El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo 4)

Capítulo IV

Han transcurrido tres meses desde aquel fatídico suceso. Durante ese maldito tiempo, comprobé que no estaba embarazada. Además, asistí, desgraciadamente, a dos funerales. El de Javi, y el de su madre. La pobre mujer murió de pena la semana pasada. Y sabía que, a este ritmo, no tardaría mucho en celebrarse otro. El mío. He adelgazado siete kilos y apenas logro mantenerme en pie. Me dieron de baja en el trabajo y me mudé con mis padres al barrio El Naranjo hasta recuperarme físicamente, ya que psicológicamente jamás cerraré esta herida.
En el momento en el que me llevaron a mi casa a recoger algunas cosas, no pude entrar. Demasiados eran los recuerdos que encerraban esas cuatro paredes. Excesivos, también, los sentimientos que desprendían los objetos, el sillón, la cama…
Mientras pienso que mi vida no tiene sentido y que sigo en ella por no destruirles completamente a mis padres la suya, llaman a la puerta.
–Érica, ha venido Lucía a verte –me informa mi madre.
–Vale –respondo sin alegría.
Mi amiga entra, vivaracha, en la lúgubre habitación de ogros en la que se ha convertido este lugar. Sé que pretende levantarme el ánimo, pero no puedo sonreír si ya no tengo a Javi a mi lado.
–Tía, ¡mira lo que traigo para que vuelvas a tu peso! ¡Tú helado favorito! –exclama sacándolo de la bolsa.
Me pongo a sollozar y me abraza. Sé que no lo ha hecho con mala intención, pero, siempre que estaba deprimida, Javi venía después de cenar con nuestro helado favorito y nos poníamos ciegos esa noche. Se lo cuento y me pide perdón.
Insiste en que coma y ahogue mis penas, que a este ritmo me moriré por mi extrema delgadez. Por más que intenta alegrarme con otras palabras más amables y comprensivas, no lo logra y mi sufrimiento aumenta. Probarlo es incluso peor, ya que, por unos efímeros instantes, creo verlo frente a mí, sonriéndome y alegando que todo va a ir bien. Necesito su abrazo.
–Érica, no es que te diga que te olvides de él… –me quita la cuchara de la mano–, pero debes hacer borrón y cuenta nueva.
–No puedo borrarlo. ¡No quiero! –balbuceo.
–Amiga, no te pido que lo borres a él, pero escribe un nuevo libro. Redacta una nueva historia. Eres joven. Tienes veinticuatro años y un currículum impresionante para tu edad. Trabajabas de guía y te sacabas la carrera simultáneamente. Hablas ocho idiomas, eres bella, inteligente… ¡No seas egoísta con los demás seres vivos! Déjanos disfrutar de ti, de la mujer que eras hace tres meses… –se le saltan las lágrimas–. Sé que lo que te voy a pedir no es razonable, pero ayúdanos a sacarte del hoyo. Tu madre sufre, tu padre está incluso más encerrado en su mundo y tu abuela es ya mayor para estos disgustos. Además, tus amigos… te echamos de menos. Todos preguntan cada día por ti… Solo me dejas verte a mí…
–Te quiero… –es lo único que soy capaz de decirle.
–Y yo a ti…
La tarde concluye con un abrazo que dura la eternidad.
Lucía es mi mejor amiga. Contraerá matrimonio en casi dos años. Recordarlo me hace mal. Muy mal. Miro el anillo instintivamente. No quiero pensar en Javi, pero ya es tarde. La cara de ella se mezcla con la de él.
De todo el que me ha preguntado por el qué ocurrió, a la única que se lo he contado ha sido a ella. Y para que no me tomase por una tarada, omití la parte fantástica de mi historia de terror. Aunque no lo comprendió, es la única que me creyó. Incluso buscó una explicación coherente y expuso que, quizás, fuese cosa del FBI. Escuchar esa tontería casi logra medio arrancarme una sonrisa. Le dije que era imposible, que en España no había tal cosa. Tras unos minutos de pausa, rectificó, alegando que, entonces, debía de haber sido una “misión encubierta”, o como se llamase, a cargo de la policía secreta o la nacional. Acabó afirmando la teoría de que, tal vez, este engaño fuese debido a la búsqueda de algunos peligrosos asesinos buscados por el gobierno, o de algo importante para el país. Inventando todo esto y aprovechando la muerte de una de sus víctimas, no revelarían lo que en realidad ocurrió. Mi amiga y su imaginación… Me reiría de ella si no fuese porque incluso eso sería más creíble que lo que en realidad ocurrió.

