yo que seas más amable conmigo, con tu “solo amigo”. Tenía otra visión de ti… Más dulce, pacífica y social.
–Y yo de ti. Márchate y no vuelvas más –me levanto, obligándolo a hacer lo mismo.
Lo empujo hasta la puerta justo cuando aparece mi abuela.
–¿Te vas? –parece sorprendida.
–Nos marchamos ya. Mi amigo tiene mucha prisa. No se acordó de que tenía cosas que hacer. Yo me dejo el coche aquí. En un rato vengo a recogerlo –agarro la bolsa con la fiambrera, se la entrego a Ruiz, le doy un beso a mi abuela y lo arrastro hasta la puerta–. Siente mucho no poderse comer el que le cortaste, pero tenemos que irnos.
–No pasa nada.
–Lo siento –se disculpa él.
–Por cierto, joven… –lo llama al mismo tiempo que abro la puerta y tiro de su brazo–, ¿te vas a ir sin decirme tu nombre?
El inspector se detiene en seco, haciendo así que me pare. Suspira y, después de posar sus ojos con pena sobre mí, le responde en un tono casi imperceptible:
–Javier, señora Paloma, mi nombre es Javier Ruiz.
Mi abuela se queda patidifusa. No sé qué estará pensando, pero sus ojos impactan sobre mí con miedo y duda. Aflojo la tenacidad ejercida sobre su brazo durante unos segundos. Cuando me recupero, cierro la puerta. Nos montamos en su coche sin decir ni media palabra. Una vez con los cinturones abrochados, me pone su placa en las piernas: “Javier Ruiz”.
–Nunca he querido decirte mi nombre. No sé si entenderás mis razones… En serio. Discúlpame, pero no me ha salido mentirle en algo tan simple y algún día lo tendrías que saber –confiesa arrancando el motor.
–¿Por qué si eres tan cuidadoso en estas cosas, en no hacerme daño, luego metes la pata con preguntas como aquella, o con estos gestos tan intolerables? –señalo la casa de mi abuela con el dedo a la vez que no puedo apartar la vista de su nombre.
–Solamente te diré que a veces no me gusta lo que hago, pero… –suspira–. Es mi trabajo. He de hacerlo. Recuerda que te seguiré allá donde vayas y que he de investigar ciertos asuntos. Eso y más.
Después de sus palabras, le devuelvo la placa y la conversación se acaba. Simplemente me deja en el gimnasio, argumentando que sabe que siempre vengo aquí a estas horas, que me espera un amigo y que tengo ropa de deporte en la taquilla para situaciones imprevistas como esta. Finalmente, me informa de que hoy no me seguirá más. “Me dejará descansar”. Me recuerda que no me olvide mi coche. Antes de bajarme de su vehículo, simplemente me ruega que no ande sola por las calles. “Sola”… Eso ya me lo han dicho antes.

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Visita al NATURAL GYM, de José Mª García.

Hace poco estuvimos en el impresionante NATURAL GYM (Valencia) del tricampeón MUNDIAL, entre muchos otros títulos y una rebosante simpatía,  José María García. Fue un placer “echar un ratito” deportivo en su gimnasio-museo. Y digo museo por la inmensa cantidad de máquinas antigüas y de valía. Estar allí es algo impresionante.

DSC_0396bDesde mi humilde blog le quiero dar las gracias por brindarnos su compañía y abrirnos las puertas de su casa. Tanto el Gran Culturista y campeón Míchel Pérez, la entrenadora y encantadora Rakel Albundio, el Culturista y personal trainer Rafa Luque y yo disfrutamos como enanos aprendiendo, compartiendo y, claro… PROBANDO esas estupendas máquinas. Algunas… únicas.

Obviamente, me he dejado miles de títulos atrás de cada uno, pero es que entonces… no paro y este post lo he hecho con la única y exclusiva razón de mostraros algunas fotos-recuerdo de aquel momento. Se lo recomiendo a toda aquella persona que viva por los alrededores o pueda ir. Y si vais de vacaciones… no dudéis en visitarlo para entrenar a tope.

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La magia del boli Bic, por Pepe Lozano.

Publicación del viejo blog (13/12/2015)

Dicen que la magia fluye del bolígrafo cuando un escritor lo agarra y comienza a escribir lo vendo-boli-bic-y-regalo-2-entradas-barca-madrid-48771986_3.jpgque serían los primeros trazos de una historia más o menos buena, pero historia que, al fin y al cabo, va a originar un mundo nuevo lleno de personajes, aventuras y lugares más o menos exóticos que se convertirán en el marco de esa mente creadora e inquieta que abre paso a la creatividad del artista. Eso, por fortuna o por desgracia, debido a las tecnologías que nos permiten escribir con mayor rapidez y eficacia ha desaparecido un poco. La suerte es que el bolígrafo, gracias a personas tan extraordinarias como el artista del que hoy voy a hablar, no solo no se extinguirán, si no que dará un cambio aún más mágico en este pequeño objeto.

Como ya he dicho, me gustaría hablar de la magia del boli BIC en un contexto distinto al que me toca a mí como escritora. Hoy deseo que visualicemos ese bolígrafo infantil que todos tenemos en mayor o menor medida en nuestras vidas desde los primeros años de DSC_04433colegio en los que el profesor nos empezaba a “obligar” a escribir sin errores para que dejásemos de usar el lápiz y la goma con el objetivo de dar un paso más hacia delante en nuestra etapa de crecimiento. Esta magia (a veces querida y otras odiada) nos acompaña en nuestros primeros pasos a lo largo de los años hasta que se convierte en algo habitual a lo que no prestamos mucha atención. No se la prestamos, obviamente, hasta que llegan artistas de la altura de PEPE LOZANO. Y permitidme que escriba su nombre en mayúsculas porque me gustaría resaltar lo que este hombre es capaz de hacer con un papel o cartulina y un par de bolígrafos BIC del mismo color.

