El ladrón de Almas. VENGANZA (segundo capítulo).

Capítulo II

2-Septiembre-2012

Me llamo Érica Pulido y soy guía turística. Vivo en Córdoba y aquí voy a escribir aquí, con mi puño y letra, lo que me ha ocurrido en estos últimos días. Me lo quieren borrar a toda costa, cambiármelo por otra versión. Pero no. Se equivocan. No dejaré que manchen el recuerdo de la verdad sobre Javier Vargas de la Rosa, mi novio. (Ay… qué mal me encuentro, sino llega a ser por este incidente, seríamos ahora algo más que eso. Me lo han quitado…).

Todo comenzó cuando Javi me propuso ir a Navarra para pasar unos días, de senderismo, por la que fue tierra de su difunto padre. Él me quería llevar a celebrar mi veinticuatro cumpleaños por adelantado. Sin embargo, yo sabía que tras estos cinco años largos de noviazgo, me iba a pedir matrimonio. Lo tenía claro porque una amiga mía lo pilló con las manos en la masa (comprándome el anillo) y pasaba mucho más tiempo junto a mí con cara de bobo enamorado. Pese a que él le rogó a Lucía que se callase, ella (la delatadora), no lo hizo. Vamos, tardó diez minutos en llamarme al móvil para contarme la noticia. Así pues, cuando él me propuso irnos de senderismo unos días con la excusa de que ese era mi regalo, acepté muy ilusionada.
Preparando las cosas del viaje, enseguida me di cuenta de que algo escondía entre sus cosas. Usualmente, yo le ayudo ayudaba siempre con la maleta (o la mochila en este caso). La hacía en mi casa. Era como la suya. Llevaba viviendo conmigo este último medio año.
Fuimos de mochileros en el AVE hasta Navarra. Una vez allí, nos embarcamos a la aventura. Un autocar, una larga caminata y al final del día llegamos a la ruta. Hicimos hasta un poco de alpinismo. Si yo, años atrás, fui deportista, él era un crack en la materia. Un hombre fuerte y robusto.
Sin darnos cuenta, cayó la noche y sacamos la tienda. Mientras comíamos, lo notaba meloso. Deduje que sacaría pronto el anillo, pero me equivoqué. Simple y llanamente quería juerga nocturna. A la mañana siguiente desperté hecha un desastre. Salí de la tienda y lo vi a él justo enfrente, radiante y feliz. Lo adoraba. Me ofreció un café y, gustosa, bebí. Si pudiera, beberíay comería de sus manos. Vivía por él. Y él se desvivía por mí… Sobre todo este último medio año. El cambio había sido brutal.
Seguimos con nuestro caminar. Un poco más avanzada la media tarde, llegamos a un arroyo y… desde ahí, comenzaré a redactar, palabra por palabra, todo lo que recuerdo. Porque hay cosas y momentos que jamás podrán ser olvidados…
–¿Para qué quieres que baje al riachuelo otra vez? –pregunté. Acabábamos de pasarlo.
–No te quejes, tú simplemente ve mientras monto nuestro nidito de amor para cuando vuelvas, cari… –sonrió con picardía mientras sacaba de su enorme mochila una bolsa extraña y la tienda.
–De acuerdo, pero si me raptan… ¿qué harás sin mí? –lo señalé con el dedo.
–Tú llámame y estaré ahí. Además, no se encuentra tan lejos…
–Lo que tú digas, mi sargento… –cogí un pequeño cubo y caminé cuesta abajo.
Fui con mucho cuidado bordeando el pequeño barranco y la gran pendiente. Eso sí, a pesar de ello, no logré evitar una o dos estúpidas caídas. Incluso me arañé un brazo. Con precaución, me puse un pañuelo y continué andando. Al llegar al riachuelo, me quité las zapatillas de deporte y los calcetines. No iba a irme del lugar sin antes haber metido los pies en esa deliciosa agüita.
Acomodándome en una piedra, con los pies dentro, comencé a llenar el cubo. Estaba tranquila, a gusto. La musiquilla natural de mi entorno me relajaba y transportaba a un mundo de paz maravilloso. Ahí no había contaminación. Nos encontrábamos fuera de toda la polución de la urbe. Mis sentidos permanecían en armonía con la naturaleza hasta que escuché una pisada detrás de mí. Me giré sobresaltada. No vi nada. Supuse que debió de ser un animal a lo lejos, así que continué con lo mío.
El agua era transparente como el cristal. Increíble. Mientras la contemplaba ensimismada me pareció ver un reflejo en ella. ¡Detrás había un hombre! Me volteé, poniéndome de pie, lo más rápido que pude, pero… una vez más… solo estaba la nada. Ni un mínimo indicio de vida a mi alrededor.
Suspiré mirando el cubo, desconcertada ante mis alucinaciones. Lo volqué sin querer. Me senté de nuevo. Creyéndome deshidratada, bebí un poco. Cerré los ojos e intenté concentrarme. Mi abuelo, cuando yo era una niña, me enseñó a defenderme. Decía que su nieta tenía que estar preparada para cualquier tipo de percance. La vida (solía decir siempre) es dura. Tuvo tanta insistencia, que me apuntó a kárate, a judo, a boxeo, a full contact… A pesar de mi estatura (1.65) y de mi actual delgadez (casi extrema, he de admitirlo), siempre había estado en buenas condiciones físicas hasta hace cinco años. Casi los mismos que llevo ejerciendo de guía turística y saliendo con Javi.
Permanecía concentrada cuando presentí nuevamente a alguien en mi espalda. Abrí un poco los ojos y observé de nuevo su reflejo en el agua. Exacto, había un hombre detrás de mí. No estaba soñando.
Tarareé una cancioncilla para despistarlo, para que viese que no notaba su presencia. Incluso me moví hacia los lados con leves balanceos al son de lo que quiera que cantase. Recé para que la llave de kárate que se me ocurrió hacerle me saliese bien. Aunque dudaba si tendría éxito, no lo pensé más y, girando mis manos, lo agarré. Lo coloqué sobre mi espalda para propulsarlo sobre mí y tirarlo al agua. Para mi asombro, conforme iba rodando, su peso se fue esfumando hasta que dejé de tenerlo entre mis manos. Fue como tocar a un fantasma. A mi alrededor solamente quedaba una especie de humillo negro, granulado. Este se disipaba e iba con el viento. Volaba bien lejos.
Lo prometo. Me espanté. No supe explicar lo que acababa de ocurrir. Lo único claro es que no había nadie. Ni un alma a mi alrededor. Creí estar loca, pero en mi mano había sostenido algo y en mi espalda apoyé a un hombre muy alto. Estaba completamente segura de ello.
Agarré el cubo una vez más y lo llené, pero en esta ocasión sí miraba por doquier, en todas direcciones. Ya creía ver fantasmas. Tenía miedo.
Caminando hacia mis zapatillas, escuché el crujir de unos pasos. Me las puse lo más rápido que pude y saqué un tirachinas de mi bolsillo trasero. Apunté hacia los matojos de los que provenía el ruido y hablé en voz alta.
–¿Quién anda ahí? –me hice la valiente.
Como no obtuve respuesta, fijé con la piedra el destino en el que acabaría. Justo donde deduje que estarían las piernas, la lancé.
–¡Ah! –se quejó una voz. La reconocí.
–¿Qué diantres te crees que estás haciendo, Javi? –me enfadé mucho.
–Bajaba preocupado por tu tardanza y, al verte sola… pensé en gastarte una bromita. ¡Vaya, hija! ¡Qué mal las tomas! –me recriminó caminando ya visible hacia mí. Se rascaba la pierna.
–Perdona, pero es que vi un tío antes y me asustó –confesé.
–Cari, no debes tener miedo. Yo te protejo –me abrazó–. Y si no puedo, veo que siempre te quedará el tirachinas… ¡Desconocía tu puntería, amor! –se reía mostrándome su muslo–. Además, hay guardas forestales y campistas, no hay peligro.
Al llevar pantalón corto, aprecié que le di de lleno. Eso tuvo que dolerle bastante. Pronto le saldría un buen moretón. Me acerqué para pedirle perdón un poco arrepentida. Él enseguida expuso que se lo cobraría por la noche. Cuando subimos, me sorprendí. La tienda estaba montaba. Un poco frangollera (por no decir mucho), pero lo estaba. Me asombraba el entorno. Anochecía gradualmente, así que todavía podía distinguir que había esparcido flores y pétalos de rosa por toda la zona, al igual que también tenía colocadas varias sábanas blancas y dos o tres cojines pequeños en una especie de mini-paraíso romántico con velas y más pétalos. Parecía una especie de tienda de velos y telas con un frontal abierto. La verdad es que se lo había currado.
–Todavía se ve, pero dentro de media hora, las velas y la fogata serán lo único que nos alumbre la velada, Eri. ¿Estás dispuesta a pasar la noche de tu vida? –besó mi hombro.
–¿Y qué hacemos en esta media hora que nos queda? –hablé embobada, olvidándome de todo lo anterior. Estaba enamorada. Sigo enamorada…
–Comernos rápido esto y hacer el fuego –me mostró dos trozos de pan y un poco de embutido.
–¿Para?
–Para luego comerte a ti –me quitó el cubo de las manos y lo tiró al suelo, derramando así todo su contenido.
Ahí comprendí que lo de hacerme bajar al arroyo fue una excusa barata para quedarse solo y sorprenderme con esto. Tenía claro que se aproximaba la hora de la pedida.
Después de cinco años y pico juntos, después de tantas noches compartidas, me encontraba nerviosa como cuando empezamos a salir, como la primera vez que nos besamos o lo hicimos en el camastro de un viejo hotel gaditano. El corazón se me encogía y en el estómago solo me revoloteaban centenares de mariposas juguetonas. No tenía ni hambre. Comí lo justo. Un poco de salchichón y algo de queso. Él, en cambio, se lo devoró todo y más. Se le veía alegre, feliz… Javi era un chico de estatura normal, de ojos color azul-verdoso y de cabello dorado como el oro. Lo llevaba muy corto por los laterales y revuelto por arriba. Me encantaba mirar su pícara sonrisa y escucharlo decir mil tonterías. Javi es… Digo… Era… mi día. El sol que me iluminaba.
–Bueno, Eri… –captó mi atención–. ¿Sabes? Te he escrito una cosa.
–¿Sí? –intenté parecer inocente.
–Toma, léela –me extendió una carta muy arrugada.
–¿Perdona? Me la lees tú, guapo.
–No me hagas avergonzarme, cari…
–Léemela –sonreí.
Afirmó y suspiró.
–Pues bien. Escucha claro y destapónate los oídos porque no lo volveré a repetir –se puso de rodillas frente a mí, que estaba sentada.
Como no veía bien, acercó una linterna y la colocó en el suelo. Acto seguido, sacó un pañuelo anudado y comenzó a leer:

Mil montañas me atreví a cruzar,
y, entre ventiscas, en un velero me eché a la mar.
Los límites de todos los océanos osé cruzar,
para en tu dulce orilla poder anclar
y pedirte que si conmigo te quieres casar.

Justo antes de terminar, dejó de leer y comenzó a recitar de memoria al mismo tiempo que desenvolvía el anillo. Me emocioné. Mi respuesta, más que una respuesta verbal, fue corporal. Me lancé a sus labios como una gata. O, quizás, como una loba. Nos quitamos la ropa con cierto salvajismo entre el nórdico y los velos que me dio tiempo a juntar.
Cuando acordé, me fui a levantar para coger un preservativo. Sin embargo, tiró de mi brazo hacia él y susurró algo enternecedor. Tal vez, lo más tierno que jamás me había dicho. Recuerdo cómo silabeaba cada palabra, cómo cada vocal y cada consonante salían perfectamente de sus labios para adentrarse en mis oídos. Sus palabras fueron: “hagamos esta noche a nuestro primer hijo”…

 

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“Pepe en los patios de Córdoba”, de José Manuel Ballesteros.

José Manuel Ballesteros Las aventuras de Pepe en los Patios de CórdobaJosé Manuel Ballesteros es un reconocido autor egabrense que no sólo se centra el la Literatura Infantil, sino que ha ganado el premio “Leonor de Córdoba” (1997), con su novela “Paisajes en otoño” (Editorial El Páramo), y ha publicado poesía en Ediciones Depapel. No obstante, de lo que hoy hablaré en mi blog es de: “Las aventuras de Pepe”. Por lo hablado con el autor (una persona con encanto y paz espiritual) y por lo visto en las redes, Pepe consta ya de nueve títulos en el mercado. El noveno (“Pepe en los Patios de Córdoba”) es del que hoy voy a dar mi breve opinión.

La Literatura infantil, desde mi punto de vista, es complicada. El escritor, por norma general, es adulto. Con eso quiero decir que nuestras mentes ya dejaron de ser tan inocentes y, a veces, nos cuesta recordar lo que se sentía por aquel entonces. Por suerte, al leer la obra de José Manuel, he vuelto a mi infancia, a mis recuerdos colegiales, a las emociones típicas de una clase interesante y a los miedos que se escondían en mi interior. No he podido evitar sonreír con la descripción de los personajes. Ha clavado a la perfección lo que uno se podía encontrar en una clase cualquiera: el chico que pasa desapercibido y era un poco raro para algunos por su exceso de imaginación (Pepe), el niño chulillo que se cree el amo de los demás y el mejor (Roque), la chica nueva y que, a su vez, no se parece a las demás (Clara), los recreos (¡MÍTICOS RECREOS DE CHICOS CONTRA CHICAS!), el pudor ante lo viejo (el coche de la tía Lorenza) y la envidia por la moda (la moto de la hermana de Roque y el casco).

Pese a la realidad de la que he hablado y a que muchos niños(y adultos) se sientan identificados, o identifiquen las escenas con algún pasaje de sus vidas, luego todo se mezcla con la fantasía. Y se mezcla de una manera lógica, infantil y atractiva. Estupenda en general. Para mi opinión, bastante acertada.

Creo que lo más importante de este libro es que los niños van a enriquecerse intelectualmente y a aprender cosas muy interesantes mientras leen las aventuras de Pepe y disfrutan con él. José Manuel cuenta cosas curiosas de cultura general que, por desgracia, no todos saben, y menos, los niños. Cosas como: el verdadero nombre de “La chiquita Piconera”, cuándo se celebró el primer concurso de Patios, por qué se han perdido muchos de ellos, etcétera.

En conclusión, “Las aventuras de Pepe en los Patios de Córdoba” es un libro idóneo para que los niños disfruten y aprendan más sobre la ciudad cordobesa. Todo, de la mano de Pepe, Racla, Bot-rót y la adorable bisabuelita.

Enhorabuena, José Manuel.
Un paso que das tú con tus escritos significa un avance para los niños y para Córdoba el día de mañana.

Por María del Pino.

Relato: El vestido del diablo.

Publicado en el viejo blog (14/04/2014)

A Xavier Cruzado, director
de cine, 
guionista y escritor.

En una cafetería de Londres –de la zona de Victoria Embankmet, frente al famoso y prestigioso Big Ben–, se encontraba sentado el señor Parker esperando a su esposa mientras se tomaba un café. Había quedado con ella en el puente Westminster Bridge a las doce y todavía le quedaba media hora.

Él era un reputado doctor del St. Thoma’s Hospital y su señora –con quien llevaba once años casado– veterinaria. Aguardaba tranquilamente a que ella saliese del trabajo para ir juntos a comprar unos billetes de viaje a New York. Su mujer se empeñaba en ver Wall Street y la estatua de la libertad.