Ha llegado la hora de la cena. Como siempre, no tengo hambre. Sin embargo, por petición de Lucía –que me lo rogó antes de marcharse– y por la realidad de sus palabras con respecto a mi salud, bajo a comer con mis padres y abuela, la cual llegó antes de la partida de mi amiga. Todos se muestran bastante sorprendidos ante mi repentina decisión de permanecer con ellos. Parecen algo más contentos. Incluso mi padre.
–No sabes lo mucho que me alegra que hayas bajado –sonríe mi abuela Paloma.
–Ha sido gracias a Lucía –comenta mi madre.
–Qué buena niña es…
–Un sol. Viene cada vez que puede a ver a Érica y le trae siempre cualquier cosa. Un osito, un dulce, una sopa, un helado… Es un primor… –informa–. Para su cumpleaños se quedó hasta a dormir con ella.
–Sí. Tenemos suerte de que Érica tenga una amiga así –asiente mi padre con decisión–. Ella me parece una buena junta.
La velada transcurre sin muchas palabras. Saben que cualquier cosa que digan es capaz de recordarme a él. Lo que sí rememora la abuela es al abuelo. Aunque murió, su recuerdo siempre nos hace sentir bien. Era un hombre extremadamente alegre. No sé cómo, pero acaba saliendo a relucir por qué me llamó Érica. Hasta este momento, desconocía que él fuese el que me lo pusiera en honor a un antiquísimo amigo suyo. Era tan antiguo que, según la abuela, su amistad se remonta a su juventud. En seguida imagino que ese señor habrá fallecido porque nunca he tenido el honor de conocerlo.
Mi padre no quiere seguir más con el tema del nombre, ni recordar esa historia del mejor amigo del abuelo. Por su incomodidad, deduzco que no le agrada hablar más sobre el tema. La abuela se pregunta si aún vivirá, ya que nunca lo llegó a ver de cerca. Solamente lo vio de lejos una vez y fue en su boda, al salir de la iglesia. Al parecer, este también los visitó una vez cuando yo aún era bebé, pero no lo conoció nadie porque no estaban en casa. Eso me crea la duda de si estará muerto o no.
He cenado poco, pero algo más que de costumbre. Yo misma me he obligado a ello. Volviendo a mi habitación, miro a la escalera y recuerdo a los seres queridos que formaban parte de esta familia y ya no están. Esos no son otros que el abuelo y mi hermano. Incluso en ese recuerdo, ya aparece Javi. Nuestros padres eran amigos y de ahí nuestro encuentro.
Al subir, me acuerdo de que tengo un video muy viejo de aquella época. Entro a mi habitación y lo busco. Cuando al fin lo hallo, con ansia y las manos temblando, lo pongo en mi televisión y subo la voz. Lo paso rápido hasta el sexto cumpleaños de mi hermano. Al verlo, detengo la imagen. Nunca podré entender cómo un niño tan ambicioso y lleno de vida nos dejó una carta de suicidio. Con tan solo veintiséis años, desapareció unos meses y echó a perder su vida. Cuando al fin volvió, ya no era el mismo. Parecía que el tiempo se había detenido a su alrededor. Incluso para mi padre y abuelo. Estos comenzaron a chocar demasiado. Reñían entre ellos y contra mi hermano. El carácter de esta familia se agrió entre los hombres hasta que un buen día, José –mi hermano– volvió a desaparecer, dejando una nota en la que comunicaba su inminente suicidio. Describió el sitio exacto donde ocurriría. Incluso la gente lo vio saltar desde un acantilado en Ibiza. Fue algo traumático para los varones de esta casa. Mi abuelo y su hijo se trataron fatal tras su muerte. Incluso dejaron de hablarse durante unos meses. Parecía que el segundo le echaba la culpa al primero de la muerte de mi hermano. Fue algo doloroso para todos. Por suerte, la reconciliación entre ellos fue lo único que nos unió más.
Así fue como mi padre dejó de ser un hombre comunicativo y alegre. A los dos años de su suicidio, murió el abuelo de un infarto cuando visitaba un pueblo sevillano –eso ya provocó que mi padre se hiciese más frío–. Y para seguir con las tragedias familiares de dos en dos años, hace casi otro par de su pérdida y ahora… Javi…
Parece que no me quieren dejar respirar. Esto es una maldición.
Se me escapa una lágrima. Para evitar pensar más, continúo viendo el video. Después de contemplar a José correteando un poco, salgo yo dentro del cochecito de bebé. Le doy al avance rápido y se ve cómo llega un hombre joven. Abraza a mi abuelo y van a la cocina. Apenas se distingue porque el video nos enfoca a los niños. Solo se aprecian sus piernas y andares. Después, llega de la calle mi madre con los padres de Javi. Aparece mi abuelo de nuevo. Solo. No sé por dónde habrá salido ese individuo.
Vuelvo a poner la velocidad normal. Ahora aparece una imagen enternecedora. Javi, con unos cuatro años –ya que era unos dos más pequeño que mi hermano– se apoya en el carrito y me da el chupete. Como apenas llega a verme, José le ayuda. Sonrío brevemente al verlos con seis y cuatro años, y a mí con unos meses.
El video continúa conmigo más mayor –con unos tres años–, pero, como ya no sale mi amado, prefiero no seguir mirando. Lloro, sin saber qué he de hacer con mi vida. Unos seres extraños me lo han arrebatado.
Tumbo lo que queda de mi persona en la cama, recordando la imagen de Javi haciéndome carantoñas en el carrito. Se me quiebra el alma, pese a no saber cómo diantres se puede resquebrajar algo ya roto, un corazón destruido.
Me duermo sin darme cuenta. Entre sueños, viene a mi mente la cara del francés preguntándome por mi abuelo. Es despreciable. Luego, una vez más, vuelvo a vislumbrar a Javi en el suelo con el otro tío encima. Le grito, pero me frena el rubio. De pronto, me envuelve el humo negruzco de aquel día y aparece la cara de mi novio con colmillos y ojos negros. Viene a matarme.
Doy un respingo y me despierto. Momentáneamente, me ha parecido ver frente a mi cama a aquel endiablado ser. Aquél que caminaba hacia mí antes de aparecer en el hospital. Tengo el corazón acelerado y el pulso desenfrenado. Tanto, que si sigue así me dará un paro cardíaco.
Me levanto y enciendo la luz para asegurarme de que estoy sola. Suspiro al comprobar que es así. En mi sueño, Javi era un chupasangre. Me llevo las manos a la cabeza, negando. Imposible. «¿Vampiros?». Aturdida, me siento en una silla. Desconozco qué serán, pero reafirmo lo que viví y observé con estos dos ojos que tengo en la cara. Resulta imposible que fueran humanos. Eso lo tengo claro. No podían, ni pueden, serlo.
Como si me iluminaran, recuerdo que Antoine, el francés, me preguntó por Pierre Pulido, mi abuelo Pedro. «¿Por qué?». Yo siempre he sabido por mi padre, que el suyo, no tenía un trabajo normal. No hay que ser muy listo. Mi madre y yo, por ejemplo, siempre pensamos que trabajaba para alguna organización secreta contra el crimen y no como policía local –que era lo que nos pretendía hacer creer–. Incluso mi abuela Paloma, a pesar de que hiciera oídos sordos y pasase de nuestros interrogatorios, sabíamos que no era tan tonta como aparentaba delante de nosotras, o de él. Demasiados “lujos” le daba para ser un simple y vulgar policía local, y excesivos viajes hacía por España y el extranjero él solo. Mi abuelo fue quien me enseñó cinco de los ocho idiomas que sé.
De repente, me levanto. Una fuerza espiritual me empuja a ello. Seco mis lágrimas y aproximo mi rostro al cristal de la ventana. Me enfado con la vida, pero saco coraje de la nada y de las heridas. Me quito el anillo y lo miro fijamente. Tengo una cosa clara. Ya he dejado de existir. Ahora va a nacer una nueva Érica que no tendrá nada que ver con la antigua. Una que no llorará nunca más. Lo haré por él, por Javi.
Cierro la mano con el anillo dentro. Me lo vuelvo a poner pensando que llegará el momento en el que me deba desprender de él para no ser vulnerable. Luego, mirando a la luna, decido hablarle con ternura. Entonces, convencida de lo que viví, de lo que ocurrió realmente, le prometo en un susurro investigar hasta dar con la verdad.
–Javi, una espinita se me clava en el fondo del alma… Tu ausencia infinita marca mis solitarios labios. Extraño tus dulces besos. Todo. Hasta tus defectos. Anhelo que vuelva a mí la calma que desbordabas cuando, dormida en tu pecho, acurrucada, me abrazabas con tiento y me decías que me querías… Todavía no entiendo por qué te has ido y me has dejado tan sola… Aunque, mejor dicho, no comprendo por qué te arrebataron la vida, por qué te la arrancaron de esa manera… Encima, mancillando tu nombre hasta en los periódicos… ¡¿POR QUÉ?! –exclamo un poco más alto–. El desconsuelo anida en mi corazón y, cada noche, a cada segundo, no puedo olvidar aquel último día en el que nos amamos… –una lágrima intenta salir, pero la sello con un hondo suspiro–. Sé que no habrá amor que llene el vacío que me dejó tu ausencia… Lo-lo sé –tartamudeo–. Eras mi todo y… te juro –señalo a la luna, poniendo la yema del dedo sobre el cristal– que no me iré de esta vida, sin antes haber vengado la tuya…