Este artista es conocido por su impresionante hiperrealismo llevado a la máxima potencia. Y no solo por eso o por los rostros bellos y jóvenes junto a torneadas siluetas femeninas en poses muy sensuales, si no por el increíble contraste que realiza entre estos y la vejez que DSC_04432plasma en personas arrugadas y llenas de expresividad y emoción que pueden arrancarte diversas sensaciones y sentimientos. Son actitudes propias del ser humano como: un hombre con la mirada triste, una señora arrugada que muestra un gesto tan llamativo que nos provoca abrir los ojos, la pena de la pobreza, un acto de rebeldía, la sensualidad de unos labios voluminosos que pretenden seducirnos y cautivarnos el alma…

Esta llamativa oposición que nos presenta en su muestra pictórica hace que realmente se valore cada milímetro de sus cartulinas porque no solo la hermosura y la juventud son las principales protagonistas de la admiración que el espectador siente en su interior.
Entre los cuadros más destacables por su tamaño y complejidad, nos encontramos sus famosas NINFAS. Son mujeres retratadas de cuerpo entero o medio, desnudas, DSC_04431semidesnudas o vestidas, que por su elegancia parecen ángeles celestiales. Lo más admirable de este increíble pintor es que cuando miras su obra, te das cuenta de que todo lo que una fotografía a veces pude captar, se queda corto en comparación con la esencia que él logra sacar en cada lámina. Su paciencia, tiempo, empeño y técnica son solo comparables con la realidad percibida por el ojo humano. Algo que hasta ahora, solo unos pocos fotógrafos son los privilegiados de poder captar al 100% con una lente y su increíble habilidad.

Ayer, fui invitada a la exposición que Pepe Lozano inauguraba en el Hotel Averroes. Anteriormente, el pintor me había comentado que quería retratarme. Con educación y buenas palabras, me había pedido permiso para inmortalizar mi rostro y, como imaginarán al ver semejante arte que derrocha su mano… no podía negarme. ¿Cómo decirle que no cuando es un honor que me haya querido incluir? Lo que jamás pensé es que en la exposición me llevaría la sorpresa de mi vida: ya me había inmortalizado. Encima, por primera vez en años no solo me he visto a mí misma en una imagen, me he sentido en ella como si al mirarla, contemplase un espejo no de mí, si no de mis sentimientos y amor por mi ciudad. Es decir, un espejo de mi alma. Además, añadir que el título otorgado me honra hasta las raíces más íntimas de mi ser, llenándome de gratitud hacia este GRANDÍSIMO ARTISTA al que no pude decir mucho en el momento porque me dejó sin palabras. Solo mirada cada detalle del retrato: Córdoba, el pelo, mi reloj, los pendientes… Todo son detalles de mi vida con significado que permanece y permanecerá captado al milímetro de por vida.

Desde aquí, desde este blog, desde estas líneas y desde lo más profundo de mi corazón, le doy la enhorabuena por la exposición a PEPE LOZANO al igual que me gustaría agradecerle de manera especial el retrato y el hecho de incluirme en su preciosa colección (no merezco tal honor). Gracias por todo el cariño. Sé que en cada milímetro de ese cuadro he estado yo en estado puro y que una persona invierta tantas horas de su vida en ti, llena de gratitud (cosa que me hace mandarles otro beso enorme de agradecimiento a los pintores que también me han retratado).

GRACIAS Y MI MÁS SINCERA ENHORABUENA.

Os invito a seguirlo en Facebook y a acudir estos dos meses en los que la muestra seguirá en el Hotel AVERROES.

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El ladrón de almas. VENGANZA (CAPÍTULO 7)