Cuando más relajado se encontraba, desde el cristal, vio fuera de la cafetería a una rubia despampanante. Alta, delgada, de generoso pecho y curvas. Sus ojos se centraron en ella sin poder remediarlo. La gente se transformó en un bucle giratorio que dejó de existir. Simplemente se dedicó a contemplar a esa dama, a su rojo vestido –ajustado y con mucho escote– y a sus labios de color carmín. Una vez cerca de la cafetería, lo miró deslizando sus gafas seductoramente. Sus azules ojos le arrebataron la cordura e incitaron al pecado. Únicamente lo miraba a él.

Su mente comenzó a desvariar y a imaginar escenas indebidas con esa mujer de voluminosa delantera y de caderas abismales. Su cintura de avispa lo comenzó a excitar. La joven –ya que Parker le debía sacar unos diez años– se pegó al cristal y le sacó la lengua de manera provocativa.

Olvidó a su esposa. Todo se centró en torno a la mujer fatal que tenía delante.

el vestido del diablo, de María del PinoLas imágenes que recreó en su cerebro, ya que ella no dejaba de incitarlo con ciertos gestos un tanto obscenos, eran pura pasión desenfrenada. Lujuria. Sexo. Alcohol… Una playa paradisíaca con ellos dos a solas. Una cama, una ducha o un armario. Daba igual. Lo que fuese. Un baño, la vía pública en la noche, un parque a oscuras o con luz… Esos espejismos recorrieron su cabeza con más ímpetu. Incluso empezó a divagar y a centrarse en una orgía. Poco a poco, su imaginación había avanzado demasiado. Alcanzó fronteras inmensurables que jamás creyó que osaría propasar.

Metido en un trance, misterioso y envolvente, se distrajo observando lo que su subconsciente le mostraba. Cuando quiso acordar, la rubia estaba dentro de la cafetería, frente a él. Lo tenía obnubilado, encendido…

–¿Me acompañas al baño? –susurró la atrayente joven.

En ese momento, el señor Parker deseó ir tras ella y desnudarla. Se imaginó mordiéndole los pechos, palmeándole el trasero… Sin embargo, la figura de su señora se le cruzó momentáneamente por la cabeza. Gracias a ello, reaccionó y volvió en sí.

–Disculpe, señorita. Siento si me ha malentendido, pero estoy felizmente casado –tras decirlo, comenzó a ignorarla y a pensar en la mujer que debe y ama.

Como si todo hubiese sido causado por el arte de un embrujo transitorio, pasó de ella. Incluso las imágenes se le esfumaron de la cabeza. Dio un sorbo a su café mientras la joven abandonaba el bar. Pasados un par de minutos, siguió esperando a que llegase la hora.

Se detuvo a pensar en cómo fue capaz de fantasear tantísima aberración. ¡Por Dios! Si no llega a ser por su buen juicio en el último momento, se habría ido con esa chica y habría destrozado su matrimonio. No comprendía cómo había llegado a todo eso, pero se sentía culpable. Estuvo martirizándose hasta ver que quedaban diez minutos. Salió y comenzó a andar.

Una vez fuera, pensó que posiblemente el diablo le hubiese puesto a prueba. Satisfecho de haberla ganado, avanzó por la calle.

Mientras caminaba ensimismado, un coche colisionó con otro en el puente e inició un accidente en cadena que generó gritos y angustia por parte de los viandantes. Muchos de ellos pedían auxilio y a un médico.

Él, de forma servicial, llegó raudo al coche de la colisión. Allí, un hombre herido, el causante de la catástrofe, alegaba haber visto a una rubia con un vestido rojo. Se repetía a sí mismo que lo hechizó con su mirada.

–Una señora –susurró el conductor– ¡Quería que atropellara a una señora! –exclamó alarmado.

Tanto el señor Parker como otro joven, fueron a ver si lo que decía era verdad. Se sorprendieron. Debajo del alto todoterreno, divisaron los pies de una mujer. Con cuidado, la sacaron para comprobar su estado. Se trataba de la esposa del señor Parker. Él intentó reanimarla mientras llegaban las ambulancias. Enloquecía al ver que no conseguía salvarla. La gente se agolpaba a su alrededor muy conmovidos por la escena.

Llorando, con las manos llenas de sangre, alzo su vista al frente. Allí, apoyada en el puente, la mujer fatal observaba la situación con una sonrisa pícara en los labios mientras cruzaba sus piernas.

–¡Tú! –se tiró hacia ella.

La agarró y forcejearon ante la vista del enorme público. Los policías que llegaban junto a los servicios médicos, intentaron separarlos. No obstante, el señor Parker logró zafarse de todos. Pensaba que esa mujer era perjudicial para la salud pública, un demonio, una bruja… El ángel de las tinieblas. Con eso en su mente, se tiró puente abajo con ella entre los brazos. Su única idea era la de matar al diablo disfrazado que había causado todo este mal.

Al día siguiente, en los titulares del periódico, y en la televisión, apareció la noticia que impactó a medio Londres. Los testigos y el causante del accidente contaron que una joven rubia lo distrajo, provocando así la colisión múltiple que acabó con bastantes heridos y una víctima mortal. Kristen Parker, la mujer del reputado y querido médico Jhon Parker, perdió la vida en el impacto. Su esposo trató de atenderla en vano. Cuando llegó, desgraciadamente ya había fallecido. Acto seguido, explicaron que se volvió loco y solo señalaba a una jovencita muy exuberante. Exponen que, trastornado, se suicidó arrastrando a esta con él. Según los testimonios, el doctor la creyó culpable debido a las palabras que le dijo el autor de la catástrofe.

A las pocas horas, la policía encontró su cadáver cerca de la zona. Sin embargo, la mujer había desaparecido. No se halló rastro de su existencia, ni se supo nunca quién fue. Simplemente la vieron caer con el señor Parker mientras bramaba enloquecido que era el vestido del diablo.

María del Pino.

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El vampiro de Cartagena, de Fernándo Gómez.

Publicación del viejo blog (01/11/2015)

El día propicio, a la hora propicia y en un ambiente propicio he engullido una historia interesante que para nada deja indiferente. En mi último viaje, rodeada de momias, brujas, hombres lobo y vampiros, he bebido y absorbido la novela de mi compañero Fernando Gómez, El vampiro de Cartagena.

el vampiro de cartagenaDesde que conocí al autor en mi Córdoba natal he permanecido con el alma intrigada hasta que en esta fecha donde los mortales nos disfrazamos y/o rezamos a nuestros seres queridos, he podido abrir este curioso libro cuyo título resulta bastante atractivo. Para que no haya malas interpretaciones, advierto que lo he leído en estos días por falta de tiempo anterior, NO PORQUE DÉ MIEDO y sea HALLOWEEN. No os asustéis.
Admito que he recorrido de su mano algunas calles de Cartagena como si estuviese allí gracias a las dos o tres pinceladas que nos da Fernando.
La narración me ha sorprendido gratamente por diversos factores. Entre ellos, Fernando usa un vocablo culto y literato muy sabia y acertadamente mezclado con el vocabulario más campechano de la calle (incluso con expresiones de la zona) sin ser para nada vulgar, impertinente o molesto a los ojos más sensibles (como por ejemplo los míos. No tengo ningún problema en admitir que no me gustan las groserías sin venir a cuento). Además, adorna el contenido de la obra con expresiones añejas de nuestros abuelos o padres (en mi caso) cargadas de olor al pasado que nos acerca a la época en la que transcurren los hechos.
el vampiro de cartagena2Conforme vas leyendo y adentrándote en la historia, te muestra unos personajes curiosos y cercanos que tienen nuestras virtudes y defectos: curiosidad, recelo, ganas de criticar, partidarios de un bando u otro, guerras que nos dividen, discriminaciones, obsesiones…
Me ha sorprendido más de lo que esperaba en un principio por la tensión que ha provocado con el “maldito” ataúd a pesar de que se destripó en la presentación a la que tuve el honor de asistir una parte, para mí, fundamental que, si no se hubiera desvelado, me hubiese tenido más en vilo (yo seré buena y no lo diré). Cuando uno empieza a leerla no espera que la historia se desarrolle de ese modo. Al menos, Fernando siempre mantiene la tensión: ¿se abrirá? ¿No? ¿Dónde está el vampiro? Mmm… ; y lleva el argumento in crecendo.
El libro cuenta la vida de un aduanero que se encuentra de pronto con un problema: ha llegado a sus dependencias un ataúd cuyo remitente no entiende. Pasan los días y nadie lo reclama hasta que al cabo del tiempo ¡al fin! lo solicitan de otro punto de España. Es ahí donde aparece un cura aparentemente desquiciado y chiflado que cuenta parte de su historia y comienza a crear la tensión. “¿Qué pasará con el ataúd y el vampiro que en él dormita? ¿De verdad hay un “cadáver” o estará vacío? ¿De dónde viene y adónde va?”: estas son varias de las preguntas que te haces cuando sueltas el libro para atender tus cosas.
¡Qué listo ha sido el autor! Ha sabido mantener la cabeza del lector puesta sobre el ataúd a pesar de todo lo posible e imposible. Así pues, os invito a descubrir las respuestas que afortunadamente ya sé.