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

 

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Tras hacerle el amor.

Publicado en el viejo blog (07/11/2013)

(No muy de mi estilo, pero había que probar… Espero que os guste)

¿A quién dedicárselo?
Al… lector o lectora que le guste.

–¿Qué por qué estoy triste?
–Sí, ¿qué te ocurre? ¿Por qué me has citado con tanta urgencia? –me preguntó con la preocupación implantada en el rostro.
–He tenido un sueño extraño… O mejor dicho, pesadilla. Lo he pasado muy mal al despertar. En realidad, al darme cuenta de que todo por este camino va mal.
–¿Y de qué iba? ¿Qué es lo que va mal? –agarró mi mano.
–De la mujer que amo.
–¿Se iba con otro o qué? –rió con desgana.
–No es eso… Aunque a este ritmo podría suceder.
–Cuéntamelo… –se sentó a mi lado para alentarme.
–Soñé que la tenía delante y que yo era pintor. Ella vestía un elegante traje ajustado que me gustaba demasiado… Uno que se ha puesto en más de una ocasión –suspiré agachando mi cabeza–. Mi deber era el de retratarla en mi estudio. Un estudio enorme, pero bastante vacío en realidad. Quizás, ahora que lo pienso… tan vacío como me siento cuando estoy sin ella a mi lado. Eso me lo ha hecho descubrir esta pesadilla.
»Primero, tenía el pelo recogido. Luego, pensé que estaría mejor si se lo soltaba. Esa parte está difusa. Tanto como las conversaciones.
»La cosa es que llevábamos ya un buen rato antes de que se sentase en el sofá a descansar. No encontraba la pose perfecta. En uno de los movimientos que hizo al echarse hacia atrás, un tirante se le bajó suavemente. No pude evitar lo que eso provocó en mí. Lo que nunca antes había visto en ella, parece que despertó de repente. Y, tal vez, también debería señalar que algo poderoso se contrajo en mi interior al tocar su piel en un descuido por colocar bien la tela caída. Enseguida sus labios carnosos, enrojecidos por el carmín, me hicieron sentir hombre… Avivaron la llama de la pasión en mí.
»Sin darme cuenta, acaricié su mejilla. Por suerte, logré disimular apartándole el cabello hacia un lado. Algo se había alterado en mi fuero interno.
»No sabía cómo definir lo que se me removía al contemplarla semitumbada. Se veía tan inocente, tan cercana, tan… en parte… provocativa. Se mordió el labio inferior cuando me acerqué a colocarla. Estaba bastante inspirado. Demasiado. Al agarrar sus muñecas temblé interiormente. Se me escapó incluso una mirada pecaminosa que, con mucha probabilidad, delatara mis deseos, mis miedos…
»No podía dejar de decirme a mí mismo que una amistad muy grande nos unía. A pesar de ser un sueño, no quería jugármela. No deseaba perderla por un error, un fallo cualquiera. Era, y obviamente es en la realidad, demasiado importante para mí. No obstante, me atrapó. Y ya no hablo solo de sus labios carnosos y sensuales… Su pecho comenzó a agitarse con fuerza al mismo tiempo que una de sus piernas acariciaba la mía.
»Nervioso, me aparté con una rapidez pasmosa. Le sugerí pintarla con la ropa un poco descolocada. También, una pose algo más sensual. Mientras tanto, en mi mente, no dejaba de intentar evadirme de mis pensamientos y actitudes físicas, los cuales, me hubieran arrojado de cabeza a las brasas del sofá en el que se hallaba.
»Me di media vuelta tratando de controlar la respiración. ¿Cómo podía sentir eso por ella? ¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo que me oprime el corazón? –suspiro–. En serio. Lo prometo. No me había percatado de que mi cariño hacia su persona había rebasado la amistad hasta ese momento del sueño.
»Volviendo con la pesadilla… No me había separado ni dos pasos cuando giré mi rostro hacia ella de nuevo. Para mi sorpresa, ya mostraba gran parte de sus tersas piernas y… sus hermosos pechos se asomaban tímidamente por el balcón de su vestido. Lo peor de todo es que no sabía si su mirada, sugerente para mí, era una invitación al pecado o una simple pose para retratar. Fuera lo que fuese, no lo resistí más. Quise salir de dudas. Así pues, decidido, me arrodillé a su lado y tomé la tela de sus muslos entre mis manos con delicadeza. La alcé lentamente hacia arriba. No me detuvo. Al revés, esta tomó mi cuello con la delicadeza que habría imaginado en la más dulce y pura de mis fantasías.
»Ya no sabía qué hacer, o qué decir. Simplemente aproximé mi rostro al suyo hasta casi besarla. Y digo casi porque di un respingo hacia atrás, asustado.
»Cerré los ojos para recapacitar, pero cuando los abrí al sentir sus manos sobre mí, ya se encontraba desnuda, desnudándome. Quizás mi juicio me falló. Tal vez, mi razón se marchara a alguna parte y me abandonara. No lo sé. No lo supe. Simplemente puedo garantizarte que la ayudé a hacer desaparecer la ropa de mi cuerpo lo más rápido que pude.
»¿Fue el ansia? ¿La locura? No tengo ni la más remota idea. Solo contarte que la tumbé con ternura hacia atrás, hacia el sofá con el que mi fantasía me quiso delatar esta noche. Ahí, desnuda ante mis ojos, ante mis antojos, no pude evitar dejar a mis labios recorrer su cuerpo mientras mi fuente inagotable de deseo emanaba toda la pasión que anteriormente se había quedado escondida, dormida para no hacerme ver lo que tenía delante de mí. Soñaba que mis manos recorrían su cuerpo y se recreaban en lugares prohibidos donde de niños nunca llegué a imaginar que ahora de adulto podría llegar a tocar.

