Demasiado ríos por cruzar, de Alfonso Cost.

Publicado en el viejo blog (22/10/2012)

Como dos gotas de agua surcando entre demasiados ríos, al son de los tangos, entre el frío, los sentimientos y varios poetas conquistadores, me he sumergido en un libro asombroso.

Alfonso CostLa maravilla de la que hablo pertenece a Alfonso Cost, un escritor graduado en Artes, nacido en Córdoba (1963). Poeta, cuentista y novelista. También pertenece a la Asociación Cultural de Mucho Cuento desde 2009. Es un apasionado de las letras y un genio de musicalidad y armonía literaria bajo mi punto de vista.

Su obra consta de once fabulosos cuentos. Entre los cuales, me han sabido conquistar: por su gracia (“Guerras médicas”), por sus tangos coloreados de amor y sangre (“El brillo de Margot”) y por sonsacarme una sonrisa inesperada en un final precioso y delicioso (“El secreto del agua”).

Sus letras están repletas de dulzura y movimiento rítmico (o así se me antoja expresarlo a mí). No te enganchas al libro, este te absorbe y engulle. Leerlo es como verlo, olerlo, escucharlo… Apasionante en cada relato y, aunque, como en todo buen libro de esta categoría, haya unos que te gusten y emocionen más que otros, aseguro que ninguno de DSC_3464ellos deja indiferente al lector. A parte de lo dicho, tiene sensualidad en unos, arrebatos pasionales en otros (“Como dos gotas de Rocío”), inocencia y sueños (“Centros comerciales”), batallas ancestrales (“Frío”), padres por encima de todo (“Onironautas”), rituales escabrosos con finales realistas (“Cecilias”) y estrellas (“Astroquímica”). Todo eso, unido a lo anterior, forma parte de la gran obra, fácil y divertida de leer, del escritor Alfonso Cost.

Y para que sepáis de lo que hablo cuando digo que en sus narraciones hay belleza, con permiso del autor, dejaré reflejadas unas líneas de su esplendor. Todo un ejemplo que a mí me ha conquistado por su magistral forma de decir que se ha mordido una copa de vino en un momento amargo de la vida:

[...Mordí, como antaño, una vez más, mi copa de dolor con toda la fuerza de la amargura, hasta que la sangre brotó en un fino hilo rojo al borde de mi herida boca; escupí el vidrio al suelo, sequé mi labio roto con el pañuelo que quizás me regaló alguna amante olvidada...]

Os recomiendo poseer en vuestra colección personal estos bellos relatos cargados de magia.

María del Pino.

 

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Relato: Mi vestido de diamantes.

 

