Frases: amor y palabras (006).

_DSC0379 b logo

“Me diste alas para sí poder observar el viejo mundo que jamás podré volver a tocar”

“Déjame observar el mundo, que quiero olvidarme de ti”

“Se la luz de mi camino, que yo seré tu más fiel destino”

“Así me siento, desnudo como un árbol sin hojas,como una flor sin pétalos, como un océano sin agua, como… como… Como un yo, sin un tú”

 

Fotografía MI PUNTO DE MIRA, María del Pino. Producción y fotografía.

Amor y palabras, de María del Pino. Libro de frases.

__________________________

Aviso legal: gran parte del contenido de este blog se encuentra protegido por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

Anuncios

Frases: amor y palabras (005)

“Eres esa luz que irradia mi universo”

“Deshoja mi cuerpo lentamente así como, anoche, mi corazón ardiente te hizo mío con la mente”

_DSC0015.jpg

“Esperando ser como el pétalo que roza tu boca cuando hueles su aroma”

Fotografía MI PUNTO DE MIRA, María del Pino. Producción y fotografía.

Amor y palabras, de María del Pino.

Libro de frases.

__________________________

Aviso legal: gran parte del contenido de este blog se encuentra protegido por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

Novela: Entre la báscula y la pared (primeras páginas)

Entre la báscula

y la pared

MARÍA DEL PINO

__________________

©María del Pino

distribucionesmomo@gmail.com

Portada y contraportada: José Luis Parra

(El Refugio del Halcón)

________________________

Queda prohibido copiar o reproducir total o parcialmente el contenido de este texto de

acuerdo con la Ley del Registro de la Propiedad Intelectual.

________________________

A mi querida y adorada Paquita, por la bella historia de cómo una lectora puede llegar a convertirse en una gran amiga y un ejemplo a seguir como persona, mujer, madre y abuela.

Por ti, Paquita, por tu enorme corazón y nuestra bonita amistad.

__________________

IRINA

Un precioso y elegante vestido de novia envuelve mi cuerpo. Es mi momento de felicidad máxima. Voy a casarme con el hombre al que amo. Todo el mundo me sonríe al entrar en la iglesia. Al final del trayecto, lo observo. Está guapísimo. Me deleita con su sonrisa de dientes de marfil. Avanzando hasta su posición, me fijo en mi cintura. Es fina, delicada… Pienso que tanto esfuerzo ha merecido la pena.

Conforme me acerco, a cada paso, su expresión cambia. De repente, me impacta su gesto de desagrado.

–Gorda… –susurra con desprecio.

Sin esperármelo, las costuras estallan una a una al mismo tiempo que el vestido se resquebraja. Él sale corriendo de la mano de mi mejor amiga. Me deja sola en mitad de la iglesia con todos los invitados burlándose de mí, mofándose hasta la saciedad. Me llaman, despectivamente, “gorda”, “ballena”, “morsa”…

Doy un grito ahogado, despertándome. Mi padre aparece a mi lado de inmediato, abrazándome. Mi madre enciende el interruptor.

–Calma, cariño, calma… Es otra pesadilla. No te preocupes –susurra acariciándome.

–Sí. Ya lo sé, papá –me seco las lágrimas.

–No tienes nada de lo que temer, Irina –mi madre se une al abrazo.

Tras un rato de charla, intentando serenarme, se marchan para seguir con su sueño. Enciendo la luz que apagaron al salir y miro mi reloj. Son casi las cinco de la mañana. Estoy nerviosa, atacada. La ansiedad es tan poderosa que me devora el alma. No sé qué demonios hacer. No puedo dormir. Me falta incluso el aire. Necesito algo. Llenarme. Saciar mi vacío interno.

Dispuesta a romper hoy mi promesa como tantas otras veces he hecho, abro el cajón de mi mesita y agarro un dulzajo cualquiera de los muchos que rondan entre envoltorios arrugados y montones de chocolatinas. Lo desenvuelvo con los dedos temblorosos y me lo llevo a la boca con nerviosismo. Mastico poco por culpa de la desesperación y trago. Cierro los ojos a la vez que su aroma penetra por mi nariz y el sabor hace efecto placebo de aquello a lo que llaman felicidad.

Al sentir correr el azúcar por mi organismo, una lágrima se me escapa. Es como si esto saciara mi agujero negro repleto de aire, dolor y amargura.

Una vez terminado, tiro el plástico al suelo y me levanto. Me quito los piszos de encima y limpio mi boca. Quiero otro. No hago otra cosa que pensar en ello. Sin embargo, no dejo de repetirme que debo ser fuerte. Y por eso, camino hacia el vestidor. Una vez dentro, enciendo la luz. Temerosa, me dirijo al último armario, el sitio tabú, el lugar prohibido donde encierro mis demonios.

Al agarrar el picaporte, intento no mirar al espejo que he tenido enfrente en todo momento. Lo odio. Lo tuve que quitar de su anterior sitio para evitar mirarme. Se encontraba al lado de mi cama. No lo he tirado solo para recordarme que no debo salir a la calle en este deplorable estado.

Decidida, abro y lo veo ahí, frente a mí. Mi enemigo.

–¡Ahí te pudras! –incluso le escupo mentalmente.

Cierro para no ver eso nunca más. Al voltearme, me acabo mirando en el cristal. Muchas veces me miento a mí misma diciendo que solo estoy algo más que rellenita.

–¡Soy una maldita vaca! –huyo hacia la cama.

En ella me siento de golpe, desolada. A pesar de haber perdido casi 10 kilos, todavía me sobran otros no-sé-cuántos para ser una persona normal. Menuda amargura de vida. No puedo ni ver la televisión. Todas las chicas que se llevan lo mejor de lo mejor son delgadísimas como modelos. Delgadas… como una vez lo fui yo.

Suspiro. Lo tengo decidido. La tele dice que hay que hacer deporte para llevar una vida sana y así haré. Mañana empezaré en el gimnasio que en estos años me ha montado papá en la cochera.

_______________

ANDRÉS

Es por la mañana. Temprano. Cinco y media pasadas. Todavía no me ha tocado el despertador. Lo puse para las seis, pero ya estoy totalmente desvelado. No puedo dormir más.

–Bueno, no hay mal que por bien no venga –sonrío.

Me equipo adecuadamente y salgo a la calle. Voy a estrenar mis nuevas zapatillas de deporte. Faltan seis meses, pero quiero y tengo que prepararme para quedar entre los primeros de la carrera. Sé que correr no es lo mío, que soy un tío más de gimnasio, pero amo el deporte en general y su amplia variedad.