»Sus manos se arremolinaron en mi pelo mientras mi lengua acariciaba su tersa piel. El recorrido vertiginoso de este músculo por su torso no era comparable, en calor, con el que corría fuertemente galopando mi interior. Un nudo tormentoso empezó a ahogarme cuando, ya en sus labios, sus piernas se aferraron a mi cintura con el ímpetu furioso de un jinete en caballo desbocado. Entonces, en esa postura tan fortuita, pude palpar con mi intimidad más ardiente el Oro de los Dioses, el paraíso de Odín, el Palacio de Neptuno… Todo iba llegando a su destino.
»Agarré su cabeza con fuerza, pero sin apretar, para que no pudiera escaparse del ansiado contacto que mis labios anhelaban hacer con los suyos al mismo tiempo que un huracán estallaba en mi corazón al sentir la extrema calidez de su preciado interior.
»Poco a poco me iba abriendo paso por el infierno ardiente de su deseado cuerpo. Poco a poco iba tomando lo que me repetía, una y otra vez, que no debía ser mío.
»Seguí hacia delante hasta que ya no hubo vuelta atrás y, en mitad de este extenuante y maravilloso vals, una chispa de extremo gozo explotó en sus ojos. Fue como una especie de rayo que me indicó que todo había acabado y que yo también debía finalizar.
»Tras hacerle el amor, querida amiga, ella se marchó sin que me diese tiempo a hablar, a explicarle nada. Bien solo me dejó en esa fría habitación. Es decir, supongo que llegó a mi corazón, me hizo amarla y darme cuenta de que, en la realidad, sin tenerla cerca me encuentro totalmente vacío.
»Quise ir detrás, pero no podía salir y buscarla. Ya no había puertas, ni ventanas. Solo ella podía volver a entrar. Al despertar, me di cuenta de que si yo no confesaba, ella no sabría lo que sentía. Y si no lo sabía, jamás volvería. Jamás me querría. Al despertar… repito, me sentí fatal. Me percaté de que estaba eligiendo un mal camino.
–Vaya… –tragó saliva, desconcertada–. Desconocía esta faceta tuya tan roman…
–La dejé escapar en mi sueño –agaché la cabeza cortando su frase.
–¿Y eso por qué? –tocó mi hombro para darme ánimo.
–Por ser mi mejor amiga… –clavé mis ojos en los suyos, tratando de adentrarme en su alma para expresarle mi sinceridad.
–¡Vaya! –sonrió burlona–. Y yo que pensaba que era tu mejor amiga… Ahora hay otra contra la que competir…
–Querida –agarré su rostro–, a veces, una mirada vale más que mil palabras y una historia a medio terminar…
Su expresión cambió de manera drástica, de la tristeza compartida al asombro más insólito e inesperado. Ella era mi única mejor amiga.
–Déjame probar suerte y aventurarme a quererte… –susurré antes de besarla, antes de lanzarme a la aventura.

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Por María del Pino.
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MI PROTEGIDA. El guardaespaldas de Suzanne, de Marissa Cazpri.

