El ladrón de almas. VENGANZA (Capítulo 4)

Capítulo IV

Han transcurrido tres meses desde aquel fatídico suceso. Durante ese maldito tiempo, comprobé que no estaba embarazada. Además, asistí, desgraciadamente, a dos funerales. El de Javi, y el de su madre. La pobre mujer murió de pena la semana pasada. Y sabía que, a este ritmo, no tardaría mucho en celebrarse otro. El mío. He adelgazado siete kilos y apenas logro mantenerme en pie. Me dieron de baja en el trabajo y me mudé con mis padres al barrio El Naranjo hasta recuperarme físicamente, ya que psicológicamente jamás cerraré esta herida.
En el momento en el que me llevaron a mi casa a recoger algunas cosas, no pude entrar. Demasiados eran los recuerdos que encerraban esas cuatro paredes. Excesivos, también, los sentimientos que desprendían los objetos, el sillón, la cama…
Mientras pienso que mi vida no tiene sentido y que sigo en ella por no destruirles completamente a mis padres la suya, llaman a la puerta.
–Érica, ha venido Lucía a verte –me informa mi madre.
–Vale –respondo sin alegría.
Mi amiga entra, vivaracha, en la lúgubre habitación de ogros en la que se ha convertido este lugar. Sé que pretende levantarme el ánimo, pero no puedo sonreír si ya no tengo a Javi a mi lado.
–Tía, ¡mira lo que traigo para que vuelvas a tu peso! ¡Tú helado favorito! –exclama sacándolo de la bolsa.
Me pongo a sollozar y me abraza. Sé que no lo ha hecho con mala intención, pero, siempre que estaba deprimida, Javi venía después de cenar con nuestro helado favorito y nos poníamos ciegos esa noche. Se lo cuento y me pide perdón.
Insiste en que coma y ahogue mis penas, que a este ritmo me moriré por mi extrema delgadez. Por más que intenta alegrarme con otras palabras más amables y comprensivas, no lo logra y mi sufrimiento aumenta. Probarlo es incluso peor, ya que, por unos efímeros instantes, creo verlo frente a mí, sonriéndome y alegando que todo va a ir bien. Necesito su abrazo.
–Érica, no es que te diga que te olvides de él… –me quita la cuchara de la mano–, pero debes hacer borrón y cuenta nueva.
–No puedo borrarlo. ¡No quiero! –balbuceo.
–Amiga, no te pido que lo borres a él, pero escribe un nuevo libro. Redacta una nueva historia. Eres joven. Tienes veinticuatro años y un currículum impresionante para tu edad. Trabajabas de guía y te sacabas la carrera simultáneamente. Hablas ocho idiomas, eres bella, inteligente… ¡No seas egoísta con los demás seres vivos! Déjanos disfrutar de ti, de la mujer que eras hace tres meses… –se le saltan las lágrimas–. Sé que lo que te voy a pedir no es razonable, pero ayúdanos a sacarte del hoyo. Tu madre sufre, tu padre está incluso más encerrado en su mundo y tu abuela es ya mayor para estos disgustos. Además, tus amigos… te echamos de menos. Todos preguntan cada día por ti… Solo me dejas verte a mí…
–Te quiero… –es lo único que soy capaz de decirle.
–Y yo a ti…
La tarde concluye con un abrazo que dura la eternidad.
Lucía es mi mejor amiga. Contraerá matrimonio en casi dos años. Recordarlo me hace mal. Muy mal. Miro el anillo instintivamente. No quiero pensar en Javi, pero ya es tarde. La cara de ella se mezcla con la de él.
De todo el que me ha preguntado por el qué ocurrió, a la única que se lo he contado ha sido a ella. Y para que no me tomase por una tarada, omití la parte fantástica de mi historia de terror. Aunque no lo comprendió, es la única que me creyó. Incluso buscó una explicación coherente y expuso que, quizás, fuese cosa del FBI. Escuchar esa tontería casi logra medio arrancarme una sonrisa. Le dije que era imposible, que en España no había tal cosa. Tras unos minutos de pausa, rectificó, alegando que, entonces, debía de haber sido una “misión encubierta”, o como se llamase, a cargo de la policía secreta o la nacional. Acabó afirmando la teoría de que, tal vez, este engaño fuese debido a la búsqueda de algunos peligrosos asesinos buscados por el gobierno, o de algo importante para el país. Inventando todo esto y aprovechando la muerte de una de sus víctimas, no revelarían lo que en realidad ocurrió. Mi amiga y su imaginación… Me reiría de ella si no fuese porque incluso eso sería más creíble que lo que en realidad ocurrió.