Capítulo VII

En pleno verano cordobés, me encuentro en el gimnasio con un amigo. En estos últimos meses de tanta asiduidad, me ha salido hasta un entrenador gratuito. Es un maestro. Mi maestro. Cariñosamente le llamo sensei. Me ha puesto una dieta para fortalecerme y me entrena hasta dejarme exhausta. Justo lo que necesito. El chaval me cae tan bien, que se ha hecho muy amigo mío.
–Érica, vas a acabar con mi paciencia.
–A ver, Rafa, si no puedo, no puedo –hablo mientras me quita una pesa enorme.
–Tienes mucha agilidad y hasta sabes luchar, pero de fuerza andas escasa…
–No es eso. Si tú eres un bichaco que levanta de pecho más de cien kilos, a mí no me cuentes pamplinas. Además, paso de los batidos proteínicos y esas chuminadas que toman los musculitos estos… –gruño.
–Bueno, tú sabrás. Yo me voy ya, que he quedado con mi novia y si vuelvo a llegar tarde, me mata. Por tu culpa siempre me retraso…
–Mi culpa no es que vayas pisando huevos al caminar… –le sonrío.
Me da dos palmaditas en la espalda y se marcha. Hoy me voy a quedar aquí hasta que me echen. Esta mañana he hecho de guía a unos japoneses durante seis horas seguidas y estoy cansada de hablar. Necesito entrenar, desfogarme. Debo dejar la investigación por internet y ponerme ya en serio. Hay que buscar pistas. «¿Debería ir a Navarra para conseguirlas?».
El profesor de spinning hoy nos ha dado mucha caña. Tiene el mejor culo de toda la clase. Hasta más bonito que el de las mujeres. Increíble.
Me meto en la ducha la última. No sé cuánto ni tiempo pasa. Bajo el agua se me hace eterno. Escucho la puerta cerrarse de golpe y me doy cuenta de que me he quedado sola. Mientras me aclaro el jabón, escucho pasos. Me alerto. No porque se escuchen, sino porque se oyen como si no quisieran sonar, como si quisieran sorprenderme. Salgo, armada con el bote de champú en una mano y el de gel en la otra. Ando por las nuevas y enormes taquillas que han puesto y veo que hay una abierta. Agarro una toalla, me envuelvo y me acerco. Miro hacia el interior y creo ver una nota dentro. Justo cuando me asomo, siento un empujón por la espalda. Una vez dentro de la taquilla, la cierran. Me giro y pido auxilio. Estoy atrapada. Intento ver qué ocurre fuera. Hay demasiado alboroto. Parece una gran pelea entre huracanes. Intento ver algo a través de las inclinadas rendijas que hay a la altura de mis rodillas, pero solo distingo el suelo.
Una vez más, aparece en escena el humo negro que me rodeó aquel día. Arremeto contra la puerta con todas mis fuerzas para salir. Nada. No se abre.
Escucho un quejido de hombre que me resulta muy familiar e intento mirar de nuevo por las rendijas. Pego la oreja. Se escucha un susurro inquietante, como si un hombre amenazase a otro. Lo único que he descifrado ha sido: “ni se te ocurra, o no verás la luz de un nuevo día”.
Al cabo de unos segundos, aprecio que alguien se dirige hacia mí. Lo máximo que le veo son las rodillas. Viste con zapatos negros, brillantes, y pantalón de pinza. Sus andares me suenan de algo. Creo haberlos visto con anterioridad.
–Nunca te quedes sola –me ordena con una voz apagada y sin alzarla lo más mínimo.
–¿Quién eres? ¿Qué quieres?
–Voy a abrirte, pero debes dejar que me vaya. ¿De acuerdo? –su frialdad traspasa la taquilla.
No contesto, simplemente dejo que abra. Cuando ya no hay candado, empujo la puerta con todas mis fuerzas. Incluso siento que le he dado un buen golpe. Lo he debido tirar. Al salir –cayendo al suelo semidesnuda–, llevo mis ojos hacia donde debería estar ese hombre, pero no hay nada que no sea ese humo visiblemente granulado que parece difuminarse con el aire e irse por las rendijas de una de las pequeñas y casi opacas ventanas que dan a la calle.
Están aquí y vienen a por mí. Lo sé.
En ese preciso instante –mientras me coloco mejor la toalla– aparece el encargado por la puerta junto a la señora de la limpieza y un vigilante.
–¿Qué ha ocurrido aquí? –pregunta el jefe.
–Yo… No sé. Escuché un ruido, miré la taquilla, alguien me encerró y me han abierto ahora. He pasado mucho miedo –hago un poco de teatro abrazándome al guarda que me ayuda a levantarme.
–¡Y que me hagan esto a mí! –exclama la mujer al ver todo el desastre.
Miro a mi alrededor. Para mi sorpresa, observo varias cosas tiradas. Incluso hay unas cuantas abolladuras en algunas taquillas y la puerta de un baño se ve completamente destrozada. Ha habido una buena pelea y yo sin darme cuenta.
Cuando llego a mi casa –después de haber declarado como testigo a la policía junto a ellos para la denuncia que querían poner en el gimnasio–, agarro un cuchillo bien afilado y me dirijo a mi cuarto. Aquí, me doy cuenta que, con todo lo ocurrido, no me he puesto nada debajo. Simplemente llevo el pantalón y la camisa. Ya en mi habitación, me quito la ropa y me pongo la interior. Me tumbo en la cama con el acero al lado y me paro a pensar. No dejo de intentar recordar cosas que mi abuelo me enseñaba de pequeña para poder atar cabos. No doy con nada. «¿Será cierto que existen los vampiros?». Sin querer, me quedo dormida.
Estoy soñando con el video del cumpleaños de mi hermano. En este momento, hay variantes. Javi, en vez de ser un niño, me sostiene en brazos y me acuna al mismo tiempo que mi hermano nos mira. Llaman a la puerta, abre mi abuelo y aparece el hombre. Se abrazan y se van a la cocina.
De repente, mi sueño sufre una alteración y es interrumpido por Antoine. Aparece aniquilando a mi hermano, al abuelo y a Javi. Solamente quedamos vivos el extraño sin rostro y yo, de bebé, sin poder moverme del suelo. El francés viene hacia mí, sacando colmillos, sediento de sangre. Mi “pequeño yo” mira al extraño pidiéndole ayuda. Soy tan insignificante, pequeña y débil, que solamente puedo llorar y patalear.
Me despierto de un sobresalto. No sé qué ha pasado, pero sí sé a quién tengo delante de mí, sentado a los pies de mi cama, observándome dormir en ropa interior. Pese a la oscuridad, lo miro con la respiración agitada. Es uno de los que mataron a Javi. Ni el de color, ni el anglosajón, ni Antoine. Es el último, el que siempre aparece en mis pesadillas y visiones del día. Lo he pillado y lo sabe. No se mueve.
Con la respiración todavía más agitada, me giro a coger el cuchillo con rapidez. Cuando vuelvo a él, ya no está. Me pongo en pie, alerta, y camino hacia la luz del salón. Poco a poco, voy alumbrando las habitaciones de mi casa. No hay nadie. Incluso ando hacia la puerta de la calle y compruebo que está cerrada. «¿Serán imaginaciones mías?». Al comprobar que no hay forma posible de entrada o salida, imagino que ha debido de ser así. Seguro que al revivir en el gimnasio lo mismo que hace dos años, ahora lo tengo presente como un fantasma. Trago saliva y vuelvo a mi cuarto. Queda una hora para que suene el despertador. Decido que no voy a dormir más. Estaré en calma, pensando en lo soñado, cavilando qué he de hacer, por dónde he de empezar.
–Hontouni arigatou gozaimasu!! –reverencio dándole las gracias, de verdad, al mismo grupo de turistas japoneses de ayer.
Los acabo de dejar en su hotel y ya no los veré más. Varios de ellos me han obsequiado con unos cuantos inciensos de su país. Una muchacha me ha regalado incluso su haori. Es precioso. Todo un detalle típico de la gente de Japón. Si los tratas bien, te responden mejor.
Camino a casa por el puente Romano. Nada más llegar a la Mezquita, me sorprendo al ver un cochazo negro de lujo –cristales negros y posiblemente blindados inclusive– entre los de caballos. De este sale un joven hombre atractivo, trajeado y con gafas de sol negras. Me sonríe con familiaridad.