Pongo la música de Rocky Balboa, “Eye of the tiger”, en los auriculares y empiezo con el trote después del calentamiento. Llevo diez minutos y no dejo de pensar en el cambio de vida que voy a dar de aquí a septiembre. Mis padres se separaron hace ya más de diez años por culpa del trabajo de este y su obsesión por el mismo. Siempre la dejaba sola. O, mejor dicho, nos dejaba. Así que un buen día ella se hartó y dijo “hasta aquí hemos llegado, mejor que vayas tú por tu camino y yo por el mío. Necesito un hombre que me quiera y esté conmigo, no que me mantenga”. Naturalmente esta se quedó con mi custodia sin que él pusiera ninguna objeción. Algunos fines de semana me iba con mi padre de viaje, pero me aburría mucho. Ni siquiera cuando estaba conmigo dejaba de trabajar. Era el típico niño medio adolescente que estaba en los hoteles con los animadores todo el día o con una canguro, o amigos, cuando estábamos en su antigua casa. He pasado incluso más tiempo con mi tío Raúl, su hermano pequeño, que con él. Desde los dieciocho hasta mis veintisiete solo quedo con mi padre para tomar algo o hablar de trabajo. Sí, además de mi trabajo como entrenador personal, trabajo para él como repartidor. Aunque más que eso en sí, diría que le ayudo todos o casi todos los días y me saco un dinerillo extra.

Sin desviarme más de mi pensamiento, mi vida va a dar un giro. Mi madre se va en dos días a Londres a trabajar con su nuevo novio y, a pesar de que me ha propuesto ir con ella, he preferido quedarme en España aunque tenga que mudarme a Lucena con mi padre. Aquí estoy acostumbrado a mi rutina: despertarme, correr, entrenar a la gente física o virtualmente, repartir, comer, ir al gimnasio, merendar, jugar al fútbol o a otras cuantas cosas con los colegas, cenar, ir a ver una película si encarta o quedar y dormir. Me gusta mi vida y no quiero cambiarla. Y, mucho menos, cambiar de idioma y costumbres. El inglés se me da fatal. Y ya el francés… ¡¿para qué hablar?!

Después de mucho conversarlo y meditarlo, mi padre me propuso que me quedara con él en Lucena. Recientemente había abierto otra empresa allí y la estaba convirtiendo en su centro de mando. Ante su ofrecimiento de “vivir solo o con él”, tardé poco en darle una respuesta afirmativa, cosa que trajo consigo ciertas consecuencias. Mi padre me pide algo a lo que no puedo negarme. Me ha ofrecido, además de un techo en el que no tendré que pagar alquiler, trabajar más tiempo en el supuesto negocio familiar. En pocas palabras, pasar de recadero eventual y sin obligaciones a su mano derecha. Aunque me halaga la confianza depositada en mí, esto ya son palabras mayores.

Pensar en mi padre y en esa convivencia me resulta extraño. No tenemos mucho en común a pesar de no llevarnos mal. Es como si dijera “sí, tengo un padre que sé que me quiere, pero que casi no conozco”. Debo reconocer que acepté por no abandonarlo todo aquí y porque no gano lo suficiente como para mantenerme con mi ritmo de vida solo en la capital. Tengo caprichos caros. Sanamente caros, pero si me voy con mi madre o me embarco yo solo a la aventura… se me acabaría todo.

No sé si seré capaz de llevar el trabajo que ahora me ha mandado. He llevado paquetes en bici de un lado para otro. Y bien feliz que he sido hasta ahora sacándome entre eso y lo de entrenador mi sueldecito de 700 u 800 €. Ahora, solo con lo suyo sería “mileurista” para empezar. La cosa mejora, sí, pero esto es más serio y no quiero hacerle quedar mal por nada del mundo. Me juego su reputación, la cara del negocio ante el público y una bronca.

Me encuentro abstraído pensando en eso cuando, de pronto, aparece una rubia despampanante delante de mí corriendo con agilidad.

“¡Vaya cuerpazo!”, me digo hipnotizado por su delgadez y culo respingón. Tengo que admitir que me gustan las mujeres muy finas y sin nada de grasa, pero que tengan donde agarrar. Esta no es que tenga mucho, mucho, pero se ve bastante fitness y su trasero está muy bien. Siempre he pensado que el día que tenga novia, será como yo. Amante de la comida sana y del deporte. Una chica totalmente dedicada a esto. Tal vez, alguna entrenadora de pilates, de zumba…

«Voy por ella…», pienso mientras la alcanzo. Este es uno de mis últimos días en la capital y quiero irme dejando el pabellón bien alto.

___________

IRINA

Son las dos y media. Tengo un hambre atroz. Hoy toca para comer macarrones con carne picada, tomate, salchichas, un poco de chorizo y un sutil toque final de queso espolvoreado. «Mmmm…. ¡Madre mía!». Se me hace la boca agua con solo pensarlo. Además, de postre hay fresas con nata y azúcar. Está claro que no voy a hacer mi dieta de manzana y 100 gramos de jamón york. «¡Que se vaya a la mierda esa porquería!», bramo en mi interior levantando el cubierto.

Después del atracón, llega el odiado momento “arrepentimiento”. Para compensar un poco, me voy a la cinta a andar. Al cabo de veinte minutos, no recordaba que esto pudiese costar y aburrir tanto. Estoy muy desentrenada. Me siento tan inútil que opto por dejarlo.

–Luego si eso hago unos minutitos más… –le doy al stop.

Salgo del gimnasio, bordeo la piscina y entro en casa. Nada más llegar a la cocina, llaman a la puerta. Mi padre se dirige a abrir. Es raro que llamen a estas horas. No esperamos a nadie. «¿Será Josefa?», pienso alegre. Escondida, lo persigo un poco. Si es lo que espero, la colmaré a besos. Ayer estuvo en casa y le comentó a mi madre que, a pesar de no ser fechas navideñas aún –estamos en septiembre–, iba a probar a hacer pestiños. Me encantan. Después del arroz con leche y los churros con chocolate es lo que más me gusta.

Enseguida me desilusiono al no ver la comida. Me escondo en el salón para no tener que saludar. Es el Gallego. Llamamos así a mi vecino Antonio porque su padre era de allí, montó su empresa aquí y se casó con la hija del que en aquel entonces era el mejor empresario del pueblo. Es muy buena persona. A veces ha contratado mis servicios cuando los de su empresa la han liado por las redes. Por lo que escucho, viene con alguien más. Descubro un paquete de patatas fritas de mi padre sobre la mesa. Le quedan los pizquitos. «Mmmm… lo mejor del paquete siempre son los pizquitos», me digo saboreándolos. No comprendo por qué mucha gente los ignora. Mientras como, observo por la ventana. Le están pidiendo ayuda a mi padre para transportar unas cosas de alguien que se muda con él.

–Creo que alguien se muda con el Gallego. ¿Será una novia? –pregunto a mi madre–. Le vendría bien. Así el pobre no estaría tan triste.

–El vecino no tiene novia. Desde que se divorció de su esposa no le veo muchas ganas de mujer. Si no recuerdo mal, creo que me comentó la semana pasada que posiblemente se viniese su hijo a vivir con él –me informa asomándose conmigo.

Intentamos ver quién hay detrás de los árboles, pero nada. No hay manera de verlo.

–Sí, creo que es su hijo.

–No lo he visto –me peleo con la cortinilla.

–¿Será guapo? El padre, de hecho, lo es bastante.

–Mamá, ¿qué más da como sea? –la empujo y ella a mí.

–Porque si lo es, mira… una alegría joven que nos llevamos a la vista.