Es de fácil lectura y comprensión.

Enhorabuena, Fernando. Tenías razón. Se visualiza muy bien y se podría adaptar a un buen cortometraje.

Por María del Pino.

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El ladrón de Almas. VENGANZA (primer capítulo).

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En los enlaces de arriba podréis ver y saber más sobre la saga a la vez que adquirirla. Aquí os dejo, una vez más, el que fue el primer borrador del capítulo I . (Publicado en el viajo blog 22/04/2014)

María del Pino El ladrón de almas VENGANZANota de la autora

Porque, a veces, las cosas no son lo que parecen y los mitos y leyendas pueden ser fabricados a partir de algo real (que, a su vez, parece inverosímil), os presento la primera historia de la saga: “El ladrón de almas”.
Nunca hay que creer que se tiene algo seguro. La realidad puede llegar a sorprendernos, en ocasiones, más que la ficción.
Decir también que, aunque bastantes de las ubicaciones existen (incluso algunos de los personajes esporádicos son reales), todo está adaptado a favor de la novela y sus protagonistas, que son, los que al fin y al cabo, existen en esta realidad, en este mundo en el que vamos a entrar.

Deseo que sea de vuestro agrado.

María del Pino.

Capítulo I

Siento fuertes espasmos de dolor, como si hubiese rodado por un barranco. «¿Dónde estoy?», me pregunto aturdida. De pronto, la realidad impacta sobre mí y recuerdo la cara de Javi, su sonrisa, el anillo y el campo. Trato de despertarme o moverme, pero ni tan siquiera soy capaz de abrir mis pesados párpados. Pasa el tiempo. Desconozco cuánto. Mi cabeza se vuelve a nublar y la turbación no me deja reaccionar.
Cuando al fin alcanzo a percibir sonidos, escucho un estridente y sofocante “pí-pí-pí” que me pone aún más nerviosa. Ante mi inquietud, logro abrir los ojos. Aprecio que Javi no se encuentra junto a mí y que no estoy de senderismo. Me hallo en un hospital.
Mi madre duerme a mi lado, cogiéndome de la mano. Intento hablarle en vano. No sale nada. Ni una mísera palabra es capaz de desplegar mis sellados labios. Mis apocadas fuerzas solo me permiten percatarme de dos cosas. Es de noche y algo grave me ha ocurrido.
Deseo hacer algo, pero no puedo. Una vez más, sin yo quererlo, ni beberlo, vuelvo a sucumbir a mi aletargado sueño con la última visión realista de ver allí, en la puerta, a ese endiablado ser. No sé si esto se trata de mi peor pesadilla…
Tras soñar o, más bien, creer vivir agónicamente una catástrofe ya vivida, una y otra vez, resurjo de nuevo del mundo infernal del subconsciente. Y en esta ocasión, con un poco más de fuerza.
–Cariño, ¿estás bien? ¿Estás bien? –pregunta mi madre asustada, feliz, triste y con lágrimas en los ojos.
No entiendo muy bien su complejo sentimiento. Pruebo a hablar. Al no poder, me da agua. Tragar es como arañarme con rastrillos la membrana de la garganta, pero aun así, lo intento.
–¿Dó-dónde estoy? ¿Y Javi? ¿Por qué no está aquí conmigo? –me alarmo. Solamente puedo pensar en él para corroborar que todo ha sido un mal sueño y no una realidad.
Le veo intenciones de contestar al mismo tiempo que parece no querer hacerlo. Vuelvo a indagar con la poca voz que sale de mi cuerpo. En el preciso instante en el que comienza a abrir la boca, aparecen dos enfermeras armando alboroto entre ellas. Mi madre, intranquila, empieza a interrogarles sobre miles de cosas, olvidándose de darme mi ansiada respuesta. Me alarmo un poco con respecto a mi salud al escuchar el silencio momentáneo de las dos mujeres. Alegan que no saben mucho, que hay que esperar a que lleguen los doctores.
Trago saliva de nuevo y vuelvo a interesarme por Javi. Como siguen ignorándome, alterada por no saber de su existencia, me arranco la vía e intento ponerme en pie sin dejar de preguntar por él. Ahora las dos mujeres sí parecen hacerme caso. Incluso dan la voz de alarma. Entre ellas me tumban en la cama con cierta facilidad a pesar de mi resistencia. Mi madre llora al verme. Se encuentra tan acongojada, que no puede responderme ni queriendo. Acaba sentándose en una silla. Yo simplemente grito desesperada: “¡Quiero verlo! ¿Dónde se encuentra Javi?”.
–Dejadme espacio –dice un enfermero.
Al verlo venir hacia mí con una aguja, me espanto. «¡Me van a sedar! ¡No puede ser!». Me resisto, pero los tres logran reducirme. Estoy demasiado débil. Una vez inyectado el líquido, empiezo a notar flojedad en el cuerpo y pesadez en el alma.
–No te preocupes, guapa, que ahora vas a sentirte mejor… Esto te relajará un poco –una enfermera procura sosegarme con sus palabras y una caricia en la mejilla.
–¿Es usted su madre? –entra un doctor.
–Sí, sí. ¿Qué le ha ocurrido? ¿Por qué está así de alterada? –le tiembla la voz.
–No se alarme. Su hija se encuentra bien y va a recuperarse. No tiene lesiones físicas graves. Lo único que ocurre es que, al despertar, ha entrado en estado de shock. Es normal en estos casos. Pero se recuperará.
–¡Gracias a Dios! –mi madre lo abraza.
–Fuera le espera el médico alemán que la encontró y atendió. Él lleva su expediente, así que quiere hablar con usted personalmente. Yo solo soy el psiquiatra que viene a revisar el posible trauma mental antes de que la policía le tome declaración.
«¡¿Policía?!», exclamo vocalizando en mi interior perfectamente, ya que exteriormente sale algo gangoso y casi inaudible. Mi madre afirma. Camina hacia fuera. A través de una gran ventana observo que hay un doctor mirándome. Este hombre va tan cubierto que apenas puedo apreciar que su cabello es negro y su piel clara. Es alto, lleva gafas oscuras, una mascarilla de quirófano y un gorro por el que solo le salen las puntas del cabello.
–Vamos a ver. Mírame –me dice el joven doctor mientras se sienta en la cama.
Lo hago, pero me distrae aquel caballero de elegante figura y semblante misterioso que habla con mi madre tras el cristal.
–Veo que te han dado un calmante. Veamos si logro hablar contigo antes de que te afecte más, o te acabes durmiendo. Intenta mantenerte despierta, ¿vale? Soy el doctor Santiago del Bosque, psiquiatra. Vengo a comprobar qué lesiones mentales tienes. ¿De acuerdo? –chasquea los dedos en mi cara, captando así mi atención.
Muevo la cabeza para indicarle que sí.
–Necesitaré que hables, ¿entendido? –me mira a los ojos, arrugando un poco su frente.
Afirmo otra vez con el gesto. Sonríe.
–Veamos, ¿cómo te llamas?
–Érica.
–¿Qué más?
–Érica… –aunque quiero responder y continuar, no puedo. Lo que se me viene a la cabeza es otro nombre, otros apellidos y otra cara– ¿Dónde está Javi?
El doctor mira a las enfermeras y luego me devuelve la atención. Parece no saber de quién hablo.
–Dígame que está bien… –lo agarro de la bata tan débilmente que la mano cae como un peso muerto sobre la cama.
–No sé quién es Javi, Érica, pero ahora te lo dirán. Primero, cuéntame qué te ha pasado.
Con esfuerzo –mientras las enfermeras cuchichean al fondo– comienzo a hablar, a contarle un resumen de lo que nos ocurrió en el campo. El doctor Santiago niega con la cabeza. Sé que no me cree. Pongo mis ojos sobre la ventana y observo que el señor que habla con mi madre se marcha muy rápido. Tanto, que la deja hablando sola. Cuando esta se rodea, aparecen dos hombres. Estos le enseñan sus placas. O eso imagino…
Entran juntos, sorteando a las enfermeras. El incrédulo psiquiatra se dirige hacia ellos. Aunque conversan en voz baja, los escucho perfectamente bien.
–No creo que vaya a daros respuestas coherentes. Hablando sin tecnicismos, la paciente se encuentra en un estado tan catatónico, que su mente se evade de la realidad, inventando cosas fantásticas que simulan lo que en verdad le ocurrió. Simplemente no lo concibe. Por eso, no creo que se recupere pronto y os dé una declaración creíble para el informe policial.
Tras decirlo, a mi madre le da un ataque de ansiedad y el enfermero se la lleva en volandas con la ayuda de las otras dos mujeres, impidiendo que estos respondiesen a qué tipo de policía pertenecen.
–Bueno, hablaremos con ella, ahora y más adelante, si le parece bien –dice uno de ellos. Un hombre con espeso bigote, rudo, de voz grave y similar a los detectives americanos del CSI.
–No hay problema, pero os comunico que no os aportará nada relevante para el caso. Solamente dice tonterías…
–No importa –alega el más joven de los dos con una sonrisa amable.
