Feria del Libro de Montilla 2017.

El pasado 19 de marzo, a las 12h, me invitaron a presentar mi décimo libro publicado “ENTRE LA BÁSCULA Y LA PARED” en la II Edición de la Feria del Libro de Montilla.

Como valor positivo, destacar que tuve un gran recibimiento por parte de las librerías que se encontraban llenando de luz la PLAZA DE LA ROSA y por parte del chico que se encargaba del audio. En especial, destacar a la Librería Nobel y a la Librería Pedro Ximénez.

Aunque no fue una presentación con “destacado número de personas” y de que por la situación del lugar del evento creo que resultó un poco “violento” para una presentación, ya que no hubo mucha gente “sentada” en las sillas que el Ayuntamiento dispuso bajo una pequeña sombrilla, tengo que dar las gracias a los lectores y oyentes que se pararon y dedicaron parte de su tiempo a escucharme hablar sobre mi novela y leer lo poquito que leí.

Volver a ver que la gente crea empatía con los sentimientos de mis personajes al leer, e incluso que se les escapa una lágrima furtiva, me llena de satisfacción y hace que no me importe si hablo bajo el sol,equilibrándome para recibir sombra, o para 15 o 20 personas que están dispersas. No importa aunque al principio hasta uno mismo crea que sí porque mientras se pueda tocar uno o dos corazones, el esfuerzo, los kilómetros o los sentimientos confusos habrán merecido la pena.

Gracias también a esas personas que os habéis acercado a verme o a llevarse mi libro. Ojalá os guste y llegue al corazón. Como allí dije “una persona no debería plantearse si debe perder peso, o no, solo por mera estética. Una persona debe llevar la talla que le dé salud física y mental. Pues más vale ser feliz y tener salud, que estar sin salud por sobrepeso o no tenerla por poseer un cuerpo escultural y una mente enferma y triste”.

Hoy, como punto negativo o, más bien, petición a mejorar para el Ayuntamiento de Montilla, es sugerirles dar un poco de publicidad a los autores que cogen carretera, tren, autobús o su propio calzado para desplazarse e ir a compartirse ellos mismos y su literatura con todos (un “todos” que desconoce si viene alguien o quién viene). Hubiese estado genial ese detalle al igual que un poco de sombra (fue un día de calor). Por fortuna, yo tuve una sombrilla durante la primera media hora, pero mi compañero no y… eso, acusa a la salud. A pesar de estas “dos cosillas” (publicidad y un poco de sombra), daros mi más sincera enhorabuena por la iniciativa y deseando ser invitada a una III Feria del Libro de Montilla, que de seguro será mucho mejor.

Felicidades. Un Ayuntamiento que facilita a sus habitantes el acercarse a la literatura, es un Ayuntamiento implicado con el bien común.

Ver aquí el vídeo resumen.

 

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Publicado por María del Pino.

 

 

Invitación: Presentación y firma de Libros en la Feria del Libro de Montilla 2017.

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DOMINGO 19

A LAS 12H.

EN LA FERIA DEL LIBRO DE MONTILLA

SE PRESENTA Y FIRMA: ENTRE LA BÁSCULA Y LA PARED

LIBROS EN: LIBRERÍA NOBEL.

Vídeo-invitación aquí.

Cuando ya no tenga nada por lo que vivir, de María del Pino.

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Engaño, de María del Pino.

“En tu mirada, mujer, he descubierto la dureza de mi engaño. He adivinado el futuro. Un futuro desierto y ermitaño. Un futuro vacío sin tu presencia, sin tus más dulces caricias… Me he visto sin tus labios. mary-martinez-modelo-maria-del-pino-fotografia-y-fraseLabios que ardían cuando me besaban, que mi cielo mágicamente con toques de luz ilustraban para, ahora, saber que todo está roto, herido, solo…
En tu mirada, mujer, he podido ver más allá de las estrellas, pues, estrellado por las fuerzas que en una fugaz aventura me flaquearon, sumido trágicamente por la oscuridad me hallo .
No quise ser débil. Lo juro. Sin embargo, lo fui. La vanidad, ¡mi hombría! y mi infiel falta de desatino me hicieron directo caer en las armas de seducción de otra de mujer.
En tu mirada, mujer, mi soledad por siempre he logrado ver” (“Engaño”, de María del Pino)
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Fotografía: María del Pino.
Modelo: Mary Martínez.