Soy de las personas cuya opinión personal es que si en una novela no hay un mínimo de amor, cojea (no estoy diciendo que sea mala, ¡ojo!). Cuando hablo de un mínimo, hablo de amor maternal, paternal, de hermanos, amistad, carnal, etc. Debe haber un “algo” porque si no, carecería del sentimiento humano mayor. Sin amor no somos nadie. Como digo en las entrevistas que me hacen: cuando uno no tiene amor, llora por desamor, que… para el caso, lo mismo da, que da lo mismo. Y si hablamos ya de novelas eróticas en sí, pienso que si de verdad una novela erótica quiere ser BUENA, debe tener un mínimo de factores que la acompañen y hagan entretenida. No todo lo que se lea debe ser deseo, sexo, lujuria, sexo, besos, sexo, tocar, sexo, etc y más sexo. Sobre todo, cuando hablamos de novelas del grosor de MI PROTEGIDA. El bba9582f-4346-4c94-8469-d01a988b2319guardaespaldas de Suzanne, que tiene un volumen bastante considerable.
A mí, particularmente, me encanta el tema amor, el romance, que suba el tono e incluso sonroje de vez en cuando, pero que tampoco sea quedarse empalagosa de cursiladas y amor. Tampoco me gusta que en una novela, por muy “erótica” que sea, haya muchas “guarradas” continuas porque soy algo… MOJIGATA. Y no me importa reconocerlo: leer mucha palabrería grosera o palabras como “chupar, chupar, lamer y chupar” acompañadas de lo propio (y estoy siendo muy fina), me provoca dolor en las pupilas… jeje. Cosa que aquí no me ha ocurrido, haya, lo que haya escrito porque todo tiene su “por qué” y su medida razonable para aquellos lectores que sean de carácter más discreto.

Por fortuna, mi querida amiga y compañera Marissa Cazpri, nos presenta en su obra una GRAN novela cuyo tema principal es el romance entre Suzanne y su guardaespaldas Rick.33 Obviamente no desvelo nada que ya no esté ya dicho. Ellos son unos personajes con presente, pasado y futuro que encierran un mundo interior un tanto oscuro y conservador.
Ambos, al encontrarse, caen en el jueguecito del sexo como dos lobos ansiosos y desesperados. Eso sí… con reglas que ya no escribiré por no desvelar el pastel. La pasión florece entre los dos con un roce de sus cuerpos, una palabra, una mirada furtiva o no… En definitiva, las hormonas se despiertan con solo pensar el uno en el otro.

Lo que realmente me gusta y ha gustado de la novela no es el sexo. No. Lo que me tenía muy enganchada ha sido y es la trama que la envuelve, ya que aunque al principio parece estar en un plano un poco secundario, absorbe y acapara por su importancia y buen ritmo en la línea temporal en la que van transcurriendo los distintos hechos. El acosador de Suzanne esconde muchos más misterios de los que parece que, añadidos a ella y a su turbulento y misterioso pasado, crearán en el lector una serie de dudas.

Su lectura es fácil y amena. Mirad si digo AMENA que me lo he leído en dos mañanas. No he tardado menos porque tenía otros asuntos pendientes. Es una novela recomendable que animo a leer. Los personajes son curiosos y de diario, personas de a pie a pesar de su grandeza artística e intelecto, que es lo que entusiasma al lector, ya que nuestra principal función como escritores, como NOVELISTAS, es principalmente entretener al lector o lectora en toda la obra sin que pierda el hilo  de la historia (aunque sí crearle dudas o misterios adrede). Esa es la magia del narrador, del escritor y su pluma.

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No soy de leer mucha novela erótica, pero si me dan contenidos y argumentos tan buenos de fondo, que me den lo que quieran. Sobre todo, si es de esta autora.

No sé si quiero ser una protegida más por el tema de lo que le sucede y sucedió a nuestra protagonista Sussi, pero sí me hago oficialmente, además de compañera, una lectora más de Marissa Cazpri.

Echando la memoria atrás y tirando de mi hemeroteca personal…¿Quién me iba a decir a mí que aquella bella mujer que llevé a la radio para leer uno de sus relatos porque me seguía a mí, hoy sería una gran escritora a la que yo también seguiría? La gracia del destino.

EHORABUENA, MARISSA. Eres increíble.

María del Pino.

(Escritora, ilustradora, guionista, ex-locutora de radio y directora de cine)

Fiesta clandestina “ALHAMBRA RESERVA 1925” (Córdoba)

3e927bfc-910c-4ee7-a9c8-6cbacda06e05Ayer, en la Posada del Potro (Córdoba), tuve el placer y el honor de poder asistir a un evento que supo seducir a sus invitados: fiesta Clandestina “ALHAMBRA RESERVA 1925”.
La velada transcurrió de manera tranquila y amena, disfrutando de la música y el buen
ambiente. Incluso pudimos ver parte de la laboriosa DSC_0981fabricación de una guitarra española, un arte tan nuestro como del mundo. Se degustó la reserva de 1925 mientras Valle de Aras (Lucena) tuvo la delicadeza de añadir una cata variada de quesos que, además de excelentes y (como ya he dicho) variados, colocó de manera estética y delicada en una mesa donde la abundancia era algo destacable y la simpatía de sus meseros un lujo. Lo que me resultó delisioso y a la vez magnífico fue la tarta de queso. Cosecha propia y hecha expresamente para ellos.

BUMM EVENTOS son unos organizadores estupendos que han sabido llevar la fiesta “ALHAMBRA RESERVA 1925” a buen puerto. Enhorabuena. Mágnífica y deliciosa

María del Pino.

 

El deseo del amante.

Publicado en el viejo blog (19/09/2014)

Después de tanto tiempo sin escribir en mi blog, hoy pido perdón
y lo hago con este escrito-relato-fragmento que antaño me inspiró
una bonita canción. Espero que os guste.

 

Se lo dedico a toda aquella persona
que ame sin ser correspondida.