De diamantes me hice un vestido para brillar en la noche bajo la luna. De diamantes me lo hice para que todas las miradas se centraran en mí bajo el apuesto y elegante sol. Lo ceñí a mi cuerpo. Incluso me hice unos zapatos a juego. Me galardoné con las riquezas de mi nuevo vestido para así poder hacer amigos. Salí, dispuesta, a la calle para lucirlo con estilo.
Bajé las escaleras, contoneando mis bellos diamantes. Bajé zarandeando las manos, para que sonasen y como campanas repicasen. El sol rozó mi cuerpo y los destellos dieron en los ojos de las personas, las cuales, se cegaron al mirarme y prefirieron olvidarme.
Indignada, decidí que eran unos “sin gusto” y probé suerte con otros. Por desgracia, me pasó lo mismo. Ni tan siquiera me miraron. No obstante, de una limusina de piel de cocodrilo se bajó una mujer vestida de zafiros. Me miró y supe que comprendía el glamour. Enseguida me sonrió. En su acomodado vehículo me llevó a un bello lugar. Disfruté al ver que, allí, todos eran como yo. Joyas preciosas, brillantes, adinerados… En definitiva… gente con clase y estilo. De altas esferas.
Me codeé con ellos durante meses, dejando atrás la muchedumbre y lo mundano. No me importaba nada que no fuese mi vestido de diamantes y mis accesorios brillantes.
Un día, en plena noche, volvía a casa de la fiesta y me asaltaron unos muertos de hambre. Se hacían llamar los justicieros del pueblo. Me lo quitaron todo. Mis pulseras, mis tacones y mi vestido, dejándome desnuda y desvalida en mitad de la calle.
Asustada, no sabía adónde ir, ni a quién acudir. Por eso, caminé, ocultándome entre los cubos de basura. Todo a mi alrededor se encontraba sucio. Tanto, que mi piel diamantina pasó a tener por encima una negruzca capa de mugre. Al llegar a mi casa amiga, llamé a la puerta de la cancela. Tras mi insistencia, se aproximó ELLA.
-¡Largate, mugrienta! -exclamó con asco en el rostro al verme.
-Zafiro, soy yo, Diamantina… -logré musitar mientras la gente se agolpaba a su alrededor con cara de asco.
-¿Qué te ha pasado? -preguntó horrorizada tras reconocerme- ¡Rápido, llamad al mayordomo para que abra la puerta!
-La plebe me ha robado mi vestido de diamantes… -una lágrima saltó de mis ojos al mismo tiempo que el murmullo aumentó en críticas para los pobres.
-Bueno, eso tiene arreglo. No te preocupes, ahora pasarás aquí dentro, te quitarás esa porquería y mañana te harás otro nuevo y mejor… -dijo el señor corbata de oro.
-No… No tengo más diamantes… -confieso.
-¿Cómo? -la anfitriona detuvo al mayordomo.
-No tengo más diamantes -repetí.
-¿No? Pues lárgate de aquí, ¡que apestas a pobreza! -exclamó don corbata de oro.
De pronto, miles de burlas se dirigieron hacia mi humillada persona. Ya no era la hermosa y glamurosa “Diamantina”, sino “La pobretona”, “La miserable”… “La peste”.
Abatida y solitaria, caminé por las oscuras calles en mitad de la noche. Las lágrimas recorrían mis mejillas sin cesar mientras veía mi vida pasar. Sola. Siempre muy sola por no saber a nadie hablar. Añoré mi vestido de diamantes y maldije el no tenerlo. Lo maldije hasta caerme al suelo. Yo solamente buscaba amigos. Siempre había estado sola con mis diamantes. Y luego, sola sin ellos…
Caí al suelo y me afligí. Me retorcí ante el dolor de la desdicha hasta que unas manos sostuvieron mis hombros. Quise gritar. Pensé que me iban a matar después de hacerme cualquier mal. En cambio, las manos me ofrecieron una cálida manta de poliester y un abrazo consolador.
-No te preocupes, mujer. Yo te cuidaré… -la voz de un joven me sorprendió.
-No tengo nada con lo que pagar tu ayuda -me giré a mirarlo.
Aun sin el brillo del oro o de los diamantes en su rostro, la sonrisa del muchacho resplandecía con aquello que llaman alegría, regalándome así el calor del fuego y la ternura de lo verdadero.
-¿Pero qué me estás contando, mujer? La ayuda es gratuita, para eso estamos en la tierra, para ayudarnos entre todos… -su voz sonaba franca-. Además, ¿qué voy a querer yo de ti? -preguntó señalándome. No tengo nada. Ni siquiera ropa.
Me cuidó y alimentó en la llaneza, me devolvió la vida e incluso me ofreció a sus amigos. Al cabo de unos meses, donó a mi insípida alma un poco de su amor. Y después, con el paso del tiempo, engendramos juntos el fruto de nuestra pasión. Nunca más quise más riquezas que esas. Nunca esperé lujos, ni fiestas. Un piso humilde, un amor enorme y unos hijos maravillosos, era lo mejor que me pudo ocurrir.
Un día, paseando por la calle, encontré de casualidad mi vestido. Pese a la fama que supe que otra vez podría darme, pasé por su lado sin mirarlo y con una sonrisa entre los labios aún calientes por los besos de mi amor. Entonces, satisfecha pensé en mi interior: “¿Para qué quiero yo riquezas superficiales, teniendo los verdaderos tesoros que tengo?”. Y seguí caminando, dichosa y feliz, sin nunca jamás volver a mirar atrás.

 

***
El verdadero tesoro lo hacemos
con las personas que nos miran
por dentro, no con las personas
que solamente ven lo superficial.

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María del Pino.

 

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Relato: El parque del viejo Olmo.

Publicado en el viejo blog (13/12/2012)

A todas y cada una de las áreas verdes de
la ciudad.Hay cosas simples que no deberían
cambiar nunca.

