Feria del Libro de Montilla 2017.

El pasado 19 de marzo, a las 12h, me invitaron a presentar mi décimo libro publicado “ENTRE LA BÁSCULA Y LA PARED” en la II Edición de la Feria del Libro de Montilla.

Como valor positivo, destacar que tuve un gran recibimiento por parte de las librerías que se encontraban llenando de luz la PLAZA DE LA ROSA y por parte del chico que se encargaba del audio. En especial, destacar a la Librería Nobel y a la Librería Pedro Ximénez.

Aunque no fue una presentación con “destacado número de personas” y de que por la situación del lugar del evento creo que resultó un poco “violento” para una presentación, ya que no hubo mucha gente “sentada” en las sillas que el Ayuntamiento dispuso bajo una pequeña sombrilla, tengo que dar las gracias a los lectores y oyentes que se pararon y dedicaron parte de su tiempo a escucharme hablar sobre mi novela y leer lo poquito que leí.

Volver a ver que la gente crea empatía con los sentimientos de mis personajes al leer, e incluso que se les escapa una lágrima furtiva, me llena de satisfacción y hace que no me importe si hablo bajo el sol,equilibrándome para recibir sombra, o para 15 o 20 personas que están dispersas. No importa aunque al principio hasta uno mismo crea que sí porque mientras se pueda tocar uno o dos corazones, el esfuerzo, los kilómetros o los sentimientos confusos habrán merecido la pena.

Gracias también a esas personas que os habéis acercado a verme o a llevarse mi libro. Ojalá os guste y llegue al corazón. Como allí dije “una persona no debería plantearse si debe perder peso, o no, solo por mera estética. Una persona debe llevar la talla que le dé salud física y mental. Pues más vale ser feliz y tener salud, que estar sin salud por sobrepeso o no tenerla por poseer un cuerpo escultural y una mente enferma y triste”.

Hoy, como punto negativo o, más bien, petición a mejorar para el Ayuntamiento de Montilla, es sugerirles dar un poco de publicidad a los autores que cogen carretera, tren, autobús o su propio calzado para desplazarse e ir a compartirse ellos mismos y su literatura con todos (un “todos” que desconoce si viene alguien o quién viene). Hubiese estado genial ese detalle al igual que un poco de sombra (fue un día de calor). Por fortuna, yo tuve una sombrilla durante la primera media hora, pero mi compañero no y… eso, acusa a la salud. A pesar de estas “dos cosillas” (publicidad y un poco de sombra), daros mi más sincera enhorabuena por la iniciativa y deseando ser invitada a una III Feria del Libro de Montilla, que de seguro será mucho mejor.

Felicidades. Un Ayuntamiento que facilita a sus habitantes el acercarse a la literatura, es un Ayuntamiento implicado con el bien común.

Ver aquí el vídeo resumen.

 

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Publicado por María del Pino.

 

 

Invitación: Presentación y firma de Libros en la Feria del Libro de Montilla 2017.

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DOMINGO 19

A LAS 12H.

EN LA FERIA DEL LIBRO DE MONTILLA

SE PRESENTA Y FIRMA: ENTRE LA BÁSCULA Y LA PARED

LIBROS EN: LIBRERÍA NOBEL.

Vídeo-invitación aquí.

¿Leer, o no leer…? Mejor, pon el Sálvame.

¿Leer, o no leer…? Mejor, pon el Sálvame.

Antes de empezar, quiero dejar claro que aunque sea algo que no me guste, no quiero ofender ni al programa que puse como ejemplo, ya que podría haber dicho otros como GH, etc, ni a aquellos que los vean porque para gustos, los colores. No obstante, aquí dejo mi opinión personal sobre lo que vivo, sin ánimo, repito, de ofender a nadie.

Quizás, no sea buena idea publicar este artículo sobre la literatura y el bien común que esta hace, ya que es la pasión que me mueve el corazón. Sin embargo, debo hacer esta “llamada de auxilio”. No como escritora o ilustradora. Debo hacerla como ciudadana del hoy y del mañana ya que últimamente veo muchos memes tipo “Una cabeza vacía hace más ruido que una llena”, etc, etc, etc… En mi corta experiencia literaria (seis años hará en tres días de la publicación mi primera novela) he paseado y pasado por muchos centros de secundaria y primaria gracias a mis cuentos para niños o mis libros. Así pues, expongo la situación y lanzo mi pregunta.