–Érica Pulido –me llama.
Conforme me voy acercando, lo reconozco. Es el inspector Ruiz. Nos saludamos con dos besos que me ha dado rebosantes de alegría. Me propone ir a tomar una copa. Sé que algo quiere, así que acepto. Siento curiosidad.
Como son las cinco y no he comido, se ofrece a invitarme. Expone que tampoco comió nada. Llegamos al Pizzaiolo del barrio El Brillante en un segundo. Por el camino, apenas hemos cruzado cuatro palabras. Lo poco que se ha hablado ha sido sobre mi trabajo.
Al llegar, asombrosamente descubro que tiene una mesa reservada. Se inclina caballerosamente para dejarme pasar primero y así hago. Cuando no me mira, frunzo el ceño. Esto es sospechoso. Muy sospechoso. Nos sentamos. Apenas hay personas comiendo debido a la hora. Pedimos la bebida. Nos quedamos a solas en la mesa, mirando la carta a la vez que nos traen los refrescos.
Lo observo de reojo. Aparentemente se muestra muy contento. El inspector Ruiz es un joven de pelo entre cobrizo y rubio oscuro, con ojos color caramelo. Más bien claritos. Tiene un poco de barba. Su piel es normal y presenta muy buen porte. Todo un lujo a la visión de la que quiera buscar novio. Sus dientes, blancos y alineados, me sorprenden con una sonrisa vivaracha desde que lo vi hasta ahora.
Saca unas gafas de visión y alega que se las acaban de dar para ver mejor de cerca y que nunca se acuerda de ponérselas. Lo que me parece extraño es que me diga eso y observe más todo lo que hay a mi alrededor que a la carta en sí. Es más, para leer se las baja porque parece ver un pimiento con ellas.
–¿Han elegido ya los señores? –un hombre con mucha simpatía y una afable sonrisa aparece en la escena.
–A mí póngame un solomillo con guarnición de patatas a lo pobre –contesto.
–¿Algo más?
–No, gracias –miro cómo golpea con la punta del bolígrafo en su libreta.
–¿Y el caballero qué va a desear?
–A mí… Mmm… Unos buenos espaguetis a la boloñesa y sorpréndame con algunas cosillas de la casa –responde–. Traigo hambre.
–Le sorprenderé con algo exquisito –guiña un ojo.
–¿Cómo te llamas? –le pregunta el inspector tratándolo con familiaridad.
–Daniel.
–Me quedo en tus manos, Daniel –le extiende la suya y se la estrechan.
Se marcha con garbo y soltura. Se ve muy contento con el cliente que le pone un reto. Mientras Ruiz guarda las gafas, siento en mi pecho una opresión muy grande. Hay algo que me incita a mirar en todas direcciones. Es como si me observaran. Al fondo, en la esquina, solo hay un hombre, sentado, pidiendo algo a la camarera. Intento verle la cara, pero el cuerpo de ella me lo impide. Detrás de mí solo hay una familia terminando de comer y una pareja de enamorados demasiado empalagosos.
–¿Hace siempre tanto calor en Córdoba a estas alturas? –se queja el inspector abanicándose con la carta del postre.
–A mediados de verano, sí. Este bochorno y más que llegará en agosto. Hoy no hace tan mal día… –comento viendo que comienza a aflojarse la corbata.
–Si no te importa, me la quitaré. Aprovecho que no está Guerrero para soltarme un poco la melena… No me gusta vestir así, prefiero algo más informal –se ríe.
–Es estricto, ¿verdad?
–Sí. Ni te lo imaginas. Trabajar a su lado consume demasiado. Soy el compañero que más le está durando. Nadie quiere estar bajo sus órdenes o tener que discrepar con él. Que es mi caso… –confiesa.
–¿Y cuánto llevas a su lado?
–¿Con él y en el trabajo? Pues si estamos a quince de julio… Casi dos. Aunque llevo toda mi vida preparándome para esto, empecé justo el día que te conocí. Fuiste mi primer caso, mi primera toma de contacto como inspector.
Tras ese comentario, se produce un vacío de silencio bastante incómodo.
–Lo siento. Quizás… No debí haberlo comenta…
–No pasa nada –le corto–. ¿A qué has venido?
–Pasaba por aquí y te vi.
–No me vale esa respuesta –le enseño el cartelito de reservado.
–Me has pillado… –sonríe a la vez que agarro la servilleta para ponérmela en las piernas–. Me han enviado para saber cómo sigues.
Pese a que me regala su mejor sonrisa, ahora lo noto nervioso, incómodo. Vuelvo a llevar mi vista hacia el fondo del restaurante, justo hacia la misma mesa de antes. Me levanto, impactada, como si hubiera frente a mí un fantasma. Esta vez no pienso ni parpadear para que no se desvanezca. Agarro el cuchillo dentro de la servilleta y avanzo hacia aquella mesa. Le susurro a Ruiz que vuelvo enseguida. El individuo que se encuentra en ella se levanta al cruzar sus ojos con los míos y camina, con parsimonia, hacia los lavabos que hay al otro extremo. Lo sigo. Es el joven de anoche.
Una vez que se mete en el baño de caballeros, abro la puerta y ya no lo veo. Puff… Se ha evaporado, como siempre. Miro por doquier, pero estoy completamente sola. No sé qué ha podido ocurrir. Es… como si persiguiese a un fantasma.
De pronto, entra un hombre y, sin verme, se abre la cremallera del pantalón. Antes de sacar algo más, se gira y me ve. Se sorprende tanto que incluso grita. Disimulo copiándole. Me disculpo aparentemente avergonzada, alegando que me equivoqué de servicio. Salgo rápido.
Al volver a la mesa, también me disculpo con Ruiz por el desplante. Compruebo que nos han traído la comida. Me siento de nuevo y vuelve a cernirse el silencio entre nosotros. Vienen por mí. Lo sé. No logro quitármelo de la cabeza ni un segundo. Quizás debería marcharme para que el inspector no corra peligro. Si mataron a Javi, también podrían con él por muy inspector que sea.
–Perdona por lo que te voy a preguntar, Érica, pero debo hacerlo. ¿Sigues pensando que el señor Vargas es inocente y que os atacaron otros seres que no eran humanos? –capta mi atención.
Me levanto enfadada, poniendo la mano sobre la mesa, soltando así el cuchillo. Tengo ganas de gritarle cuatro cosas por su insinuación omitida. Sin embargo, me contengo y me vuelvo a sentar. Tal vez, haya venido por eso, para saber si estoy loca, si necesito un manicomio.
–No existen seres así. Lo exageraría. Lo que sigo afirmando es que mi novio es inocente… Él no intentó acabar conmigo en ningún momento –susurro con recelo y cierta ira contenida. Tengo la impresión de que debo mentirle.
–Érica, supongo que querrás ver este DVD. Contiene lo que encontramos en la cámara que situó tu novio para grabar tu muerte –lo extiende en la mesa con expresión de culpabilidad.
Dubitativa, lo cojo. Mi corazón se acelera y deseo tirárselo a la cara. Rujo por dentro con todas mis fuerzas. El enfado va en progresivo aumento. Respiro hondo para contenerme, lo meto en el bolso y me levanto.
–Espero que no te moleste que me vaya. Creo que me acabo de indigestar… –miento. Todavía no he probado bocado.
–Te entiendo. Solo te pido que me disculpes. Me ha tocado a mí y he de hacerlo… Mejor yo que Guerrero…
–Adiós –me giro, cabreada.
–Hasta muy pronto, Érica… Volveremos a vernos antes de lo que esperas.
Cojo un taxi para ir a mi casa. Una vez en ella, me arrepiento. No debí marcharme. Aunque se portó bien conmigo en el hospital y no me cae mal, por la ofensa a Javi debí haberle partido los dientes de un puñetazo. Saco su fotografía del cajón y golpeo la cama con la mano cerrada. Le prometí que no dejaría que nadie más volviese a emborronar su nombre y… no he sido capaz de hacerlo. He dejado al inspector formular la pregunta que pone en duda su integridad y salir impune. Pongo una almohada en mi cara y me ahogo en un grito. Eso no volverá a ocurrir.