El doctor Santiago abandona la habitación y me deja a solas con los extraños policías. Los miro atontada. El del bigote se dirige hacia la ventana y echa el visillo. Ambos llevan pistola y van enchaquetados. Tienen aires demasiado misteriosos. Mi mente se evade una vez más y me quedo enajenada observando el vaso de agua. Intento llevar mi mano hacia él, pero no puedo.
–¿Quieres beber? –se me acerca el joven, cuya apariencia me resulta familiar.
Asiento y este lo agarra. Me ayuda con una amplia sonrisa. Parece muy simpático y atento.
De repente, el señor del bigote carraspea mirando a través de la blancuzca y casi transparente cortinilla.
–Disculpa, él es mi jefe, el inspector Luis Guerrero. Yo soy el inspector Ruiz –me enseña su placa, tapando su nombre con el dedo, y la retira enseguida.
Me pregunto de qué departamento serán y por qué él no me ha dicho su nombre completo. Sin embargo, me olvido pronto de ello al contemplar a los guardias de la puerta. Estos señores –ya vestidos de uniforme–, me hacen creer que deben ser reales.
–Érica Pulido, ¿verdad? –habla Ruiz.
Afirmo.
–Necesitamos saber lo que ocurrió en el bosque.
–¿Dónde está Javi? –le imploro una respuesta con los ojos.
–¿Javier Vargas de la Rosa? –me mira un poco pálido.
–Sí. ¿Cómo está? –le agarro la mano.
–Jovencita, debe usted dar las gracias de estar viva. Cuéntenos lo que ocurrió, o no le diremos nada sobre el señor Javier –el jefe, Guerrero, camina hacia mí muy serio.
Ruiz me aparta su mano y se aleja con parsimonia, dejando al serio inspector delante. Trago saliva. Impone tanto que decido colaborar. Comienzo, una vez más, mi relato, dejándome pequeños detalles personales atrás. Lo continúo hasta llegar a la parte en la que quedé inconsciente. No sé ni cuánto tiempo he dormido, ni dónde estoy ahora exactamente. Lo único que tengo bien claro es que cada vez que me intereso por él, la gente parece no querer responderme.
Cuando estoy a punto de terminar un cuestionario formulado por el joven inspector, Guerrero suspira. Ruiz, por el contrario, se pone más pálido ante mis palabras. Son dolorosas. Lo veo reflejado en el rostro del joven. Sobre todo, en su apenada mirada. Lo más seguro es que piensen que estoy tarada.
–¿Dónde está Javi? Ya les he contado todo lo que ocurrió.
–Érica… –Ruiz intenta hablar, pero le corta la ronca voz de Guerrero.
–Ha sufrido demasiado, jovencita. Tiene un severo trastorno de la realidad. Lo que se ha hablado aquí, es todo producto de su imaginación.
–¡¿Cómo?! –me exalto un poco dentro de mi aturdimiento.
–Javier Vargas ha muerto.
–¡¿Qué?! –exclamo con lágrimas en los ojos, medio a gritos y a punto de sufrir un ataque.
–Érica, él… Él intentó asesinarte. Tal vez no lo recuerdes bien –explica Ruiz.
–¡No! ¡No! ¡Me niego a creer eso! ¿Dónde está? –trato de levantarme, pero Guerrero lo impide, tumbándome de nuevo. Me mira con el alma tan insípida y fría, que hasta mis lágrimas sienten temor de derramarse en su presencia.
–Olvida lo que nos has contado o pensarán que estás loca y te encerrarán en el manicomio de por vida. La verdad, Érica, es que Javier Vargas ha intentado matarte a ti, su compañera sentimental. Para tu fortuna, tras tirarte por un barranco, él sufrió un infarto y murió. Gracias a eso tú estás viva –sus ojos me atraviesan hasta el corazón.
–Eso no fue así… –susurro, pero al notar su presión en mis brazos, flaqueo y lloro ante el recuerdo y la imagen de Javi.
–Marchemos –ordena Guerrero, soltándome.
Acto seguido, abandona la sala.
–Tenemos un video, Érica –el joven se sienta a mi lado y se muestra un poco más cariñoso–. Y… a pesar de que se ve borroso y difuso… la parte en la que te empuja se encuentra demasiado diáfana. Ya te lo mostraré cuando estés más capacitada para verlo –acaricia mi pelo con pena–. Lamento mucho todo lo ocurrido, pero… –se corta–. Hazle caso al inspector Guerrero. Será mejor que olvides todo esto e intentes rehacer tu vida –aunque Ruiz procura ser amable, tranquilizarme y aconsejarme… no puedo creerlo.
Ambos se marchan. No vuelvo a hablar más del tema con nadie. Simplemente sollozo. Me siento impotente al ver que mis padres y los demás se creen esa adulterada versión de los hechos. Esa que dice que Javi intentó acabar con mi vida. Me resulta increíble ver como todos, hasta la televisión que tengo frente a mí, lo afirman sin mesura. Todos menos yo.
Durante el transcurso de las tres primeras horas de mi despertar –ya que me quedé dormida entre las lágrimas–, no le he dirigido la palabra a nadie. Solo procuro asimilar lo acontecido.
Cansada de lo que se escucha en las noticias, apago la televisión y pregunto dónde se encuentra él. Me informan de que su “cadáver” permanece en el depósito, a la espera de ser preparado y trasladado de Navarra a Córdoba. A su vez, me entero de que mañana todos volveremos a nuestra ciudad, a nuestra casa.
Me siento atrapada en mi propia mente. No me creo ni una sola palabra de lo que me contaron. Ni de ellos, ni de mis sorprendidos padres. Le pido a mi madre un puñado de folios y un bolígrafo antes de que se duerma en el sofá. Me los da y, a los pocos minutos, cae dormida.
Con cuidado y precaución, me levanto y salgo de la habitación aprovechando que no hay policías en la puerta. Camino, despacio y sin vida, por el pasillo de este hospital navarro. Sin darme cuenta, choco con unos guardias. «¿Custodiándome todavía?». Me quieren hacer volver a la habitación. Me rehúso. Necesito ver a Javi. Debo corroborar lo que todo el mundo me dice. Debo ver con mis propios ojos eso de que está muerto.
En ese momento de persuasión policial –incluso de agarre corporal–, aparece el inspector Ruiz. Tras escucharlos, expone que él me acompañará a la habitación, que viene a relevarlos él mismo. Los dos antipáticos gorilas se marchan. Me agarra del brazo para regresar, pero le ruego que me deje verlo, que me lleve a él, que me permita, al menos, pasar la última noche a su lado.
Este afirma y, alegando que no será un grato recuerdo y que no me piensa dejar sola, me acompaña. O, mejor dicho, me lleva. Una vez en la sala, me percato de que abunda la soledad y el silencio. No hay nadie velándolo. Javi solamente tenía a su madre y la pobre mujer está inválida y muy enferma. Imagino que se encontrará en Córdoba, esperando a que el cuerpo de su hijo regrese.
Acerco mi rostro a la cristalera y… aun tapado, reconozco su forma, su contorno fuerte y trabajado. Me mareo y Ruiz me sostiene para que no me desplome. A pesar de que pretende llevarme de nuevo a la habitación para que descanse y no pase más disgustos, yo quiero ver a Javi, quiero entrar.
Con paso tembloroso y dubitativo, camino hacia la puerta. Una vez en ella, la abro y pongo el primer pie dentro. Ando hacia su cuerpo y lo destapo un poco.
–¡Noooooo! ¡Noooooo! –exclamo con angustia y dolor al verlo pálido, con ojeras bajo los ojos y muerto. MUERTO.
Mis rodillas tiemblan y caigo al suelo, abatida. Grito de dolor y me desgarro la garganta con ello. Como puedo, me levanto, aferrándome a su cuerpo sin vida. Tras agonizar y desear morir junto a él, durante tantas horas que me he quedado afónica, salgo vacía de esa habitación. Para mi sorpresa, el inspector Ruiz ha permanecido al otro lado, tras el cristal, durante todo el tiempo. Los brazos del amable joven rodean mi cuerpo para darme un poco de consuelo. Consuelo que agradezco aunque siga sintiéndome igual de mal. Me ofrece ir a la habitación, pero me niego a dejarlo solo, sin que nadie llore su trágica muerte.
Transcurren las horas. Sollozo en silencio con el inspector a mi lado, observándome con pena. Mis ojos acaban secos y mi corazón ya no bombea sangre caliente, sino que, por el contrario, arrastra para que discurra por mis venas y arterias un gélido líquido repleto de cristales. Cristales que a su paso van rasgándome por dentro. Me hieren tanto, que las yagas de mi cuerpo son imposibles de contar. Imposibles de soportar…
A no sé qué hora de la mañana, vienen a llevarse a Javi para preparar su partida unos hombres muy raros. Estos me miran con tristeza, pena y como si estuviese loca. Tal vez piensen que doy lástima por estar tan desquiciada como para llorar la muerte del que intentó matarme. «¡Pero es que eso no es así! ¡No fue así!».
Ruiz me acompaña a mi habitación. Aquí, mi madre sigue durmiendo. Cuando el inspector abandona el lugar para seguir custodiándome tras la puerta, agarro los papeles de la cama y el bolígrafo. Estoy decidida. Pienso escribir todo lo que pasó. Todo. Todo… Y nadie va a negarme que, en mis adentros, yo me crea mi propia versión. La real. No la que ellos dicen, o creen, saber.