Lloran las hojas del suelo por su partida, tristes y deprimidas. Solloza la brisa en el vacío que sin querer nos ha dejado. Hoy he venido y él, sin avisar, se ha ido. Se ha marchado. O, más bien, se lo han llevado. No está donde debía, causando así mi melancolía. Siempre camino por el parque, alegre al verlo aun en la distancia. Empero, ahora ya no. En su lugar no hay nada. Solo unas hojas caducas que enfatizan sus añoranzas, mostrándolas con desengaño, crujiendo esparcidas sin su amo. Ya no se encuentra ahí el árbol que me escuchaba en los días amargos, o en los soleados. Y, al ver la cavidad que nos ha dejado, comprendo que no volverá. ¡Lo han talado sin avisar! Y rompiendo su alma, destruyeron gran parte de la mía, dejando a su paso por el parque centenares de añicos formando cristales, pues desde pequeña vengo a corretear y, en sus raíces, mi cuerpo recostar.
Hoy (repito) lo han talado y de mi vida lo han arrancado. Toco las betas de sus años viejos, ajados. Recorro su tronco mal cortado. Paso mi mano por su áspera corteza mientras las hojas siguen su rumbo, movidas por el viento que ahora el centenario ya no frena. Se alejan despacio, farfullando a los crueles hombres que pensaron que ahí, un árbol tan grande no armonizaba con la estética de la ciudad. Ciudad sumergida en el mundo del bullicio y descontrol, del tiempo de las prisas…
Nos han despojado de la esencia del parque del viejo Olmo, pues, sin este anfitrión, ya no es nada más que una simple réplica de parque que aguarda a la nada con un puñado de bancos, cuatro arboluchos maltrechos y un montón de personas que ahora buscan y extrañan su cobijo.
Lloro porque se lo han llevado. Lloro porque su historia nos han quitado…

María del Pino.

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*Tuve una visión, un sueño. En este, caminaba por un parque sin árboles que cubriesen parte del cielo con sus sombras acogedoras. Lo único que veía, era pura edificación, un parque de asfalto, ventanas, bancos y piedras con cuatro palos maltrechos. Nos quitaban parte de su existencia y de ahí, escribí estas palabras que ahora muestro. Esto no es otra cosa que una pequeña dedicatoria a las zonas verdes de nuestras ciudades. Algo que jamás debería ser mancillado y manchado por la urbanización y su contaminación.

 

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El ladrón de Almas. VENGANZA (segundo capítulo).

Capítulo II

2-Septiembre-2012

Me llamo Érica Pulido y soy guía turística. Vivo en Córdoba y aquí voy a escribir aquí, con mi puño y letra, lo que me ha ocurrido en estos últimos días. Me lo quieren borrar a toda costa, cambiármelo por otra versión. Pero no. Se equivocan. No dejaré que manchen el recuerdo de la verdad sobre Javier Vargas de la Rosa, mi novio. (Ay… qué mal me encuentro, sino llega a ser por este incidente, seríamos ahora algo más que eso. Me lo han quitado…).