 

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo 6)

Capítulo VI
-Febrero 2015-

Después de tanto tiempo, de tanto entrenamiento, por fin ha llegado la hora. Llevo mucho, mucho, mucho, esperando este momento. Tengo veinticinco años y mi salud está al cien por cien. Me peso en la báscula. 61’200 kilos. Me deslío la toalla. Ahora sí. Estoy en forma.
Ha pasado año y pico desde aquel fatídico día, encontrándonos así en febrero. No hay noche que no haya soñado, o sueñe aún, con esos malditos. Incluso, a veces, me parece ver a uno de ellos cuando despierto o camino por las calles. Es como si me persiguiese. Ese es como una nociva lapa imposible de borrar. Parece tan real, que creo que observa cada movimiento que hago o dejo de hacer.
He venido del gimnasio hace no más de una hora y me encuentro con ganas de ir otra vez. El deporte ahora corre por mis venas. A la vez que me despeja la mente, me hace estar más cerca de Javi, de mi ansiada venganza. Sé que para enfrentarme a esos tipos debo ser fuerte.
Me visto y agarro las maletas. Ya es hora de que vuelva a casa. A mi hogar. Hoy será un día duro, pero eso me hará más resistente. Me reafirmará a mí misma mis propias creencias.
Una vez que mi padre me ha dejado en el portal, se ofrece a acompañarme hasta arriba. Niego mientras saca mis maletas. Le doy un beso y justifico el querer ir sola alegando que he de enfrentarme a ello a mi manera.
Una vez en el portal, el hombre de la bodeguilla que hay debajo de donde vivo viene a saludarme muy contento. Animado, se interesa en saber si me fui de vacaciones o me mudé. Le contesto que no, que he estado recuperándome de un accidente. Sorprendido, expone que se alegra de verme bien, que vengo incluso más guapa. Sobrentiendo que no vio las noticias en su momento, ya que parece que mi caso cayó en el olvido…
Cuando inocentemente y con toda su buena fe pregunta por cómo le va a Javi, mi padre nos mira, precavido.
–Chema… Mi novio, por desgracia, hace año y algo que no se encuentra entre nosotros. Prefiero no hablar de ello, por favor… –trago saliva. Es la primera vez que se lo digo en voz alta a alguien.
–Lo siento… No lo sabía. Ha debido de ser duro –al hombre le cambia el gesto. Entiendo que tenga preguntas, pero no puedo responderlas. No me apetece.
–Demasiado…
Subo las maletas hasta la cuarta planta. Una vez allí, saco las llaves. Trato de abrir la puerta, pero las manos comienzan a convulsionar sin permiso. Una lágrima intenta salir, pero la retengo con estoicismo. Llevo sin derramar una sola gota desde aquella noche que juré no hacerlo y así seguiré hasta que cumpla mi cometido.
Me calmo, respiro hondo y al fin la abro. Nada más hacerlo, un extremo hedor impacta sobre mí. Se me retuercen las entrañas y me ahogo en silencio. Incluso siento ganas de vomitar. Lo peor de todo, no es que emane un fuerte olor a cerrado. No. Ni siquiera podría llamarse en realidad “hedor” porque huele de maravilla. Increíble. Su colonia perdura entre estas cuatro paredes como si se la hubiese echado hace pocas horas atrás, mareándome, devolviéndome recuerdos que he querido clausurar en mi corazón. Corazón ahora armado con una coraza.
Vacilo a la hora de entrar, pero finalmente lo hago. He de hacerlo. Avanzo sin mirar nada hasta la persiana del salón. La subo por completo y abro las ventanas para que entre aire. El polvo de las cortinas me ataca. Toso como una alérgica.
Me giro y tambaleo. La imagen de Javi, frente a mí, se ve traslúcida debido a la capa de polvo que la cubre. Ando hacia la pared de enfrente y, con las manos, comienzo a limpiar su rostro.
–No dejaré que nada, ni nadie, ose ensuciarte nunca más… –trato de sonreírle.
Suspiro. Esta casa necesita una buena limpieza a fondo. Además, para poder seguir con mi plan, debo quitar las fotos de Javi. Solo consiguen debilitarme. También he de encontrar un lugar para el anillo.
Abro mi habitación y cierro los ojos. La sábana aún permanece revuelta después de nuestro último encuentro. A pesar de hacerme la dura exteriormente, por dentro muero recordándolo. Doy un paso y aplasto algo que cruje. Levanto el pie. Hay un pequeño portafotos con el cristal partido. Seguramente sea debido a mi peso. Lo agarro y compruebo que está más limpio que el resto de objetos. Además, falta la foto. Mi foto. Extrañada, me pregunto quién habrá entrado aquí. Quizás haya sido alguno de mis padres…