Imaginad que entráis a un aula de un colegio cualquiera (me ha pasado en varias clases de distintos centros) y que lo primero que nos encontramos es la falta de atención. Eso, como algunos creemos, no es culpa de los profesores, sino de la educación de nuestros hijos (también hay excepciones para todo, ojo). Lo segundo que ocurre en esta situación que planteo es que a los cinco minutos de llegar, mientras el profesor intenta que guarden silencio, empecemos a escuchar los cotilleos de “la” Belén Esteban, el Fulanito de Copas o el Menganito de Asaber. Eso, amigos, es lo que ven los niños de hoy en día. Tal es la curiosidad de si hablan de lo que escuchan de sus mayores o saber si se trata de sus propias conclusiones al verlo (hablo de niños de nueve-diez años), que nos acercamos y preguntamos. ¡Ouch!, la curiosidad mató al gato. Y es un dicho que a veces, duele. Os garantizo que la sorpresa es, cuanto menos, grande ante las respuestas que me he llegado a encontrar. Son del calibre “¿Para qué voy a leer un libro, con lo aburrido que eso es, si el programa es más divertido y no tengo que hacer el esfuerzo (se sobreentiende que de concentrarse)?”. No me digáis que, si fueseis en ese momento el escritor, no os preguntaríais llegados a ese punto “¿Y qué hago, pues, aquí?”.

En vez de enseñarles a dar la vuelta al mundo, bajar al centro de la tierra, las clásicas historietas de las aventuras del pirata Garrapara, o a desarrollar su imaginación y creatividad… En vez de alentarlos y animarlos a hacer aquello que ellos quieran a la vez que preocuparnos por su educación y estudio, por sus horas de risas y juegos en familia que dejen de lado la individualidad de la “maquinita” o el móvil… los estamos enseñando desde temprana edad a ser adultos que solo se preocupan por ver con quién se ha acostado aquel famoso o aquella presentadora de programas del corazón.

No sé qué sentiréis al leer estas líneas (y si sois profesores habréis experimentado algo similar), pero, realmente, he pasado por clases en las que la educación es “una cosa” que NO EXISTE (hablo de niñas montadas en la mesa haciendo el gorila mientras berrean como demonios y niños que abren la puerta y “se piran de clase” a “pasear por ahí” porque, como dicen “se aburren un huevo”). Y, no sé si tendrá que ver o no, pero en esas clases… solo leían los dos o tres niños que sí sentían algo de respeto hacia ese profesor o profesora y hacia esa persona invitada que está perdiendo parte de su tiempo en ir a hablarles de algo tan maravilloso como lo que es el mundo de los cuentos y relatos: la literatura.

A veces, he tenido mucha dificultad para captar la atención y “ser escuchada”, que no me refiero a compartida. De hecho, les he tenido que explicar que a todos nos gusta leer y escribir con un truco muy sencillo y actual que sí hace que deseen saber qué es lo que les tienes que decir: los whatsapp. Ahí, el mundo literario vive y se muestra latente. A ellos, a vosotros, a mí… A todos nos gusta recibir mensajes o escribirlos, nos gusta enviarlos así como mandábamos los antiguos papelitos que nos pasábamos en clase. Ahí es cuando los pillas con la guardia baja y puedes aprovechar para hablar sobre la importancia de la ortografía ya que, en el mundo de las redes sociales y nuevas tecnologías, las confusiones están a la orden del día al ser provocadas por falta de colocar correctamente una coma o por no entender “al que lo ha escrito”. La literatura vive presente entre nosotros porque hasta en los programas de televisión que tanto ven sus padres, tíos o abuelos, hay un guión incluso cuando la gente piensa que no lo hay. Este se escribe, corrige, rectifica y amplía o recorta cada día a gusto del consumidor. De ahí, una pequeña observación y mi pregunta en dos partes…

Está claro que no está bien obligar a nadie a leer, ni a nada que uno no quiera. No es bueno forzar a otro ser (ya sea humano o animal), pero… ¿y si compartimos esa lectura en vez de compartir esa mirada a una “caja tonta” que nos muestra solo un programa donde se paga por insultar y malmeter? ¿Qué tal si, al menos, lo intentamos un poquito?