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo X)

Capítulo X

Se me agotan los días de vacaciones. Solo me quedan dos, sin contar este, y no he encontrado nada. El lunes debo ir con unos turistas italianos a la Mezquita, llevarlos a Medina Al-Zahra y, finalmente, acompañarlos hasta el aeropuerto de Málaga. Tengo que planificar también la ruta interior y calcular las horas. Ando a contrarreloj.

En este tiempo, pese a que apenas he conseguido dormir como debiera por el tiempo que he empleado al deporte y a buscar información, tampoco he dado con el paradero de “C. Emperator”. Me he pasado mucho rato en casa del abuelo, buscando en su escritorio, entre algunos de sus libros, etc. En ellos he encontrado veinte de historias vampíricas y diez de hombres lobo. Algunos más también sobre mutación humana y unos pocos de ciencia ficción. Incluso hallé un manual en ruso de algo que no supe comprender, aunque entendiese bien el idioma. Todo estaba escrito en código y con fórmulas. Parecía –por lo poco que logré entender– que iba dirigido a un tal “Francotirador”.

Ahora mismo, permanezco otra vez aquí, encerrada en el hogar de la abuela. Ella no sabe que me encuentro en su casa. Para ser más exactos, en estos momentos ni ella misma se encuentra. He aprendido pronto sus horarios de sueño, de compra, de jardinería y de baño, por lo que entro y salgo por las ventanas a mi antojo y gracias a que tengo la llave de la cancela. Se la cogí un día para hacerle una copia.

No sé qué, ni en dónde, diantres buscar más. He pensado hasta en hacerme a la idea de que me enfrentaré a sanguinarios vampiros sin escrúpulos. «¿Deberé profanar la iglesia para adquirir agua bendita? ¿Tendré que ponerme un crucifijo? ¿Llevar ajos atados al cuello? ¿Portar una linterna de rayos UVA?». Me parece una locura. «¿Serán más al estilo de las películas de Blade? ¿O como la saga Crepúsculo?». Se me acaba de venir una imagen de Robert Pattinson en la película Recuérdame, pero haciendo de vampiro en la ventana mientras contempla el avión en plan: “soy invencible”…

Miro la estantería buscando respuestas. Respuestas que un puñado de lomos de libro no me van a dar. El abuelo siempre ha sido tan perfeccionista con los libros extraños de los que ya he hablado, que no me había percatado de la segunda fila de la estantería de mi izquierda. Son todos actuales escritores de la ciudad: Ramón Rodríguez y Ricardo Reques entre otros. Los miro por encima y un fallo se estampa en mi cara. Pienso que ha debido de ser la abuela, limpiándolos. Conociendo a mi meticuloso y metódico abuelito, me sorprendo al ver en ese lugar tan cordobés –entre los autores de la zona– al rojo y llameante libro de “El lector de cadáveres”, de Antonio Garrido. Me levanto, cavilando, intentando comprender qué ha podido ocurrir. Se sitúa entre las novelas del escritor Javier Villena y Manuel Cruz. No pega nada. Sobre todo porque parece haberlos puesto por edades y este escritor, además de no ser cordobés, es algo más mayor que los otros dos. Eso y que las estas novelas las ha debido poner ahí la abuela ya que son posteriores a su muerte.