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo 5)

Capítulo V

Dos meses después, pasando año nuevo y en vísperas del día de los enamorados, la insipidez de mi interior me embarga, haciéndome más fría. Al menos, físicamente estoy mejor. Peso cincuenta y ocho kilos y espero llegar a los sesenta muy pronto. Para ello, debo apuntarme a un gimnasio y recuperar las formas de mi cuerpo. Aquellas que tenía unos años atrás.
Todavía no he pisado la calle, así que estoy un poco nerviosa. Mi padre, Alberto, me llevará en coche al gimnasio. Después, a mi antiguo trabajo para que me den de alta la semana que viene y volver a mis asuntos laborales. He de reconocer, que tengo mucha suerte. No a todas las personas las esperan con tantas ganas como a mí.
Me observo frente al espejo con cara de asco. Casi no me reconozco. Tengo el pelo más largo de lo usual. Iré a cortármelo pronto. Abro un poco más la persiana y vuelvo a contemplarme. Las ojeras se han reducido, volviendo a dejar que destaque el verde de mis ojos, y al fin he rellenado las líneas esqueléticas que denotaban mi extrema delgadez. Mi pelo, negro y liso, hace que parezca más blanca que de costumbre. Pero… ¿qué puedo esperar si no me ha dado el sol en estos meses?
La ropa me está un poco ajustada. Menos mal que me la compraba grande. No me veo gorda, pero debo ponerme en forma y ganar esos dos kilos en músculo. Cuando al fin me encuentre físicamente en condiciones, empezaré la investigación a fondo. Debo llevar a cabo mi venganza. Van a morir todos esos seres.
–Érica, ¿se puede? –mi madre toca la puerta.
–Sí.
Entra alegre. A pesar de mi patente tristeza, me ve más recuperada. Y recuperada estoy porque tengo un objetivo: acabar con los que destruyeron mi vida… No pararé. No me detendré hasta exterminar al último.
–Érica, ¿estás lista? –me zarandea mi madre.
Afirmo.
Bajamos las escaleras despacio, con tranquilidad. Al llegar a la puerta, mi madre sonríe con alegría. La abre y la luz me ciega. El sol impacta sobre mi piel y, por unos segundos, me molesta. Después, poco a poco me va reconfortando. Doy el primer paso fuera de casa, indecisa. Mi padre se halla enfrente, con el coche en marcha. Su rostro muestra un leve amago de felicidad. Yo, en cambio, me trago un nudo. Esto podría haber sido mi boda y no lo que es. Suspiro. No debo ser débil.
Una vez montada en el coche, ponemos rumbo al Brillante, donde está el gimnasio Club Gym Sierra. Me abstraigo con la gente de la calle. Parecen felices. «¿Habrá alguno en mi misma situación?».
Después de apuntarme al gimnasio, vamos a la agencia CORDOBANOSTRA, empresa turística en pleno apogeo de expansión y lugar donde llevo trabajando todo este tiempo atrás. En la mismísima puerta, Francisca Pozo, la jefa, me recibe con un enorme chaquetón, un abrazo y las lágrimas saltadas. Se alegra mucho de verme después del incidente. Tras interesarse por mi salud, me propone empezar con algo más simple. Acepto. Lo que me ponga, bueno será. Aquí me tratan demasiado bien. Según ellos, soy su mejor trabajadora y hay que cuidar lo bueno.
Me despido de ella. Hemos quedado en que me enviará un correo e-mail con el nuevo horario y la nueva labor, ya que quieren abrir una ruta por la ciudad.
Al llegar a mi casa, me tumbo en la cama. No he hecho nada, pero estoy exhausta. Necesito entrenar.

 

 

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo 4)