Todo comenzó cuando Javi me propuso ir a Navarra para pasar unos días, de senderismo, por la que fue tierra de su difunto padre. Él me quería llevar a celebrar mi veinticuatro cumpleaños por adelantado. Sin embargo, yo sabía que tras estos cinco años largos de noviazgo, me iba a pedir matrimonio. Lo tenía claro porque una amiga mía lo pilló con las manos en la masa (comprándome el anillo) y pasaba mucho más tiempo junto a mí con cara de bobo enamorado. Pese a que él le rogó a Lucía que se callase, ella (la delatadora), no lo hizo. Vamos, tardó diez minutos en llamarme al móvil para contarme la noticia. Así pues, cuando él me propuso irnos de senderismo unos días con la excusa de que ese era mi regalo, acepté muy ilusionada.
Preparando las cosas del viaje, enseguida me di cuenta de que algo escondía entre sus cosas. Usualmente, yo le ayudo ayudaba siempre con la maleta (o la mochila en este caso). La hacía en mi casa. Era como la suya. Llevaba viviendo conmigo este último medio año.
Fuimos de mochileros en el AVE hasta Navarra. Una vez allí, nos embarcamos a la aventura. Un autocar, una larga caminata y al final del día llegamos a la ruta. Hicimos hasta un poco de alpinismo. Si yo, años atrás, fui deportista, él era un crack en la materia. Un hombre fuerte y robusto.
Sin darnos cuenta, cayó la noche y sacamos la tienda. Mientras comíamos, lo notaba meloso. Deduje que sacaría pronto el anillo, pero me equivoqué. Simple y llanamente quería juerga nocturna. A la mañana siguiente desperté hecha un desastre. Salí de la tienda y lo vi a él justo enfrente, radiante y feliz. Lo adoraba. Me ofreció un café y, gustosa, bebí. Si pudiera, beberíay comería de sus manos. Vivía por él. Y él se desvivía por mí… Sobre todo este último medio año. El cambio había sido brutal.
Seguimos con nuestro caminar. Un poco más avanzada la media tarde, llegamos a un arroyo y… desde ahí, comenzaré a redactar, palabra por palabra, todo lo que recuerdo. Porque hay cosas y momentos que jamás podrán ser olvidados…
–¿Para qué quieres que baje al riachuelo otra vez? –pregunté. Acabábamos de pasarlo.
–No te quejes, tú simplemente ve mientras monto nuestro nidito de amor para cuando vuelvas, cari… –sonrió con picardía mientras sacaba de su enorme mochila una bolsa extraña y la tienda.
–De acuerdo, pero si me raptan… ¿qué harás sin mí? –lo señalé con el dedo.
–Tú llámame y estaré ahí. Además, no se encuentra tan lejos…
–Lo que tú digas, mi sargento… –cogí un pequeño cubo y caminé cuesta abajo.
Fui con mucho cuidado bordeando el pequeño barranco y la gran pendiente. Eso sí, a pesar de ello, no logré evitar una o dos estúpidas caídas. Incluso me arañé un brazo. Con precaución, me puse un pañuelo y continué andando. Al llegar al riachuelo, me quité las zapatillas de deporte y los calcetines. No iba a irme del lugar sin antes haber metido los pies en esa deliciosa agüita.
Acomodándome en una piedra, con los pies dentro, comencé a llenar el cubo. Estaba tranquila, a gusto. La musiquilla natural de mi entorno me relajaba y transportaba a un mundo de paz maravilloso. Ahí no había contaminación. Nos encontrábamos fuera de toda la polución de la urbe. Mis sentidos permanecían en armonía con la naturaleza hasta que escuché una pisada detrás de mí. Me giré sobresaltada. No vi nada. Supuse que debió de ser un animal a lo lejos, así que continué con lo mío.
El agua era transparente como el cristal. Increíble. Mientras la contemplaba ensimismada me pareció ver un reflejo en ella. ¡Detrás había un hombre! Me volteé, poniéndome de pie, lo más rápido que pude, pero… una vez más… solo estaba la nada. Ni un mínimo indicio de vida a mi alrededor.
Suspiré mirando el cubo, desconcertada ante mis alucinaciones. Lo volqué sin querer. Me senté de nuevo. Creyéndome deshidratada, bebí un poco. Cerré los ojos e intenté concentrarme. Mi abuelo, cuando yo era una niña, me enseñó a defenderme. Decía que su nieta tenía que estar preparada para cualquier tipo de percance. La vida (solía decir siempre) es dura. Tuvo tanta insistencia, que me apuntó a kárate, a judo, a boxeo, a full contact… A pesar de mi estatura (1.65) y de mi actual delgadez (casi extrema, he de admitirlo), siempre había estado en buenas condiciones físicas hasta hace cinco años. Casi los mismos que llevo ejerciendo de guía turística y saliendo con Javi.
Permanecía concentrada cuando presentí nuevamente a alguien en mi espalda. Abrí un poco los ojos y observé de nuevo su reflejo en el agua. Exacto, había un hombre detrás de mí. No estaba soñando.