Me gustaría también arrojar una lanza a favor de aquellos profesores y padres que muestran el camino de la literatura de una forma tan mágica, que los propios niños son los que van contando los libros que leen durante el curso escolar simple y llanamente porque les parece algo emocionante. Cuando en una clase quieres llorar de pena e impotencia por el trato recibido, en estas últimas de júbilo y emoción. Pienso que saber historias, vivir siendo niño, reír con los cuentos y disfrutar con la inocencia es lo mejor. Esa inocencia que poco a poco, por la tragedia de la sociedad y por desgracia, en muchos lados se está perdiendo de manera obligada.

Propongo en este artículo pensar en una historia que nos haya marcado y regalar ese libro a nuestros jóvenes con la ilusión de disfrutar juntos aquello que marcó una etapa de nuestra vida. Que no haya nadie que llegue a la conclusión diaria de: ¿Leer, o no leer…? Mejor, pon el Sálvame.

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Aviso legal: Tanto este escrito como gran parte del contenido de este blog se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

Cuando ya no tenga nada por lo que vivir, de María del Pino.

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Frases: amor y palabras (002)

 

“Si cuando rozas tu piel con mía creo ver de cerca estrellas, ¿qué galaxia crees tú que veré si me besas?” (Amor y palabras. M. del Pino).

“Y yo quisiera… derretirme en tu mirada, fundirme en tus besos y quedarme en tu corazón ” (Amor y palabras, M. del Pino).

Mara del Pino Frases

“Pedir a altas horas de la madrugada, bajo la lumbre que ilumina tu puerta, un poco de cobijo y calor para este corazón malherido por la ausencia de tus besos no puede ser peor que dejarlo abandonado en un rincón, viendo el tiempo pasar y quedando a la espera de que por ti muera” (Amor y palabras. M del Pino).

“Llegaste a mi vida solo para iluminarla” (Mi primer beso, de M del Pino).

“Y tú naciste de la pasión más hermosa que originó un beso inocente” (Amor y Palabras. M. del Pino).

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Frases: amor y palabras (001)

 

“Entonces, me miraste. Y ahí fue cuando los suspiros de mi boca nacieron por besar tu piel” (Amor y palabras. M. del Pino)

“Tos ojos fueron el mar en el que me perdí al conocerte y tus labios… el universo que desearía investigar” (Amor y palabras. M. del Pino)

“Quererte fue lo más sencillo del mundo. Olvidarte… imposible” (de una de mis próximas novelas de Historias de la vida)

“Entre todas mis pasiones, mi favorita fuiste tú” (A la escritura ❤ )

“En aquel momento en el que tus labios en flor me rozaron con fervor, entendí que tú siempre serías para mí” (Amor y palabras. M. del Pino)

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo X)

Capítulo X

Se me agotan los días de vacaciones. Solo me quedan dos, sin contar este, y no he encontrado nada. El lunes debo ir con unos turistas italianos a la Mezquita, llevarlos a Medina Al-Zahra y, finalmente, acompañarlos hasta el aeropuerto de Málaga. Tengo que planificar también la ruta interior y calcular las horas. Ando a contrarreloj.

En este tiempo, pese a que apenas he conseguido dormir como debiera por el tiempo que he empleado al deporte y a buscar información, tampoco he dado con el paradero de “C. Emperator”. Me he pasado mucho rato en casa del abuelo, buscando en su escritorio, entre algunos de sus libros, etc. En ellos he encontrado veinte de historias vampíricas y diez de hombres lobo. Algunos más también sobre mutación humana y unos pocos de ciencia ficción. Incluso hallé un manual en ruso de algo que no supe comprender, aunque entendiese bien el idioma. Todo estaba escrito en código y con fórmulas. Parecía –por lo poco que logré entender– que iba dirigido a un tal “Francotirador”.

Ahora mismo, permanezco otra vez aquí, encerrada en el hogar de la abuela. Ella no sabe que me encuentro en su casa. Para ser más exactos, en estos momentos ni ella misma se encuentra. He aprendido pronto sus horarios de sueño, de compra, de jardinería y de baño, por lo que entro y salgo por las ventanas a mi antojo y gracias a que tengo la llave de la cancela. Se la cogí un día para hacerle una copia.