Ha llegado la hora de la cena. Como siempre, no tengo hambre. Sin embargo, por petición de Lucía –que me lo rogó antes de marcharse– y por la realidad de sus palabras con respecto a mi salud, bajo a comer con mis padres y abuela, la cual llegó antes de la partida de mi amiga. Todos se muestran bastante sorprendidos ante mi repentina decisión de permanecer con ellos. Parecen algo más contentos. Incluso mi padre.
–No sabes lo mucho que me alegra que hayas bajado –sonríe mi abuela Paloma.
–Ha sido gracias a Lucía –comenta mi madre.
–Qué buena niña es…
–Un sol. Viene cada vez que puede a ver a Érica y le trae siempre cualquier cosa. Un osito, un dulce, una sopa, un helado… Es un primor… –informa–. Para su cumpleaños se quedó hasta a dormir con ella.
–Sí. Tenemos suerte de que Érica tenga una amiga así –asiente mi padre con decisión–. Ella me parece una buena junta.
La velada transcurre sin muchas palabras. Saben que cualquier cosa que digan es capaz de recordarme a él. Lo que sí rememora la abuela es al abuelo. Aunque murió, su recuerdo siempre nos hace sentir bien. Era un hombre extremadamente alegre. No sé cómo, pero acaba saliendo a relucir por qué me llamó Érica. Hasta este momento, desconocía que él fuese el que me lo pusiera en honor a un antiquísimo amigo suyo. Era tan antiguo que, según la abuela, su amistad se remonta a su juventud. En seguida imagino que ese señor habrá fallecido porque nunca he tenido el honor de conocerlo.
Mi padre no quiere seguir más con el tema del nombre, ni recordar esa historia del mejor amigo del abuelo. Por su incomodidad, deduzco que no le agrada hablar más sobre el tema. La abuela se pregunta si aún vivirá, ya que nunca lo llegó a ver de cerca. Solamente lo vio de lejos una vez y fue en su boda, al salir de la iglesia. Al parecer, este también los visitó una vez cuando yo aún era bebé, pero no lo conoció nadie porque no estaban en casa. Eso me crea la duda de si estará muerto o no.
He cenado poco, pero algo más que de costumbre. Yo misma me he obligado a ello. Volviendo a mi habitación, miro a la escalera y recuerdo a los seres queridos que formaban parte de esta familia y ya no están. Esos no son otros que el abuelo y mi hermano. Incluso en ese recuerdo, ya aparece Javi. Nuestros padres eran amigos y de ahí nuestro encuentro.
Al subir, me acuerdo de que tengo un video muy viejo de aquella época. Entro a mi habitación y lo busco. Cuando al fin lo hallo, con ansia y las manos temblando, lo pongo en mi televisión y subo la voz. Lo paso rápido hasta el sexto cumpleaños de mi hermano. Al verlo, detengo la imagen. Nunca podré entender cómo un niño tan ambicioso y lleno de vida nos dejó una carta de suicidio. Con tan solo veintiséis años, desapareció unos meses y echó a perder su vida. Cuando al fin volvió, ya no era el mismo. Parecía que el tiempo se había detenido a su alrededor. Incluso para mi padre y abuelo. Estos comenzaron a chocar demasiado. Reñían entre ellos y contra mi hermano. El carácter de esta familia se agrió entre los hombres hasta que un buen día, José –mi hermano– volvió a desaparecer, dejando una nota en la que comunicaba su inminente suicidio. Describió el sitio exacto donde ocurriría. Incluso la gente lo vio saltar desde un acantilado en Ibiza. Fue algo traumático para los varones de esta casa. Mi abuelo y su hijo se trataron fatal tras su muerte. Incluso dejaron de hablarse durante unos meses. Parecía que el segundo le echaba la culpa al primero de la muerte de mi hermano. Fue algo doloroso para todos. Por suerte, la reconciliación entre ellos fue lo único que nos unió más.
Así fue como mi padre dejó de ser un hombre comunicativo y alegre. A los dos años de su suicidio, murió el abuelo de un infarto cuando visitaba un pueblo sevillano –eso ya provocó que mi padre se hiciese más frío–. Y para seguir con las tragedias familiares de dos en dos años, hace casi otro par de su pérdida y ahora… Javi…
Parece que no me quieren dejar respirar. Esto es una maldición.
Se me escapa una lágrima. Para evitar pensar más, continúo viendo el video. Después de contemplar a José correteando un poco, salgo yo dentro del cochecito de bebé. Le doy al avance rápido y se ve cómo llega un hombre joven. Abraza a mi abuelo y van a la cocina. Apenas se distingue porque el video nos enfoca a los niños. Solo se aprecian sus piernas y andares. Después, llega de la calle mi madre con los padres de Javi. Aparece mi abuelo de nuevo. Solo. No sé por dónde habrá salido ese individuo.