Intento sacarlo de ahí para hacerle un favor a mi santo y difunto abuelo, pero está atrancado. Tiro con todas mis fuerzas hasta que se mueve levemente. Pese a ello y al crujido emitido por la estantería, no ha salido. Solo se ha desplazado como si fuese una palanca. Doy un paso atrás para ver cómo la estantería central, de las tres que tengo delante de mí, se encuentra un poco hundida. La empujo hasta chocar con la pared. A continuación, me doy cuenta de que se puede deslizar hacia la izquierda. Una vez ahí, aprecio que hay una escalera muy similar a las de las literas. Subo hacia arriba, hacia la oscuridad infinita. Es un espacio reducido en el que solo puedo permanecer sentada y encorvada. Si me estiro, toco el tejado con mi cabeza. Por suerte, acaba en punta y en el centro puedo estirar un poco más la espalda. Palpo a ciegas por el polvoriento interior del tejado hasta dar con una especie de ventana que solamente se abre desde dentro. Imagino que por fuera no se ve lo más mínimo. Debe simular una teja. Seguro.

La pequeña rendija que he abierto me sirve para respirar un poco mejor y contemplar con dificultad lo que hay a mi alrededor. Solo vislumbro un viejo baúl. No se trata de un arcón muy grande, pero sí es lo suficientemente ancho como para no poder sacarlo de aquí. Imagino que el abuelo lo construiría en este lugar para impedir que se lo pudiesen llevar. Intento abrirlo, pero no puedo. Trato de arrastrarlo en vano. Pesa demasiado. Además, el candado no cede ni con la horquilla del pelo, ni a tirones. Debo buscar la llave, no me queda más alternativa que esa.

Bajo y lo vuelvo a colocar todo tal y como estaba antes de buscar y rebuscar. En la misma estantería móvil observo un cofrecito. Lo vuelco encima de la mesa. Miles de tornillos y tuercas hacen un ligero tintineo al caer. También hay un cincel, un destornillador, un pequeño martillo… Nada. Ahí no hay ni llave, ni nada que se le parezca. «¿Qué hacer para encontrarla?».

De repente, se escucha la cancela del jardín. Miro con cuidado por la ventana. La abuela ya ha llegado. Ha entrado al jardín delantero y no me he dado cuenta de la hora. Ahora está metiendo la compra en casa. Recojo todo y bajo silenciosamente. No puedo llegar hasta la primera planta… No en este momento.

Pienso y miro hacia la habitación que suele ser mía en mis visitas. Veo una rama por la ventana. Si salto a través de ella, seré capaz de agarrarla. Me subo con cuidado al filo y, sin pensármelo, me lanzo. A pesar de alcanzarla y de quedar colgando de ella un buen rato, acabo resbalándome y cayendo al suelo. Me he dado un buen golpe. Para mi fortuna, al estar con los pies hacia abajo y ser una primera planta, no ha sido tan duro. Me escondo detrás del árbol y la abuela se asoma. Cuando escucho que se marcha, salgo. Camino hacia la cancela.

–¿Érica? –me llama.

–Abuelaaaa, holaaaaaa… –sonrío para disimular.

–¿Qué haces tú por aquí? –viene a besarme.

Al final, termino entrando y ayudándola preparar la comida. Aunque me invita, comento que ya he quedado. Pregunta con quién voy a ir y acaba formulándome un interrogatorio sobre el joven del otro día. Quiere saber si lo voy a ver. Desmiento su idea. Es más, le pido que si viene, sea a lo que sea, que me lo diga y que a él no le dé ni la hora. Ella afirma. Cuando estoy a punto de irme, me doy cuenta de que la puerta de fuera –es decir, la cancela–, está cerrada. La abro con mi llave secreta y la dejo abierta. La llamo al porterillo y le digo que salga a cerrarla. La verdad es que me da apuro hacerle esto, pero si la ve de ese modo y se acuerda… ¿cómo se explicaría que yo hubiese entrado si se supone que llave de la cancela solamente hay una? Era mejor hacerla creer que se despistó al entrar y se le pasó echar la llave.

Voy, calle abajo, hasta la avenida. Una vez allí, continúo andando. De camino, me entretengo en comprar algunos plátanos en una frutería. El día anterior no me llevé uno al gimnasio y Rafa me regañó un poco por ello.

Al llegar a casa, llamo a Jose Carlos. Me urge verlo mañana mismo. Quedo con él en su piso y me despido.