Quiero besarte los ojos sin que me duela el alma, amarte y gozar del placer más dulce junto a ti sin que luego me sepa amargo. Deseo buscarte en la noche sin sentirme un forajido, darte la mano en la mañana sin que se nos señale con el dedo. Anhelo beber el elixir de tus labios bajo la mirada de unos fuegos artificiales, reflejarme en tus ojos negros sin ver un monstruo, pero todo es imposible porque cuanto más lo ambiciono, más descubro que solo se trata del producto de un sueño efímero, efímero como un golpe de viento que pasa por mi vera en un segundo y al siguiente por el tuyo. Maldigo este amor sincero y no correspondido, este calor que arde en mis entrañas cuando te veo a su lado. Maldigo esta pasión que a su vez me hiela el corazón cuando no estás al mío. Suspiro de noche cuando te veo. Suspiro sin reproche, sin decirte “te quiero”.
Muero a causa de este amor sellado entre las cuatro paredes que nos guardan el secreto. Secreto que deja de serlo cuando estamos a solas, sin nadie alrededor. Ahí es cuando te tengo entre mis brazos aunque no me ames como a él.
Hiere. Me hiere el alma ser solo tu pasatiempo. Sin embargo, me llamas y caigo en el abismo del caos, de tus labios y besos. Caigo sin pensarlo, sin mirar cómo escupes en mis heridas y cómo escuecen cuando te vas, cuando silencio, cuando me trago el sentimiento, los celos que me inundan al verte con tu marido.
Me desvelo pensando en ti, pero solo soy un esclavo de tus deseos. Un condenado a muerte por amarte. Maldigo el enamorarme de ti, de tu mirar… Y maldigo el corazón que me has arrebatado porque… aunque no lo sepas, yo a ti sí te amo.

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El ladrón de almas. VENGANZA (tercer capítulo).

Capítulo III

Ahora lloro recordándolo. No logro ni secarme las lágrimas de las muchas que salen por mis ojos. No puedo, ni tan siquiera, continuar escribiendo. Mi madre se despabila y posa su atención sobre mí, asombrada, intrigada y triste. Son las nueve y media de la mañana. Se incorpora y me pregunta cuánto rato hace que estoy despierta. Le contesto que no he dormido, que he pasado la noche velándolo y escribiendo lo que realmente ocurrió para desahogarme.
Mira el primer folio por encima, sin profundizar en el texto. Niega con la cabeza. A ella también le duele creer que mi novio era malo. Lo quería mucho. Sin embargo, se lo ha creído. Me quema las entrañas saber que se ha tragado lo que cuatro personas que no estuvieron allí le contaron. Me mortifica que lo crea capaz de haber realizado tal delirio. Ella tendría que saber lo mucho que me amaba. Jamás me hubiese puesto una mano encima para dañarme.
De pronto, miro mis dedos y no veo el anillo. Pregunto por él. Mi madre, sin saber qué clase de anillo es, lo saca de un estuche y me lo entrega. Me lo pongo. Trato de disimular mi dolor mirando a otro lado, dejando pasar el tiempo.

A las doce –ya vestida– el psiquiatra Santiago del Bosque aparece por la puerta con el alta en la mano. Alega que él me hubiese dejado más tiempo ingresada, pero que el “reputado médico alemán” me la concedió para que volviese a casa con mi difunto novio. Expone que… como es el que manda con respecto a mí desde nuestra llegada, por órdenes superiores, él no pinta nada y me envían a Córdoba. Lo dice con esas mismas palabras y un gran enfado. Eso sí, reitera que si me pasa algo, no será culpa suya. De todos modos, para quedarse tranquilo, me ofrece una tarjeta con su email y número de teléfono. Siente que ha de atenderme. Como puedo, se lo agradezco antes de que se marche.
No sé quién diantres es ese médico alemán que parece no caerle bien, pero debo agradecerle el hecho de que me deje salir de este lugar e ir a Córdoba con mi Javi. Necesito permanecer a su lado en todo momento y si me encierran aquí, me perderé su funeral…
Justo al pensarlo, me tiemblan las piernas. Trago saliva y aprieto los puños. Incluso me hago la dura. Si flaqueo, no me permitirán marcharme.
Mi padre se apoya en la puerta con los brazos cruzados. Pese a que estuvo por los alrededores muchas veces, en la solitaria lejanía, no me había fijado mucho en él hasta ese momento. Desde la muerte de mi hermano mayor… no es el mismo. Casi no habla con nadie. Solo da órdenes en su trabajo y conversa con mi madre. Eso sí, en su mirada veo reflejado el miedo que siente de perder otro hijo. El único que le queda. O, mejor dicho, la única.
Entra en la habitación y agarra la mochila. Al mirarla, me acuerdo de Javi y mis ojos se vuelven a humedecer. Aprieto los folios en mi pecho. Sin querer, se me escapa un quejido. Raudo, suelta la bolsa y me abraza. Se aferra a mí como nunca antes lo había hecho.
–Disculpen, aquí traigo la silla –entra una enfermera.
Mi padre me sienta y, cogiendo el macuto y la mano de mi madre, camina detrás de la señora que me transporta sobre estas ruedas. Al salir del hospital, contemplo un taxi esperándonos. Me montan y llevan en él hasta la estación de trenes. Allí, compran dos billetes en primera clase y uno en turista –se han dejado todas las tarjetas atrás y solo llevan dinero para eso. Además, somos una familia a la que no le gustan los excesivos lujos–. Agradezco el hecho y el detalle, pero ir lo más cómoda posible, sinceramente, no me lo va a devolver… No me va a hacer sentir mejor.
En el viaje –mientras mi madre habla con mi abuela por teléfono, explicándole que estoy bien–, despego los folios de mi pecho y vuelvo a sacar el bolígrafo para continuar escribiendo.