Tarareé una cancioncilla para despistarlo, para que viese que no notaba su presencia. Incluso me moví hacia los lados con leves balanceos al son de lo que quiera que cantase. Recé para que la llave de kárate que se me ocurrió hacerle me saliese bien. Aunque dudaba si tendría éxito, no lo pensé más y, girando mis manos, lo agarré. Lo coloqué sobre mi espalda para propulsarlo sobre mí y tirarlo al agua. Para mi asombro, conforme iba rodando, su peso se fue esfumando hasta que dejé de tenerlo entre mis manos. Fue como tocar a un fantasma. A mi alrededor solamente quedaba una especie de humillo negro, granulado. Este se disipaba e iba con el viento. Volaba bien lejos.
Lo prometo. Me espanté. No supe explicar lo que acababa de ocurrir. Lo único claro es que no había nadie. Ni un alma a mi alrededor. Creí estar loca, pero en mi mano había sostenido algo y en mi espalda apoyé a un hombre muy alto. Estaba completamente segura de ello.
Agarré el cubo una vez más y lo llené, pero en esta ocasión sí miraba por doquier, en todas direcciones. Ya creía ver fantasmas. Tenía miedo.
Caminando hacia mis zapatillas, escuché el crujir de unos pasos. Me las puse lo más rápido que pude y saqué un tirachinas de mi bolsillo trasero. Apunté hacia los matojos de los que provenía el ruido y hablé en voz alta.
–¿Quién anda ahí? –me hice la valiente.
Como no obtuve respuesta, fijé con la piedra el destino en el que acabaría. Justo donde deduje que estarían las piernas, la lancé.
–¡Ah! –se quejó una voz. La reconocí.
–¿Qué diantres te crees que estás haciendo, Javi? –me enfadé mucho.
–Bajaba preocupado por tu tardanza y, al verte sola… pensé en gastarte una bromita. ¡Vaya, hija! ¡Qué mal las tomas! –me recriminó caminando ya visible hacia mí. Se rascaba la pierna.
–Perdona, pero es que vi un tío antes y me asustó –confesé.
–Cari, no debes tener miedo. Yo te protejo –me abrazó–. Y si no puedo, veo que siempre te quedará el tirachinas… ¡Desconocía tu puntería, amor! –se reía mostrándome su muslo–. Además, hay guardas forestales y campistas, no hay peligro.
Al llevar pantalón corto, aprecié que le di de lleno. Eso tuvo que dolerle bastante. Pronto le saldría un buen moretón. Me acerqué para pedirle perdón un poco arrepentida. Él enseguida expuso que se lo cobraría por la noche. Cuando subimos, me sorprendí. La tienda estaba montaba. Un poco frangollera (por no decir mucho), pero lo estaba. Me asombraba el entorno. Anochecía gradualmente, así que todavía podía distinguir que había esparcido flores y pétalos de rosa por toda la zona, al igual que también tenía colocadas varias sábanas blancas y dos o tres cojines pequeños en una especie de mini-paraíso romántico con velas y más pétalos. Parecía una especie de tienda de velos y telas con un frontal abierto. La verdad es que se lo había currado.
–Todavía se ve, pero dentro de media hora, las velas y la fogata serán lo único que nos alumbre la velada, Eri. ¿Estás dispuesta a pasar la noche de tu vida? –besó mi hombro.
–¿Y qué hacemos en esta media hora que nos queda? –hablé embobada, olvidándome de todo lo anterior. Estaba enamorada. Sigo enamorada…
–Comernos rápido esto y hacer el fuego –me mostró dos trozos de pan y un poco de embutido.
–¿Para?
–Para luego comerte a ti –me quitó el cubo de las manos y lo tiró al suelo, derramando así todo su contenido.
Ahí comprendí que lo de hacerme bajar al arroyo fue una excusa barata para quedarse solo y sorprenderme con esto. Tenía claro que se aproximaba la hora de la pedida.
Después de cinco años y pico juntos, después de tantas noches compartidas, me encontraba nerviosa como cuando empezamos a salir, como la primera vez que nos besamos o lo hicimos en el camastro de un viejo hotel gaditano. El corazón se me encogía y en el estómago solo me revoloteaban centenares de mariposas juguetonas. No tenía ni hambre. Comí lo justo. Un poco de salchichón y algo de queso. Él, en cambio, se lo devoró todo y más. Se le veía alegre, feliz… Javi era un chico de estatura normal, de ojos color azul-verdoso y de cabello dorado como el oro. Lo llevaba muy corto por los laterales y revuelto por arriba. Me encantaba mirar su pícara sonrisa y escucharlo decir mil tonterías. Javi es… Digo… Era… mi día. El sol que me iluminaba.
–Bueno, Eri… –captó mi atención–. ¿Sabes? Te he escrito una cosa.
–¿Sí? –intenté parecer inocente.
–Toma, léela –me extendió una carta muy arrugada.
–¿Perdona? Me la lees tú, guapo.
–No me hagas avergonzarme, cari…
–Léemela –sonreí.
Afirmó y suspiró.
–Pues bien. Escucha claro y destapónate los oídos porque no lo volveré a repetir –se puso de rodillas frente a mí, que estaba sentada.
Como no veía bien, acercó una linterna y la colocó en el suelo. Acto seguido, sacó un pañuelo anudado y comenzó a leer:

Mil montañas me atreví a cruzar,
y, entre ventiscas, en un velero me eché a la mar.
Los límites de todos los océanos osé cruzar,
para en tu dulce orilla poder anclar
y pedirte que si conmigo te quieres casar.

Justo antes de terminar, dejó de leer y comenzó a recitar de memoria al mismo tiempo que desenvolvía el anillo. Me emocioné. Mi respuesta, más que una respuesta verbal, fue corporal. Me lancé a sus labios como una gata. O, quizás, como una loba. Nos quitamos la ropa con cierto salvajismo entre el nórdico y los velos que me dio tiempo a juntar.
Cuando acordé, me fui a levantar para coger un preservativo. Sin embargo, tiró de mi brazo hacia él y susurró algo enternecedor. Tal vez, lo más tierno que jamás me había dicho. Recuerdo cómo silabeaba cada palabra, cómo cada vocal y cada consonante salían perfectamente de sus labios para adentrarse en mis oídos. Sus palabras fueron: “hagamos esta noche a nuestro primer hijo”…

 

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“Pepe en los patios de Córdoba”, de José Manuel Ballesteros.

José Manuel Ballesteros Las aventuras de Pepe en los Patios de CórdobaJosé Manuel Ballesteros es un reconocido autor egabrense que no sólo se centra el la Literatura Infantil, sino que ha ganado el premio “Leonor de Córdoba” (1997), con su novela “Paisajes en otoño” (Editorial El Páramo), y ha publicado poesía en Ediciones Depapel. No obstante, de lo que hoy hablaré en mi blog es de: “Las aventuras de Pepe”. Por lo hablado con el autor (una persona con encanto y paz espiritual) y por lo visto en las redes, Pepe consta ya de nueve títulos en el mercado. El noveno (“Pepe en los Patios de Córdoba”) es del que hoy voy a dar mi breve opinión.

La Literatura infantil, desde mi punto de vista, es complicada. El escritor, por norma general, es adulto. Con eso quiero decir que nuestras mentes ya dejaron de ser tan inocentes y, a veces, nos cuesta recordar lo que se sentía por aquel entonces. Por suerte, al leer la obra de José Manuel, he vuelto a mi infancia, a mis recuerdos colegiales, a las emociones típicas de una clase interesante y a los miedos que se escondían en mi interior. No he podido evitar sonreír con la descripción de los personajes. Ha clavado a la perfección lo que uno se podía encontrar en una clase cualquiera: el chico que pasa desapercibido y era un poco raro para algunos por su exceso de imaginación (Pepe), el niño chulillo que se cree el amo de los demás y el mejor (Roque), la chica nueva y que, a su vez, no se parece a las demás (Clara), los recreos (¡MÍTICOS RECREOS DE CHICOS CONTRA CHICAS!), el pudor ante lo viejo (el coche de la tía Lorenza) y la envidia por la moda (la moto de la hermana de Roque y el casco).

Pese a la realidad de la que he hablado y a que muchos niños(y adultos) se sientan identificados, o identifiquen las escenas con algún pasaje de sus vidas, luego todo se mezcla con la fantasía. Y se mezcla de una manera lógica, infantil y atractiva. Estupenda en general. Para mi opinión, bastante acertada.

Creo que lo más importante de este libro es que los niños van a enriquecerse intelectualmente y a aprender cosas muy interesantes mientras leen las aventuras de Pepe y disfrutan con él. José Manuel cuenta cosas curiosas de cultura general que, por desgracia, no todos saben, y menos, los niños. Cosas como: el verdadero nombre de “La chiquita Piconera”, cuándo se celebró el primer concurso de Patios, por qué se han perdido muchos de ellos, etcétera.

En conclusión, “Las aventuras de Pepe en los Patios de Córdoba” es un libro idóneo para que los niños disfruten y aprendan más sobre la ciudad cordobesa. Todo, de la mano de Pepe, Racla, Bot-rót y la adorable bisabuelita.

Enhorabuena, José Manuel.
Un paso que das tú con tus escritos significa un avance para los niños y para Córdoba el día de mañana.

Por María del Pino.

Relato: El vestido del diablo.

Publicado en el viejo blog (14/04/2014)

A Xavier Cruzado, director
de cine, 
guionista y escritor.

En una cafetería de Londres –de la zona de Victoria Embankmet, frente al famoso y prestigioso Big Ben–, se encontraba sentado el señor Parker esperando a su esposa mientras se tomaba un café. Había quedado con ella en el puente Westminster Bridge a las doce y todavía le quedaba media hora.

Él era un reputado doctor del St. Thoma’s Hospital y su señora –con quien llevaba once años casado– veterinaria. Aguardaba tranquilamente a que ella saliese del trabajo para ir juntos a comprar unos billetes de viaje a New York. Su mujer se empeñaba en ver Wall Street y la estatua de la libertad.

Cuando más relajado se encontraba, desde el cristal, vio fuera de la cafetería a una rubia despampanante. Alta, delgada, de generoso pecho y curvas. Sus ojos se centraron en ella sin poder remediarlo. La gente se transformó en un bucle giratorio que dejó de existir. Simplemente se dedicó a contemplar a esa dama, a su rojo vestido –ajustado y con mucho escote– y a sus labios de color carmín. Una vez cerca de la cafetería, lo miró deslizando sus gafas seductoramente. Sus azules ojos le arrebataron la cordura e incitaron al pecado. Únicamente lo miraba a él.