Se me vuelve a hacer de noche en el gimnasio. Fuera, a través de la ventana, veo a Ruiz, esperándome sin el coche. Siempre me sigue. Ya sea en vehículo o andando. De lejos, o de cerca. Para ir a mi casa o salir de ella. Le falta meterse en mi hogar y acompañarme hasta el retrete de la manita. Ahora que caigo, no lo he visto en todo el día. No me he dado cuenta de ello hasta lo tengo casi enfrente. Quizás esté aprendiendo a camuflarse…

Como no tengo ganas de que me siga, me escabullo entre un grupo de gente. Me mezclo con ellos y salgo delante de sus narices sin que se dé cuenta. Una vez que, en la lejanía, se percata de mi estrategia, salgo corriendo. Me persigue. Incluso me llama. Paso de él y giro por las calles, por una y por otra, hasta que me pierde de vista.

–Para ir enchaquetado, este inspector corre demasiado… –me digo jadeante. Ha conseguido cansarme.

Continúo con mi travesía hasta ver el Carrefour en la distancia. A lo tonto, me he alejado un poco más de mi casa. Caminando cerca del instituto El Tablero, veo una panda de golfos frente a mí. Todos llevan relucientes sellos de oro y algunos pendientes. Por detrás, a muchos de ellos les cuelga una especie de greñas que, para mi opinión personal, les desfavorece. Van con un bolso de mujer en la mano, registrándolo. Tienen pinta de haberlo robado y de estar repartiéndose el botín.

Trago el nudo que se me ha formado en la garganta, con la vista al frente, como si no los hubiese visto. En cambio, por sus risitas socarronas, entiendo que se han percatado de mi presencia. Se abren hasta ocupar toda la acera. Justo cuando los tengo casi encima, rezo para que no intenten asaltarme. Pienso que si no llevan ninguna navaja y me intentan hacer algo, podré vencer, pero no deseo pegarle a un menor de edad.

–¡Iiiooo! ¡Qué muñequita más linda, pareee! Tas más güenaaaa quer pan de Viena… –dice uno.

–Estáaaa… pa untarla en pan –se ríe otro.

–Yo le haría lo que a la leche el Cola-cao… –se burla un tercero–. Le echaría un polvazo, killo…

Consigo pasar a través de estos sin altercados. Como mucho, solo les he tenido que levantar el dedo corazón por las aberraciones que comenzaron a soltar por sus sucias bocas. Suspiro de alivio al verme lejos de ellos. La verdad es que no me apetecía, ni apetece, tener bronca con niñatos. ¿Qué se creen, por Dios? ¿No se dan cuenta de que así no conseguirán hacerse respetar? Si yo tuviese su edad… no me fijaría en ellos. Maleducados… Delincuentes…

Al llegar a casa, me sorprendo y alarmo. Pese a que todo está en orden y limpio, sé que alguien ha estado aquí, registrando entre mis cosas.

María del Pino El ladrón de almas VENGANZA

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo IX)

(BORRADOR DEL LIBRO YA PUBLICADO. Puedes adquirirlo en AMAZON)

Capítulo IX

Ya es de noche y no puedo dejar de pensar en todo lo sucedido. Muchas imágenes pasan por mi mente. Las que más me atormentan ahora mismo tienen que ver con el abuelo, con Javi, con el inspector Ruiz –al que nunca creo poder llamar por su nombre– y con el misterioso asesino chupasangre.

Abro el portátil y escribo en Google: “¿existen los vampiros?”. No me atrevo ni a pulsar la tecla Enter. Es una idea descabellada. Saco la estaca y la examino minuciosamente. Presenta una forma muy estética. Incluso parece que la han hecho adaptada a la forma de la mano. Borro las estúpidas palabras que escribí en el buscador y me dedico a ojear la bandera de Portugal. Me resulta extraño, pero me recuerda a ella. No tiene nada más que los colores, pero, al verla, es lo primero que se me viene a la mente. Tendré que ir a hablar con mi amigo José Carlos –un hacker experto–, para que me ayude a averiguar su procedencia.