No sé qué, ni en dónde, diantres buscar más. He pensado hasta en hacerme a la idea de que me enfrentaré a sanguinarios vampiros sin escrúpulos. «¿Deberé profanar la iglesia para adquirir agua bendita? ¿Tendré que ponerme un crucifijo? ¿Llevar ajos atados al cuello? ¿Portar una linterna de rayos UVA?». Me parece una locura. «¿Serán más al estilo de las películas de Blade? ¿O como la saga Crepúsculo?». Se me acaba de venir una imagen de Robert Pattinson en la película Recuérdame, pero haciendo de vampiro en la ventana mientras contempla el avión en plan: “soy invencible”…

Miro la estantería buscando respuestas. Respuestas que un puñado de lomos de libro no me van a dar. El abuelo siempre ha sido tan perfeccionista con los libros extraños de los que ya he hablado, que no me había percatado de la segunda fila de la estantería de mi izquierda. Son todos actuales escritores de la ciudad: Ramón Rodríguez y Ricardo Reques entre otros. Los miro por encima y un fallo se estampa en mi cara. Pienso que ha debido de ser la abuela, limpiándolos. Conociendo a mi meticuloso y metódico abuelito, me sorprendo al ver en ese lugar tan cordobés –entre los autores de la zona– al rojo y llameante libro de “El lector de cadáveres”, de Antonio Garrido. Me levanto, cavilando, intentando comprender qué ha podido ocurrir. Se sitúa entre las novelas del escritor Javier Villena y Manuel Cruz. No pega nada. Sobre todo porque parece haberlos puesto por edades y este escritor, además de no ser cordobés, es algo más mayor que los otros dos. Eso y que las estas novelas las ha debido poner ahí la abuela ya que son posteriores a su muerte.

Intento sacarlo de ahí para hacerle un favor a mi santo y difunto abuelo, pero está atrancado. Tiro con todas mis fuerzas hasta que se mueve levemente. Pese a ello y al crujido emitido por la estantería, no ha salido. Solo se ha desplazado como si fuese una palanca. Doy un paso atrás para ver cómo la estantería central, de las tres que tengo delante de mí, se encuentra un poco hundida. La empujo hasta chocar con la pared. A continuación, me doy cuenta de que se puede deslizar hacia la izquierda. Una vez ahí, aprecio que hay una escalera muy similar a las de las literas. Subo hacia arriba, hacia la oscuridad infinita. Es un espacio reducido en el que solo puedo permanecer sentada y encorvada. Si me estiro, toco el tejado con mi cabeza. Por suerte, acaba en punta y en el centro puedo estirar un poco más la espalda. Palpo a ciegas por el polvoriento interior del tejado hasta dar con una especie de ventana que solamente se abre desde dentro. Imagino que por fuera no se ve lo más mínimo. Debe simular una teja. Seguro.

La pequeña rendija que he abierto me sirve para respirar un poco mejor y contemplar con dificultad lo que hay a mi alrededor. Solo vislumbro un viejo baúl. No se trata de un arcón muy grande, pero sí es lo suficientemente ancho como para no poder sacarlo de aquí. Imagino que el abuelo lo construiría en este lugar para impedir que se lo pudiesen llevar. Intento abrirlo, pero no puedo. Trato de arrastrarlo en vano. Pesa demasiado. Además, el candado no cede ni con la horquilla del pelo, ni a tirones. Debo buscar la llave, no me queda más alternativa que esa.

Bajo y lo vuelvo a colocar todo tal y como estaba antes de buscar y rebuscar. En la misma estantería móvil observo un cofrecito. Lo vuelco encima de la mesa. Miles de tornillos y tuercas hacen un ligero tintineo al caer. También hay un cincel, un destornillador, un pequeño martillo… Nada. Ahí no hay ni llave, ni nada que se le parezca. «¿Qué hacer para encontrarla?».

De repente, se escucha la cancela del jardín. Miro con cuidado por la ventana. La abuela ya ha llegado. Ha entrado al jardín delantero y no me he dado cuenta de la hora. Ahora está metiendo la compra en casa. Recojo todo y bajo silenciosamente. No puedo llegar hasta la primera planta… No en este momento.

Pienso y miro hacia la habitación que suele ser mía en mis visitas. Veo una rama por la ventana. Si salto a través de ella, seré capaz de agarrarla. Me subo con cuidado al filo y, sin pensármelo, me lanzo. A pesar de alcanzarla y de quedar colgando de ella un buen rato, acabo resbalándome y cayendo al suelo. Me he dado un buen golpe. Para mi fortuna, al estar con los pies hacia abajo y ser una primera planta, no ha sido tan duro. Me escondo detrás del árbol y la abuela se asoma. Cuando escucho que se marcha, salgo. Camino hacia la cancela.