Fin del primer capítulo.

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Aviso legal: Tanto este capítulo como gran parte del contenido de este blog y el libro se encuentran protegidos por el Registro Territorial de la Propiedad Intelectual.

 

Relato: Esclava de mi cuerpo.

Publicado en el viejo blog (28/05/2014)

Admito que me he presentado a pocos concursos literarios. Los puedo incluso contar con una mano. La cosa es que de un concurso me mandaron un mensaje. Pedían que me presentase con un relato sobre la mujer, que tuviese crítica social y demás historias y roles que nos rodean a las que nacimos con el cromosoma X en el par 23… Entonces, me decidí.
Ganar en el concurso… claro está que no lo hice, pero siento que con este relato, con esta historia (aunque sea para mí misma), he ganado mucho y solo por eso comparto la vida de Mila con todos los que deseen leerla. Alguna vez, todo ser humano se ha llegado a sentir como la protagonista.

Malditos prejuicios y perjuicios que nos rodean…
¿Algún día dejarán de existir para hacernos libres…?

ESCLAVA DE MI CUERPO

A todas las “Mila” que esta sociedad esconde y
a toda mujer que se sienta oprimida por ser mujer.

Deshidratada emocionalmente, como si me hubiesen vaciado y ya no hubiese en mi interior más lágrimas que derramar, me miro en el espejo que se halla frente a mí con el alma partida, destrozada por completo al echar la vista atrás. Estoy hecha tantos añicos que ni siquiera sé cómo recomponerme ahora mismo para afrontar este paso final.
Busco en el cristal lo que siempre he deseado hallar al observar mi reflejo en él: yo. Lo malo es que no me veo por ningún lado. Jamás lo he hecho. Ni siquiera a oscuras, o con los ojos cerrados. Tal vez… únicamente en sueños.
Recuerdo cuando los primeros años de mi vida me arropaban en mi hogar. En ese entonces, el mundo parecía sonreírme cálidamente. Sin embargo, todo cambió antes de entrar al colegio. Ahí, cuando mis gustos ya afloraban en el ambiente y hablaba, el fiero manto de mi padre subyugada. Él cortaba a destajo mi comportamiento con la familia y amistades. Mis modales no eran como quería que fuesen… No dejaba de repetirme una y otra vez, día tras día: “Hay que actuar así…”, “no hagas eso”, “no juegues nunca con aquello”. Mis alocadas tonterías, según él, no eran dignas de alguien como yo… Muy a mi pesar, he de confesar que mi propio padre amarraba mis alas y mis ansias de volar y sentirme libre. Jamás en su presencia, o en la de alguien, pude demostrar la persona que en realidad soy porque los estereotipos marcaban mi vida. La sociedad y el famoso: ¡Pero por Dios! ¡¿qué dirán si…
A pesar de que la temprana muerte de mi padre pudo liberarme de su opresión y guantazos, en clase y en el recreo seguía siendo esclava de mi cuerpo. De ese cuerpo esmirriado y pequeño. De ese corto pelo negro que se rizaba y enredaba con los lápices de los compañeros más intolerantes a mi persona…
En los recreos, no podía jugar con los niños porque se metían conmigo y me llamaban “nenaza” o “llorona”… Cuando no algo peor. Con las niñas tampoco porque no era como ellas por más que quisiera parecerme. Fue muy duro. Realmente amargo.
–Aun siendo unas inocentes criaturas podemos llegar a ser tan crueles por culpa de lo que nos enseñan en casa o vemos… ¿Por qué existe esta sociedad tan…? –susurro dejando un hilo de voz entrecortada al recordar sus burlas y antes de que se me escape una mala palabra.
En el instituto ya incluso pensé en volverme senequista y cortarme las venas empujada por los tiranos que había en mi entorno. Si no eso, beberme algo tóxico para acabar con mi sufrimiento. Cualquier cosa creí que sería mejor que aguantar lo que aguanté. Los acosos eran demasiado graves. Ya llegaban a hasta a la puerta de mi casa…
En clase, y fuera de ella, se reían de mí a carcajadas porque mi físico desgarbado no me acompañaba y… También lo hacían porque a veces se me olvidaba quitarme el esmalte de uñas que la tarde anterior me había puesto con tanto mimo y esmero. Me gustaba dibujarme formas con corazones u ositos. Eso… no era lo propio para alguien como yo. Además, mi voz era horrible. Cuando me golpeaban y gritaba, me llamaban perro-flauta. La excusa es que mi grito era muy agudo y les hacía gracia tirarme del pelo o pegarme pellizcos –repito: cuando no algo peor–.
Sufría mucho y nadie me entendía. Solo un chico de la clase de al lado –“el defensor del pueblo” le decían– acudía a socorrerme cuando ya hasta las niñas me pintaban los labios malamente para burlarse de mí. Cogían sus maquillajes y no paraban hasta que, según ellas, ya era una mujer más o menos pasable. Siempre amé en silencio a mi rescatador aunque por aquel entonces no supiese ni mi nombre. Él ya tenía novia. Una muy guapa. Todo lo contrario a lo que era yo. Mi gratitud fue lo único que recibió en forma de breves palabras.
Para añadir más infelicidad al carro, incluso los profesores me recriminaban ciertas cosas como mis uñas pintadas, pero… ¡¡se me olvidaba quitármelas!! ¿De verdad se pensaban que me gustaba ser el hazmerreír y el centro de todos los insultos?
No tenía amigas, ni amigos. Era el bicho raro. La peste… Ni los tontos/pardillos/pringados/raritos de la clase –porque por desgracia de esto hay en cada aula– me trataban bien.
–Yo solo quería ser una más… –se me escapa una lágrima.
Conforme la edad pasaba por mi cuerpo, adelgacé más. Lo único para lo que valía era para estudiar. Gracias a ello supe que quería ser abogada para acabar con las injusticias y ayudar a las personas como yo. Incluso empecé a arreglarme. Me propuse ser más bonita, dejar de ocultarme tras un traje de chaqueta y pantalón cuatro tallas más grande.
Mi madre siempre me ha apoyado y sufrido conmigo. Para gustar a la gente pasé por múltiples operaciones después de terminar la carrera. Todo mientras me preparaba para las oposiciones. Tenía que empezar de cero y así hice. Pensé que todo lo conseguiría la transformación física. Lo primero que hice fue someterme a una de nariz. Luego, a otra de barbilla… Incluso hace tres años me quité dos costillas para marcar más mi cintura y que así esta curva dijese lo femenina que soy…
He pasado tanto y por tantísimos tratamientos, que todavía me duele cada combate, cada herida de guerra contra todo aquel que me ha prohibido algo o rechazado por mi aspecto físico. Admito que con la cirugía de pecho lo pasé realmente mal. Tuvo complicaciones. Muchas, diría yo. Por fortuna, ahora puedo decir que todo ha merecido la pena porque ya nadie podrá llamarme “tabla de planchar” mientras me señala con desprecio. No me hace, ni me hará, falta nunca más ponerme cuello alto, o camisetas horribles que tapen el escote, para que nadie note los calcetines que formaban el busto que debió haber y nunca hubo.