Vuelvo a abrir el manuscrito y a leer la dedicatoria. Cazador… Esa palabra y la estaca me traen a la cabeza de nuevo el tema de los vampiros. Ahora me arrepiento de no haberme fijado en el cuello de Javi cuando yacía muerto frente a mí. Abro la siguiente página y veo que está en blanco. Paso hoja por hoja. Todas de igual modo. «¿Qué clase de amigo es aquél que regala un libro dedicado y en blanco?». No creo que se lo haya regalado para que él escribiese.

Voy a mi viejo video de VHS y meto la cinta en la que salen mi hermano y Javi. Intento contener mis emociones al contemplar sus rostros. Lo detengo justo cuando entra el individuo que abraza a mi abuelo. No se le ve la cara, ni el cuerpo, pero sus andares me suenan de algo. Además, ya no me parece que sea un hombre de la edad de mi abuelo, sino un joven. Le vuelvo a dar al play. Viendo el vídeo, me dedico a pensar que ahora ese hombre –si es el hijo de su amigo y no su amigo– tal vez deba tener cuarenta o cincuenta años. «¿Debería buscarlo?». Tiene pinta de ser el hijo de C. Emperator por su agilidad en los andares.

Mientras divago, el vídeo transcurre. La siguiente imagen es mía. Mi abuelo me regala una pelota de Goku y se va al patio delantero, dejando la puerta del salón abierta. La cámara enfoca el exterior. Se ve un poco borroso, pero distingo el antiguo coche de mi padre. Pasan dos minutos más y yo sigo bota que te bota, bota que te bota. No me canso de hacer la misma tontería. Justo cuando voy a avanzar, a lo lejos se ve un hombre. Se sitúa detrás del viejo Opel. Me acerco a la pantalla, pero no logro apreciar nada. Está muy lejos y se ve difuso. El abuelo se acerca a él. Lo reconozco únicamente por el jersey. «¡Maldita cámara vieja!». Le da un abrazo. El desconocido le extiende una especie de sobre enorme y acaba yéndose sin más.

Pensando y pensando, llego a la conclusión de que ese hombre debe de saber muchas de las cosas que el abuelo ocultaba. Mi nueva misión será la de ir a buscar al tal C. Emperator. O en su defecto, a su hijo, el posible hombre de los vídeos.

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El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo VIII)