–¿Érica? –me llama.

–Abuelaaaa, holaaaaaa… –sonrío para disimular.

–¿Qué haces tú por aquí? –viene a besarme.

Al final, termino entrando y ayudándola preparar la comida. Aunque me invita, comento que ya he quedado. Pregunta con quién voy a ir y acaba formulándome un interrogatorio sobre el joven del otro día. Quiere saber si lo voy a ver. Desmiento su idea. Es más, le pido que si viene, sea a lo que sea, que me lo diga y que a él no le dé ni la hora. Ella afirma. Cuando estoy a punto de irme, me doy cuenta de que la puerta de fuera –es decir, la cancela–, está cerrada. La abro con mi llave secreta y la dejo abierta. La llamo al porterillo y le digo que salga a cerrarla. La verdad es que me da apuro hacerle esto, pero si la ve de ese modo y se acuerda… ¿cómo se explicaría que yo hubiese entrado si se supone que llave de la cancela solamente hay una? Era mejor hacerla creer que se despistó al entrar y se le pasó echar la llave.

Voy, calle abajo, hasta la avenida. Una vez allí, continúo andando. De camino, me entretengo en comprar algunos plátanos en una frutería. El día anterior no me llevé uno al gimnasio y Rafa me regañó un poco por ello.

Al llegar a casa, llamo a Jose Carlos. Me urge verlo mañana mismo. Quedo con él en su piso y me despido.

Se me vuelve a hacer de noche en el gimnasio. Fuera, a través de la ventana, veo a Ruiz, esperándome sin el coche. Siempre me sigue. Ya sea en vehículo o andando. De lejos, o de cerca. Para ir a mi casa o salir de ella. Le falta meterse en mi hogar y acompañarme hasta el retrete de la manita. Ahora que caigo, no lo he visto en todo el día. No me he dado cuenta de ello hasta lo tengo casi enfrente. Quizás esté aprendiendo a camuflarse…

Como no tengo ganas de que me siga, me escabullo entre un grupo de gente. Me mezclo con ellos y salgo delante de sus narices sin que se dé cuenta. Una vez que, en la lejanía, se percata de mi estrategia, salgo corriendo. Me persigue. Incluso me llama. Paso de él y giro por las calles, por una y por otra, hasta que me pierde de vista.

–Para ir enchaquetado, este inspector corre demasiado… –me digo jadeante. Ha conseguido cansarme.

Continúo con mi travesía hasta ver el Carrefour en la distancia. A lo tonto, me he alejado un poco más de mi casa. Caminando cerca del instituto El Tablero, veo una panda de golfos frente a mí. Todos llevan relucientes sellos de oro y algunos pendientes. Por detrás, a muchos de ellos les cuelga una especie de greñas que, para mi opinión personal, les desfavorece. Van con un bolso de mujer en la mano, registrándolo. Tienen pinta de haberlo robado y de estar repartiéndose el botín.

Trago el nudo que se me ha formado en la garganta, con la vista al frente, como si no los hubiese visto. En cambio, por sus risitas socarronas, entiendo que se han percatado de mi presencia. Se abren hasta ocupar toda la acera. Justo cuando los tengo casi encima, rezo para que no intenten asaltarme. Pienso que si no llevan ninguna navaja y me intentan hacer algo, podré vencer, pero no deseo pegarle a un menor de edad.

–¡Iiiooo! ¡Qué muñequita más linda, pareee! Tas más güenaaaa quer pan de Viena… –dice uno.

–Estáaaa… pa untarla en pan –se ríe otro.

–Yo le haría lo que a la leche el Cola-cao… –se burla un tercero–. Le echaría un polvazo, killo…

Consigo pasar a través de estos sin altercados. Como mucho, solo les he tenido que levantar el dedo corazón por las aberraciones que comenzaron a soltar por sus sucias bocas. Suspiro de alivio al verme lejos de ellos. La verdad es que no me apetecía, ni apetece, tener bronca con niñatos. ¿Qué se creen, por Dios? ¿No se dan cuenta de que así no conseguirán hacerse respetar? Si yo tuviese su edad… no me fijaría en ellos. Maleducados… Delincuentes…

Al llegar a casa, me sorprendo y alarmo. Pese a que todo está en orden y limpio, sé que alguien ha estado aquí, registrando entre mis cosas.

María del Pino El ladrón de almas VENGANZA

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