Al verle, comprobamos que está en muy buena forma física y que no se ve nada feo.

–¡Lo que nos faltaba! El hijo del vecino es un musculitos. Con esa gorra y arremangado tiene una pinta de chulaco que no me veas. ¡Seguro que montará fiestones en casa cuando Antonio este pobre hombre se vaya de viaje! Ya nos va a joder el sueño y la vida… –dejo de mirar a través del cristal, me siento y sigo comiendo.

–Hija, no juzgues a la gente sin conocerla. Está de mudanzas. ¿Qué pintas quieres que traiga? –me frunce el ceño–. Además, deja de hablar así. Tú antes no usabas ese vocabulario.

–¿No son todos los que conoces así? –pregunto ofendida–. Mucho músculo y poco cerebro. Esos no piensan nada más que en tías buenas y macizas como las que salen en las revistas o en la tele. Son unos capullos superficiales. Y hablo así porque tengo mis derechos y razones.

Mi madre se calla antes de seguir con su camino hasta salir de la casa para presentarse al hijo del vecino y ofrecer una mano. Sé que no me ha respondido porque me deja por imposible. Yo no pienso salir a conocerlo.

La curiosidad me invade, así que me vuelvo a asomar. Me gustaría verle mejor la cara a mi futuro enemigo. Habla, de espaldas a mí, con mi madre como si la conociera de toda la vida. Me ofusco. Se la está camelando. Fijo que sí. Quiere hacerse el simpático. Seguro. Pero aunque se lo haga, en el fondo es un tío como todos. Si me viese, no tendría más remedio que pensar que soy una foca o que me han sacado de la película de Moby-Dick. Muchos antes que él lo han hecho y dicho.

–Paso, tío…

Arrugo la bolsa y la tiro a la basura. Me voy al gimnasio otra vez. Mi motivación: la furia.

*****

Pasan los días y sigo con mi sencilla y triste vida de siempre. Por suerte, en estas dos semanas el hijo de Antonio no ha dado, por ahora, ningún problema. Seguro que es porque aún no se ha habituado o porque también sale mucho a la capital. Lo lleva el padre y lo trae un amigo o viene en autobús. Creo que ya es grandecito como para sacarse el carnet. Pasta tienen de sobra. Lo mismo es que es muy fino para conducir y prefiere que lo lleve un chofer.

Todos los días me levanto, desayuno y trabajo en mi ordenador. Tengo montones de páginas webs que me han encargado empresas de todos puntos de España. En total, saco dependiendo del mes de 800 a 1.500 € limpios y sin salir de casa. Todo gracias a ser autónoma, haber hecho una buena carrera de marketing e informática y tener cursos en fotografía y decoración. Eso además de los idiomas. Mi vida está entre los ordenadores. Ellos son realmente mis amigos. No mienten y no hacen daño. Cuando los clientes quieren algo, me lo mandan a casa y listo. Como mucho, alguna vez he hecho alguna llamada por skype porque este exija un trato algo más “personal”. Odio esa palabra. No sé como un día pude adorarla.

Después de estar horas metida entre ordenadores, a veces suelo picotear algo fuera de la dieta –un bollo de crema, un bocadillo de salchichón o cualquier paquete de fritos a medio terminar que ronde por la casa–. Luego, arrepentida, entre carga y carga de datos, ando un poco en la cinta o me monto unos minutos en la “mataculos”. La detesto. No sé como la gente puede montarse en la bicicleta estática y luego andar bien. Como mucho, creo que he hecho 10 minutos seguidos desde que estoy así.

______________

ANDRÉS

Ha pasado un mes desde que llegué y me encuentro mejor de lo que esperaba. Lo único que echo de menos, además de a mi madre, es mi gimnasio. Ando buscando uno mejor. En el que me he apuntado a duras penas tiene las cuatro cosas indispensables y está muy lleno. Lo bueno es que hasta en él me han salido dos clientes más que quieren ponerse en forma. Son dos chicos muy majos que quieren llegar a verano para enseñar palmito y ligar. “Vaya dos colegas nuevos me he hecho…”, me río.

Lo que también me gusta de vivir aquí es que puedo continuar con mi dieta sana y que al salir a correr puedo respirar aire incluso más puro que antes. «Si es que el campo está al lado de mi casa…», me digo. Admito que incluso me gusta eso de hacerle a mi padre de relaciones públicas a través de mensajes, llevarle la agenda y conocer un poco más el negocio. Lo único malo que me quiebra la cabeza es que no tengo ni idea de modificar las cosas o productos nuevos de la web o qué hacer cuando se me atranca el ordenador y pasa absolutamente de mí. Yo de tecnologías o redes sociales ando pegadísimo. Como mucho, mucho… Instagram y mi página Facebook. Hace dos semanas, para que no se enterase mi padre, tuve que llamar a Luis, mi mejor amigo, para que me ayudase a encontrar un tío que me arreglara el problema en menos de dos días en la capital. Me dejé 300 pavos entre ir, arreglarlo y volver. Y todo porque seguro que si se lo llevo a alguno de por aquí, correrá el rumor de lo malo que soy, dirán que estoy trabajando por enchufismo total y llegará a oídos del Gallego que soy un bueno para nada.

Me resultó curioso saber que así es como lo conocen, ya que mi abuelo era gallego y mi abuela de Lucena. Quizás algún día sea yo el Gallego tercero. Es pensarlo y reírme.

Hoy estoy saturado de trabajo. Agarro el móvil y miro el WhatsApp. Lorena me ha escrito. Comenta que me echa de menos seguido de varias fotos de ella guiñándome un ojo de manera sensual. Sonrío. La verdad es que esa chica me gusta bastante. No nos conocemos de mucho, pero aquel día en el que la vi correr… supe que teníamos algo en común. Recuerdo que me presenté de la manera más tonta habida y por haber. Solo dije:

–¿Qué hace una belleza como tú corriendo tan sola en un lugar como este? –y le guiñé.

–Si me acompañas, ya no iré sola –sonrió.

Después de eso, hablamos sobre cuatro cosas más y acabé con su número de teléfono escrito en la mano. Hemos quedado desde que estoy aquí una vez por semana. Y en la última…

Sonrío. No puedo evitarlo al recordar que me llevó a su casa y allí pasó lo que debía de pasar entre dos personas que se atraen físicamente. No somos novios, pero nos estamos conociendo.

Le escribo que hoy no podré ir a verla. Ella me responde enseguida argumentando que es una pena porque se queda sola en casa. Sus compañeras no llegan hasta mañana.

–Vaya desperdicio de casa vacía –sonrío escribiéndolo.

–No te preocupes, algo haré para entretenerme.

Su respuesta viene acompañada de una foto de sus bragas por el suelo.

–Voy a darme una ducha bien fría –hablo en voz alta para mí mismo.

*****

–¡Maldito trasto inútil! ¡Joder! –grito en mitad de la tarde.

Estoy sulfurado. Menos mal que no está mi padre en casa. Llevo tres horas y media copiando y ahora se pone el cacharro este a reiniciarse así por las buenas y sin avisar.