Su mente comenzó a desvariar y a imaginar escenas indebidas con esa mujer de voluminosa delantera y de caderas abismales. Su cintura de avispa lo comenzó a excitar. La joven –ya que Parker le debía sacar unos diez años– se pegó al cristal y le sacó la lengua de manera provocativa.

Olvidó a su esposa. Todo se centró en torno a la mujer fatal que tenía delante.

el vestido del diablo, de María del PinoLas imágenes que recreó en su cerebro, ya que ella no dejaba de incitarlo con ciertos gestos un tanto obscenos, eran pura pasión desenfrenada. Lujuria. Sexo. Alcohol… Una playa paradisíaca con ellos dos a solas. Una cama, una ducha o un armario. Daba igual. Lo que fuese. Un baño, la vía pública en la noche, un parque a oscuras o con luz… Esos espejismos recorrieron su cabeza con más ímpetu. Incluso empezó a divagar y a centrarse en una orgía. Poco a poco, su imaginación había avanzado demasiado. Alcanzó fronteras inmensurables que jamás creyó que osaría propasar.

Metido en un trance, misterioso y envolvente, se distrajo observando lo que su subconsciente le mostraba. Cuando quiso acordar, la rubia estaba dentro de la cafetería, frente a él. Lo tenía obnubilado, encendido…

–¿Me acompañas al baño? –susurró la atrayente joven.

En ese momento, el señor Parker deseó ir tras ella y desnudarla. Se imaginó mordiéndole los pechos, palmeándole el trasero… Sin embargo, la figura de su señora se le cruzó momentáneamente por la cabeza. Gracias a ello, reaccionó y volvió en sí.

–Disculpe, señorita. Siento si me ha malentendido, pero estoy felizmente casado –tras decirlo, comenzó a ignorarla y a pensar en la mujer que debe y ama.

Como si todo hubiese sido causado por el arte de un embrujo transitorio, pasó de ella. Incluso las imágenes se le esfumaron de la cabeza. Dio un sorbo a su café mientras la joven abandonaba el bar. Pasados un par de minutos, siguió esperando a que llegase la hora.

Se detuvo a pensar en cómo fue capaz de fantasear tantísima aberración. ¡Por Dios! Si no llega a ser por su buen juicio en el último momento, se habría ido con esa chica y habría destrozado su matrimonio. No comprendía cómo había llegado a todo eso, pero se sentía culpable. Estuvo martirizándose hasta ver que quedaban diez minutos. Salió y comenzó a andar.

Una vez fuera, pensó que posiblemente el diablo le hubiese puesto a prueba. Satisfecho de haberla ganado, avanzó por la calle.

Mientras caminaba ensimismado, un coche colisionó con otro en el puente e inició un accidente en cadena que generó gritos y angustia por parte de los viandantes. Muchos de ellos pedían auxilio y a un médico.

Él, de forma servicial, llegó raudo al coche de la colisión. Allí, un hombre herido, el causante de la catástrofe, alegaba haber visto a una rubia con un vestido rojo. Se repetía a sí mismo que lo hechizó con su mirada.

–Una señora –susurró el conductor– ¡Quería que atropellara a una señora! –exclamó alarmado.

Tanto el señor Parker como otro joven, fueron a ver si lo que decía era verdad. Se sorprendieron. Debajo del alto todoterreno, divisaron los pies de una mujer. Con cuidado, la sacaron para comprobar su estado. Se trataba de la esposa del señor Parker. Él intentó reanimarla mientras llegaban las ambulancias. Enloquecía al ver que no conseguía salvarla. La gente se agolpaba a su alrededor muy conmovidos por la escena.

Llorando, con las manos llenas de sangre, alzo su vista al frente. Allí, apoyada en el puente, la mujer fatal observaba la situación con una sonrisa pícara en los labios mientras cruzaba sus piernas.

–¡Tú! –se tiró hacia ella.

La agarró y forcejearon ante la vista del enorme público. Los policías que llegaban junto a los servicios médicos, intentaron separarlos. No obstante, el señor Parker logró zafarse de todos. Pensaba que esa mujer era perjudicial para la salud pública, un demonio, una bruja… El ángel de las tinieblas. Con eso en su mente, se tiró puente abajo con ella entre los brazos. Su única idea era la de matar al diablo disfrazado que había causado todo este mal.