Con los últimos ahorros de mi madre me puse un hermoso y femenino trasero que, al verlo, lloro cada día. No es ni muy respingón, ni muy grande, pero al fin es como tenía que haber sido desde el día que nací.
Mi novio ha pasado mucho, pero me apoya hasta el final. Nunca creí que alguien me amase. Y menos él…
Solo me queda una operación más. Solo una para poder recordar aquella infancia como la persona que no era.
Mi mejor amiga va a ser mamá. Eso me alegra y emociona. Incluso me hace plantearme varias cosas en la vida. Yo nunca podré serlo. No podré sentir el cálido abrazo de traer al mundo a un ser maravilloso que se ha gestado en mi vientre. Con ello, tampoco podré darle hijos al hombre al que amo. Aun así permanece conmigo, a mi lado. Me quiere a pesar del qué dirán, o de lo que ya anden diciendo por ahí. Su amor ha tapado el ser que soy todavía. Ha sido una de esas pocas personas que ha logrado ver más allá de lo físico.
Nunca en mi vida imaginé que a día de hoy podría decir que somos novios. Él era, quien de niños, me protegía de los abusones del instituto porque era un buen chico al que las apariencias nunca le llamaron la atención. Y ya no solo me sigue protegiendo, sino que José es quien sana mis heridas cuando un mal comentario me afecta o hace daño.
Nuestra historia fue curiosa. Nos reencontramos por casualidad hace cinco años en el trabajo. Él es el hijo de mi jefe. Un día, yo entraba en su despacho para entregarle unos papeles y el café que me había pedido. Entonces –tal y como pasa en las películas–, José decidió salir a la vez que yo accedía y… el choque fue inevitable. Le acabé derramando medio café encima. Lo reconocí de inmediato. Me puse nerviosa. No sabía qué hacía allí. En principio, creí que era un cliente. Su padre nos presentó y, aunque me escondí de él, fue tan insistente que acabamos quedando. Entre paseo y paseo, surgió el primer beso. Desde aquello llevamos juntos dos maravillosos años y en dos meses compartiremos techo.
Al principio, admito que no me reconoció. Y pese a no saber que yo era aquel despojo humano al que protegía en el instituto, al cabo de los meses me confesó que a las tres o cuatro semanas de dar largos paseos por la orilla del río reconoció mis ojos, mis finas manos con las uñas pintadas y algunos gestos de agradecimiento. Dice que eso… por muchas operaciones a las que me haya sometido… jamás podrá cambiar. Expuso y expone que hay cosas como la mirada, o el miedo interior que desprende el alma a través de los ojos, que no podrán ser eliminadas por la mano humana.
Aterrada me acerco al cristal para observar lo que hay dentro de mí. Una lágrima recorre mi mejilla. Queda poco menos de media hora para que todo se acabe y yo sigo aquí encerrada en el cuarto de baño de este hospital.
Esta operación me la ha regalado José porque argumenta que también le afecta a él y que ya todo va a ser de ambos.
Tiemblo. Tengo pánico a esta última intervención a la que voy a ser sometida. Esta va a ser la definitiva, la que me haga sentir lo que soy, ¡lo que realmente soy! Esta destruirá al monstruo en el que he vivido encerrada tantos años para al fin poder liberar mi espíritu a través del cuerpo. No es cuestión de estética… Es cuestión de sentirse bien con uno mismo.
–Mila… –me llama mi novio tras la puerta–. ¿Estás bien? El doctor está al llegar y llevas ahí media hora.
–Sí… –contesto tragando saliva, mintiendo–. Ahora salgo. Solo necesito más tiempo para pensar…
–De acuerdo… –duda. Lo sé porque lo conozco–. Si necesitas algo… estoy fuera de la habitación con tu madre. Ya sabes que te apoyamos y que si no estás segura o tienes miedo… Puedo esperar.
–Gracias –me acerco a la puerta–, pero lo haré. Llevo mucho tiempo deseando que llegue este momento y no hay vuelta atrás. De hoy no pasa.
–Te quiero.
–Y yo a ti…
Es lo único que puedo responderle.
Camino hacia el espejo de nuevo, desnudándome para observar por última vez lo que me roba el sueño y la razón. Me duele tanto mirarme y verme tan incompleta a pesar de lo demás que adorna mi cuerpo…
Mi corto pelo negro, rizado, ha desaparecido para convertirse en una larga melena rubia a mechas que cuido y mimo todas las semanas en la peluquería de mi mejor amiga. Allí la conocí y forjamos nuestra amistad. Entre tinte y tinte, a solas con mis lágrimas y las suyas, le confesé mi gran secreto. Ella respondió con un abrazo y un cariño eterno.
Mi pecho ya no es plano como el de un niño, sino voluminoso, perfecto. Y, aunque me gustaría tener un poco más, José me ha prohibido someterme a quirófano más veces después de esto porque dice que soy la mujer perfecta. No desea que más bisturís pasen por mi cuerpo. Esta es la única que nos separa de poder ser una pareja unida. La gente no imagina lo mucho que me gustaría poder caminar con él en biquini por la playa o ir a un balneario. Incluso desnudarme ante él…
Seco las lágrimas que queman mi alma. Mientras lo hago con un poco de papel higiénico, miro mis manos. Sinceramente, son lo único que sí me ha gustado siempre porque son unas manos finas de largos dedos. Gracias a mis uñas siempre pintadas me siento más femenina, más como las demás mujeres. Hoy no están pintadas. Al observármelas, sonrío. Me siento satisfecha porque no tienen nada que envidiarle a otras. Mis labios son finos, pero bonitos. José siempre me lo recalca. Mi cara ya no es lo que era. He borrado aquella enorme nariz de oso que la hacía basta, al igual que hice desaparecer ese mentón puntiagudo y redondo cuyo hoyuelo en medio no era precisamente lindo. Ahora mi nariz es recta y pequeña y mi barbilla normal.
Me tapo la cintura y sigo mirándome. Ahora sí tengo curvas en mi cuerpo y pronto podré decir que soy yo. Soy yo… Miro mis ojos. No son menos que los de ninguna otra. No… ¡Yo no soy menos que ellas, sino igual!
Me tapo de arriba abajo con la ancha bata de hospital. Agarro el pomo con una sonrisa entre los labios. Decidida, me giro para observarme por última vez al espejo y… aunque todavía no he entrado a quirófano… puedo ver con mis ojos lo que siempre fui y nadie pudo ver por culpa de lo que era mi cuerpo. Soy una hermosa mujer, linda, perfecta. Soy tan bella y dulce como otra cualquiera.
–¿Cómo te encuentras, Mila? –me pregunta mi madre al salir.
Se ve muy nerviosa.
–Estoy muy bien, mamá –mi voz sale un poco entrecortada por la ilusión de verlos emocionados frente a mí–. Ahora estoy muy bien…
–Ya está aquí el médico –añade mi novio señalando la puerta.
–Muy buenos días. ¿Estás preparada?
–Estoy lista –sonrío sentándome en la silla de ruedas que trae una enfermera.
Voy a dejarlo todo atrás… Una vez ya lo hice con mi nombre, pero al fin, de una vez por todas, podré dejar de ser Luis Hurtado, una mujer encerrada en un cuerpo de hombre, para dar paso a la verdadera Mila. Y, quiera o no, la sociedad tendrá que aceptarme tal y como soy… Una mujer.