–¡Espera! ¡No me jodas! ¡¿Cómo que actualizando?! –agarro la pantalla–. No apague el equipo. 1%.

Cabreado, me pongo las zapatillas y salgo de casa dispuesto a darme una vuelta por el paseo Rojas. Correré por la zona o por donde sea. Espero que cuando vuelva, esto esté encendido y mi archivo se haya guardado. Si no es así, me va a dar algo. Lo prometo. Son horas y horas liado con unos textos que mi padre necesita esta noche y no tengo ganas de que se arruinen. No he cancelado la cita con Lorena en vano. Como esto no funcione, me va a joder la vida entera.

*****

Al volver, sudando a chorros como voy, me encuentro a la vecina. No recuerdo cómo se llama, pero ella y su esposo son muy amables conmigo desde el primer día que llegué. Como le tengo confianza y veo que va cargada con la compra, me ofrezco.

–Déjeme ayudarla a meterlo en casa –le cojo las bolsas.

–Gracias. Eres muy amable.

Abre la puerta y pasamos.

–Cariño, ya estoy aquí –avisa, pero nadie responde.

–¿Dónde le pongo las bolsas?

–Aquí mismo. Ahora llamo a mi hija para que me ayude.

–No hace falta. Usted dígame donde está la cocina o donde las deje y allí se las pongo en dos segundos y medio.

–Gracias. Acompáñame entonces –cierra.

Al llegar, me ofrece agua y me comenta que aquí se está poniendo de moda entre los chavales ir al gimnasio y cuidarse, pero que ninguno tiene mi tipo. Hablamos un rato sobre mí y mis comienzos. Es una mujer carismática y bastante guapa. Me acaba comentando que lleva una semana en la que me ve salir poco y le confieso que tengo problemas con el ordenador y la web. Le digo incluso de broma que me va a costar la vida social.

–¡No me digas! –exclama–. Si lo llego a saber antes, antes lo hubiéramos solucionado. Mi hija es informática. Lleva webs de grandes empresas incluso internacionales. Alguna vez ha ayudado a tu padre y otras veces la ha contratado para algún trabajo. Te podría echar una manilla hasta que te encauces.

–Gracias, señora, pero…

–¡Nada! Y de señora tampoco. Inma. Me llamas así y me tratas de tú. Voy a buscarla para que le comentes tu problema. Ella lo sabe todo. Es tan lista que a veces no parece hija nuestra.

–Pero…

–No hay peros que valgan. No te cobrará nada por un poco de ayuda.

–Vale. Lo que mandes –levanto las manos.

–Irinaaaaa…. ¿Irina?

La busca por la planta de arriba. A los pocos segundos, escucho un ruidito fuera. Es un poco sospechoso. Avanzo hasta el salón y veo la puerta que da al jardín abierta de par en par. Salgo. Al fondo hay como un cuarto de herramientas o una antigua cochera reformada para usar con otros fines. Un ruido metático me sorprende tan fuerte que, de inmediato, corro hacia allí pensando que puede ser el marido y le ha podido ocurrir algo grave. O eso, o hay un ladrón en casa.

Al entrar, alucino. Pedazo de gimnasio tienen montado.

–Disculpe, creí que le había ocurrido algo.

El hombre está detrás de una máquina multiestación, sentado. No lo veo a él, pero sí a su zapatilla izquierda y respectiva pierna. Lleva un pantalón negro y ancho. Deduzco que no muy adecuado para hacer deporte porque parece vaquero. Intento acercarme, pero al no obtener respuesta, me pongo nervioso y pienso «claro, se estará preguntando qué narices hago en su casa».

–He encontrado a su mujer cargada con la compra y, claro, la he ayudado a meterla en casa. Me ha ofrecido agua, hemos hablado y… Entonces…

De repente, me quedo callado. La persona que se asoma por detrás de la máquina no es la que esperaba, sino una chica que me mira con cara de odio.

____________

IRINA

Cansada de que la maldita báscula marque más kilos que ayer y anteayer, cojo más placas de peso de lo que puedo. Cuando mis brazos ya no aguantan más, lo suelto de golpe, provocando un horrible sonido que casi me deja sorda. Justo antes de derrumbarme y tirarme de la máquina esta que mi padre llama de la estación o multiestaciones o como sea, escucho una voz masculina. Me siento de nuevo.

–Disculpe, creí que le había ocurrido algo.

El hombre está detrás, así que me escondo un poco más gracias a los pesos y al asiento. Como puedo, miro por uno de los espejos que hay al lateral. Estoy de suerte, no me ha visto. No obstante, para mi ingrata sorpresa descubro que se trata del hijo de Antonio. «¿Qué está haciendo en mi casa? ¿Habrá venido a robar?», me asusto. Como si me leyese el pensamiento, responde.

–He encontrado a su mujer cargada con la compra y, claro, la he ayudado a meterla en casa. Me ha ofrecido agua, hemos hablado y… Entonces…

Saber que no estamos solos y que ha entrado con ella me reconforta. Decidida a echarlo, asomo la cabeza. Al verme, silencia de golpe. Además de sorprenderle que no soy mi padre, imagino que le habrá impactado ver a “una gorda como yo en un gimnasio como este”. Me imagino esa frase estúpida en su pensamiento.

–No ha pasado nada –sueno no muy amistosa.

Él sonríe a los pocos segundos, cuando logra reaccionar.

–Me alegro. Se ha escuchado desde tu casa y, ¡claro!, me he asustado temiéndome un accidente o que fuese un ladrón.

–Pues ya ves que estoy bien y que no hay ladrones.

–Perfecto… –pausa el tiempo suficiente como para que su coquito piense y acabe dando un suspiro–. Debes ser Irina, ¿verdad? –se me acerca tratando de ser amable.

Como seguramente quiere comprobar lo llenita que estoy, le extiendo mi mano en la distancia y con la máquina entre medias para impedir que avance. Se queda un poco pillado.

–Yo me llamo Andrés y soy el hijo de Antonio.

–Lo sé. Mi madre me ha hablado de ti y conozco al Gallego.

Se crea un silencio bastante incómodo en el que ninguno de los dos habla para romperlo. Solo nos miramos a los ojos. Yo, echándolo. Y él… ni idea de lo que pasará por ese cerebro de mosquito.

–Tienes más y mejores máquinas que en el gimnasio más caro y bueno de aquí –se dirige a la elíptica y la toca.

Al estar sudando, se le pega la camiseta. Lo marca todo. «¿Por qué sigue aquí? ¿Acaso ha venido a enseñarme su musculado y delgado torso? ¿Pretende que flipe con sus tersos y fuertes brazos?», me pregunto intentando ignorarlo. Parece que mi mirada de odio le ha resbalado tal y como le resbala el sudor por su aparente piel sedosa.

–¡Cariño! –entra mi madre.

–¡Vaya, Inma! Menudo susto me has dado –se muestra sorprendido.

–Anda, veo que ya os conocéis –ella sonríe.