Al día siguiente, en los titulares del periódico, y en la televisión, apareció la noticia que impactó a medio Londres. Los testigos y el causante del accidente contaron que una joven rubia lo distrajo, provocando así la colisión múltiple que acabó con bastantes heridos y una víctima mortal. Kristen Parker, la mujer del reputado y querido médico Jhon Parker, perdió la vida en el impacto. Su esposo trató de atenderla en vano. Cuando llegó, desgraciadamente ya había fallecido. Acto seguido, explicaron que se volvió loco y solo señalaba a una jovencita muy exuberante. Exponen que, trastornado, se suicidó arrastrando a esta con él. Según los testimonios, el doctor la creyó culpable debido a las palabras que le dijo el autor de la catástrofe.

A las pocas horas, la policía encontró su cadáver cerca de la zona. Sin embargo, la mujer había desaparecido. No se halló rastro de su existencia, ni se supo nunca quién fue. Simplemente la vieron caer con el señor Parker mientras bramaba enloquecido que era el vestido del diablo.

María del Pino.

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Libro: Relatos Profanos
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El vampiro de Cartagena, de Fernándo Gómez.

Publicación del viejo blog (01/11/2015)

El día propicio, a la hora propicia y en un ambiente propicio he engullido una historia interesante que para nada deja indiferente. En mi último viaje, rodeada de momias, brujas, hombres lobo y vampiros, he bebido y absorbido la novela de mi compañero Fernando Gómez, El vampiro de Cartagena.

el vampiro de cartagenaDesde que conocí al autor en mi Córdoba natal he permanecido con el alma intrigada hasta que en esta fecha donde los mortales nos disfrazamos y/o rezamos a nuestros seres queridos, he podido abrir este curioso libro cuyo título resulta bastante atractivo. Para que no haya malas interpretaciones, advierto que lo he leído en estos días por falta de tiempo anterior, NO PORQUE DÉ MIEDO y sea HALLOWEEN. No os asustéis.
Admito que he recorrido de su mano algunas calles de Cartagena como si estuviese allí gracias a las dos o tres pinceladas que nos da Fernando.
La narración me ha sorprendido gratamente por diversos factores. Entre ellos, Fernando usa un vocablo culto y literato muy sabia y acertadamente mezclado con el vocabulario más campechano de la calle (incluso con expresiones de la zona) sin ser para nada vulgar, impertinente o molesto a los ojos más sensibles (como por ejemplo los míos. No tengo ningún problema en admitir que no me gustan las groserías sin venir a cuento). Además, adorna el contenido de la obra con expresiones añejas de nuestros abuelos o padres (en mi caso) cargadas de olor al pasado que nos acerca a la época en la que transcurren los hechos.
el vampiro de cartagena2Conforme vas leyendo y adentrándote en la historia, te muestra unos personajes curiosos y cercanos que tienen nuestras virtudes y defectos: curiosidad, recelo, ganas de criticar, partidarios de un bando u otro, guerras que nos dividen, discriminaciones, obsesiones…
Me ha sorprendido más de lo que esperaba en un principio por la tensión que ha provocado con el “maldito” ataúd a pesar de que se destripó en la presentación a la que tuve el honor de asistir una parte, para mí, fundamental que, si no se hubiera desvelado, me hubiese tenido más en vilo (yo seré buena y no lo diré). Cuando uno empieza a leerla no espera que la historia se desarrolle de ese modo. Al menos, Fernando siempre mantiene la tensión: ¿se abrirá? ¿No? ¿Dónde está el vampiro? Mmm… ; y lleva el argumento in crecendo.
El libro cuenta la vida de un aduanero que se encuentra de pronto con un problema: ha llegado a sus dependencias un ataúd cuyo remitente no entiende. Pasan los días y nadie lo reclama hasta que al cabo del tiempo ¡al fin! lo solicitan de otro punto de España. Es ahí donde aparece un cura aparentemente desquiciado y chiflado que cuenta parte de su historia y comienza a crear la tensión. “¿Qué pasará con el ataúd y el vampiro que en él dormita? ¿De verdad hay un “cadáver” o estará vacío? ¿De dónde viene y adónde va?”: estas son varias de las preguntas que te haces cuando sueltas el libro para atender tus cosas.
¡Qué listo ha sido el autor! Ha sabido mantener la cabeza del lector puesta sobre el ataúd a pesar de todo lo posible e imposible. Así pues, os invito a descubrir las respuestas que afortunadamente ya sé.

Es de fácil lectura y comprensión.

Enhorabuena, Fernando. Tenías razón. Se visualiza muy bien y se podría adaptar a un buen cortometraje.

Por María del Pino.

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