Por la noche nos amamos con pasión, deseando un hijo, un futuro juntos. Yo acabé dormida en su regazo, escuchándolo hablar de las estrellas y constelaciones. También de sus viajes a la montaña.
Un poco antes de que comenzara a amanecer, me desperté. La vejiga me iba a estallar. Al abrir los ojos, me di cuenta de que me encontraba en el campo. Había pasado la noche tan a gusto, que se me olvidó momentáneamente dónde me encontraba.
Con cuidado de no despertarlo, destapé mi cuerpo del nórdico que nos cubría y me vestí (no iba a ir en ropa interior). Él tenía puesto el pantalón. Agarré la linterna (no se veía bien) y caminé a través de unos cuantos árboles. Una vez que creí ver unos arbustos apropiados, me agaché para hacer un pis. Al subirme el pantalón, el anillo se me enganchó al cinturón. Atontada, me quedé absorta mirándolo después de haberlo desenganchado. Sinceramente, Javi no tenía muy buen gusto. Seguro que en la joyería no había uno más simple que este (que no llevaba nada y era liso), pero me encantaba. No necesitaba más. Hasta lo más llano y humilde, a veces, puede ser hermoso si el amor florece a su lado.
Di unos pocos pasos más con la luz de la linterna sobre mi dedo hasta salir del que había sido mi lugar de intimidad. Al alzar mi vista, me pareció ver la silueta de un hombre. Impresionada, apunté hacia él para iluminarlo. Para mi ya habitual sorpresa, de nuevo, al dirigir hacia allí la linterna, no había nada, ni nadie.
Di dos o tres vueltas por la zona, alejándome sin querer de nuestro campamento. Escuchaba sonidos y me desviaba de ellos. Llegué a pensar que algo quería conducirme lejos de Javi.
Cuando estaba distraída mirando una pisada en el barro (ya que comenzaba a verse mejor sin la ayuda de la luz artificial), escuché un ruido en la lejanía y a Javi gritar. Sin pensármelo, pasé de los sonidos que me alejaban de él y salí corriendo hacia su posición para ayudarlo. Quise exclamar su nombre. Traté de llamarlo, pero una repentina mano me tapó la boca con ahínco, pegándome así a un torso de hombre bastante alto. Forcejeé con este gigante de fuerza descomunal que me arrastraba en dirección contraria como si fuese una plumilla. Finalmente, acabé mordiéndole.
Quise verle la cara para enfrentarme a él, pero… cuando logré girarme, no había nadie. Al voltearme para salir corriendo hacia Javi, creí chocar contra un enjambre de abejas, ya que, pese a que no me picaban, ni hacía ruido, la espesura de lo que aún quedaba de la noche no me permitía distinguir qué era. Solamente sabía que algo me atacaba, haciéndome cerrar la boca e impidiéndome el paso.
A pesar de la perseverancia de mantenerme en el sitio con los labios sellados, logré (gracias a un estúpido tropezón) huir y llegar hasta Javi. Una vez allí contemplé la escena desde el suelo. Había tres hombres. Uno de ellos (de color) agarraba a mi prometido del cuello, por detrás, mientras otro parecía interrogarlo y golpearlo.
–¡Javi! –lo llamé asustada.
–¡Huye! –bramó él.
–Her?? –habló el tercero en inglés. Parecía anglosajón. Muy rubio, muy grande y con los ojos demasiado juntos. Su mandíbula era robusta y su sonrisa… típica de una persona totalmente desquiciada.
Este tipo me agarró de un brazo y me levantó como si yo pesase cincuenta y tres gramos en vez de kilos.
–¿Eres la nieta de Pierre Pulido? –me preguntó en español el hombre con acento francés que parecía interrogar a Javi. Este tipo tenía el pelo negro y corto. Su cutis parecía bañado en leche. Para mi asombro, era muy guapo, a diferencia de los otros dos.
–Pedro fue mi abuelo, sí. ¿Quiénes son ustedes y qué quieren? –traté de librarme de mi captor.
Se miraron entre ellos y comenzaron a reírse. Javi se zafó de sus opresores en un descuido y corrió hacia mí. El mío simplemente me soltó. Nos abrazamos y caminamos (de espaldas) hacia el pequeño barranco.
–¿Qué os parece si nos divertimos un rato? –el de acento francés parecía pasárselo bien.
–Good… –respondió el anglosajón.
Javi me colocó detrás de él. Los dos tipos se acercaban a nosotros jocosamente. El francés simplemente permanecía quieto, contemplando el show.
–Si quieren robarnos, llévenselo todo, pero dejen a mi novia en paz… –dijo Javi arrojándoles un reloj de oro que guardaba en el bolsillo de su pantalón.
El que había permanecido en silencio todo el tiempo, cogió el reloj del suelo y lo partió ante nuestras narices con sus propias manos, dejándonos bien claro con su gesto que no pretendían saquearnos, sino hacernos algo mucho peor. Eso y que su fuerza era increíble.
–Mon Die… Las presas nunca se dan cuenta de su destino hasta que exhalan su último hálito de vida… C’est la vie, cherry –el francés, sin esperármelo, o verlo siquiera, se situó detrás de mí, agarrándome y separándome de mi novio bastantes metros.
Los otros se lo llevaron a él al lado contrario y empezaron a pegarle empujones. Supliqué que lo dejaran. Eran dos contra uno. Además, su fuerza parecía sobrehumana. Las sacudidas que arremetían en su contra lo lanzaban a bastante distancia.
–Ha llegado la hora de cobrármelo todo contigo, cherry… Te voy a vaciar por dentro mientras gozo de ti –dijo acercándose peligrosamente.
–¡Suéltala! –vociferó Javi.
–What?! How could he do it?? –exclamó el inglés.
Tanto el francés como yo giramos la cabeza lentamente para ver qué había ocurrido. No supe cómo, pero mi novio había logrado clavarle un cuchillo en el corazón al tipo moreno que no hablaba y ahora se encontraba amenazando al otro.
–¡Suelta a mi chica! –ordenó mirándonos, aterrado.
Así hizo y salí corriendo hacia él. Ambos nos acercamos más al barranco, apuntándoles con el cuchillito. Javi, por suerte, solamente tenía un poco de sangre en la boca y cojeaba ligeramente.
–¿Te has dejado? –se le acercó con tranquilidad el francés al herido, el cual, para estar en graves condiciones, permanecía de pie, como si nada.
–No es nada… No tenía el corazón ahí, así que ahora me recuperaré… –este al fin habló en un perfecto español.
Cuando nos miró, sus ojos eran completamente oscuros. Apreté el hombro de Javi, asustada. No eran humanos. De repente, vinieron a atacarnos los tres a la vez, pero una sombra negra los rodeó. Parecía aquel enjambre que previamente me había atacado a mí. Se hizo más grande y opaco. Tanto, que los cubrió por completo a todos. Una vez que esta intromisión desapareció, el rubio anglosajón ya no estaba entre los agresores. Se había esfumado con el humillo negro.
–¡Mierda, Antoine! ¡Él ya está aquí! –bramó el otro al francés.
–Acabemos con esto antes de que sea tarde –le ordenó.
Justo en ese instante, avanzaron hacia nosotros, decididos a matarnos. Javi, para salvarme, me tiró por el barranco a la vez que gritaba que huyera. Durante la caída, descifré que sus ojos se despedían de mí. Prácticamente susurraron: “adiós, Eri”. Rodé pendiente abajo, sin control alguno, hasta que, con un brazo, logré frenarme. Escuché a mi prometido gritar como si le arrancaran el alma o la piel. Quizás de aflicción, tal vez de miedo. No lo sabía. Agarrándome a un árbol derrumbado, me levanté. Pedí auxilio a la vez que, dolorida por los golpes en la cabeza y en el cuerpo, luchaba contra la pendiente. No pensaba irme y dejarlo solo.
Justo al subir, casi desfallecida contemplé al individuo de color encima de Javi. Desde mi posición, parecía estar en su rostro o cuello.
Para mi sorpresa, había otra persona más. Un hombre alto, de pelo largo y negro. Vestía demasiado elegante. Clásico, diría yo. Llevaba una gabardina oscura muy ceñida.
Le pedí ayuda. Tanto él, como los otros dos, pusieron sus ojos sobre mí. Aunque en principio creí que estábamos a salvo porque estaría con más personas que nos pudiesen ayudar, al cabo de unos segundos, deshice esa descabellada idea. Cuando los ojos del joven extraño se clavaron en los míos, algo me advirtió de que él también era como esos y el ausente rubio que no veía por ningún lado.
Mi sollozo hizo que el tipo de color se separase de Javi, dejándolo inerte, en el suelo. Me desgarré el alma gritando a la vez que se alejaba de mi prometido, sin camisa y sin herida en el pecho. No eran humanos. No podían serlo. Yo vi cómo le clavó el cuchillo en el corazón.