Como habla y habla, al final acabo saliendo de mi escondite y teniéndolo frente a frente. Él me sonríe y observa abiertamente, con confianza. Yo, en cambio, a las preguntas o comentarios de mi madre solo lanzo monosílabos o frases reducidas al máximo. «¡Ea! Ya se ha tenido que enterar que quiero perder peso, que he perdido ya algo por mi cuenta y que las dietas que hago son una patraña y que el efecto rebote es lo peor del mundo…», rujo en mi fuero interno. Mi madre es una bocazas. No sé qué ha pretendido diciéndoselo. ¿Darle pena?

Una vez que ambos están fuera de mi vista, le pego un puñetazo al asiento. «¡Auch!», grito en mi interior. Esto no se lo perdono a mi madre por mucho que la quiera. Con lo reservada que soy y va y se lo suelta como si nada. Como si fuese amigo mío de toda la vida. No sé por qué me ha obligado de esta manera a ir en una hora a su casa para ayudarlo con sus problemas de ordenador. Yo ya tengo suficiente con los míos propios.

*****

Es poner un pie fuera de la casa y mirar en todas direcciones. No quiero que nadie me vea. Y menos, entrar en casa del musculitos. No vayan a pensar que me muero por sus huesos. Es lo que me faltaría para mudarme de aquí. Por fortuna, solo veo a Josefa en la calle. La saludo y aprovecho que se mete en casa para tocar la del vecino.

Me abre en toalla, marcando todo lo que hay que marcar y enseñando la tableta de chocolate como si esto se tratase de un anuncio de la tele. «¿Es que no ha tenido tiempo en una hora de ducharse?», me pregunto. Tiene un poco de espuma todavía en el pelo y cuello.

–Perdona que te abra de esta manera, pero me has pillado en la ducha. Pasa… –me cede el paso sin pudor alguno.

Claro, un chaval así no debe tener ni un pequeño ápice del sentido de la vergüenza. Por el contrario, querrá que todo el mundo admire su escultural cuerpo moldeado con horas de vanidad, años de egocentrismo y vida de gimnasio.

–Enséñame el problema. Tengo bastante prisa –suelto.

Me guía hasta el ordenador. Y, ¡cómo no!, lo tiene en su habitación. Al llegar al desorden, intenta arreglarlo un poco y excusarse con frases típicas. Frases como: usualmente no está así, hoy no he tenido tiempo de nada, perdona este caos… Como ignoro el deplorable estado de su cuarto, coge su ropa y se marcha al baño, dejándome a mí con “su” problema. Si tiene desorganizada la habitación, peor tiene el ordenador. Intento no mirar las carpetas personales, pero sí creo una nueva en la que ponga “juegos” para meterle el Candy Crush y toda la demás porquería que solo sirve para perder el tiempo. Mientras le recupero el archivo, le hago un chequeo del antivirus y le elimino la morralla de Internet. Solo llevo cinco minutos desde que entré por la puerta y ya le he he quitado incluso un troyano. Por no sentir curiosidad de abrir una carpeta en la que aparecen torsos de chicos y chicas con muy poca ropa, me dedico a clavar mis ojos sobre la mesa.

–¿Qué narices has hecho en una hora? ¿Depilarte los huevos para la novia? –se me escapa en voz alta a la vez que sostengo una foto suya con una rubia cañón poco mayor que él.

–No exactamente –me sorprende su dubitativa respuesta.

Me levanto sobresaltada, soltando la fotografía. No me lo esperaba en la habitación tan rápido. Y menos tan cerca.

–Lo siento mucho, pero era mi hora de comer. Como me he entretenido en tu casa, se me ha echado el tiempo encima, así que mientras he cocinado y comido… Perdona si te ha molestado esto o que yo sea tan lento. No fue idea mía que tuvieses que venir. Si quieres, puedes irte. No hace falta que me ayudes –su sonrisa se ha borrado por completo. Parece ofendido y molesto.

–Esto… Yo… –intento disculparme, pero no me salen las palabras. Me ha pillado.

Un sonido del ordenador interrumpe mi titubeo, salvándome a la hora de hablar y dándome lo que tengo que decir.

–¡Listo! Te he eliminado la publicidad inútil. También te he recuperado el archivo, te he puesto los juegos en una carpeta para que no te ocupen tanto espacio en el escritorio y te he eliminado un troyano. Ahora acaba de actualizarse tu antivirus. He visto que es comprado, así que me he tomado esa licencia –señalo.

–¿Ya? –se sienta con rapidez y empieza a leer su texto.

–Claro. Ha sido fácil. Y te aconsejaría borrar algunos programas que se autoinstalan y vienen con un montón de morralla de Internet. Yo he quitado algunos, pero tienes muchos más. ¡Ah! Y también te recomiendo que no tengas el escritorio tan abarrotado. No es bueno. Te va super lento.

–Espera, ¿has hecho todo eso mientras me aclaraba y vestía? Si… Si no he tardado casi nada –sus ojos impactan de nuevo sobre mí, pero abiertos por completo.

«Menudos ojazos verdes…», me digo.

–Sí. Bueno… y porque no he querido buscar más problemas por el tema de la privacidad personal. Como ya te he dicho, va muy lento para ser de los más nuevos del mercado. Seguro que le hace falta una buena limpieza o formateo –hablo mirando hacia otro lado.

–Me ha dicho Inma que eres informática y llevas muy bien el tema de las webs y el marketing… –se pone, pensativo, frente a mí.

Eso provoca que frunza el ceño y dé dos pasos hacia atrás. Parece que su única neurona va a mil por hora. Lo que va a decir le hace dudar demasiado, creando en mí una desconfianza total.

–Sí, ¿y? Yo cobro por ello –lanzo por si pretende engatusarme para que le haga el trabajo gratis–. Si estás interesado en contratar mis servicios ahora ando un poco saturada…

–También comentó que buscas un entrenador personal –suspira ignorando mi comentario anterior–. Yo soy nutricionista y personal trainner –se me acerca–. Podríamos llegar a un acuerdo que nos beneficiara a ambos.

–¡¿Cómo dices?! –me muestro molesta.

–Me gusta mucho tu gimnasio –se me acerca–. Tú me dejas usarlo y yo te entreno. Y si además me ayudas con el tema este de los ordenadores cuando tenga problemas como el de hoy… te llevo una dieta sana en la que comerás de todo y no pasarás hambre.

–¿Que te deje usar mi gimnasio y encima te ayude con tu trabajo? –camino hacia la puerta enfadada.

–¿Sabes, Irina? –me detiene agarrándome.

Me suelto. No me gusta que me toquen.

–Yo, por entrenar y llevar dietas, también cobro. Si pasas de mi proposición y te buscas a otro, te vas a dejar mucho dinero además de que todos sabrán que quieres perder peso. Yo tampoco quiero que mi padre se entere o se gaste dinero en meterme en cursos de informática y cosas por el estilo. Sería perder el tiempo.

Miro hacia otro lado cruzándome de brazos.