Capítulo VIII

Me despierto después de una larga noche. Por suerte, en estos dos días no he vuelto a encontrarme más con el inspector. No sé qué hubiese ocurrido si me lo hubiera cruzado. A lo mejor le hubiese cantado las cuarenta o simplemente le hubiese dejado bien claro que me molesta su presencia.
Dejo de pensar en él. No merece la pena darle vueltas a lo ocurrido.
Como tengo una semana de vacaciones, podré investigar a gusto. Lo primero será mirar el video que me dio y que no he querido ver hasta que se me pasase el enfado. Luego, tratar de buscar alguna pista en casa de los abuelos que me conduzca hacia el paradero de los asesinos. Si el francés preguntaba por él, sería por algo. Quizás los investigara en sus últimos años de servicio. O incluso en los que prestó ya jubilado. Por último, he de prepararme para enfrentarme a ellos. La próxima vez que tenga delante al que no para de perseguirme, no lo dejaré escapar. Y menos ahora que he visto tan claro su rostro, conozco su estatura y movimientos.
Enciendo el portátil, pongo el DVD y hago doble clic en el único archivo que contiene. Me resulta extraño ver que solamente hay uno. La cámara de Javi no lo monta todo, sino que lo deja en varias grabaciones.
Nada más darle al play, sale él, riéndose en el tren. Se burla de mí, dormida, mientras se dedica a grabarme. Expone, entre susurros, que serán unas vacaciones inolvidables. La siguiente toma es mía, bajando hacia el arroyo. Contengo mis emociones al escucharlo hablar. Aprieto los labios para hacerme la fuerte. Cierro incluso los ojos momentáneamente. De repente, se corta y empieza a verse borroso. Distorsionado diría yo. La imagen se para de golpe y se ve cómo Javi me empuja por el barranco, cuchillo en mano. Acto seguido, todo se vuelve negro. La siguiente toma es de un policía preguntando qué hace ahí una cámara mientras unos cuantos bomberos me sacan del barranco junto a otro hombre que no logro ver. Seguramente el doctor alemán.
Cierro el ordenador de golpe. Me cabreo severamente. Está completamente adulterado. Yo ya me encontraba arriba cuando me desmayé. «¿Quién me ha vuelto a bajar?». No sé si, como dice Lucía, han sido ellos, o quién. Lo que me queda claro es que faltan varias tomas. Tengo que descubrir por qué había una cámara grabando, si era la de Javi u otra y quién se ha tomado la molestia de cortar lo esencial.
No puedo esperar más. Ya ha pasado demasiado tiempo. Agarro el bolso, meto los papeles que escribí con lo ocurrido y abandono mi casa. Debo visitar la de los abuelos. Al ir andando hacia mi Peugeot gris, aprecio que está apoyado en el capó el inspector Ruiz.
Nada más verlo, le sacudo una bofetada. Le voy a dar otra, pero me controlo. Me digo a mí misma que no soy una persona violenta aunque él me desquicie y me haga querer usarlo de saco de boxeo.
–Lo siento… –se disculpa con tristeza, como si en el fondo de su corazón comprendiese mi pérdida y mi impotencia.
Paso de decirle nada. Simplemente me subo al coche. No deseo liarme a insultos con alguien que muestra arrepentimiento y dolor en el rostro. Eso me ha dejado en parte desconcertada. He de reconocerlo.
Justo en el momento en el que me queda poco para llegar, pillo un atasco en plena cuesta de la avenida del Calasancio. A dos casas de llegar a la de mis abuelos, veo que me sigue en su coche. No es nada disimulado. ¡Hasta me ha saludado con la mano cuando lo he mirado por el retrovisor! Suspiro. Me gustaría seguir enfadada, pero su sonrisa es demasiado alegre como para guardarle rencor alguno. Eso sí, lo abofetearía otra vez para terminar de quedarme a gusto.
La cancela de los abuelos está abierta, así que entro. Bajo del coche y me contenta ver que no se ha colado detrás de mí. Lo hubiese echado a patadas si encartase. Con él veo que no existe una Érica pacífica.
–Mi niña… –oigo a la abuela.
–Hola –le doy dos besos y un abrazo.
–¡Cuánto tiempo hace que no vienes por aquí! –me responde con fuerza.
–Pues sí.
Me pone de comer el plato favorito de mi infancia, patatas con huevos fritos y un buen cuenco de salmorejo. A pesar de mi estricta dieta puesta por Rafa, me lo como todo y hasta me chupo los dedos. No hay nada como untar las patatas en el salmorejo de la abuela Paloma y mojar sopas.