Por eso, escribo esto. Javi no murió. Lo asesinaron esos malditos seres de las tinieblas.

Después de eso, solamente recuerdo que las fuerzas me fallaron por completo. Caí al mundo del subconsciente sin poder remediarlo. En un momento de lucidez que recobré, abrí los ojos justo para ver cómo el último en llegar, el hombre de otra época, caminaba desde la posición de Javi hacia la mía. Me miraba con sus negros y vacíos ojos llenos de frialdad. Tuve miedo por mi novio. Tuve miedo por mi vida…

Tras ese calvario y muchas pesadillas, desperté en un hospital de Navarra. Sola, sin mi Javi, sin mi vida…

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

Demasiado ríos por cruzar, de Alfonso Cost.

Publicado en el viejo blog (22/10/2012)

Como dos gotas de agua surcando entre demasiados ríos, al son de los tangos, entre el frío, los sentimientos y varios poetas conquistadores, me he sumergido en un libro asombroso.

Alfonso CostLa maravilla de la que hablo pertenece a Alfonso Cost, un escritor graduado en Artes, nacido en Córdoba (1963). Poeta, cuentista y novelista. También pertenece a la Asociación Cultural de Mucho Cuento desde 2009. Es un apasionado de las letras y un genio de musicalidad y armonía literaria bajo mi punto de vista.

Su obra consta de once fabulosos cuentos. Entre los cuales, me han sabido conquistar: por su gracia (“Guerras médicas”), por sus tangos coloreados de amor y sangre (“El brillo de Margot”) y por sonsacarme una sonrisa inesperada en un final precioso y delicioso (“El secreto del agua”).

Sus letras están repletas de dulzura y movimiento rítmico (o así se me antoja expresarlo a mí). No te enganchas al libro, este te absorbe y engulle. Leerlo es como verlo, olerlo, escucharlo… Apasionante en cada relato y, aunque, como en todo buen libro de esta categoría, haya unos que te gusten y emocionen más que otros, aseguro que ninguno de DSC_3464ellos deja indiferente al lector. A parte de lo dicho, tiene sensualidad en unos, arrebatos pasionales en otros (“Como dos gotas de Rocío”), inocencia y sueños (“Centros comerciales”), batallas ancestrales (“Frío”), padres por encima de todo (“Onironautas”), rituales escabrosos con finales realistas (“Cecilias”) y estrellas (“Astroquímica”). Todo eso, unido a lo anterior, forma parte de la gran obra, fácil y divertida de leer, del escritor Alfonso Cost.

Y para que sepáis de lo que hablo cuando digo que en sus narraciones hay belleza, con permiso del autor, dejaré reflejadas unas líneas de su esplendor. Todo un ejemplo que a mí me ha conquistado por su magistral forma de decir que se ha mordido una copa de vino en un momento amargo de la vida:

[...Mordí, como antaño, una vez más, mi copa de dolor con toda la fuerza de la amargura, hasta que la sangre brotó en un fino hilo rojo al borde de mi herida boca; escupí el vidrio al suelo, sequé mi labio roto con el pañuelo que quizás me regaló alguna amante olvidada...]

Os recomiendo poseer en vuestra colección personal estos bellos relatos cargados de magia.

María del Pino.