–Aunque no lo entiendo –continúa–, creo que por algo no te caigo bien. Eso o es que quizás eres así de agradable y encantadora con todo el mundo. El caso es: si tú me ayudas, yo te ayudo. Nos puede salir bien la jugada. Tú perderás peso y yo aprenderé a hacer bien mi trabajo sin tener que molestar a mi padre y podré entrenar con las máquinas que quiero en un sitio sin gente que me estorbe o me haga esperar.

–Me largo.

Y así hago. Él me sigue hasta la puerta. Puerta que cierro con fuerza.

–Piénsalo, bonita –escucho a mi espalda.

Al girarme, lo veo asomado por la pequeña y alargada ventana que tiene a un lado. Sonríe. Al verme sorprendida, me guiña un ojo. «¡Será cretino!» , rujo antes de darle la espalda.

*****

–Deberías ir a disculparte con el muchacho –repite mi madre.

Me arrepiento de haberle contado mi “aventura” con el vecino.

–Será que a nadie le importa que el guaperas me abriera en pelota…

–¡No estaba desnudo! –exclama–. Y… sí. Eso no está bien, pero es lo de menos. El chaval a ti no te ha hecho nada, ni te ha ofendido en ningún momento o te ha insinuado algo indecente. Te ha abierto, te ha llevado al ordenador y ha ido a vestirse. Tú eres la que has sido grosera. Y pensar que eres mi hija… ¿Quién te ha enseñado esos modales?

–Mamá, yo…

–Tú, nada. Encima, Andrés te ha ofrecido una ganga de trato. Ya no digo que lo aceptes, que estaría bien, sino que vayas a disculparte por lo maleducada que has sido.

–¡Jamás!

–Pues hasta que no lo hagas, no te hablaré.

–Pero… Pero…

Se marcha dejándome con la palabra en la boca.

–Es injusto –me tiro en la cama como una niña chica.

Hace cuatro años, cuando vivía sola, no tenía que soportar que nadie mandara sobre mí de esta manera tan subliminal. O directa, según se mire. “Yo no te obligo, pero si…”. ¡Pero si! Mira que si no fuera porque lo son todo para mí y ahora sin ellos no soy nadie… me independizaría de nuevo.

Me quedo absorta en la cama, pensando en el trato que me ha ofrecido. El musculitos me ha pedido usar mi gimnasio y echarle un ojillo a su trabajo en la web a cambio de entrenarme y ponerme una dieta en la que no pasaré hambre. «Cómo es posible eso?». No estaría nada mal. Todo, sin salir de casa y sin que nadie se entere. «¿Cómo sabrá que no me gusta salir a la calle…?», enseguida me doy respuesta pensando en la bocazas de mi madre o en que no es tan tonto como creo que debe serlo.

–Me llamó encantadora con sarcasmo… ¡Será chulo! –me entra rabia.

Cuando logro calmarme, recapacito. No creo que pase nada por intentarlo. Agarro mi pañuelo y me lo lío al cuello. Ya es de noche. Salgo por la puerta de mi casa. Me giro sabiendo que mi madre me observa con cara de felicidad desde la ventana. «No, si a lo tonto, a lo tonto, siempre se sale con la suya».

Nada más llegar, suspiro. Toco el timbre. Suena escacharrado, como ahogado. «Bienvenida a la casa del horror», me subtitulo. Unos pasos se escuchan cercanos, con parsimonia. Al llegar, no me abre. Imagino que me estará observando de nuevo por detrás de la cortina de la ventanita, ya que no tiene mirilla, así que le hago un corte de mangas a lo grande –movimiento de brazos incluido–. Abre la puerta y dirijo mi acción y odio hacia allí.

–Ehh… Hola, Irina –habla Antonio.

–Antonio, di-di… Disculpa –me sonrojo quitando el gesto–. Pensé que eras tu hijo.

–Soy yo. ¿Quieres pasar? –el pobre hombre, midiendo cada palabra, no sale de su asombro.

–No, prefiero que salga Andrés. Solo quiero decirle una cosa.

–Vale. De acuerdo –sigue lento, meditabundo–. ¡Andrés! –lo llama.

–¿Qué? –responde él.

–Baja. Es Irina –ya suena más natural.

Así hace, corriendo con energía y vitalidad. Casi se cae incluso por las escaleras. Cuando su posición es algo más cercana, camina glorioso, satisfecho, como sabiendo que vendría a su puerta a pedirle el favor o un poco de misericordia. Lo siento, pero tengo que decirlo. Solas se me escapan las palabras de los labios.

–Capullo…

–¿Decías? –no me ha oído, pero sí me ha visto abrir la boca.

Antonio, lo mira unos segundos antes de hacerle mi corte de mangas. El hijo se impresiona. Se queda tan pillado como me quedé yo al descubrir que se trataba de su padre. Seguramente no comprenda qué está ocurriendo. Acto seguido, se dirige a mí.

–¿De verdad que así se saluda ahora la juventud? –sonríe.

–Anda, papá… Vete a leer el informe que he dejado sobre la cama. Menudas cosas se te ocurren.

–Juventud –se va hablando para sí mismo–, no hay persona humana con dos dedos de frente que los entienda…

–Discúlpalo. No sé a qué ha venido eso –su cara de desconcierto me avergüenza más.

Al sonreír de nuevo, aprecio que padre e hijo son muy parecidos. Y algo que no confesaré nada más que en el vacío de mi alma es que el hijo es aún más encantador y guapo.

–Ha sido culpa mía –confieso abochornada–. Creyendo que eras tú el que abría, le he hecho un corte de manga aún más grande del que te ha hecho –me llevo la mano a la cara.

Andrés, ni corto, ni perezoso, empieza a reírse a carcajada limpia. Si me cayese bien, diría que suena armoniosa.

–No te burles de mí. No tengo tiempo que perder –me cruzo de brazos.

Da un paso hacia delante muy sonriente. Intenta controlar la risa al imaginarlo. Su repentina proximidad me pone nerviosa. Siento todos y cada uno de mis músculos tensándose a más no poder.

–Eres increíble, Iri.

–No me llames así.

–¿Por qué eres tan borde conmigo? –poco a poco se va poniendo serio.

–A ti eso no te importa. Vengo a hablar de negocios.

–¿Negocios? –parece hacerle gracia–. Yo preferiría llamarlo nueva y futura amistad, aunque sea una amistad extraña debido a tu peculiar encanto. Vamos, ¡alegría! –se me acerca con intención de abrazarme.

–¡Negocios! –pongo mi dedo índice en su pecho y lo empujo–. Y no te me acerques, que muerdo gargantas.

–No. Si no hace falta que lo jures –levanta sus manos.

–No quiero que entrenemos juntos. Tú me entrenas a mí y a continuación, o antes, o cuando te dé la gana, lo haces tú. Eso dependiendo de lo que vayamos pactando cada día o cada semana. Ahí, si tienes dudas que pueda resolver de manera verbal, o tenga consejos que darte, será el momento. Una vez cada dos semanas vendré a ver tu ordenador y ayudarte con las actualizaciones de la web. No quiero encontrarme nada porno o ilegal en esas revisiones.

–¡Pero bueno! –se muestra sorprendido–. Vas a saco, tía.

–Tampoco soy tu tía.