Tras la comilona y el postre de fresas con helado de nata, me brinda un cuarto para dormir la siesta mientras ella ve la serie “Amar en tiempos revueltos”. Va por el tercer capítulo y no sé cuántas veces la habrá visto ya. Tiene costumbre de poner la primera temporada cada vez que termina. ¡Bendito el día en el que se la regalamos para su cumpleaños!
Me tumbo en la cama para relajarme. Al cabo de un rato, bajo las escaleras para beber agua y veo que la abuela duerme plácidamente. No le ha dado tiempo ni a ver el cuarto capítulo entero.
Tras saciar mi sed, subo al despacho del abuelo. Un despacho “privado” en la torrecita más alta de la casa. Siempre que me llevaba ahí, me decía que era su cuartel secreto. A mí me encantaba acompañarlo y escuchar sus historias.
Al abrir la puerta, me sorprendo. Todo estaba tal y como lo dejó, pero limpio. La abuela cuida y recuida todo, volviéndolo después a colocar en su sitio. Es como un santuario. Hasta ha puesto una placa en la que dice: sancta sanctorum de Pedro Pulido. Y al lado de esta, una foto de ellos dos juntos, jóvenes. Una a la que el abuelo le guardaba un cariño especial aunque sea una copia de la auténtica. Siempre me repetía que ahí estaba la llave de su vida, de sus secretos más bien guardados.
Me siento en su silla giratoria y, después de releer lo que yo escribí, comienzo a abrir cajones. Tan solo encuentro multas, algún que otro arresto, porcentajes de alcoholemia y facturas de la casa ya pagadas. Nada relevante para mí. Husmeando un poco más por su mesa, aprecio que hay una falsa ranura debajo de unos libros de Antonio Gala. Intento abrirla sin romper la madera, pero al usar un destornillador, la agrieto un poco. Lo bueno es que no se nota mucho. Espero que la abuela, cuando quite los libros para limpiar, no se percate de ello.
Meto la mano dentro, con mucho cuidado, y palpo, entre una buena capa de polvo, un pequeño y fino manuscrito. Al sacarlo junto a otro objeto puntiagudo envuelto en un viejo trapo, veo que tiene la pasta antiquísima, las hojas recicladas del “año la pera” y la encuadernación rústica, cosida por alguien. Todo un objeto artesanal. El otro chisme es una especie de estaca de madera hecha a mano. Me quedo absorta mirándola. Es preciosa. El barniz hace que brille mucho. Por los colores, diría que está fabricada en Portugal. Al menos, me recuerda a su bandera.
Sacudo el libro y en la portada veo un nombre: “C. Emperator”. Abro la primera página y veo una dedicatoria:
[Para mi mejor amigo, Pedro. Un cazador innato]
Lo suelto de golpe. La dedicatoria me ha asustado. Tengo el corazón acelerado. Sin esperármelo, suena la puerta, apartándome de todo lo que pueda pasar por mi cabeza en momentos como este. Meto en mi bolsillo trasero la estaca y el libro bajo mi brazo. En su lugar, dejo los papeles que escribí a modo de diario de ese fatídico día junto al anillo de pedida de Javi. Medito momentáneamente, sin saber si hago bien en dejarlo ahí. A los segundos, reacciono. A mí me limita, me retiene. Hace que me sienta débil al portarlo. Suspiro. Ya volveré por él cuando todo haya terminado.
Rápida y veloz, coloco las cosas tal y como estaban. Cierro la puerta y bajo las escaleras hasta la segunda planta sin hacer ruido. Siguen llamando. Antes de meterme en la habitación, intento asomarme con cuidado. La abuela, bostezando, se dirige a ver de quién se trata. Me encierro y destapo la cama al mismo tiempo que lanzo los zapatos por ahí. Me tapo con una mano y con la otra me coloco el libro bajo la camiseta.
Escucho a mi abuela hablar con alguien. Por cortesía lo invita a pasar. Luego, comenta que me va a avisar.
–¿Érica? –se escucha detrás de la puerta.
–Adelante.
–Ha venido a verte un amigo muy guapo… –sonríe arqueando las cejas.
–Dile que ahora bajo.
La abuela abandona la habitación. Pienso guardar lo encontrado, pero tengo el ligero presentimiento de que no debo separarme de estos dos hallazgos. Me meto la estaca en el calcetín y el libro en el bolso. Me lo cuelgo y bajo las escaleras revolviéndome un poco el pelo. Al haberlo cortado como lo tenía antiguamente, no es muy difícil moldearlo, ya sea para bien, o para mal.