Sonrío. Ya nunca más seré esclava de mi cuerpo.

esclava de mi cuerpo. María del Pino

María del Pino.

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Zumo de anclas, de Pilar Sanabria.

Publicación del viejo blog (17/10/2015)

El ser humano, en su mayoría del tiempo, busca la felicidad (mirad la redundancia del nombre de este blog), pero cuando más humano se podría decir que es, cuando el corazón más blando y vulnerable a los sentimientos va y se vende en cualquier mesa de escritor, es cuando el dolor estalla en su interior.

pilar sanabriaSi todo fuera bonito y precioso, de color rosa, como suelen decir, claro que podríamos escribir cosas hermosas y repletas de angelitos flotando a nuestro alrededor mientras tocan para nosotros con sus cítaras y arpas centenares de canciones armoniosas, pero comparto una opinión que ayer dio Pilar Sanabria en la presentación de su nuevo poemario “ZUMO DE ANCLAS”. Lo comparto desde la raíz principal de mi escritura. Precisamente, en mi primera entrevista lo dije y es demostrable. Cuando uno más y mejor escribe, por desgracia, es cuando el corazón le arde de dolor y el alma le ahoga con la angustia de un trapo sucio lleno de espinas. Y lo que se escriba de ese sufrimiento, no siempre tiene que ser algo triste, ya que la felicidad puede ser más bonita e idealizada cuando más se añora porque, o bien una vez se tuvo y ahora ya no, o bien, porque es el sueño de un corazón malherido y escaso de ese deseado sentimiento.

Con esto, ya se comparta o no esta opinión (como dicen: para gustos, colores), abro este post en el que me gustaría hablar un poco de poesía. Y aprovecho que ayer por la tarde fue la presentación de Pilar, que en la noche me bebí su “ZUMO DE ANCLAS” y que me llené de empatía durante el evento con muchos puntos de vista y sentimientos (a pesar de no ser una entendida en poesía) para compartir mi opinión de su libro. Me gustaría hablar de este poemario desde un punto de vista menos técnico y más íntimo. Repito que, al no ser poeta, posiblemente se me escapen multitud de detalles, pero no los sentimientos que provocan en mí todos y cada uno de estos trocitos del alma de Pilar.

Escucharla en su programa de radio (ONDA CERO) cada vez que se puede es un placer para el sentido auditivo, pero leer algunos de sus poemas es rozar con los ojos el terciopelo. Si las palabras se pudiesen medir por su textura y hacer un traje con ellas porque fueran retazos de tela bien cortados, estos versos formarían un elegante, suave y sensual vestido que, por fortuna, puede decir que gracias a las ilustraciones de la artista plástica Anamusma lleva como complementos unos zapatos, unas medias y un bolso precioso que lo ponen a punto para una cita con el lector.

En los poemas de Pilar Sanabria, podemos encontrar palabras con las que sentirlos y sentirnos bien encajados: desgarro, hambre, dolor, pasión, cuerpo… Muchos de sus poemas te hacen sentir un quemazón interno y reflexivo que te llevan volando con la imaginación y te hacen revivir, o no, momentos de la vida con frases como:

[…]
En esta fosa común
centellean otros muertos,
cancelados por tu ternura de ceniza.
[…]

Al contexto al que se refiere, creo que es una forma muy sutil y elegante de decir las cosas. “Cosas” que invito a descubrir.

CUBIERTA ANCLAS.inddConforme vas avanzando y bebiendo poema tras poema, parte tras parte de este libro, te vas dando cuenta de que Pilar se va superando e incluso se permite hacerle, entre tanto sentimiento concentrado, un guiño al humor. Bien sea sacando una sonrisa con “My way”, un poema breve e intenso en el que hace una alusión a Sinatra, o con otros. También se puede apreciar que la autora es amante del cine. Sobre todo, del clásico.

Ni que decir tiene que son poemas de una complejidad hermosa y para nada efímera. Pilar Sanabria se ha encargado de que, una vez que los leas, los releas para ver más de lo que esconden. Yo, al menos, siempre le he sacado algo más en la segunda o tercera relectura y es como abrir un segundo cofre del tesoro.

Nada más que decir, solo animaros a leerlo y buscar el contenido interior, que es mucho más grande de lo que en apariencia muestra con la armonía de su musicalidad.

La poesía es algo interior y cada poeta te muestra su visión, su yo interior. La poesía es algo tan íntimo como del mundo. Algo tan nuestro como de nadie. Los estilos la marcan, pero también la liberan. Unos aman la rima, otros la odian. Unos buscan la musicalidad entre líneas, otros solo el sentimiento que regalan. Unos buscan expresar al mundo, otros solo buscan expresarse para ellos. La poesía es tuya, es mía… La poesía es de todos. Y eso es precisamente lo que yo he buscado en este nuevo poemario adquirido: buscar y encontrar un mundo nuevo que puede ser como el mío o distinto. He querido disfrutarlo y lo he conseguido. QUERIDA PILAR, MI MÁS SINCERA ENHORABUENA Y GRACIAS POR ABRIRNOS LA PUERTA DE TU ALMA, exprimiéndola con este ZUMO DE ANCLAS.
Yo ya me he anclado a la orilla de tus letras.

María del Pino.

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