–De acuerdo, Iri. Además, no tengo nada porno –se ríe–. Eso sí, mi book desnudo con siete tíos más en plan calendario de Navidad podré conservarlo, ¿no? Le tengo mucho cariño… –se hace el chulo llevándose las manos al pelo y posando de manera sensual.

–¿Eres así de idiota o te lo haces? –creo que la duda visiblemente salta a mi rostro.

–Es una broma, mujer. Es bueno sonreír y reírse, ¿lo sabes?

–No estoy para bromas.

–Sí, sargento de hierro –suena fastidiado.

–¿Qué día empezamos?

–Por mí, mañana mismo. Pero por la mañana. Por la tarde… voy a la capital. He quedado.

–Pues a las nueve en mi casa.

–Perfecto. Necesitaré que te peses, que me des tu estatura y me hagas un listado de lo que comes sin dejarte nada atrás. Ni los picoteos entre horas, ni nada. Lo quiero saber todo de ti. Todo –extiende su mano.

Dudo en si agarrarla o no. Finalmente, ante su insistencia se la estrecho.

–Una cosa –añado–. Odio la impuntualidad.

–No te preocupes, soy el tío más puntual del mundo. Me gusta llegar antes a los sitios. Ya verás.

–Adiós.

–Hasta mañana, encanto.

Lo ignoro y sigo caminando. Me giro para confirmar que ya no está, pero me sorprende quieto en el mismo sitio. Tengo una cosa clara. Esto va a ser la guerra. O cae él, o caigo yo. Bueno, como suele decirse: lo que dure, duró. Si logro quitarme un par de kilos más, mejor.

Al llegar a casa cuento que el vecino va a ser mi entrenador, el pacto y que me pregunten lo mínimo sobre él porque no lo he mandado a freír monas porque es el hijo de Antonio y, aunque no hablemos mucho, me cae muy bien el hombre.

Termino una actualización de una página antes de cenar y acostarme. Eso sí, no antes sin pecar comiéndome un bollo relleno de chocolate y espolvoreado con azúcar glass. «Mmm… lo mejor después de un mal día para olvidarse momentáneamente de todo lo malo».

*****

[…]

Puedes informarte de cómo obtenerlo en: distribucionesmomo@gmail.com

YA EN KINDLE, AMAZON. Pincha aquí.

________________________

Queda prohibido copiar o reproducir total o parcialmente el contenido de este texto de

acuerdo con la Ley del Registro de la Propiedad Intelectual.

________________________

¿Olvidarás mi nombre?, de Gabino Sánchez Llamazares.

Hace poco tuve el placer de conocer a Gabino Sánchez Llamazares, autor de “¿Olvidarás mi nombre?”, gracias a Librería Luque. Ellos me llamaron y me pusieron en contacto con él para presentar su novela en una de las instalaciones de la Fundación CajaSur.

DSC_0287Acepté no teniendo casi ni tiempo de respirar, entre un viaje y otro, etc, pero acepté porque el nombre en sí ya me parecía que merecía la pena. Las atractivas palabras “olvidarás” y “mi” captan la atención, sobre todo si las metes en una pregunta en la que “nombre” se refiere más a tu yo interior que a un nombre u apodo por el que nombrarte.

A falta de tiempo, comencé su lectura el día de antes de la presentación. UNA LOCURA, ¿verdad? Lo arriesgué todo a que me gustase y atrapase así como hizo. Me leí las páginas. O más bien, me las bebí gustosa. El comienzo del relato es algo más pausado en el que Gabino, con su delicadea narrativa te va seduciendo aun sin decirte mucho de la historia base en sí. Conforme prosigues con su lectura, las intra-historias que te cuenta te van atrapando lentamente a pesar de no tener mucho que ver con el eje central, que no es otro que la entreñable y real historia de una pareja de ancianos enamorados.

Dicen que el amor son no sé qué extraños “cortocircuitos” que producen nuestras neuronas en el cerebro cuando una persona nos gusta y atrae. Exponen que eso se pasa a los tres años y el resto, es cariño, convivencia y respeto, pero que el amor, como tal, finalmente y por desgracia muere. Yo quiero creer que la vida, como en esta historia, sigue su curso así como el amor de ambos protagonistas que hasta la última página se va reflejando en historietas, anécdotas y miles de gestos cariñosos. Un hombre romántico sin rozar lo empalagoso nos guía de la mano a través de su vida y de su gran amor hacia “su niña”.

DSC_0290¿Cómo es posible ver la belleza en las arrugas del rostro, en una mirada que puede parecernos marchita por los años pero a la vez contemplarla como aquella primera con la que nos enamoró? Pues Gabino tiene la respuesta y nos lo muestra entre bellas frases que nacen del alma pura de este personaje tan peculiar.

La historia en sí narra cómo esta pareja se enfrenta a la enfermedad de uno de ellos y de cómo a pesar del amor familiar, siempre hay un pequeño egoísmo. El deterioro físico y mental de ambos va pasando factura con los años y él, rememora los buenos tiempos cuando aún era joven, cuando nacieron sus hijos y cuenta las historias de “y dices tú de mili”, sin ese toque que a muchos se les hace pesado porque cuando un mayor narra sus vivencia, narra la sabiduría e historia que encierra una época en la que él o ella vivió y que tú, por más que leas o creas saber, no pudiste vivir.

Recomiendo su lectura por la hermosura de los sentimientos descritos, la empatía y, sobre todo, por ese final tan perfecto para esta historia que avanza en sentimientos a cada paso que das con el protagonista.

Enhorabuena, Gabino. Fue un placer leerte, conocerte y compartir contigo un pedazo de literatura.

DSC_0276

____________________________

Publicado por: María del Pino.
AVISO LEGAR: Gran parte del contenido de este blog se encuentra protegido por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

Donde habita mi destino, de Tessa Mas.

DSC_0497bAyer, en Librería Luque, presenté la novela de Tessa Mas: donde habita mi destino. Fue una charla entre amigos de sus letras en la que compartimos vivencias, amor por la literatura y una pegajosa calor que pudimos combatir estupendamente gracias a las instalaciones y la cortesía de los dueños y empleados que, como siempre, nos trataron con amabilidad y cuidados.

De su biografía poco voy a decir ya. Solo haré un breve resumen.

DSC_0480b

Tesa Mas, nacida en Barcelona, es una apasionada de la literatura y escritura. Comenzó sus andanzas por este mundo con su primer libro de poemas al que le siguió aquel que ya presenté hace dos años en la Feria del Libro de Córdoba: Relatos de un día gris. Ha ganado algunos concursos literarios y estuvo en las ondas con un programa propio en el que entrevistaba a otros autores.

Entrando ya en la materia que nos interesa, el libro, decir como persona que ha leído su libro de principio a fin  que Tessa plantea una historia romántica que para nada resulta empalagosa.