Justo al pisar el último escalón, frunzo el ceño. El visitante se levanta y camina hacia mí con una sonrisa inocente. Me acerco a Ruiz hecha una furia.
–¿Qué haces tú aquí? –me encaro entre susurros.
–Fuera, en el coche, hace demasiado calor, así que me metí aquí y decidí esperarte dentro.
–No me vengas con falsas excusas. Tu coche de superlujo tiene aire acondicionado.
–Es verdad, no caí. Gracias por recordármelo.
–¿Para qué entras? –lo empujo un poco. La simpatía que me causó el día que lo conocí, empieza a evaporarse.
–No te enfades con tu amigo, Érica. Él solamente llamaba para poner el coche dentro y esperarte fuera. Yo soy la que lo hice pasar a tomar un café –lo defiende mi abuela con una bandeja entre las manos cargada de pasteles, pastas y tartas, aparte de la leche y demás.
–Amigo… –mascullo entre dientes.
–Muy buenos amigos –me echa un brazo por encima.
Mi abuela sonríe. Quizás, malentendiéndolo y pensando algo más serio.
–Abuela, amigos. Amigos y nada más que amigos –me aparto de él.
Se muestra satisfecho. Ha conseguido que de mis labios salga dicha palabra.
Mientras tomamos el café, se le ve a gusto. Parece que no quiere irse. Se ha bebido dos tazas y ya va por la tercera. Mi abuela le ofrece más tarta de la que ya ha comido. Él responde que sí. Incluso se ofrece la buena mujer a prepararle una fiambrera con un buen trozo para que se lo lleve. Ruiz, ni corto ni perezoso, lo acepta antes de dar el último sorbo.
Mi abuela va a la cocina para servirle más y prepararle la que se va a llevar. Me siento al lado del inspector y lo agarro del brazo.
–Exijo una explicación.
–Y yo que seas más amable conmigo, con tu “solo amigo”. Tenía otra visión de ti… Más dulce, pacífica y social.
–Y yo de ti. Márchate y no vuelvas más –me levanto, obligándolo a hacer lo mismo.
Lo empujo hasta la puerta justo cuando aparece mi abuela.
–¿Te vas? –parece sorprendida.
–Nos marchamos ya. Mi amigo tiene mucha prisa. No se acordó de que tenía cosas que hacer. Yo me dejo el coche aquí. En un rato vengo a recogerlo –agarro la bolsa con la fiambrera, se la entrego a Ruiz, le doy un beso a mi abuela y lo arrastro hasta la puerta–. Siente mucho no poderse comer el que le cortaste, pero tenemos que irnos.
–No pasa nada.
–Lo siento –se disculpa él.
–Por cierto, joven… –lo llama al mismo tiempo que abro la puerta y tiro de su brazo–, ¿te vas a ir sin decirme tu nombre?
El inspector se detiene en seco, haciendo así que me pare. Suspira y, después de posar sus ojos con pena sobre mí, le responde en un tono casi imperceptible:
–Javier, señora Paloma, mi nombre es Javier Ruiz.
Mi abuela se queda patidifusa. No sé qué estará pensando, pero sus ojos impactan sobre mí con miedo y duda. Aflojo la tenacidad ejercida sobre su brazo durante unos segundos. Cuando me recupero, cierro la puerta. Nos montamos en su coche sin decir ni media palabra. Una vez con los cinturones abrochados, me pone su placa en las piernas: “Javier Ruiz”.
–Nunca he querido decirte mi nombre. No sé si entenderás mis razones… En serio. Discúlpame, pero no me ha salido mentirle en algo tan simple y algún día lo tendrías que saber –confiesa arrancando el motor.
–¿Por qué si eres tan cuidadoso en estas cosas, en no hacerme daño, luego metes la pata con preguntas como aquella, o con estos gestos tan intolerables? –señalo la casa de mi abuela con el dedo a la vez que no puedo apartar la vista de su nombre.
–Solamente te diré que a veces no me gusta lo que hago, pero… –suspira–. Es mi trabajo. He de hacerlo. Recuerda que te seguiré allá donde vayas y que he de investigar ciertos asuntos. Eso y más.
Después de sus palabras, le devuelvo la placa y la conversación se acaba. Simplemente me deja en el gimnasio, argumentando que sabe que siempre vengo aquí a estas horas, que me espera un amigo y que tengo ropa de deporte en la taquilla para situaciones imprevistas como esta. Finalmente, me informa de que hoy no me seguirá más. “Me dejará descansar”. Me recuerda que no me olvide mi coche. Antes de bajarme de su vehículo, simplemente me ruega que no ande sola por las calles. “Sola”… Eso ya me lo han dicho antes.

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