Capítulo IV

Han transcurrido tres meses desde aquel fatídico suceso. Durante ese maldito tiempo, comprobé que no estaba embarazada. Además, asistí, desgraciadamente, a dos funerales. El de Javi, y el de su madre. La pobre mujer murió de pena la semana pasada. Y sabía que, a este ritmo, no tardaría mucho en celebrarse otro. El mío. He adelgazado siete kilos y apenas logro mantenerme en pie. Me dieron de baja en el trabajo y me mudé con mis padres al barrio El Naranjo hasta recuperarme físicamente, ya que psicológicamente jamás cerraré esta herida.
En el momento en el que me llevaron a mi casa a recoger algunas cosas, no pude entrar. Demasiados eran los recuerdos que encerraban esas cuatro paredes. Excesivos, también, los sentimientos que desprendían los objetos, el sillón, la cama…
Mientras pienso que mi vida no tiene sentido y que sigo en ella por no destruirles completamente a mis padres la suya, llaman a la puerta.
–Érica, ha venido Lucía a verte –me informa mi madre.
–Vale –respondo sin alegría.
Mi amiga entra, vivaracha, en la lúgubre habitación de ogros en la que se ha convertido este lugar. Sé que pretende levantarme el ánimo, pero no puedo sonreír si ya no tengo a Javi a mi lado.
–Tía, ¡mira lo que traigo para que vuelvas a tu peso! ¡Tú helado favorito! –exclama sacándolo de la bolsa.
Me pongo a sollozar y me abraza. Sé que no lo ha hecho con mala intención, pero, siempre que estaba deprimida, Javi venía después de cenar con nuestro helado favorito y nos poníamos ciegos esa noche. Se lo cuento y me pide perdón.
Insiste en que coma y ahogue mis penas, que a este ritmo me moriré por mi extrema delgadez. Por más que intenta alegrarme con otras palabras más amables y comprensivas, no lo logra y mi sufrimiento aumenta. Probarlo es incluso peor, ya que, por unos efímeros instantes, creo verlo frente a mí, sonriéndome y alegando que todo va a ir bien. Necesito su abrazo.
–Érica, no es que te diga que te olvides de él… –me quita la cuchara de la mano–, pero debes hacer borrón y cuenta nueva.
–No puedo borrarlo. ¡No quiero! –balbuceo.
–Amiga, no te pido que lo borres a él, pero escribe un nuevo libro. Redacta una nueva historia. Eres joven. Tienes veinticuatro años y un currículum impresionante para tu edad. Trabajabas de guía y te sacabas la carrera simultáneamente. Hablas ocho idiomas, eres bella, inteligente… ¡No seas egoísta con los demás seres vivos! Déjanos disfrutar de ti, de la mujer que eras hace tres meses… –se le saltan las lágrimas–. Sé que lo que te voy a pedir no es razonable, pero ayúdanos a sacarte del hoyo. Tu madre sufre, tu padre está incluso más encerrado en su mundo y tu abuela es ya mayor para estos disgustos. Además, tus amigos… te echamos de menos. Todos preguntan cada día por ti… Solo me dejas verte a mí…
–Te quiero… –es lo único que soy capaz de decirle.
–Y yo a ti…
La tarde concluye con un abrazo que dura la eternidad.
Lucía es mi mejor amiga. Contraerá matrimonio en casi dos años. Recordarlo me hace mal. Muy mal. Miro el anillo instintivamente. No quiero pensar en Javi, pero ya es tarde. La cara de ella se mezcla con la de él.
De todo el que me ha preguntado por el qué ocurrió, a la única que se lo he contado ha sido a ella. Y para que no me tomase por una tarada, omití la parte fantástica de mi historia de terror. Aunque no lo comprendió, es la única que me creyó. Incluso buscó una explicación coherente y expuso que, quizás, fuese cosa del FBI. Escuchar esa tontería casi logra medio arrancarme una sonrisa. Le dije que era imposible, que en España no había tal cosa. Tras unos minutos de pausa, rectificó, alegando que, entonces, debía de haber sido una “misión encubierta”, o como se llamase, a cargo de la policía secreta o la nacional. Acabó afirmando la teoría de que, tal vez, este engaño fuese debido a la búsqueda de algunos peligrosos asesinos buscados por el gobierno, o de algo importante para el país. Inventando todo esto y aprovechando la muerte de una de sus víctimas, no revelarían lo que en realidad ocurrió. Mi amiga y su imaginación… Me reiría de ella si no fuese porque incluso eso sería más creíble que lo que en realidad ocurrió.