Narrada en tercera persona, nos cuenta la historia de Esther, una joven de dieciséis años que va al instituto. Prácticamente, durante el transcurso de la misma, se desarrolla el roll familiar: padres protectores, amor de hermanos, etc. Sin embargo, lo que realmente nos muestra la obra es cómo una muchacha joven, de aspecto infantil, se enamora perdidamente de un chico mayor que ella e hindú. Ese amor platónico la atropella de tal manera que, a la partida de él a su país de origen, entra en una depresión. La piel canela del muchacho, sus ojos tiernos, su sonrisa, cartas y, en general, todo él,  crean un amor incondicional repleto de idilios y promesas.

DSC_0485b.jpgComo bien dice la contraportada, Pedro, su amigo y vecino, vive desde la más tierna infancia enamorado de ella, por lo que la ayuda a salir de ese caótico estado moral en el que se encuentra sumida. Con el paso de los años, varias sorpresas se entrometen en la vida de Esther, dándole así más realismo a la historia.

Tessa nos muestra una novela con un vocabulario cercano. Es una historia de café en un día de lluvia, de parque en una tarde de sol. De entretenida lectura y fácil compañera de un viaje en tren. Se puede leer en una tarde o en varias sin perder el hilo de la trama.

Recomendable para los jóvenes, pues… a pesar de la pasión que derrocha la chica por nuestro atractivo hindú y tener una escena esperada y bien recibida de amor, no hay nada censurable. Además, documenta bien algunos lugares de donde transcurre.

Una novela que os invitamos desde aquí a que os acompañe en vuestra próxima lectura.

Con estas palabras me despedí y di paso a la protagonista: Tessa Mas.

_____________________

Publicado por María del Pino.

AVISO: Gran parte del contenido de este blog se encuentra protegido por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

 

“Mírame. Ahora te toca a ti”, de Marissa Cazpri.

Es primavera y, como dice el dicho, la sangre altera. Hablemos nuevamente de sexo, de placer, de extasiar nuestros sentidos y hacerlos vibrar con la literatura. Dejar volar la imaginación, recrear escenas morbosas que jamás nos habríamos planteado. Hablemos de lo que nos gusta y de lo que no nos gusta, seamos más o menos finos, delicados o brutos. Hagamos el amor o tengamos una loca noche de pasión desenfrenada, de lujuria pecaminosa. Digamos “tomarte aquí y ahora” o “follarte aquí y ahora” (sí, los asiduos a leerme os sorprenderéis de lo que acabo de escribir, pero bien sabéis que soy de lo primero). En conclusión, seamos libres, pero sinceros con nosotros mismos. Dediquémosle un ratito a nuestro espíritu sexual y seamos honestos con nuestra piel y sentidos. Se lo debemos.

mírame. ahora te toca a tiAsí pues, retomemos de nuevo el tema sobre la novela erótica de la mano de Marissa Cazpri. Hace pocos días, como recordaréis, dediqué un post con mi opinión de la primera novela de esta saga “Mírame. El juego de Marina”. Así pues, no iba a ser menos dedicarle otro a la segunda para terminar de decir así lo que pienso de este dueto Marina-Paul y su historia de amor. Porque sí, amigos, el erotismo más seductor y atrayente no es el de una noche de “aquí te pillo, aquí te mato” con una persona cualquiera de la que a la mañana siguiente ni nos acordemos. El erotismo más sensual y duradero es el que lleva un sentimiento detrás, ya sea mayor o menor, de obsesión por tener algo con alguien imposible, pura pasión y atracción física, o amor.

En la primera (atención, “spoilercillo”) terminamos de una manera que nos dejó mucho en qué pensar. Y sobre todo, con una pregunta: ¿Y AHORA QUÉ?

¿Qué? Pues mucho, amigos. Aquí, Marissa, nos plantea una serie de obstáculos de todo tipo, dignos de exaltar un “YA NO ME PUEDE OCURRIR NADA MÁS (porque peor que esto… ¿qué hay?)”, y pasa, nos cae, nos machaca hasta destrozarnos. Hay instantes en la novela en los que realmente te dan ganas de captar la atención del personaje y decirle cuatro realidades a la cara. O como diría mi abuela: cuatro verdades como puños (yo soy más bestia y soy de dar 4 hostias “BIEN DÁS”, que es lo que en realidad viene a decir el dicho popular). Es, básicamente, como querer aconsejar a tu amigo, advertirle que está haciendo las cosas mal o que no debe reaccionar de tal manera porque no es correcto. Ese amor-odio que uno llega a sentir por ambos protagonistas es una característica humana que nos hace únicos: cariño. Es, también y en parte, como ver la paja del ojo ajeno antes que la nuestra y desear quitarla. Y por eso mismo, muchas de las disputas que mantienen nos afecta como “oyentes” de esta historia.13087340_1163357703674760_7890531324777032048_n

Dichas reacciones que han llegado a cabrearme, como lectora, me hacen darle la enhorabuena a Marissa, ya que nos ha hecho tan del argumento, que cuando uno de los personajes se equivoca, mete la pata o es, simple y llanamente, “tonto” (por no decir algo peor), nos sienta mal. Y si algo nos hace sentir bien, mal, enfadarnos, enamorarnos, llorar, reír, sentirnos… fogosos, es porque el escritor ha sabido transmitir lo que deseaba y que sus personajes desprendan esa empatía que nos hace meternos en su historia.

La trama sexual sigue dando mucho juego, solo que está mejor complementada que la anterior con un cuadro mucho más versátil, ya que no es lo mismo unas vacaciones de lujo sin más preocupaciones que las que precisamente los unió que nuestro día a día, nuestro trabajo y vivencias personales ya más desarrolladas.

En esta segunda entrega, se vive más de cerca lo bueno y lo malo. Sus defectos y virtudes, sus deseos, miedos y secretos.

Paul, puede llegar a ser tan atractivo como misterioso, exigente, bobo y terco. Y Marina, no menos terca, puede llegar a ser un poco tonta o fácil de convencer con sexo. Creo que a pesar de ser personajes inteligentes y picantes, también tienen mucho de inocentes. Os invito a conocer en esta segunda parte a otros muchos secundarios que nos darán muchos dolores de cabeza, pero que ayudarán a tener un final digno del comienzo de la saga.

No digo más, solo recomendar la novela. Mucho mejor que la primera. Eso sí, habrá páginas que… mejor tener una tila cerca si eres de los que se cabrea con las tonterías humanas. JA, JA.

Enhorabuena, Marissa. Esperando tu siguiente obra.

___________________________

Publicado por María del Pino.

Frases: amor y palabras (003)

“Estar a punto de lanzarme al abismo de tus labios y detenerme al comprender la inocencia de tu mirada” (M. del Pino)

“Atrévete a morderme esta noche y yo te morderé por siempre ” (M. del Pino)

17796127_1535120039833976_1069952820971880726_n“Y esperando quedé inmóvil, sumida en la nada, en un tiempo pausado sin retorno. Esperé en silencio, sin decir palabra o moverme. Me quedé tan quieta, que los instantes efímeros discurrieron tan despacio que la sangre de mi cuerpo se heló y por la eternidad en una estática estatua sin amor me convirtió ” (M. del Pino)

 

 

 

____________________________________

Aviso legal: Gran parte del contenido de este blog se encuentra protegido por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.