Vuelvo a poner la velocidad normal. Ahora aparece una imagen enternecedora. Javi, con unos cuatro años –ya que era unos dos más pequeño que mi hermano– se apoya en el carrito y me da el chupete. Como apenas llega a verme, José le ayuda. Sonrío brevemente al verlos con seis y cuatro años, y a mí con unos meses.
El video continúa conmigo más mayor –con unos tres años–, pero, como ya no sale mi amado, prefiero no seguir mirando. Lloro, sin saber qué he de hacer con mi vida. Unos seres extraños me lo han arrebatado.
Tumbo lo que queda de mi persona en la cama, recordando la imagen de Javi haciéndome carantoñas en el carrito. Se me quiebra el alma, pese a no saber cómo diantres se puede resquebrajar algo ya roto, un corazón destruido.
Me duermo sin darme cuenta. Entre sueños, viene a mi mente la cara del francés preguntándome por mi abuelo. Es despreciable. Luego, una vez más, vuelvo a vislumbrar a Javi en el suelo con el otro tío encima. Le grito, pero me frena el rubio. De pronto, me envuelve el humo negruzco de aquel día y aparece la cara de mi novio con colmillos y ojos negros. Viene a matarme.
Doy un respingo y me despierto. Momentáneamente, me ha parecido ver frente a mi cama a aquel endiablado ser. Aquél que caminaba hacia mí antes de aparecer en el hospital. Tengo el corazón acelerado y el pulso desenfrenado. Tanto, que si sigue así me dará un paro cardíaco.
Me levanto y enciendo la luz para asegurarme de que estoy sola. Suspiro al comprobar que es así. En mi sueño, Javi era un chupasangre. Me llevo las manos a la cabeza, negando. Imposible. «¿Vampiros?». Aturdida, me siento en una silla. Desconozco qué serán, pero reafirmo lo que viví y observé con estos dos ojos que tengo en la cara. Resulta imposible que fueran humanos. Eso lo tengo claro. No podían, ni pueden, serlo.
Como si me iluminaran, recuerdo que Antoine, el francés, me preguntó por Pierre Pulido, mi abuelo Pedro. «¿Por qué?». Yo siempre he sabido por mi padre, que el suyo, no tenía un trabajo normal. No hay que ser muy listo. Mi madre y yo, por ejemplo, siempre pensamos que trabajaba para alguna organización secreta contra el crimen y no como policía local –que era lo que nos pretendía hacer creer–. Incluso mi abuela Paloma, a pesar de que hiciera oídos sordos y pasase de nuestros interrogatorios, sabíamos que no era tan tonta como aparentaba delante de nosotras, o de él. Demasiados “lujos” le daba para ser un simple y vulgar policía local, y excesivos viajes hacía por España y el extranjero él solo. Mi abuelo fue quien me enseñó cinco de los ocho idiomas que sé.
De repente, me levanto. Una fuerza espiritual me empuja a ello. Seco mis lágrimas y aproximo mi rostro al cristal de la ventana. Me enfado con la vida, pero saco coraje de la nada y de las heridas. Me quito el anillo y lo miro fijamente. Tengo una cosa clara. Ya he dejado de existir. Ahora va a nacer una nueva Érica que no tendrá nada que ver con la antigua. Una que no llorará nunca más. Lo haré por él, por Javi.
Cierro la mano con el anillo dentro. Me lo vuelvo a poner pensando que llegará el momento en el que me deba desprender de él para no ser vulnerable. Luego, mirando a la luna, decido hablarle con ternura. Entonces, convencida de lo que viví, de lo que ocurrió realmente, le prometo en un susurro investigar hasta dar con la verdad.
–Javi, una espinita se me clava en el fondo del alma… Tu ausencia infinita marca mis solitarios labios. Extraño tus dulces besos. Todo. Hasta tus defectos. Anhelo que vuelva a mí la calma que desbordabas cuando, dormida en tu pecho, acurrucada, me abrazabas con tiento y me decías que me querías… Todavía no entiendo por qué te has ido y me has dejado tan sola… Aunque, mejor dicho, no comprendo por qué te arrebataron la vida, por qué te la arrancaron de esa manera… Encima, mancillando tu nombre hasta en los periódicos… ¡¿POR QUÉ?! –exclamo un poco más alto–. El desconsuelo anida en mi corazón y, cada noche, a cada segundo, no puedo olvidar aquel último día en el que nos amamos… –una lágrima intenta salir, pero la sello con un hondo suspiro–. Sé que no habrá amor que llene el vacío que me dejó tu ausencia… Lo-lo sé –tartamudeo–. Eras mi todo y… te juro –señalo a la luna, poniendo la yema del dedo sobre el cristal– que no me iré de esta vida, sin antes haber vengado la tuya…

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

 

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Autor: mariadelpinoblog

Escritora, ilustradora, ex-locutora de radio, guionista y actualmente directora en el mundo audiovisual con una película en montaje y varios cortometrajes a punto de salir del horno.

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