Ha llegado la hora de la cena. Como siempre, no tengo hambre. Sin embargo, por petición de Lucía –que me lo rogó antes de marcharse– y por la realidad de sus palabras con respecto a mi salud, bajo a comer con mis padres y abuela, la cual llegó antes de la partida de mi amiga. Todos se muestran bastante sorprendidos ante mi repentina decisión de permanecer con ellos. Parecen algo más contentos. Incluso mi padre.
–No sabes lo mucho que me alegra que hayas bajado –sonríe mi abuela Paloma.
–Ha sido gracias a Lucía –comenta mi madre.
–Qué buena niña es…
–Un sol. Viene cada vez que puede a ver a Érica y le trae siempre cualquier cosa. Un osito, un dulce, una sopa, un helado… Es un primor… –informa–. Para su cumpleaños se quedó hasta a dormir con ella.
–Sí. Tenemos suerte de que Érica tenga una amiga así –asiente mi padre con decisión–. Ella me parece una buena junta.
La velada transcurre sin muchas palabras. Saben que cualquier cosa que digan es capaz de recordarme a él. Lo que sí rememora la abuela es al abuelo. Aunque murió, su recuerdo siempre nos hace sentir bien. Era un hombre extremadamente alegre. No sé cómo, pero acaba saliendo a relucir por qué me llamó Érica. Hasta este momento, desconocía que él fuese el que me lo pusiera en honor a un antiquísimo amigo suyo. Era tan antiguo que, según la abuela, su amistad se remonta a su juventud. En seguida imagino que ese señor habrá fallecido porque nunca he tenido el honor de conocerlo.
Mi padre no quiere seguir más con el tema del nombre, ni recordar esa historia del mejor amigo del abuelo. Por su incomodidad, deduzco que no le agrada hablar más sobre el tema. La abuela se pregunta si aún vivirá, ya que nunca lo llegó a ver de cerca. Solamente lo vio de lejos una vez y fue en su boda, al salir de la iglesia. Al parecer, este también los visitó una vez cuando yo aún era bebé, pero no lo conoció nadie porque no estaban en casa. Eso me crea la duda de si estará muerto o no.
He cenado poco, pero algo más que de costumbre. Yo misma me he obligado a ello. Volviendo a mi habitación, miro a la escalera y recuerdo a los seres queridos que formaban parte de esta familia y ya no están. Esos no son otros que el abuelo y mi hermano. Incluso en ese recuerdo, ya aparece Javi. Nuestros padres eran amigos y de ahí nuestro encuentro.
Al subir, me acuerdo de que tengo un video muy viejo de aquella época. Entro a mi habitación y lo busco. Cuando al fin lo hallo, con ansia y las manos temblando, lo pongo en mi televisión y subo la voz. Lo paso rápido hasta el sexto cumpleaños de mi hermano. Al verlo, detengo la imagen. Nunca podré entender cómo un niño tan ambicioso y lleno de vida nos dejó una carta de suicidio. Con tan solo veintiséis años, desapareció unos meses y echó a perder su vida. Cuando al fin volvió, ya no era el mismo. Parecía que el tiempo se había detenido a su alrededor. Incluso para mi padre y abuelo. Estos comenzaron a chocar demasiado. Reñían entre ellos y contra mi hermano. El carácter de esta familia se agrió entre los hombres hasta que un buen día, José –mi hermano– volvió a desaparecer, dejando una nota en la que comunicaba su inminente suicidio. Describió el sitio exacto donde ocurriría. Incluso la gente lo vio saltar desde un acantilado en Ibiza. Fue algo traumático para los varones de esta casa. Mi abuelo y su hijo se trataron fatal tras su muerte. Incluso dejaron de hablarse durante unos meses. Parecía que el segundo le echaba la culpa al primero de la muerte de mi hermano. Fue algo doloroso para todos. Por suerte, la reconciliación entre ellos fue lo único que nos unió más.
Así fue como mi padre dejó de ser un hombre comunicativo y alegre. A los dos años de su suicidio, murió el abuelo de un infarto cuando visitaba un pueblo sevillano –eso ya provocó que mi padre se hiciese más frío–. Y para seguir con las tragedias familiares de dos en dos años, hace casi otro par de su pérdida y ahora… Javi…
Parece que no me quieren dejar respirar. Esto es una maldición.
Se me escapa una lágrima. Para evitar pensar más, continúo viendo el video. Después de contemplar a José correteando un poco, salgo yo dentro del cochecito de bebé. Le doy al avance rápido y se ve cómo llega un hombre joven. Abraza a mi abuelo y van a la cocina. Apenas se distingue porque el video nos enfoca a los niños. Solo se aprecian sus piernas y andares. Después, llega de la calle mi madre con los padres de Javi. Aparece mi abuelo de nuevo. Solo. No sé por dónde habrá salido ese individuo.
Vuelvo a poner la velocidad normal. Ahora aparece una imagen enternecedora. Javi, con unos cuatro años –ya que era unos dos más pequeño que mi hermano– se apoya en el carrito y me da el chupete. Como apenas llega a verme, José le ayuda. Sonrío brevemente al verlos con seis y cuatro años, y a mí con unos meses.
El video continúa conmigo más mayor –con unos tres años–, pero, como ya no sale mi amado, prefiero no seguir mirando. Lloro, sin saber qué he de hacer con mi vida. Unos seres extraños me lo han arrebatado.
Tumbo lo que queda de mi persona en la cama, recordando la imagen de Javi haciéndome carantoñas en el carrito. Se me quiebra el alma, pese a no saber cómo diantres se puede resquebrajar algo ya roto, un corazón destruido.
Me duermo sin darme cuenta. Entre sueños, viene a mi mente la cara del francés preguntándome por mi abuelo. Es despreciable. Luego, una vez más, vuelvo a vislumbrar a Javi en el suelo con el otro tío encima. Le grito, pero me frena el rubio. De pronto, me envuelve el humo negruzco de aquel día y aparece la cara de mi novio con colmillos y ojos negros. Viene a matarme.
Doy un respingo y me despierto. Momentáneamente, me ha parecido ver frente a mi cama a aquel endiablado ser. Aquél que caminaba hacia mí antes de aparecer en el hospital. Tengo el corazón acelerado y el pulso desenfrenado. Tanto, que si sigue así me dará un paro cardíaco.
Me levanto y enciendo la luz para asegurarme de que estoy sola. Suspiro al comprobar que es así. En mi sueño, Javi era un chupasangre. Me llevo las manos a la cabeza, negando. Imposible. «¿Vampiros?». Aturdida, me siento en una silla. Desconozco qué serán, pero reafirmo lo que viví y observé con estos dos ojos que tengo en la cara. Resulta imposible que fueran humanos. Eso lo tengo claro. No podían, ni pueden, serlo.
Como si me iluminaran, recuerdo que Antoine, el francés, me preguntó por Pierre Pulido, mi abuelo Pedro. «¿Por qué?». Yo siempre he sabido por mi padre, que el suyo, no tenía un trabajo normal. No hay que ser muy listo. Mi madre y yo, por ejemplo, siempre pensamos que trabajaba para alguna organización secreta contra el crimen y no como policía local –que era lo que nos pretendía hacer creer–. Incluso mi abuela Paloma, a pesar de que hiciera oídos sordos y pasase de nuestros interrogatorios, sabíamos que no era tan tonta como aparentaba delante de nosotras, o de él. Demasiados “lujos” le daba para ser un simple y vulgar policía local, y excesivos viajes hacía por España y el extranjero él solo. Mi abuelo fue quien me enseñó cinco de los ocho idiomas que sé.
De repente, me levanto. Una fuerza espiritual me empuja a ello. Seco mis lágrimas y aproximo mi rostro al cristal de la ventana. Me enfado con la vida, pero saco coraje de la nada y de las heridas. Me quito el anillo y lo miro fijamente. Tengo una cosa clara. Ya he dejado de existir. Ahora va a nacer una nueva Érica que no tendrá nada que ver con la antigua. Una que no llorará nunca más. Lo haré por él, por Javi.
Cierro la mano con el anillo dentro. Me lo vuelvo a poner pensando que llegará el momento en el que me deba desprender de él para no ser vulnerable. Luego, mirando a la luna, decido hablarle con ternura. Entonces, convencida de lo que viví, de lo que ocurrió realmente, le prometo en un susurro investigar hasta dar con la verdad.
–Javi, una espinita se me clava en el fondo del alma… Tu ausencia infinita marca mis solitarios labios. Extraño tus dulces besos. Todo. Hasta tus defectos. Anhelo que vuelva a mí la calma que desbordabas cuando, dormida en tu pecho, acurrucada, me abrazabas con tiento y me decías que me querías… Todavía no entiendo por qué te has ido y me has dejado tan sola… Aunque, mejor dicho, no comprendo por qué te arrebataron la vida, por qué te la arrancaron de esa manera… Encima, mancillando tu nombre hasta en los periódicos… ¡¿POR QUÉ?! –exclamo un poco más alto–. El desconsuelo anida en mi corazón y, cada noche, a cada segundo, no puedo olvidar aquel último día en el que nos amamos… –una lágrima intenta salir, pero la sello con un hondo suspiro–. Sé que no habrá amor que llene el vacío que me dejó tu ausencia… Lo-lo sé –tartamudeo–. Eras mi todo y… te juro –señalo a la luna, poniendo la yema del dedo sobre el cristal– que no me iré de esta vida, sin antes haber vengado la tuya…

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